Hasta que el sol nos descubra |BKTD

Sinopsis

Bakugou era un Alfa con un simple plan. Aprovechando su buena apariencia, se infiltra en el palacio, junta mucha información y buscará mover los hilos hacia la destrucción, para luego matar y masacrar al reino de Ardenti Solis. ¡Iba a matar con sus propios manos a los bastardos que destruyeron su antiguo hogar! El deseo de venganza ardía en su sangre, sin embargo, lo misión que se planteó resultó de una manera muy mal: Él era un Alfa infiltrado de Omega y accidentalmente anudo al imponente cuatro príncipe de ese reino. Mierda.

Genero:
Romance/Adventure
Autor/a:
frost
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Maldita desgracia.

Bien...


Los cascos de los pasos de los caballeros resonaban al compás del sonido de la lluvia, golpeando con ímpetu el suelo de piedra tallada, la madera crujía cada que el carruaje, maltrecho y gastado, avanzaba en ritmo continuo. Una fina capa de tela impermeable cubría sus cabezas, un techo que tenía parches y algunas goteras; sin embargo, a pesar de negligentes intentos de cuidado, nadie estaba cómodo. Parecía que en vez de personas, estaban trasladando un montón de sacos de papas.


El vociferar de afuera y el rechinar de las cadenas, junto al momentáneo descanso de los caballos, fueron suficientes para hacerle prestar más atención a su alrededor, cauteloso.


Ya entró.


La comisura de su labio se inclinó hacia arriba, la malicia se asomaba en sus ojos rojos. Había ingresado.


Los dueños de aquel palacio se arrepentirán de éste, de su descuido y sus arrogantes pensamientos de festejar la fiesta de cumpleaños de su primogénito a tan pocos meses de la conquista del bárbaro reino vecino: Bakugou los hará sufrir. Pues, como ironía de la vida, él, Bakugou Katsuki, heredero y sobreviviente del legado de su familia, iba a destruir todo.


Los matará, uno por uno, en una tortura agonizante a todos los que levantaron su espada para atacarlo. Vengará a sus padres, a sus hombres y a toda su gente que se vió sometida ante la ambición del monarca que los humilló. La ira de su sangre, ganará.


Ardenti Solis, el ardiente reino del sol, caerá por Bakugou.


«Aunque, primero debemos salir de aquí», dijo para sí mismo, sin emitir sonido para no ser escuchado.


Contó unos quince minutos, con los ojos cerrados, desde que ingresó por el portón antes de sentir que el carruaje hacía su parada definitiva. Todos sus sentidos estaban al máximo. Abrió los ojos y se arrinconó en una esquina, justo cuando la puerta posterior se abría.


—¡Debiste traerlos con más cuidado! Si, en este carruaje, hay otro muerto, no nos van a pagar, imbécil.


—¡Y lo dices tú! —la otra persona hizo una mueca, indignado y furioso— ¿Crees que fue fácil seleccionarlos? Vírgenes y bonitos, esclavos o campesinos, todos omegas de baja cuna ¡Y encima deben estar sanos! ¿Sabes qué mierda pasé, qué tan difícil fue?


Los Omegas se abrazaron, gimoteando y temblando, algunos lloraban y otros se intentaban esconder en el espacio reducido.


—¡Era tu trabajo! Mi cuello estuvo en peligro desde que estuve aquí, demorarse tres días y todas las viejas de aquí estaban gritando. ¡Iba a morir si demoraba otro día más, joder!


Los hombres que gritaban eran dos, cuya apariencia era como las de campesinos, sin embargo, la información que soltaban y la calidad de sus prendas, daba entender que eran traficantes de esclavos.


—¡Cállate, los traje y punto!


Bakugou casi gruñó al darse cuenta de la estupidez de su "secuestrador". Si bien, no era ajeno a la noticia de que los despreciables comerciales frente a él buscaban meter omegas de baja cuna al palacio, y él, esclavo de guerra, fue arrastrado a aquí. Aceptó mansamente al percatarse de las intenciones, ligeramente desconcertado pero rápidamente había asimilado este suceso como un atajo a venganza; sin embargo, recién se percataba el por qué estaban metiendo un Alfa al palacio junto a tantos omegas, lo habían confundido con uno.


Mierda.


¿Qué tan humillante podría ser ésto?


Se mordió la lengua, decidido a ahorrar sus maldiciones para no levantar sospechas. Iba a aprovechar esa situación, ya que logró el objetivo de colarse en el palacio enemigo. Aunque seguía siendo humillante, golpes duros a su orgullo.


Otros hombres llegaron, impotentes. Eran unos guardias con armaduras ligeras que se notaban a través de las capuchas azul oscuro que portaban. El sermón que recibieron los traficantes de esclavos no fue del interés del Alfa cenizo y lo dejó pasar, ignorando las discusiones que tenían.


Y al enfocar nuevamente su vista, todo fue rápido y en unos minutos sacaron a los Omegas escondidos, entre jaloneos y gritos, doblegaron a los que resisten y los sacaron afuera. Entre ellos, Bakugou caminó bajo la mísera lluvia, manteniendo cautela en sus pasos descalzos. Estaba en una posición desventajosa: desarmado, delgado y, aunque le costará admitir, el cansancio adormecía sus músculos. Muy vulnerable.


Su caminata no fue larga e ingresaron a un gran almacén, iluminado y limpio, amplio y con mucha servidumbre dispersada. Las miradas de curiosidad, superioridad y compasión, no le gustaban, pero aún reprimió el gruñido.


—Preparen agua —ordenó la persona que suponía que era el jefe de aquel grupo de caballeros—. Apestan como cerdos.


Bakugou, disimuladamente, apretó su puño lo más fuerte que podía y tuvo que morderse la boca para no refutar, ¡Él no era un jodido cerdo!


Todos los Omegas entraron y la puerta de madera se cerró detrás de él. Y lo siguiente que ocurrió, Bakugou lo odio demasiado: lo internaron desnudar, Bakugou los golpeó; le tiraron agua fría, Bakugou gritó colérico; varios guardias se amontonaron sobre él, Bakugou forcejeó y mordió el brazo a uno.


Fue un desastre.


El olor acaramelado con tintas de canela, picante y dulce ante la nariz, confundía a todos. Pues, ante los ojos ajenos, había un Omega salvaje gritando como loco cuando tuvieron que meter a la fuerza su cabeza a la tina de agua. Indomable, ruidoso y feroz como una bestia.


—¡Suéltame, bastardo de mi-! —gritó antes de ser sometido, agarrado por la nuca y empujado al agua entre varios Omegas desnudos—. ¡Los voy a matar! ¡Van a morir!


«Estaba loco», coincidieron los presentes.


Pero, a pesar de que merecía un castigo, nadie le golpeó. Bakugou tenía sospechas del porqué y lo enfureció más, no obstante, no planeaba corregir ése error.


[...]


Salió reluciente, perfumado y con la refrescante sensación de limpieza en su cuerpo. Insultando hasta las tres generaciones posteriores de todos los que lo tocaron. Le dieron ropa sencilla, mejor que la anterior que tenía, pero no era ropa de primera.


“Duerman, mañana empezará el verdadero día”


Eso dijo la vieja Omega a cargo, los mandó a otro almacén, sin camas pero con varias mantas dispersadas en el suelo. Sobre su cabeza, en la esquina derecha, había una gotera y todos los Omegas se movieron hacia el lado seco. Tampoco deseaba conversar con ellos, así que lo ignoró.


Después de todo, debía de pensar cómo iba a escapar. No tenía grilletes en sus muñecas, estaba libre; pero, igualmente, se sentía nuevamente atrapado. Meditó en silencio, sentado con las piernas cruzadas, se resaltó otra vez que la situación era genial para un golpe de estado desde adentro, pero estaba solo. No tenía aliados, tenía muchos enemigos y el lugar estaba jodidamente protegido.


Sería difícil, pero no imposible.


—Oye.


—Jódete —insultó por instinto.


—Yo-, quizás tengas frío —balbuceó el Omega. Era un chico de cabello color índigo desordenado y ojos pequeños.


—Muérete.


—Sí… —El Omega se fue decaído, arrastrando sus pies y juntándose con los demás.


Los murmullos de consuelo para el Omega valiente llegaron, decían cuán malo y que estaba loco, pero a Bakugou no le importaba. Los Omegas eran débiles y no le podrían ayudar en su misión.


Y ahí, aislado por voluntad propia, espero hasta la hora silenciosa entre noche y la madrugada. La mayoría dormía, exhausto del largo viaje. Bakugou se levantó y dió un leve vistazo a la pila de Omegas hecho ovillos, abrazándose entre sí, y ronroneando, eran tontos.


Caminó hacia la puerta, descalzo y silencioso, sacó su cabeza y miró a ambos lados, no había nadie vigilando que nadie escapará. Se mofó de la ineptitud de los guardias, creyendo que todos los que estaban en esa habitación eran sumisos y obedientes. Más adelante se encontró con algunos que patrullaban, sin embargo, pudo esquivar y no se convirtió en un problema.


No tenía idea de adónde iba, caminaba sin rumbo, investigando el terreno que iba a habitar temporalmente. Observó la cantidad de edificados y notó que principalmente guardaban los alimentos en esos almacenes.


Era un hecho que Bakugou fuera un genio para escabullirse y no ser descubierto cuando se lo proponía, pero no justificaba que la seguridad interna no era la mejor. Lo cual era extraño, pues los puestos de vigilancia disminuyeron cuando más caminaba, como si algo les hubiera dicho que se retirarán de esa zona. Dió varias vueltas, y más temprano que tarde, encontró un establo.


Bakugou concluyó que sus instintos libres le indicaron el lugar donde vivían los caballos. Bakugou amaba los caballos y era el mejor domador de los potros salvajes, los conquistaba y siempre ganaba en los concursos de su reino.


Su hogar.


Dar un respiro de aire fresco no fue suficiente para liberar sus pensamientos, nada era suficiente para calmar su agitada mente. Era un caos. Debía relajarse o su olor lo delataría, pensó cuando salió sin precaución.


Entró al establo, misteriosamente, abierto. No se equivocó, había un montón de caballos bien cuidados y mansos. Todos parecían iguales, durmiendo en sus cubículos llenos de paja y aserrín. El asignarse despertó a un caballo, era negra como la noche, distinguió que era una yegua al mirar su panza y su falta de genitales masculinos. Pasó de largo y admiró que todos los caballos de raza pura estaban al fondo, en cubículos más amplios y mejor cuidados.


Uno se acercó, asomando su cabeza por encima de las paredes de madera. Era blanco y de piernas largas, fuerte y majestuoso, Bakugou concluyó que podría ser uno de los mejores del lugar. Acercó una mano y el caballo se acercó para darle una caricia, tan manso.


Tsch.


Un ruido.


Sus sentidos, llenos de experiencia, se agudizaron y se percataron que había alguien más a parte de él. Eso era extraño porque notó que todos los guardias, independientemente del rango de su animal interno, utilizaban inhibidores. Entonces, se quedó quieto, esperando algún sonido antes de confirmar si lo que se acercaba era un enemigo o algún producto de su estrés.


Sin embargo, bailando en el aire, distinguió un aroma desde lejos, afrodisiaco y suave, como la seda que le había cosquillas a su olfato. Jugando como aleteo de una mariposa, provocando escalofríos en su vientre.


Abrió los ojos, asustado y enojado, quitó su mano de la cabeza del caballo y fue a esconderse entre las cajas y tablas que estaban en el otro cubículo desocupado.


Había un Omega estaba en celo.


Bakugou jamás estuvo interesado en los Omegas e incluso al ver montón de cuerpos desnudos, desde mujeres bellas a hombres lindos, todos malditamente avergonzados con el sonrojo en la piel, con las feromonas descubiertas junto el exhibicionismo, él no se inmutó.


Pero no era cualquier Omega, era su mate.


—¡Maldita sea! —farfulló, escondiéndose entre unas cajas mientras el sonido de botas contra el suelo húmedo se acercaba.


¡Joder! De todos los lugares en el mundo, estaba aquí. Lo olía, lo sentía y la sangre se le subía a las mejillas. Su cuerpo estaba rígido y flácido a la vez, sus dientes picando y salivando ante la presencia que se caminaba por ahí.


Pronto comenzó a jadear, estaba haciendo demasiado ruido y no fue sorprendente que los pasos se acercaron hacia él.


Él, él y él. ¡Todo le pasaba a él!


Si algún día encontraba a la villana escoria que manipulaba su destino, la iba a matar.


—¿Quién está ahí?


La voz era clara, profunda y autoritativa. No vacilaba y daba la impresión de ofrecer respeto. Diablos, Bakugou estaba muriéndose y el Omega frente a él se escuchaba tan tranquilo e inmutable.


¿Quién era el responsable, ese maldito ser, que le ordenaba ponerse borracho, ebrio e hipnotizado al poder distinguir al Omega que le tocó? Sin duda, era mierda.


Quería huir, se sentía patético de querer huir ahora cuándo nunca lo hizo, quería matar a la persona que estaba frente a sus narices, debía matarlo y el calor disminuirá, pero no podía. ¡Joder, no podía!


Sentía una desesperación agonizante.


—¿Te sucede algo? —preguntó la persona, cuya voz le pareció la más bonita del mundo al encontrarse borracho de feromonas. La mano gracia tocó su frente ardiente y agregó:— Estás en celo… ¿Eres un Omega en celo?


¿Omega?


«¡¿Por qué jodida mierda, por qué todos lo confunden con un puto Omega?!»


¡Al diablo todo!


Desafiando a todo, se abalanzó sobre el origen de sus problemas en la zona sur de su cuerpo.


—¡Oye, espera! Yo no soy Alfa.


—Sí, yo lo soy.