𝓢𝓸𝓵𝓸 𝓾𝓷𝓪 𝓮𝓼𝓽𝓻𝓮𝓵𝓵𝓪 𝓶á𝓼

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Sinopsis

Adriana, una joven panadera en Los Ángeles, que se enfrenta a la amenaza de perder su negocio familiar ante las garras de Alessandro Ferrari, un magnate implacable con conexiones mafiosas. En un mundo donde cada individuo lucha por brillar, Adriana debe navegar por un camino lleno de peligros, traiciones y secretos oscuros. Con cada desafío, ella se pregunta si es posible mantenerse fiel a sí misma o si se convertirá en solo una estrella más en el firmamento de la ciudad de las estrellas.

Genero:
Romance/Erotica
Autor/a:
Anixd
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1


—Maldición… llegó tarde otra vez… mamá se va a enojar mucho —susurré para mis adentros mientras pedaleaba con todas mis fuerzas, pero el tráfico era un monstruo voraz y los autos de lujo me adelantaban sin piedad. Opté por la acera, esquivando a los peatones con destreza. “Los sábados por la mañana son una pesadilla”, pensé, justo antes de volver al asfalto.


Un Maserati Quattroporte negro rozó mi bicicleta, haciéndome tambalear. —¡Cuidado! —exclamé, con el corazón latiendo a mil por hora, viendo cómo mi medio de transporte yacía destrozado. Un hombre de estatura imponente y tez morena emergió del vehículo. —¿Acaso no tienes ojos en esa cabeza? ¡Mira lo que has hecho a mi Maserati! ¿Crees que tienes el dinero para pagar los daños, insolente?


—¡La insolencia es tuya, atrevido! ¡Por poco me quitas la vida! —repliqué con furia. —Repite eso si te atreves… —amenazó él, acercándose de manera intimidante.


—Lasciala stare, Mario, non vale la pena. —Intervino otro hombre, de piel clara y ojos grises, adornado con tatuajes y piercings, con una mirada que cortaba el aire.


— Pero jefe, mire el auto… merece una lección —insistió el primero, con un gruñido.


Me encontraba en un lío monumental. ¿Por qué siempre a mí? Miré al recién llegado, preguntándome por qué lo llamaban ‘jefe’. Su expresión era de puro desdén.


—Vete antes de que pierda la paciencia. Y toma esto —dijo, lanzándome un fajo de billetes—. Cómprate una bicicleta que pueda soportar… tu peso.


Los hombres subieron al auto y aceleraron bruscamente, dejándome allí con las miradas de los transeúntes clavadas en mí. Tomé lo que quedaba de mi bicicleta y la arrastré como pude. Mamá me mataría al enterarse de esto. La brisa veraniega soplaba con fuerza, anunciando la llegada del verano a Los Ángeles.


Al Llegar a la panadería, algo no estaba bien; estaba cerrada, lo cual era extraño porque mi madre siempre abre temprano. Dejé la bicicleta junto a un árbol frente al establecimiento y tomé aire antes de empujar la puerta para entrar.


—¡Mamá, ya estoy aquí! —llamé, pero el silencio me recibió.


—Al fin llegas, hija. Esto es preocupante, mira la carta que recibí esta mañana —dijo ella con voz cargada de preocupación.


——¡Mamá, ya estoy aquí! —llamé, pero el silencio me recibió.


—Hija, mira esto —dijo mi madre, mostrándome una carta con preocupación.


—¿Qué es, mamá? ¿La universidad?

—Es peor. Quieren comprar la panadería. Tenemos seis meses para irnos.


Arrebaté la carta de sus manos, incrédula. Leí cada palabra de aquel detestable documento.

—¡Madre, esto es injusto! ¿Cómo pueden obligarnos a vender así?

—Estoy preocupada. Tu padre salió enojado en cuanto se enteró, no sé qué vamos a hacer. Hemos tenido esta panadería por más de 60 años.


Miré el documento una vez más y me fijé en la elegante firma: Alessandro Ferrari. ¿Quién diablos era este tipo?


—¿Quién es Alessandro Ferrari?

La puerta se abrió, y allí estaba él, el hombre de los piercings.

—Yo soy Alessandro Ferrari —dijo con una voz que no admitía réplica—. Veo que este lugar pertenece a tu familia —añadió, escudriñando el lugar con desprecio.


—Señor Ferrari, esta panadería no está en venta. Ha estado en mi familia por años.

Él rió con incredulidad. –comente ya enojada que se creía este hombre–


—¿Y tú me detendrás? No me hagas reír. No tienes poder aquí.


—pues déjeme decirle señor Ferrari, está panadería no se va a vender, ha estado por año en mi familia.

Este río incrédulo como si le hubiera dicho un chiste.


—Y quien me va a detener tu? No me hagas reír niñata, no tienes estatuto ni poder en la alta sociedad.


—eso crees, pero te demostraré que esta ‘niñita’ no dejará que vendas la panadería.


Alessandro mantuvo su mirada fría sobre mí, como si evaluara mi determinación. Su presencia imponía, pero no iba a permitir que eso me intimidara.


—Escucha bien, señor Ferrari —dije, con una firmeza que no sabía que tenía—. Esta panadería es más que un negocio para nosotros. Es un hogar, un legado. No vamos a ceder ante presiones ni amenazas.


Mi madre se acercó, su expresión era una mezcla de miedo y orgullo.


—Hija, no provoques al señor Ferrari. Él es un hombre poderoso en esta ciudad.


Alessandro sonrió con suficiencia, como si ya hubiera ganado.

—Tu madre es sabia. Deberías escucharla, niña. Mi oferta es más que generosa, considerando el estado de este… lugar.


Miré a mi alrededor. La panadería podía no ser la más moderna, pero cada rincón estaba lleno de recuerdos y amor.

—No importa lo que ofrezcas —respondí—. No está en venta.

Alessandro se acercó al mostrador, examinando los pasteles y el pan con una mirada crítica.

—Veremos cuánto dura tu obstinación. Tienes seis meses antes de que este lugar sea demolido y yo construya algo digno aquí.

Con esas palabras, se dio la vuelta y salió de la panadería, dejando un silencio tenso a su paso.

Mi madre y yo nos miramos, sabiendo que la batalla apenas comenzaba.

—No te preocupes, mamá —dije, tratando de sonar más confiada de lo que me sentía—. Encontraremos una manera de salvar nuestra panadería.

Ella asintió, aunque la preocupación aún nublaba sus ojos.


—Debemos hablar con tu padre cuando regrese. Él sabrá qué hacer.

Asentí, aunque en mi interior, una pequeña voz me decía que esta vez, tal vez ni siquiera mi padre podría arreglar las cosas.



La oscuridad de la noche en Los Ángeles era el escenario perfecto para los negocios ocultos y las reuniones clandestinas. Adriana, con el peso de la amenaza sobre su panadería familiar, decidió tomar un atajo a casa a través de un callejón poco iluminado, buscando soledad y rapidez en su camino.

Sin embargo, la soledad fue interrumpida por el sonido de voces bajas y el destello ocasional de un cigarrillo encendido. Al final del callejón, un grupo de hombres vestidos de forma impecable rodeaban a una figura que destacaba entre ellos: Alessandro Ferrari.

Adriana se detuvo, oculta en las sombras, observando. La conversación que flotaba en el aire estaba llena de términos que hablaban de territorios, acuerdos y poder. Era un mundo que Adriana conocía solo por historias, un mundo que ahora parecía colisionar con el suyo.

—¿Y qué hay de la panadería? —preguntó uno de los hombres, su voz era un gruñido bajo.


—Es solo cuestión de tiempo —respondió Alessandro con confianza—. La presión aumentará y cederán. Y será todo nuestro.


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