𝚕𝚊𝚜 𝚏𝚕𝚘𝚛𝚎𝚜 𝚍𝚎𝚕 𝚘𝚝𝚛𝚘 𝚖𝚞𝚗𝚍𝚘 ⊹🌷

Sinopsis

Dos jovenes que adolecen la perdida de sus seres queridos en un antiguo cementerio. ¿que tan mal podria terminar su encuentro? -contiene temas sensibles ⚠️ (No contiene Lemmon) (Para matar la inactividad de mi cuenta)

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

𝚙𝚛𝚘𝚕𝚘𝚐𝚘

La madrugada se cernía fría y oscura, sin un susurro de viento para aliviar el sofocante calor que inundaba la habitación. Mi amada yacía en su cama, tosiendo violentamente y expectorando sangre sobre su camiseta, retorciéndose entre las sábanas. Su respiración entrecortada y su rostro lívido me inundaron de temor y angustia.


Cuando su cuerpo se quedó inmóvil, el pánico me invadió y, presa de la desesperación, llamé a la ambulancia.


Los minutos transcurrían con agonizante lentitud, mi corazón latía desbocado y el sudor frío perlaba mi piel mientras aguardaba la llegada de la ayuda.


Arrodillado junto a su lecho, acaricié su cabellera plateada, tratando en vano de sacarla de su estado inconsciente.  Experimenté un profundo alivio al escuchar las sirenas de la ambulancia acercándose a mi hogar. Rápidamente la sostuve entre mis brazos y salí al exterior, anhelando que recibiera la ayuda que necesitaba. Los paramédicos emergieron y asumieron el control de la situación, lo que me reconfortó al saber que estaba en manos expertas. A pesar de ello, la preocupación seguía latente, temiendo cualquier posible contratiempo que pudiera acecharla.


El tiempo parecía haberse detenido, y mi ansiedad crecía mientras aguardaba en la sala de espera del hospital. Cada minuto transcurría con dolorosa lentitud, y la incertidumbre sobre su estado de salud. Temores de lo peor me acechaban, imaginando lo que podría estar sucediendo tras esas puertas cerradas. Cada segundo se estiraba interminablemente, dejándome atrapado en una espiral de impotencia, sin poder hacer más que esperar.


El personal de enfermería se acercó y me comunicó la noticia de que mi amada sufría de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). La enfermera me brindó una breve explicación sobre su condición, describiendo la seriedad de la enfermedad que inflamaba y debilitaba los pulmones, desencadenando dificultades respiratorias y tos persistente. La única esperanza para su supervivencia era una operación de urgencia.


El miedo se apoderó de mi corazón al presenciar cómo un grupo de médicos irrumpía apresuradamente en la habitación donde la habían llevado. Consciente de la gravedad de la situación, solo podía aferrarme a la esperanza de que todo fuera un susto y que pronto se recuperara. Mis pensamientos se reducían a una sola preocupación, y mi mente estaba completamente enfocada en recibir noticias reconfortantes sobre su estado.


Horas pasaron sin recibir noticias de ella, y cada segundo se convertía en una agonizante tortura. Los minutos transcurrían con una lentitud desesperante, y cada hora parecía un día completo sin tener noticias de V. Mi nerviosismo alcanzaba su punto máximo, y llegué al punto en que ya no podía permanecer sentado. Me levanté de mi asiento y me dirigí hacia el pasillo que conducía a su habitación.


Pero antes de que pudiera avanzar más, una de las vigilantes se acercó y me detuvo, impidiéndome entrar a la habitación. Mi ansiedad por recibir noticias de ella era tan abrumadora que ni siquiera pude seguir adelante.


Después de retroceder obediente hacia mi asiento, escuché mi nombre llamado nuevamente en el aire. Un escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta de que el médico estaba frente a mí, su mirada grave y su expresión preocupada indicaban que las noticias no serían favorables.


- ¿Señor N? - su voz resonó en el pasillo, y su tono era lo suficientemente serio como para hacerme temblar.


Con el corazón en un puño, apenas pude articular las palabras: - ¿Qué ha pasado con ella?


El médico hizo un ademán de calma, pero sus ojos revelaban la triste verdad mucho antes de que pronunciara una sola palabra. Sentí un nudo en la garganta mientras él comenzaba a hablar, pero sus palabras se volvieron borrosas ante la certeza que se reflejaba en su rostro. Mi mundo se tambaleó en ese instante, como si el suelo se abriera bajo mis pies.


Corrí hacia la habitación con un corazón pesado y tembloroso, abriendo la puerta con una mezcla de desesperación y negación. El frío golpe de la realidad me golpeó de lleno al ver su cuerpo yacente en la cama, su piel tan pálida como la luna y sus ojos apagados, como estrellas extinguidas en la noche. Aunque su cuerpo yacía allí, ya no era más que un envoltorio vacío. Un sollozo ahogado escapó de mi garganta mientras me aferraba al umbral de la habitación, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor.


Con un corazón destrozado, me aferré a su cuerpo, sintiendo su piel fría contra la mía. Afortunadamente, los médicos comprendieron mi dolor desde el primer momento y no me instaron a separarme de ella. Aunque sabía que no había nada más que pudiera hacer para salvar su vida, anhelaba estar cerca de ella en sus últimos instantes. Su presencia me brindaba un consuelo, una sensación de paz en medio de la tragedia. Saber que pude acompañarla hasta el final me reconfortaba, a pesar del dolor abrumador que llenaba mi corazón. Las palabras de los médicos, "Hicimos todo lo que pudimos", resonaron en el aire, generando un pequeño destello de consuelo en mi alma rota. Sin embargo, también avivaron una chispa de frustración y enojo en lo más profundo de mi ser. Sabía que habían hecho todo lo posible, pero aún así me costaba aceptarlo. Una parte de mí deseaba que hubieran hecho más, que hubieran luchado con aún más fuerza para salvarla.