Capítulo Único

Una llamarada se asienta en su vientre, extendiéndose con brevedad por todo su cuerpo, desequilibrando sus sentidos e impulsándolo a enterrar su nariz en el cuello de la persona que se encuentra sentado a su lado. Él escucha una risa burlesca, luego siente la calidez de una mano grande y fuerte deslizarse suavemente sobre su cabello rosado. El omega suspira complacido por el toque del hombre mayor, se presionó más contra el cuerpo contrario y sus brazos rodearon la cintura con firmeza.
Inhala el olor de la nieve del alfa y siente sus músculos relajarse. Ese olor siempre lleva a Yuuji a un estado de ataraxia y lo hace sentir protegido.
A través de las ventanas del tren vislumbra los acogedores y pintorescos tonos naranjas del cielo, las nubes teñidas de un tenue rosado mezclado con un brillante ámbar. Sus ojos se desvían del panorama para fijarse en el perfil de su pareja. Suspira bajito, no importa las veces que lo vea, él siempre se impresiona de sus bellas facciones. Labios acorazados esmaltados de protector labial, piel de porcelana y unos hipnotizantes ojos azules glaciales que casi siempre permanecen ocultos tras unos vendajes blancos. Recuerda la vez que le preguntó al alfa por qué usaba vendas y él le respondió que era para evitar que la gente se enamorara de él. En ese momento, Yuuji simplemente se echó a reír, pensando que el hombre está lleno de sí mismo. Pero, como dice el refrán popular, el último en reírse fue el alfa cuando le mostró a Yuuji sus ojos. Quedó paralizado con sus mejillas sonrojadas y un brillo fervoroso apoderándose de sus ojos.
Y también fue el momento cuando desarrolló un nuevo sentimiento.
El uniforme escolar lo asfixia, una urgente necesidad de arrancarse las prendas lo está tentando. Únicamente Gojo y él se encuentran en el vagón, la traviesa idea de hacerlo en este lugar empieza a carcomer su raciocinio. No sería la primera vez que follan en un lugar público; el baño del Pachinko es testigo de eso. Además, Gojo está forzando su autocontrol para no cogerlo crudo, puede notarlo en su sonrisa tensa y los leves movimientos de sus caderas. Intuye que él tiene una erección. Esto hace que Yuuji sonría con alarde por causar esas emociones en un hombre con una ruda virilidad y presencia dominante como Gojo Satoru.
Humedece sus labios, colocando su diestra sobre el muslo del alfa. Gojo se limita a acariciar sus cabellos, sin darse cuenta de sus lascivas intenciones.
La mano viaja despacio hacia la entrepierna y cuando ocurre el contacto, la espalda de Gojo se arquea. Aun con las vendas, Yuuji puede observar el fuego que transmite su mirada, sus instintos primitivos se despiertan por su osadía y lo siguiente que sucede es que se acerca para lamer las glándulas odoríferas del alfa.
Sucesivamente, el joven omega es sujetado y posicionado sobre el regazo de su pareja. Sus labios fueron capturados con ferocidad, sus dedos se presionaron contra los hombros de Gojo, manteniéndose en equilibrio. El beso es edulcorado, producto de los caramelos y paletas que Satoru comió horas antes; el hombre es un goloso de primera, sin miedo a padecer diabetes. Cada beso es inolvidable, no posee las palabras exactas para describir las sensaciones que Gojo desencadena en él. La punta de la lengua pide permiso y Yuuji no vacila en dejarlo entrar. El beso es ferviente y un poco sucio. A Yuuji le gusta tanto que el calor en su ingle se expande a otras zonas.
Yuuji se acomoda mejor para que su trasero se presione sobre la erección del alfa. Escucha gruñir a Gojo y, con la intención de derrumbar su autocontrol, balancea sus caderas de adelante hacia atrás, estimulando el miembro necesitado. Yuuji se separa del acalorado beso, gimiendo por las atrevidas manos que aprietan sus glúteos. El beso es retomado, apenas dándole un respiro. Enreda sus dedos en los mechones blancos mientras se frota en seco con la polla de su pareja, guiándose por sus instintos de ser penetrado y criado por ese excéntrico y maravilloso hombre.
Alguien como Gojo puede tener a cualquiera, pero lo eligió a él: un estudiante de catorce años inexperto, un mocoso que conoció en un callejón mientras peleaba contra unos idiotas que agredían a sus compañeros de clase. El hombre había aplaudido y sonreído por su impresionante fuerza. Envalentonado, se acercó a él y lo invitó a comer. Yuuji conoce la regla de no hablar con extraños; aun así, aceptó y desde entonces las visitas de Gojo a Sendai se volvieron frecuentes.
Gojo siempre le dice lo lindo y buen chico que es. Dando inicio a una perversión de alabanza y para Yuuji cada vez es más difícil dejar partir al alfa. Quiere ser egoísta, quiere que Gojo se quede a su lado. Las visitas durante el fin de semana no son suficientes para apaciguar su famélico anhelo, sin embargo, él entiende que Gojo tiene responsabilidades en Tokio. Él le dijo que es maestro y Yuuji le preguntó si podría estudiar ahí, a lo que Gojo negó porque es un instituto privado con una alta cuota de colegiatura. Extraño.
Con una agilidad sorprendente, Gojo lo recuesta sobre el asiento, desabrochando sus pantalones, retirándolos y arrojándolos. Sus zapatos terminan junto a sus pantalones con un ruido sordo y a continuación Gojo sostiene su polla. La experta lengua resbaló por su miembro, saboreando el líquido preseminal que sale de la raja del glande.
—¡Gojo-san! —gritó ronco, retorciéndose cuando él mete su polla en su boca. Su piel arde de placer y su rostro se ruboriza—. Joder…
La polla de Yuuji se deslizó repetidamente por la garganta de Gojo, el bálano chocando hasta el fondo de la cavidad bucal. Observó a Gojo y sus ojos ámbares centellearon de deseo por la vista erótica. Cerró los párpados y luego el sonido de la cremallera bajándose llamó su atención. Yuuji se estremeció al ver cómo su amante liberaba su dura erección. Gojo se irguió y retiró las vendas. El interior de Yuuji se sobresalta de emoción; asimismo, admira el mar glacial encerrado en unos iris. Los mechones caen sobre la frente del adulto y Yuuji agradece a los dioses por ser el afortunado de tener a Gojo.
Una suave sonrisa se dibuja en los labios del hombre, su mirada transmite amor y una famélica lujuria. Yuuji estira sus brazos, recibiendo a Gojo en una nueva ronda de besos. Se besan lentamente, probando meticulosos sus bocas, tomando los sentimientos que ambos se profesaban.
Su agujero gotea lubricante natural, demostrando lo ansioso que se encuentra. Dos largos dedos estiran su borde, aturdiéndolo con movimientos lentos. Los dedos cortan y estiran su agujero, aligerando la sensación de algo dentro de él.
Los dedos se arrastran fuera de su agujero y la polla de Gojo se presiona en su apertura, deslizándose sobre el borde, sin ingresar. Los gestos de Yuuji enardecieron los sentidos de Gojo. Yuuji apretó los puños y envolvió sus piernas alrededor de su cintura. Expulsó sus feromonas en un intento de persuadir a Gojo para que no siguiera bromeando con él. Sin embargo, Gojo estaba realmente encantado con su desesperación, sonriendo con malicia ante el pensamiento petulante de ser el responsable de su estado de éxtasis, de ser el único que lo tendrá así.
—Gojo-san… por favor… yo necesito… —gimoteó, mientras las llamas de la pasión consumían su piel, su cabeza tambaleándose por las feromonas de deleite que liberó el alfa y que lo convirtieron en un lío quejumbroso de placer—. Por favor, Gojo-san…
—¿Por favor, qué? —Sonríe socarrón, disfrutando de la docilidad que emanaba. Le gusta provocarlo y oírlo suplicar para que lo tome. Quiere demostrarle que solo él puede brindarle esto—. Si no me lo dices, no te lo daré, Yuuji-kun~.
Es cruel, pero esa crueldad genera un inexplicable placer.
—Fóllame, Gojo-san. —Luce tan necesitado, ojos llorosos y labios hinchados. Facciones angelicales que rezumaban liviandad—. Por favor, por favor, alfa…
—Buen chico. —Salpica con tiernos besos su rostro, después se dirige a su cuello y aspira su olor a melocotones. Mientras tanto, la cabeza bulbosa de su polla ingresa en aquel paraíso conocido solo por él. Las uñas de Yuuji se clavaron en su espalda, su respiración es agitada y gime por el abrasador placer que recorre su cuerpo.
Al estar completamente dentro del omega, las embestidas iniciaron con un vaivén rápido. Yuuji se sujetó con vehemencia a la espalda de Gojo. Él se arquea, soltando gemidos descontrolados y sintiendo la adrenalina circular por sus venas por el impúdico acto de entregar su cuerpo en el vagón de un tren. Saborea la fruición de la caliente polla de su pareja y se estremece con cada estocada. Gojo es grande, abriendo sus paredes húmedas sin dificultad por el lubricante natural y la preparación anterior. Se siente tan lleno, como una represa de agua a punto de estallar. La boca de Gojo succiona la bronceada piel del cuello, dejando pequeños chupetones que él tendrá que maquillar. Yuuji no quiere escuchar una conferencia de parte de su abuelo de lo que hace los sábados por la tarde y parte de la noche.
La presión en su vientre se intensifica por el hallazgo de su próstata. Esto aviva el fuego de su piel y el placer electrifica su columna. Los jadeos y gruñidos de Gojo chocan en su oreja a la vez que penetra más fuerte.
El cuerpo de Yuuji se moldea a la perfección con los toques de Gojo, recibiendo estocada profunda tras otra. Los niveles de dopamina están hasta el tope y un tórrido éxtasis se filtra por sus zonas erógenas.
Hay un destello de salvajismo en la mirada de Gojo. Lejos de estar preocupado, Yuuji se emociona y otro chorro de lubricante empapa sus muslos. Cada embestida es puntuada por un chapoteo húmedo, fuerte y obsceno.
Yuuji dice el nombre de Gojo en un gemido gutural. La presión en su ingle se aglomera y un clamor escapa con euforia mientras se corre. El espeso semen mancha su sudadera con capucha de color blanco y salpica la chaqueta oscura del alfa.
Gojo continúa golpeando su gruesa polla en su culo, sobreestimulándolo y sujetando rudo sus caderas. El cerebro de Yuuji es masilla, su cuerpo nada en satisfacción y permite que Gojo continúe desarmándolo, aunque esté agotado y mareado. Los empujes se vuelven suaves y siente que está alcanzando el Nirvana entre los brazos del hombre que ama.
Yuuji jadea áspero cuando Gojo derrama su semen dentro de él con una profunda embestida. No está preocupado por un embarazo accidental, desde que comenzó a salir con Gojo ha estado aplicándose inyecciones anticonceptivas.
La efímera calidez de los labios de Gojo sobre los suyos hace que su pecho se oprime. Coloca su mano sobre la mejilla de su pareja, embelesándose con el cielo primaveral en los iris y los vestigios de lujuria en ellos.
El resplandor del atardecer atraviesa las ventanas y la imagen de Gojo se ilumina majestuosamente. Es perfecto para Yuuji, ideal para que lo anude, marque y tome las veces que él quiera.
—Quédate conmigo.
Gojo parpadea sorprendido por la petición.
Yuuji tiene una belleza singular: pura. Jamás conocerá a alguien que pueda compararse con el tierno y fuerte adolescente. Aquella pureza es inmarcesible, aún no puede creer que un ser inmaculado como él sea suyo.
Lo ama intensamente.
Gojo lo aprecia amartelado y de inmediato capturó sus labios, moviéndolos parsimoniosos.
Se separa y la sonrisa de Gojo disipa cualquier duda o miedo que Yuuji haya tenido en ese momento.
—Siempre, Yuuji.
Pensándolo con claridad, es Yuuji quien no tiene autocontrol cuando está junto a él.