Su voz proviene del mar

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Sinopsis

Alder es un jinete de dragón que siempre ha tenido una vida pacífica hasta que, en medio de una travesía, se encuentra con una criatura misteriosa que se creía extinta. Y, en un intento por proteger a este criatura, descubrirá secretos que podrían cambiar el destino de su mundo para siempre.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Saraí
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Encuentro

Antes del amanecer, Alder ya surcaba el cielo a lomos de su dragón. Cenizo pataleaba las nubes, divertido, y rugía por lo bajo como si entonara una canción.

En tierra, nada parecía inusual. El pueblo costero de Tierra a la Vista aún seguía sumido en sueños. Pocas eran las casas cuya cálida luz lograba vislumbrarse en la niebla que se paseaba por las calles.

Y el mar no era muy diferente. El olor a sal, arrastrado por los suaves ondeos del aire, impregnaba el ambiente. Y las olas grises y encrespadas se mecían en un vaivén sereno; nada semejante a las olas de media noche que se alzaban como torres, hundiendo a cualquier embarcación que osara desafiarlas. El Mar del Ocaso era temido incluso por los navegantes más experimentados. Cada año, casi dos tercios de las embarcaciones que navegaban sus aguas se perdían para nunca ser encontradas. Se rumoraba que en las profundidades vivía un monstruo colosal que, de un solo bocado, salía a la superficie para devorar barcos con todo y tripulantes.

Por eso, cuando Alder divisó una luz en el horizonte, soltó un respingo. Pero su deber era patrullar, así que inhaló hondo y se dirigió hacia allí.

Para su fortuna, solo se trataba de una embarcación que pedía auxilio. Para su infortunio, tuvo que enfrentarse al tiempo. El agua empezaba a sumergir al barco, y los marineros gritaban y corrían de un lado a otro, haciendo hasta lo imposible por evitar hundirse.

Emprendió el viaje de regreso a Tierra a la Vista tan rápido como pudo, rompiendo el viento con las extensas alas de Cenizo quien, consciente del temor de Alder, se impulsaba con las cuatro patas para ganar ventaja contra las corrientes que los empujaban.

En el puerto aterrizó y dio aviso a las barcas de remos-rápidos, una flota especializada en rescates aledaños a la isla. En más de una ocasión, habían salvado a decenas de personas, marineros, mercantes y turistas de acabar ahogados.

Y volvió a regresar a la embarcación que se hundía, guiando a las barcas por el cielo. Una vez más, la fortuna le sonrió porque llegaron a tiempo para ayudar; aunque no podía decirse lo mismo de los almacenes sumergidos, el trigo, la miel, el azúcar y el vino pasarían a ser comida de los peces.

—Gracias por ayudar a mi tripulación —le dijo Olver, el capitán del barco, cobijado por una gran manta de lino. Era un hombre mayor que pasaba los sesenta años, de cabello cano y barba igual de blanca. Su piel estaba curtida por el sol y las arrugas le daban un aspecto aún más cansado, casi decrépito—. Jamás había sentido un agua tan fría en mi vida. ¡No quiero ni imaginar cómo se sentirá en pleno invierno! —El agua no había ahogado a nadie, aunque cubrió a toda la tripulación hasta la cintura.

Se encontraban en el ayuntamiento del pueblo, con el crepitar de la chimenea de fondo y con cuencos de sopa servidos sobre la mesa. Alder aprovechó la ocasión para servirse dos veces; el gobernador era conocido por acaparar los mejores ingredientes de comida que llegaban de las embarcaciones, y en esa ocasión pudo comprobarlo. Alder siempre comía fruta a punto de echarse a perder y panes tan duros que tenía que remojar en agua para poderlos masticar.

—En invierno no viene nadie aquí —aclaró el gobernador con tono seco. Felderic era joven para su puesto, apenas pasaba de los treinta, y tenía un bigote puntiagudo que a Alder le parecía de lo más ridículo, aunque, por supuesto, jamás pensaba decírselo—. Es imposible navegar, no solo por el tamaño del oleaje, sino también porque es imposible guiarse. El mar se cubre por completo de neblina, ni siquiera se puede saber si es de día o de noche.

—Vaya. —Olver parpadeó varias veces—, ya sabía que el mar del Este era complicado, ¡pero jamás creí que tanto! Yo he navegado toda mi vida en el sur. ¿Han estado en el reino de Korithia? —Alder y Felderic negaron con la cabeza—. Bueno, da igual. Lo que importa es que, ahora que tengo más experiencia, por fin decidí venir por estos lares.

—Creo que tiene experiencia de sobra —soltó Felderic, oteándolo con sus diminutos ojos.

—Me está llamando viejo —lo acusó.

Alder sorbió, mirando a uno y luego al otro.

—¡Pues tiene usted toda la razón! —Se echó a reír—. Pude haber venido antes, pero me daba miedo. ¡Y en cuanto pueda me largo! Este trauma me perseguirá toda la vida —Y volvió a reír.

—Puedo preguntarle... —Por fin Alder dejó de comer y se unió a la conversación—. ¿Cómo es que se hundieron? El mar parecía tranquilo esta mañana.

El marinero abrió mucho los ojos.

—¡Algo nos atacó!—¿Cómo dice? —Felderic parpadeó, perplejo.—Uno de mis muchachos empezó a gritar que había una gran sombra bajo nosotros. —Su tono de voz se endureció—. Nadie le creyó, por supuesto. Durante todo el viaje siempre nos hacíamos bromas sobre monstruos que nos acechaban. Ya sabíamos que el Mar del Ocaso era famoso por eso. Pero entonces. —Quizá por la edad, quizá para darle más suspenso, tosió por lo bajo—. El joven siguió gritando, ¡desesperado! Por un momento creí que había enloquecido. ¡Pero no! ¡Al asomarme ahí estaba la sombra! ¡Todos la vimos!

Alder frunció el ceño, no recordaba haber visto ninguna sombra cuando los encontró.

—¡Y de pronto, algo nos golpeó! —continuó Olver, su voz temblando con la intensidad del recuerdo—. ¡Tan fuerte que todos nos caímos y el barco se rompió en dos!

—Las ballenas son muy territoriales —comentó el gobernador—. No es muy común verlas por estas épocas, pero sin duda las hay.

—¡De eso nada! —Olver golpeó la mesa con ambas manos—. He visto ballenas desde pequeño y las he visto de todas clases y tipos. ¡Esa cosa no era una ballena! ¡Ni una tan obesa tendría tal tamaño!

Felderic suspiró, agotado. Todas las semanas tenía que lidiar con conspiranoicos que le quitaban la tranquilidad al pueblo.—Pues entonces habrán sido dos ballenas, o tres o cuatro. Pero le aseguro que ningún monstruo lo atacó. —Se levantó, dando por terminada la plática—. De ser así, me temo, esta tarde no estaría aquí con nosotros.

Olver rechistó de mala gana, pero la plática no continuó por su parte.

—Usted y su tripulación pueden quedarse en nuestros hostales. No se preocupe por pagar, de eso me encargo yo —aclaró con modestia—. En unos días llegará un barco de Punta del Este, podrá viajar de regreso con ellos. Tengo entendido que la isla ha sido la encargada de su travesía. En fin —suspiro—, ellos le pagarán el boleto de regreso al sur. Adiós. Y disfrute usted de nuestra hospitalidad.

Olver salió del ayuntamiento sin despedirse, mascullando improperios.

—Gracias, señor Felderic. —Alder se levantó, dispuesto a seguir con su jornada de trabajo.

—Espera, Alder, tengo un trabajo para ti —se apresuró a decirle—. Necesito que vayas a Punta del Este y lleves el mensaje de lo acontecido aquí. Toma asiento y espera a que redacte la carta. —Fue al fondo de la habitación y se sentó en un escritorio cualquiera.

Su oficina estaba en el segundo piso y no subiría hasta allí. Al parecer, tenía prisa por sacar a los sureños de su isla.

—¿No tomará vacaciones, señor Felderic? —Era época de vacaciones en las escuelas y en la mayoría de los trabajos. Nadie estaba en el ayuntamiento por esos días. Y la isla se encontraba prácticamente vacía. Muchos aprovechaban la temporada para visitar otras islas de mayor tamaño y con mejor clima.

—¿Vacaciones? No, no. Tengo un millar de cosas por hacer...

Tierra a la Vista, pese a estar rodeado por un Mar embravecido, era un pueblo tranquilo. Los mayores crímenes se reducían a robos de menor grado y casi todos eran cometidos por extranjeros que venían de paso. En las tabernas, pese a haber disputas, nunca llegaban a peleas de gran escala y casi siempre estaban involucrados los mismos borrachines que, más que resultar temibles, daban vergüenza ajena. Alder no comprendía en qué estaba tan ocupado el gobernador del pueblo.

—¡Aquí está! Con mi firma y sello. Rápido, llévala. No tengo ganas de pagar más de la cuenta por estos marineros. —Frunció el ceño—. Asegúrate de volver antes de que anochezca. Adiós. Y buen viaje.

Alder suspiró, le esperaba un largo viaje de ida y regreso.

Llegó a la Isla Punta del Este cuando el sol estaba en todo su esplendor, entregó la carta a la gobernadora Camil, quien lo recibió de buena gana e incluso lo instó a quedarse por la noche. Pero sabía que cualquier gasto que él hiciera, terminaría por pagarlo Felderic, así funcionaban las leyes entre islas, y de lo último que tenía ganas era de escuchar una reprimenda por su parte. Así que partió en cuanto pudo.

Cenizo estuvo inquieto durante todo el trayecto, olfateando el aire y moviéndose de un lado a otro, negándose a avanzar.

—Vamos, campeón, no me hagas esto.

Gruñó en protesta, pero avanzó.

Aunque, conforme fueron avanzando, la lluvia los envolvió y los rayos impactaban contra el mar, haciéndose que este se agitara, con olas que tenían varios metros de altura.

—Vamos a regresar. Será imposible atravesar esto —indicó Alder, aterrado.

Cenizo se puso en marcha, impulsándose y aleteando, pero aún así fue en vano, la tormenta los atrapó por completo. Los truenos ponían nervioso al joven dragón, y pronto, fue imposible distinguir el horizonte.

Alder se aferró a las riendas y trató de mantenerse tan firme como pudo, pero un vendaval los azotó, haciendo que Alder casi cayera de la montura. Cenizo tuvo que virar una y otra vez para esquivar las corrientes del viento. Pero se perdieron antes de que Alder pudiera darse cuenta.

El dragón debió sentir su miedo porque rugió e intentó invocar el fuego que le fue arrebatado al nacer, cuando cortaron parte de su garganta para que no resultara un peligro. No era un dragón de batalla, por eso, también, cada año le limaban las garras y los colmillos. Su complexión resultaba ideal para ser una montura de viajes rápidos y ligeros.

—¡Tranquilo, Cenizo, tranquilo! —vociferó, aunque su voz fue callada por la tormenta.

Estuvieron así toda la tarde. A Alder le dolían los músculos de tanto tensar las riendas y el aleteo de Cenizo, aunque seguía descontrolado por los azotes del viento, también disminuyó la fuerza de su aleteo.

Pero todas sus esperanzas se recuperaron cuando encontraron un islote sobre el cual posarse. Cenizo y Alder se tumbaron sobre la arena, jadeando. El jinete escuchó el latido de su corazón por encima de los truenos, creyó que se desmayaría ahí mismo hasta que Cenizo gruñó con voz débil, alertándolo de algo.

A la orilla divisó una sombra. Alder se levantó con esfuerzo y Cenizo lo siguió de cerca, siempre en posición de ataque.

—¡¿Eh?!

Removió un par de algas y demás desechos que cubrían a aquella cosa.

—¡Qué!

Cayó hacia atrás por la impresión.

Cenizo se acercó con pasos cortos y olfateó a la criatura.

Alder se levantó una vez más, y solo entonces, vio la herida que atravesaba las costillas de la criatura. Con las manos temblorosas —en parte por el frío que le calaba hasta los huesos, en parte por el miedo y la emoción que sentía al estar frente a un tritón, una de las criaturas consideradas extintas— se apresuró para hacer un torniquete con su abrigo.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando los ojos de la criatura se posaron sobre él. Eran oscuros y sin pupilas. Y el largo cabello plateado le caía como una cascada sobre el cuerpo, enmarcado sus huesos y su demacrada piel, sobre la que resaltaban sus venas azules.

El tritón le habló en un idioma desconocido, aunque su tono de voz y su ceño fruncido dejaban bien en claro que no lo quería cerca. Alder retrocedió, enseñándole las palmas de las manos.

—Yo... No te haré daño —le dijo entre dientes—. No te haré daño —repitió y negó con la cabeza, consciente de que la criatura tampoco entendía su idioma; pero al menos quería transmitir su mensaje de alguna manera.

La criatura agitó su larga cola de pez y le gruñó con una voz gutural. Pero el dragón, que hasta entonces se había mantenido sereno, le enseñó su hilera de colmillos.

—Tranquilo, Cenizo —le ordenó, tomándolo de las riendas para tranquilizarlo.

El tritón se revolvió en la arena, intentaba regresar al mar, pero fue en vano. Su herida y el cansancio lo hicieron perder el conocimiento. La lluvia y el viento seguían azotando con fervor; aún así, Alder dio media vuelta, acompañado por Cenizo, y dejó a la criatura a su suerte. Era parte de la naturaleza y no podía hacer nada para interferir en su muerte.

Pero su consciencia lo detuvo a medio camino.

—Espero no equivocarme en esta decisión —le murmuró a su dragón.

Y regresó por la criatura.