Capítulo 1
Mirarse al espejo es definitivamente una de las tareas más abrumadoras cuando el alma se siente pesada. La imagen que regresa siempre es peor de la esperada, pero no podía seguir evitándola; necesitaba saber cuánta de la verdad de su alma cansada se exteriorizaba en el reflejo de su cuerpo, de su rostro, de sus ojos. Y el veredicto era culpable, culpable de todos los cargos.
El cabello rojo, sin brillo y decolorado, le caía como una cortina, cubriendo parte de ese rostro que hacía tiempo intentaba evitar. Estaba pálida, ojerosa y demasiado flaca para su gusto. No se asemejaba en nada a esa persona que había considerado bella en algún momento de su vida en que las aguas habían sido más claras, los pastos más verdes y la lluvia caía en otras casas. Estaba harta de ser quien era, insatisfecha con su existencia y enojada por su tristeza. Pero ni el hartazgo, ni la insatisfacción, ni el enojo podían resolver su verdadero problema. Ella se detestaba.
Alimentaba a diario el odio que se tenía con solo existir, y al final nada más que la ira era su motor de vida. Volvió a desempañar el espejo con furia para mirarse a la cara sin pudor y decírselo sin miedo: ¡Te detesto! ¡Detesto lo que eres y lo que representas! Sin embargo, a pesar de repetírselo todos los días, no terminaba por creérselo de verdad. Estaba, en alguna parte, no sabía bien dónde, pero estaba; había esperanza.
Finalmente, no pudo ver nada en su reflejo. Ni una seña que la dejara en evidencia frente a los demás. Nadie podía saber solo con verla su asquerosa realidad. Lo que alimentaba desde el corazón de su hogar. A los que alimentaba desde el impuro corazón de su hogar. Tenía que decirlo en voz alta, necesitaba decírselo en voz alta a ver si de una maldita vez eso se reflejaba en su imagen, si de algún modo lograba aparecer en su rostro el pecado que le consumía el alma. Pero las palabras se le atascaban entre los dientes y los labios, y se le atragantaban en la bilis amarga que no cesaba de emanar cada vez que pensaba en lo que se había convertido y en lo que su ser representaba.
Su secreto mejor guardado, su peor versión estaba reservada para la intimidad de su apartamento, y su odio, para el maldito espejo del baño, que ya hacía tiempo quería moler a palos porque no se atrevía a decirle a la cara su odiosa realidad. “Escribes pornografía para sobrevivir,” salió de su boca finalmente. Y si bien lo dijo, el traicionero espejo no lo reflejó. Seguía siendo ella. Seguía siendo ese mísero ser insulso, apático, que a pesar de tener el más asqueroso de los trabajos, levantando ratas muertas del asfalto, no despertaba ni un cuarto de la pasión que sus escritos y su voz encendían.
En el reflejo, seguía siendo flaca, huesuda, para nada voluptuosa y completamente asimétrica. Carecía de sensualidad, eso era un hecho. Nada de lo que escribía se materializaba en su cuerpo. Nada de lo que escribía era capaz de volverse palabra en sus labios. No podía despertar ningún tipo de pasión, porque nada ni nadie podía despertar ningún tipo de pasión en ella. Ya nada le interesaba, nada la divertía, nada la hacía feliz. No sentía los buenos sabores ni los ricos olores. Entumecida en mente, cuerpo y alma como si algún accidente la hubiera dejado paralizada en el más amplio sentido de la palabra.
Hacía dos años que era célibe, y no por decisión propia. No podía acercarse a un hombre sin pensar en que podría llegar a ser alguno de sus clientes, y de nuevo el asco la invadía.
Las pequeñas historias que escribía a pedido eran la evidencia de su decadencia. Había sido una escritora, quizás en otra vida, una en la que aparentemente le gustaba serlo. Tenía un diario y una lapicera, negra obviamente, guardados bajo la almohada porque no sabía en qué momento la inspiración podría invadirla. Y aunque todavía llevaba ese odioso diario en su bolso, hacía años que no le plasmaba ni una palabra encima. Ya no sabía si le gustaba o no escribir, lo hacía para sobrevivir como se había dicho para justificar lo que ella consideraba su peor pecado. Había prostituido su vocación que era lo más puro que tenía, lo más sagrado. Sentía que se había traicionado a sí misma.
Tampoco entendía por qué sus clientes seguían solicitando sus audios. Ah... porque no solo los escribía, sino que los grababa. Había sido bendecida con una voz privilegiada, para hablar; para cantar hubiera necesitado oído musical y era tan desafinada como una tanza floja en una guitarra descalibrada. Incluso así, se las arreglaba para mantener un pulso digno en sus gemidos, que terminaban en un stringendo medianamente decente que finalmente explotaban alcanzando agudos que hasta sonaban algo entrenados.
Escribía y leía sus historias en un micrófono, sin tapujos y sin vergüenza de ningún tipo. Cada eufemismo para el miembro masculino emanaba de ella como si estuviera recitando nuevamente el preámbulo de la constitución en la escuela; no le movía ni un pelo. Sin embargo, sus palabras abandonaban sus labios con el arrebato de una amante apasionada, temblando de deseo entre los brazos de su enamorado, cuando ella particularmente no había visto un eufemismo en años. Ya ni siquiera lo recordaba. Bueno, lo recordaba... Como si internet te permitiera olvidarlo. Pero no recordaba cómo se sentía en ella, ni cómo ella se sentía bajo el cuerpo de un hombre que la hiciera temblar de deseo, o simplemente la hiciera sentir, con todo lo que la más simple de las palabras implicaba: Sentir algo.
Cómo se estremecía su cuerpo en comunión con otro que experimentara pasión por el suyo. La libertad de dejarse ser en todo su esplendor sin miedo al rechazo o a la frustración. Sus últimos intentos habían sido lamentables e insípidos. A menudo, se sentía una inadaptada intentando comunicar con su cuerpo algo que ni su mente ni su alma eran capaces de concebir. La pasión se había borrado de su léxico para siempre.
Su trabajo no era mecánica cuántica, pero requería de un poco de inteligencia, algo de creatividad y bastante insolencia. Sus clientes le contaban sus fantasías y ella debía convertirlas en realidad, o por lo menos hacerles creer que podían llegar a concretarse. Ella era la voz que los hacía venirse frente a una computadora en línea en algún sitio de pornografía. Y esa era la forma más bonita de describir su labor profesional.
El destino la había puesto en el camino de la industria del sexo con solo veintidós años, cuando un idiota, a quién todavía culpaba por su decadencia, le había ofrecido ganar unos pesos escribiendo un guion para una película pornográfica de bajo presupuesto. Era dinero en sus bolsillos para pagar las cuentas, y ella necesitaba desesperadamente pagar las cuentas. En el momento pareció inofensivo, un buen trato... Uno muy bueno en realidad. Pero resultó ser que era tan hábil haciéndolo, que detrás de ese odioso guion, vinieron unos cuantos más, y así se vio sumergida en una melaza de la que le fue imposible despegarse.
Finalmente, descubrió que el dinero no estaba en las películas, sino en las cuentas bancarias de los asquerosos hijos de puta que se querían coger a sus hermanas, sus maestras, sus colegas, pero no podían. Los aborrecía desde lo más profundo de sus entrañas y detestaba tener que hacerlo. Había comenzado tan casual y tan gradualmente que nunca vio venir en lo que se convertiría. En su carrera profesional, había tenido que escribir tramas tan enrevesadas que ni ella misma hubiera imaginado, y que, a su criterio, solo podían provenir de una mente tan morbosa y tan jodidamente destrozada como la de sus clientes.
Cuando no estaba jadeando o gimiendo en un micrófono en la soledad de su estudio, aparentaba ser una persona medianamente decente. Tenía un departamento en el centro, un perro, iba al gimnasio, aunque no sabía bien para qué, quizás porque el resto de sus conocidos lo hacían. Tenía una interacción medianamente normal con sus vecinos y salía de vez en cuando con sus amigas. Básicamente, era una persona completamente ordinaria y aburrida. Por supuesto, que nadie conocía su pecado, ni siquiera sus amigas. Y es que no eran en verdad sus amigas, solo chicas con las que se obligaba a hablar de eufemismos y orgasmos, los que no eran exactamente sus temas favoritos.
Tampoco tenía una familia. Su madre la había dejado después de conseguirse un nuevo marido y se había olvidado de que tenía una hija. La innombrable había considerado que, como ella ya había terminado sus estudios secundarios, su labor estaba hecha, por lo que había decidido lavarse las manos de ella. No es que tampoco hubiera hecho mucho por ella durante su crianza, básicamente el hecho de que se mudara de casa había sido solo una circunstancia; hacía mucho que la había abandonado.
La noche en que se quedó oficialmente sola en el mundo, salió a un boliche, se pidió unas cuantas birras y perdió su virginidad con un desconocido contra la pared de un asqueroso baño. Ni siquiera recordaba su nombre. Solo recordaba que había sido una incómoda y dolorosa experiencia, porque al parecer, el afortunado era tan novato como ella, lo que contribuyó a que al día siguiente se sintiera adolorida, infeliz y bastante avergonzada.
El ‘chabón’, el tipo que le pidió que escribiera la película, fue su segunda incómoda experiencia, una que se repitió al menos durante un año. El asombroso año en que descubrió que se encontraba completamente incapacitada para alcanzar el orgasmo con un hombre.
El chabón no era bueno con las manos. Solía mover los dedos a la velocidad de la luz en los lugares menos indicados, siempre perdiendo el norte; lo que terminaba por dejarla frustrada y nuevamente adolorida. A pesar de que en repetidas oportunidades le había pedido que no lo hiciera, al chabón parecía gustarle torturarla, porque cada vez que lo hacía, la miraba a los ojos con una enorme sonrisa que le resultaba insultante. La satisfacción de él la insultaba, y la frustración con que se quedaba la insultaba todavía más. Así que finalmente cortó con él y con la incómoda situación de sus manos. El chabón no estaba feliz; ella había ofendido su ego francés, pero por esa misma razón el hombre se recuperó rápidamente y pudieron seguir trabajando juntos.
Las experiencias que le siguieron fueron algo parecidas. Nunca pudo alcanzar la gloria con ninguno de ellos. Siempre necesitó de sus propios medios para satisfacer sus deseos, otro secreto bien guardado que jamás compartió con sus amigas. Era su maldición y se lo merecía, la penitencia por sus pecados. Sabía que así era, lo había aceptado y ya ni siquiera buscaba cambiarlo.
El sonido de su celular la devolvió a la realidad. Abandonó el espejo y se dirigió a su habitación en busca del insoportable aparato. Reconocía ese sonido; era su correo laboral con el pedido de alguno de sus impúdicos clientes. Pero el remitente la hizo sonreír por primera vez en todo el día: Brownbear32, su cliente favorito. Había esperado por su pedido toda la semana.
Sí, a pesar de odiar lo que hacía y odiarse por hacerlo, tenía un cliente preferido, y probablemente estaba un poco enamorada de él. Lo único que conocía de su misterioso brownbear32 era su nombre de usuario, por lo que el resto era un misterio.
A diferencia de sus otros clientes, él no pedía por otras mujeres, sino que pedía por ella. Sus historias debían ser sobre él y ella. Se sentía un poco extraña con el hecho de que le pagara por hacerlo, y debía sentirse una peor pecadora de lo que, según ella ya era, pero también se sentía halagada y no lo podía evitar.
Sus pedidos eran siempre personales, creativos y excitantes. Llevaban a su mente de viaje por el espacio sideral, lo que por alguna razón la hacía sentir que dignificaba su trabajo, o que por lo menos él la respetaba.
En ocasiones, era como si la conociera, como si supiera qué punto tocar para excitarla en todo nivel, tanto físico como intelectual. La sacaba de su letargo y evidentemente ella despertaba lo mismo en él porque seguía haciendo pedidos. Quizás era un idiota, y probablemente un asqueroso también, pero a ella le gustaba pensar que no era así. Estaba enamorada de la idea de él.
Su pedido no era enrevesado: Se encontraban en la calle una noche de tormenta. Mientras esperaban por un café en el bar, los dos completos desconocidos se miraban con intensidad. Él abandonaba el lugar y ella lo seguía. Mojados por la lluvia, se encontraban haciéndolo al final del callejón. Terminaban al mismo tiempo, él aún dentro de ella, la sentía temblar entre sus brazos por el orgasmo.
“Cómo si eso pudiera pasar. Ni en esta ni en la próxima vida, hermano,” rio mientras leía. Pero tenía que darle crédito al pibe por intentarlo.
Continuaba burlándose de su cliente, cuando se dio cuenta de algo que le cortó la risa en seco. Él había firmado su mensaje, solo una D y un punto, pero lo había hecho. Un escalofrío le recorrió la espalda hasta la nuca. No era nada, solo una letra, la más hermosa letra que había visto en toda su vida. ¿Podía ser más ridícula? ¿De verdad estaba enamorada de un total desconocido? ¿Una persona que ni siquiera existía?
Se puso a trabajar en la historia inmediatamente, para sacarse la locura de la cabeza, y quizás también para terminar por darse cuenta de que todos sus sentimientos provenían de sus dos años de celibato y de lo que el desabastecimiento estaba ocasionando en su debilitada cordura.
Escribió una pequeña y excitante historia mezcla de las indicaciones que él le había dado y su propia imaginación, y se dispuso a grabarla. Sin siquiera proponérselo, cuando llegó a la parte del callejón, llevó sus dedos hasta lo más íntimo de su ser y los introdujo mientras pensaba en lo maravilloso que debía sentirse su piel contra la de él. Concentrada en la imagen que había construido del desconocido, continuó su tarea, encendida solo por el pensamiento de tenerlo dentro de ella, acelerando el movimiento poco a poco al ritmo de sus palpitaciones hasta que finalmente terminó frente a su micrófono.
Abrió los ojos respirando con dificultad, temblando por la adrenalina de haber hecho lo incorrecto, y asustada por su inexplicable reacción. Era la primera vez que se grababa teniendo un orgasmo de verdad, era la primera vez que se masturbaba en una grabación, y era la primera vez que sentía que había terminado por otra persona y no por su propia manipulación para darse satisfacción. Lo odió por eso.