(2) La Orden de las Sombras 3: Destino

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Sinopsis

Con el mundo y la Organización a sus pies, Aka da caza a todas las fuerzas restantes del Concejo. Una resistencia se levanta para luchar contra las fuerzas de la Orden de las Sombras e intentar acabar con la retorcida visión de libertad que el Líder Supremo ha impuesto en todo el universo.

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En proceso
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Noche

De pronto, despertó.

Una voz lo despertó. Una voz familiar, una que no escuchaba desde...

Abrió los ojos.

La voz habló de nuevo, retumbaba en sus oídos y se repetía en su mente. Por una extraña razón le producía una nueva sensación, una que no había experimentado antes.

«¿Estoy muerto?—pensó de inmediato»

El mundo que tenía ante él se veía completamente diferente al que estaba acostumbrado. Estaba tendido en el cielo. Todavía no se había dado cuenta de ello, por lo que se sentó como si estuviera en el suelo, frío y palpable con las manos. Sus ojos se encontraron con el cielo estrellado. Allí estaban, muriendo a millones de años luz al igual que él.

—Eres un inútil—escuchó de pronto.

Un intenso escalofrío recorrió todo su cuerpo al oír esas palabras. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie.

Khrôjhi Aiyhin se levantó. Parecía estar flotando sobre las nubes. Encima de su cabeza se extendía el cielo nocturno, también bajo sus pies y a sus alrededores.

De repente, pudo notar la presencia de un hombre frente a él, quien supuso era un poco más alto. En su mirada podía sentir desprecio y odio. Tenía el cabello oscuro, por lo que se le hizo bastante difícil no confundirlo con la noche. Por toda su piel desnuda se apreciaban marcas tan negras como su pelo. Sus ojos pequeños eran como agujeros negros, daban la sensación de poder tragarse cualquier cosa.

El sujeto se acercó a Khrôjhi con lentitud, con pasos débiles y temblorosos característicos de alguien que lleva mucho tiempo sin ponerse de pie. A medida que se acercaba, más fácil le resultaba identificar el resto de sus características. Se sorprendió mucho al descubrir que era idéntico a él, con diferencias considerables de colores en cuanto a la piel, cabello y ojos. Además, tenía esas marcas negras y la cicatriz que adornaba su cara, empezando más allá de su cabello, atravesando el lado izquierdo de su rostro y avanzando por todo su cuerpo hasta la ingle.

Khrôjhi se llevó ambas manos a la cabeza para comprobar, basándose en el increíble parecido con el extraño sujeto, que no tuviese los mismos cuernos humeantes que él. Suspiró aliviado al descubrir que no, pero el sentimiento se desvaneció en cuanto sintió con sus dedos en la superficie de su piel desnuda el relieve propio de una cicatriz. Recorrió el camino trazado en su cuerpo intentando recordar el arma con que fue dibujada, pero no encontró nada importante en su memoria. Se detuvo en su estómago, preguntándose si seguiría también del otro lado de su cuerpo, en la espalda.

Una última cosa llamó su atención. Como si alguien hubiese derramado tinta sobre un papel, se trataba de una mancha que parecía escurrir desde el lugar exacto en que estaba su tercer corazón y se expandía hacia el resto de su cuerpo. Las sombras que lo rodeaban procedían de ella.

Al fijarse bien en su cuerpo, notó que le faltaba el brazo izquierdo, teñido desde la mitad del antebrazo hacia abajo, con la apariencia de una espada, una cuyo filo que casi llegaba hasta el fin de sus piernas acababa en punta. Su mano derecha se había deformado de manera similar a su brazo contrario, bañado en esa sustancia negra, aunque parecía más las garras de alguna bestia, quizás tan afiladas como el sable que tenía en su otra extremidad.

Frente a frente con Khrôjhi, el hombre deformado por las sombras, empezó a hablarle en el idioma antiguo de los keiyhes.

—Khrôjhi—la voz parecía salir de su boca, aunque no movían sus labios—, infeiy hazé.

«Sigues vivo—interpretó él en su mente»

¿Oyí xáhhinu?—aunque intentó usar la lengua que dominaba para preguntar quién era, las palabras que salieron de su boca fueron igualmente en el idioma antiguo.

El hombre manchado de negro no pudo evitar soltar una carcajada. Estando serio otra vez, le gritó en la cara:

¿¡Xáhmiakebh nitee alfäb, el jdii qaü xahiantaé!?—dio unos pasos atrás antes de continuar.

«¡¿Te atreves a preguntar aunque me tengas frente a ti?!»

Utilizando las palabras antiguas correctas, el hombre creó un espejo frente a Khrôjhi sacando agua de las nubes. En el reflejo se pudo ver exactamente como temía, justo como había sentido con sus dedos. La cicatriz estaba allí, las marcas negras y el cabello de igual color también. Afortunadamente, la gran mancha que el otro tenía en el pecho no estaba, ni las deformaciones en sus extremidades.

Bajó la mirada y se sobresaltó al descubrir el paisaje a su alrededor. Solo consiguió caer del aparente cielo en el que estaba.

Liíhayi zaë alfäb bazhàr, Khrôjhi—dijo él.

«Caerás si te desconcentras—se dijo a sí mismo, repitiendo las palabras de la criatura»

¿Oaá xáhhinu yali quitha?—preguntó asustado, esperando que le dijera dónde estaban.

Con la ayuda del otro, consiguió ponerse de pie sobre el cielo otra vez.

¿Czhitsúār teh xahkbae?

«¿Realmente no lo sabes?»

Hubo unos segundos de silencio. Al no oír la respuesta de Khrôjhi, decidió hablar en la lengua humana que el keiyhe dominaba.

—Todo lo que ves a tu alrededor fue creado inconscientemente por ti mismo—dijo el hombre manchado de negro—. Esto no es más que una invención de tu propia mente, algo así como tu mundo interior... aunque reconozco que yo ayudé un poco.

La respuesta provocó la desesperante necesidad de repasar una vez más el impresionante paisaje con sus ojos. Era como estar en el cielo, de pie, en el vasto espacio por el cual aves e insectos alados se aventuran todos los días.

—¿Quién eres?—Khrôjhi cambió la maravillosa vista del cielo nocturno por la de su interlocutor—. Puede que te parezcas a mí, pero...

—No podría ser nadie más que tú—lo interrumpió—. Sobre mi apariencia, por lo pronto no tiene mayor importancia, pero seguro no tardarás en darte cuenta tú solo. Ahora que por fin existo como algo más que una voz en tu cabeza, nunca más volveré a ser una simple sombra. Ni siquiera un reflejo de tus sentimientos oscuros.

De repente, largas bocanadas de humo empezaron a salir de todo su cuerpo, nublando la vista de Khrôjhi y esparciéndose por todas partes.

—Hay algo muy importante que debes tener en cuenta, keiyhe: es gracias a mí que sigues con vida, y, por eso, no quiero que me cuestiones ni me molestes, tampoco te interpongas en mi camino o lo pasarás muy mal. Ahora me perteneces.

A pesar de estar acostumbrado a las amenazas, Khrôjhi no conseguía entender cómo podría llegar a ser un estorbo para sí mismo. Lo único que se le ocurría era que, si se trataba de alguna clase de manifestación física de su maldición, seguramente seguiría intentando apoderarse de su cuerpo y de su mente. Eso sería un problema a largo plazo, aunque perdía importancia si es que realmente estaba muerto.

Lo que supuso que era su maldición lo agarró del cuello con sus garras y lo miró fijamente a los ojos. Por alguna razón que desconocía, ya no le atemorizaba, pero tampoco le despreocupaba. Simplemente estaba allí, como una piedra en su zapato.

—Morirás si me subestimas de esa forma, keiyhe—escupió en su cara al sentir sus pensamientos.

La criatura se esfumó en una especie de sustancia negra cuando terminó de hablar, sustancia que rápidamente se lanzó contra él, entrando por la fuerza en su cuerpo, sacudiéndolo y torturándolo por dentro. Tras varios gritos, se dejó caer de rodillas al suelo, con la mirada perdida en el profundo vacío que se abría abajo, como si estuviese dispuesto para recibir su cuerpo.

Una vez que la última partícula oscura entró en él, la noche se convirtió en día, un perfecto reflejo de su mente atormentada, oscilando entre la claridad y la sombra. El desolador vacío que provocaba mirar fijamente la densa oscuridad se disipaba a medida que la luz de tres soles iluminaba todo a su alrededor.

Cuando los astros alcanzaron su punto más alto en el cielo, grandes concursos de gente, todos vestidos de blanco, aparecieron caminando en todas direcciones, yendo de un lugar a otro con aparente prisa. Una mujer se acercó a Khrôjhi intrigada por su presencia. Apenas escuchó su voz, reconoció mucha tristeza y dolor en ella.

—¡No puede ser!—exclamó ella luego de que la distancia le permitiera reconocerlo—. ¡Es mi bebé!

La mujer se lanzó a abrazarlo, pero Khrôjhi seguía inmóvil, absorto en sus propios pensamientos. Con la voz aún más triste que cuando llegó, lo soltó y se arrodilló frente a él.

—¿Quién es usted? ¿Cómo es que me conoce?—el keiyhe levantó levemente la cabeza para mirarla de reojo, pero no consiguió mucha información con ello, así que la encaró, clavando su fría mirada en los celestes ojos de ella, claros como el cielo que a su alrededor resplandecía.

—Entiendo que haya pasado demasiado tiempo, pero eso es bastante cruel de tu parte—dijo ella—, después de todo, aún la conservas, ¿no es así?

La mujer se atrevió a acercarse lo suficiente como para que ambos pudiesen distinguir claramente los rasgos del otro. Khrôjhi no se lo impidió. Ella le enseñó su puño cerrado y, luego de que él lo mirara, abrió sus dedos, mostrando una piedrecita negra. Khrôjhi casi había olvidado que la robó de las cosas de Elena hace muchos años atrás. ¿Por qué la tenía ella?

—Fue hace mucho tiempo, tanto que ni siquiera recuerdo cuánto ni cuándo fue—comenzó a contarle—, mucho antes de que nacieras, incluso. Tan pronto como nos casamos y comenzamos a vivir juntos, lo que más deseábamos era tener un bebé, pero, tanto nuestro trabajo como todos los viajes que debíamos hacer continuamente, nos obligó a posponerlo hasta que llegaste a este mundo. Eras una cosita muy tierna, como una bola de nieve—lentamente, la tristeza mientras hablaba se iba convirtiendo en nostalgia y ternura—. Has crecido tanto..

Solo consiguió esbozar una sonrisa en su rostro, pero enseguida se convirtió en un profundo suspiro.

—Así que, en conclusión, estoy muerto.

La mujer le dio un par de palmadas suaves en la cabeza.

—No mientas, es malo mentir, fue una de las primeras cosas que te enseñamos.

—Eve...—Khrôjhi susurró su nombre seguido de una rápida negación con la cabeza. Antes de largarse a llorar, corrigió—: Mamá...—ella asintió, lágrimas también comenzaban a asomarse por sus envejecidos ojos claros.

—Aún te queda mucho, lo presiento—enjugó sus lágrimas con su túnica blanca antes de seguir—, de hecho, puede que ni siquiera tengas que pasar por esto, ya sabes...

Khrôjhi la miraba fijamente, con una enorme sonrisa que no aparecía en él desde hace mucho tiempo. El rostro de Elena regresó a su mente una vez se dio cuenta de ello.

—Pero bueno—la tierna voz de su madre lo sacó de sus pensamientos—. Ya es hora de volver, o te meterás en problemas con los de este otro lado. Si pasas mucho tiempo aquí, no te dejarán regresar—bromeó mostrando una leve sonrisa sincera en su rostro.

—¿Puedo elegir quedarme?—preguntó con profunda sinceridad.

—Creo que aún tienes algunos asuntos que resolver—contestó su madre—, pero sí, puedes escoger.

Justo cuando pensó en darse por vencido, el rostro de Elena apareció nuevamente en su cabeza. No podía abandonarla, debía escapar con ella, tal como había fantaseado tantas veces en sus momentos de cordura. Finalmente, decidió que haría lo posible por despertar.

Comprendiendo perfectamente su elección, Eve acarició la mejilla de Khrôjhi suavemente, lamentándose por el breve periodo de tiempo que pasaron juntos, el cual ambos sabían que jamás se repetiría. Abrazó a su pequeño por última vez antes de tener que despedirse.

—¿Estoy... soñando?—preguntó él.

Pero, lamentablemente, cuando se separó de los amorosos brazos de su madre, ella ya no estaba allí. Estaba solo en medio del cielo de su propia imaginación.