El Lobo

Las gotas de lluvia explotan contra el techo de la cabaña; es por eso que Seungmin no escucha el golpe en la puerta.
Se estira rotando los hombros hacia atrás para evitar un calambre y vuelve a inclinarse sobre el escritorio, concentrado en la mariposa que está disecando, las alas rojas y negras desplegadas sobre la base de telgopor.
Los truenos empezaron más temprano, interrumpiendo prematuramente su paseo diario por el bosque en busca de bayas, del que volvió con solo una bolsita de piñones que dejó sobre la mesada con la decisión de encargarse de ellos mañana. Y para el momento en el que la casita queda completamente a oscuras excepto por el resplandor inquieto de las leñas encendidas en la estufa, la tormenta es un sonido de fondo que no da señales de detenerse.
Son los sollozos que llegan ahogados del otro lado de la puerta los que lo obligan a levantar la vista de la mariposa. Clava el alfiler en una esquina del telgopor lejos del contorno delicado del ala y deja las pinzas a un costado antes de ponerse de pie. Está acostumbrado a ignorar el sufrimiento de los animales que llegan a morir cerca de su casita, tal vez atraídos por la luz o el calor, tan distintos del frío húmedo del bosque, pero hay algo en este llanto que comprime su pecho y Seungmin no puede evitar acercarse.
—Si llega a ser otra liebre... —susurra entre dientes mientras gira el picaporte— Te juro que te tiro al fuego y te convierto en la cena.
No es una liebre.
Es un lobo.
Cae al suelo con un golpe seco cuando Seungmin abre la puerta, como si hubiera estado apoyado sobre ella. Debe medir un metro y medio de largo y se ve como si pesara cien kilos. Su pelaje beige es más oscuro en las puntas, el color marrón en la parte superior de la cabeza se difumina a lo largo del lomo hasta la cola, y está manchado de rojo a la altura de las costillas, donde la sangre brota de la herida abierta.
—Mierda.
Seungmin intenta cerrar la puerta, pero el cuerpo del animal se lo impide, atravesado en el umbral. Sus párpados pesados tiemblan, dejando ver un destello de sus ojos dorados, opacados por el dolor.
—Ah, mierda...
Seungmin deja caer la cabeza con un suspiro, resignado, antes de tomar aire y agacharse junto al lobo. No tiene miedo –el animal está demasiado débil como para atacarlo–, pero igualmente duda un momento antes de hundir las manos en su pelaje. Es más liviano de lo que parece, y Seungmin lo sostiene por debajo de las patas delanteras y lo arrastra dentro de la casa con poca dificultad, manchando el piso con barro y sangre.
— ¿Qué te pasó? —pregunta cuando se inclina para mirar de cerca la herida, sin esperar una respuesta. El lobo suelta un quejido—. No te muevas —Seungmin pide, antes de ir al baño.
Revisa el botiquín hasta encontrar una pila de gasas y una botella de agua oxigenada. En su mente, repasa lo poco que sabe sobre el cuidado de heridas: higienizar la zona, desinfectar la herida, detener el sangrado con azúcar, desinflamar con hielo.
No sabe por qué siente la necesidad de darle explicaciones a un animal salvaje, pero lo hace mientras se arrodilla a su lado, quita la tapa de la botella y la voltea sobre la gasa.
—Primero voy a limpiar alrededor —dice—. No te asustes, por favor. No debería doler.
El lobo libera aire bruscamente por su hocico húmedo en algo que podría ser un suspiro. Seungmin procede con cuidado, usando la gasa mojada para desenredar los mechones de pelo que rodean la herida, pegados entre sí por la sangre. Los sollozos se están calmando, y eso lo motiva a seguir hablando.
—Más te vale no arrancarme la mano de un mordisco.
Las orejas del animal se enderezan; mira a Seungmin de lado con los ojos entreabiertos.
—Por favor —Seungmin agrega y aguanta la respiración, porque de pronto se siente medianamente amenazado.
Apoya tentativamente la mano abierta sobre el cuello del lobo y acaricia su pelaje suave, salpicado de trocitos de hojas y pinochas secas. El animal vuelve a cerrar los ojos y relaja la cabeza sobre el piso, y Seungmin suelta el aliento que estaba aguantando.
—El corte se ve muy profundo. Es posible que necesites puntos —dice, aunque preferiría hacer cualquier cosa antes que coser la herida. Pero cuando vuelve a bajar la vista descubre que el sangrado ya no es tan intenso. Frunce el entrecejo.
Aprieta la botella en una mano y dirige el chorro de agua oxigenada directamente a la herida, limpiando el interior. El lobo hace un ruidito y sus cuatro patas tiemblan un poco, pero se ve menos dolorido. Seungmin se queda mirando la herida por un rato, viendo cómo la cantidad de sangre que brota de ella disminuye hasta detenerse por completo.
— ¿Cómo pasó eso? —susurra para sí mismo. El lobo hace otro ruidito y Seungmin casi empieza a creer que es capaz de entenderlo, que está intentando contestar su pregunta.
Lo más sensato sería poner distancia y dejar que el lobo se las arregle solo –es una criatura salvaje, después de todo, debe poder usar sus instintos para sobrevivir la noche en el bosque–, pero ahora le da curiosidad. Da golpecitos suaves sobre el contorno de la herida con una gasa limpia y luego apoya las manos sobre su propia cintura, incapaz de volver a mirar al animal a los ojos, por alguna razón.
—No creo que me necesites si vas a curarte solo —dice, y se escucha más irritado de lo que cree estar.
Se pone de pie con la intención de levantar al animal y volver a sacarlo afuera.
No; de dejarlo ahí y olvidarse de él hasta que la tormenta se detenga. Sería una crueldad innecesaria abandonarlo debajo de la lluvia.
El lobo resopla; rasca el piso con una pata.
—Ay, no puede ser... —Seungmin suspira y deja caer los hombros en señal de derrota—. ¿Siempre das tanta lástima?
La cabaña es tan pequeña que no tiene una habitación, así que Seungmin camina arrastrando los pies hasta la esquina opuesta, donde está la cama. La destiende para quitar algunas mantas y cuando vuelve a girar ve al lobo moverse.
Se tambalea cuando intenta levantarse, luchando con la forma en la que sus patas tiemblan y se resbalan porque no pueden sostener el peso de su cuerpo. Suelta un quejido, pero no deja de intentar hasta que logra ponerse de pie sobre las cuatro patas, y Seungmin deja caer las mantas al piso. Se apura por volver a levantarlas y se acerca al animal lo más cautelosamente posible, estirando una mano al frente de su cuerpo.
—Tranquilo —le pide al lobo que se calme, pero también se lo dice a sí mismo—. Tranquilo. Voy a hacerte una camita.
El animal agacha la cabeza como asintiendo, pestañeando lentamente, y se queda quieto mientras Seungmin dobla una de las mantas y la apoya en el piso lo suficientemente cerca de la estufa, sin despegar la vista del animal.
—Ah, debo haberme vuelto loco —susurra cuando se agacha para dar unas palmaditas sobre la manta, invitando al lobo a acercarse.
Siente sus latidos acelerarse en su pecho cuando el animal le hace caso, caminando con pasos cuidadosos hasta la manta.
—Huh, wow, está bien —murmura en un intento por calmarse un poco—. Tranquilo, no pasa nada.
El lobo se acuesta de lado sobre la manta con un suspiro y cierra los ojos. Seungmin se queda ahí, recuperando el aliento, hasta que el hocico del animal toca su mano en un gesto que interpreta como agradecimiento.
—Sí, de nada —dice con cierta aspereza, dando unas palmaditas sobre la cabeza del animal antes de volver a levantarse.
El lobo parece estar dormido cuando Seungmin cubre su cuerpo con la segunda manta, pero igualmente le habla.
—Voy a estar allá. —Señala la cama aunque el animal no lo esté mirando—. Tenés prohibido comerte mi cabeza mientras duermo, ¿entendiste? Prohibidísimo.
Dirige una mirada cansada a la mariposa sobre el escritorio de camino a la cama, pero no se detiene. Se quita las zapatillas sin desatarlas y se tira en la cama así como está, esperando que una muerte cruel no esté en su destino.