[00] El peón.
El foco blanco del negocio parpadea cuando me impulso hacia adelante a través del frío de la noche. Está por quemarse y sé que eso me dará el pase para robar cuánto quiera en la soledad de la madrugada, sin embargo, no es una deseable cajetilla de cigarros o unas latas de cerveza lo que espero obtener en base a mis malas acciones: allí, frente a la ventanilla y tras los barrotes de acero, se encuentra el joven dueño del negocio que suelo frecuentar diariamente.
Me encamino con velocidad hacia ahí, ocultando mis manos en el bolsillo delantero de mi buzo oscuro y con un mechón de flequillo cubriéndome la visión derecha. En algún momento, deseé verme como el protagonista de una película romántica y de fantasía, el príncipe azul que busca llegar como un caballero ante la princesa y salvarla de la torre y la madrastra malvada. ¿La situación podría siquiera asimilarse? Quizás.
La diferencia estaba, en que yo no era un petulante caballero de brillante armadura. Aquella pequeña y descolorida despensa no era una torre y, Park Jimin no era una princesa. Más bien, un príncipe. Rubio y con los ojos azules más hermosos que haya visto en toda mi vida. Por demás, su padre tampoco era la madrastra malvada, si no, el ogro que oculta al príncipe dentro de un oscuro y lúgubre calabozo para que fuera su tesoro para siempre. Era pertinente decir que no existía un hada de los deseos, porque para eso estaba yo.
Yo sería quien lucharía contra el dragón.
Subí el cordón de la acera, rodeando el travesaño que sostenía la chapa del pequeño techo que protegía la ventanilla de atención al cliente, llegando hasta ella y observando a través de los gruesos barrotes que me impedían alcanzarle. Estaba de espaldas, contando las monedas que había recolectado esa jornada. Podía oírlas caer dentro de la caja de cartón donde ponía el efectivo, llevando una meticulosa cuenta de las ganancias. Posiblemente, todo aquel dinero provenía de la señora Rim, quien vivía en la esquina de la manzana; una anciana decrépita y malhumorada que solía acudir al local para adquirir tres cápsulas de valium y así conciliar el sueño. Era de las pocas personas que hacía compras de forma constante, y lo sabía porque era testigo de ello.
Mi agudo espionaje daba sus frutos cuando ningún otro chico podía posar sus ojos en Park Jimin. Sólo yo, esa mujer, y algún que otro cliente inofensivo teníamos el derecho de verlo a la cara. De apreciar sus finos rasgos y desear sacarlo de la torre embrujada. De soltar las cadenas que lo apresaban en lo más profundo del calabozo. Desear, porque quien lo haría, sólo podía ser el valiente caballero oculto en las sombras, y estaba hablando de mí, por si no se comprendió.
—Oh. —se sobresaltó al voltear, encontrándose con mi atento escrutinio desde el otro lado de los barrotes. Llevó una mano a su pecho, soltando una exhalación. —Me asustaste, Jungkook.
—Esta es la hora en la que vengo, creí que me esperabas.
Asintió, y su remarcada nuez de Adán se movió cuando tragó saliva con dureza. Me encontré mordisqueando mi labio inferior cuando los deseos atados en mi corazón burbujearon por todo mi pecho, expandiéndose hasta la punta de mis dedos. El calor abrasador del querer tenerlo entre mis brazos, sentir el aroma de su cabello y besar la piel de su garganta. Estaba carcomiéndome de manera tortuosa.
—Sí... —se acercó, abriendo la gaveta bajo el andrajoso mostrador junto a la ventana. Sacó el paquete de cigarrillos mentolados que solía llevar. Una satisfactoria sensación me surcó el sistema al saber que, por lo menos, era consciente de eso y lo recordaba. —No tuve un buen día y lo olvidé.
—¿En algún momento tienes buenos días? —traté de que mi tono fuera neutral, como siempre.
Y por ello, lo más probable era que él no supiese de mi vigilancia a su persona, o del amor avasallante que me carcome, o incluso del deseo de poseerlo en su totalidad. Siempre actué como uno más, como cualquier cliente que pasaba de su presencia y sonrisa encantadora. Pero no era así. Cuando me mostró la hilera blanca de sus dientes, mi corazón dió un vuelco estrepitoso; creí que se me saldría por la boca.
—Claro que los tengo. Quiero creer que todos tenemos buenos días. —me extendió el paquete color negro. —Espero que tus días estén siendo buenos también.
Le miré con atención, recorriendo su figura desde su pálida muñeca apenas descubierta, viajando por su pecho y hasta su rostro delicado. La fina campera de algodón me estorbaba, y nuevamente anhelé arrancarla para quitarla del camino. Junto con esos barrotes que me dificultaban la vista y controlaban mis acciones. ¿Habría una manera de romperlos?
Decidido, saqué la mano de mi bolsillo para tomar los cigarrillos, no obstante, en un momento de atrevimiento oportuno, fui más allá y le tomé la muñeca con fuerza. Pude ver sus ojos dudosos clavándose en mi agarre, y su expresión se desconfiguró cuando tiré de él, acercándolo a la ventana por sobre el mostrador. Su respiración se agitó y estancó la otra mano en el mueble, sujetándose de él. Estaba asustado, su pulso contra mi palma lo delataba de una forma tan cruel.
—Mis días son buenos, especialmente a esta hora. ¿No eres consciente de eso?
—Jungkook... —intentó zafarse, comenzando a mover la muñeca en leves círculos para que lo soltara. Pero yo no estaba lastimándolo. ¿Por qué quería apartarse? —¿Qué estás haciendo? Déjame.
—Jimin. —dí un paso más cerca de la ventanilla. Sus movimientos se detuvieron, y elevó los ojos hacia mí. El reflejo de la luz parpadeante en sus orbes azules me encandiló, y lo solté por un breve instante para avanzar más y tomarlo del antebrazo. Lanzó un suave jadeo que me puso los vellos de punta. —Habla conmigo.
—Estoy hablando contigo. —se precipitó. —Estamos hablando. Todos los días cuando vienes a comprar lo hacemos.
—No, no. Sabes a lo que me refiero. —balbuceé, masajeando su piel cubierta por la campera. Su torso se expandía por las inhalaciones entrecortadas. Yo le asustaba. —No me hables como al chico que acusan de tener esquizofrenia. No la tengo, no estoy loco. Háblame como alguien normal. Mírame, por favor.
—No estás loco... —él murmuró, con tanta suavidad que sentí mis oídos adormeciéndose de pronto. Una corriente eléctrica me atravesó cuando la mano que se aferró al mueble se posó sobre mi diestra, buscando aflojar el agarre en su antebrazo. Yo era su maldito peón. —No lo estás...
Su poder sobre mí era exorbitante. Estaba obsesionado con el chico que vivía en la esquina de mi casa, que atendía su humilde despensa y era víctima de mis trastornos. De una etiqueta estúpida e insignificante impuesta por gente ignorante. En incontables oportunidades, pude escuchar desde los callejones cómo los vecinos de la zona le advertían a Jimin sobre mi persona, diciéndole que yo era peligroso, y que corría un riesgo enorme partiendo por las conversaciones pasajeras que tenía conmigo, o por el simple hecho de saludarme cuando me veía.
Esa mañana, no había sido diferente. Su propia madre fue quien lo tomó de los hombros cuando le pidió cordialmente que impusiera distancia entre los dos. Y mi cabeza no era capaz de entender porqué todos ellos querían separarnos. Porqué la molestia en mi pecho era tanta, y qué era eso que nacía desde lo profundo de mis entrañas. El deseo de hacer correr la sangre y oírlos de gritar. Suplicar por el perdón.
Lo observé a los ojos una vez más. El miedo se reflejaba con potencia en sus facciones tensas, y podía percibir sus ganas de llamar a su padre. Su estúpido y egocéntrico padre.
—Ten una buena noche... Jimin. —musité suave, tomando la caja de cigarrillos para darme la media vuelta e irme a pasos apresurados, con el corazón en la garganta y los nervios a flor de piel.
Sin embargo, no lo hice. Yo jamás me iba de ahí por completo. Debía cuidarlo, velar por su bienestar, y cuando supe que ya no podía verme a través de los barrotes de la ventana, me senté en una columna de cemento enana ubicada en la casa de al lado. Tenía una visión panorámica de todo lo que ocurría en el negocio y, si bien no podía verlo, lo escucharía.
Y así fue como escuché su llanto. Conté los segundos exactos en que sus sollozos me estrujaron el estómago de dolor e hizo que mi pulso se acelerara. Ciento ochenta y siete segundos, poco más de tres minutos hundiéndose entre lamentos. ¿Yo había provocado eso? Debí detenerme. Debí esperar a que estuviera listo para conocerme y saber mis intenciones con él. Era un imbécil y debía pagar por ello, debía...
—De nuevo en ese estado. —me exalté cuando fui capaz de reconocer la voz grave de su padre. Su llanto se cortó al instante, e imaginé la escena en mi cabeza. La dibujé con esmero. Aquel hombre horrible y barrigón debía estar frente a Jimin, imponiéndose con su altura y señalándolo con el dedo. El maldito dedo que le haría tragar algún día por puro placer personal. —¡¿Eso es todo lo que pudiste hacer?!
Hubo un estruendo dentro de la tienda, y me levanté al captar las monedas cayendo de la caja. Los sollozos de Jimin aumentaron de volumen.
—N-no, papá... —lo notaba, estaba ahogándose en sus lágrimas. —No es... E-eso...
—¿Eso? ¿Eso, qué? ¿Con qué excusa vendrás ahora? —sus pasos pesados resonaron y me petrifiqué ante el sonido del primer golpe. Mi mandíbula tembló, descargando la adrenalina de un repentino impulso por todo mi brazo, haciéndome cerrar el puño. Podía sentir el ataque de ira aproximándose. —¡No puedes hacer nada, maldito inútil! Lo único que logras, es espantar a todos los clientes con esa actitud estúpida que tienes. ¡Borra la asquerosa sonrisa y trabaja como se debe! ¡Y ya deja de llorar!
Un vidrio se rompió, y me imaginé la botella de jugo desparramándose a borbotones por el suelo. La ví cuando compré los cigarrillos, y supe que era sólo suya. Nadie le ayudaba en el negocio, nadie hacía nada por él. Nadie más que yo.
Nadie podía amarlo tanto como yo.
Se escuchó un portazo, y todo quedó en silencio por un momento antes de que el príncipe llorara otra vez. El ogro acababa de dejarlo en el calabozo, en espera de su caballero, el hada de los deseos, o como solía llamarme: su peón. Porque es lo que yo era de Park Jimin. Me mantenía cautivo en un sentimiento destructivo y agobiante, y actuaría en base a ello finalmente.
Esa misma noche, lo liberaría de las cadenas. Aún si eso me costaba la libertad, me ocuparía de hacerle ver el cielo en su totalidad, lejos de las afiladas garras del mal, y todo lo que conlleva pertenecer a aquella ingrata familia y convivir en aquel maldito y asfixiante barrio de clase media.