Prose
TILLIE
—Ay, no puede ser —susurré para mis adentros—. Otra vez no.
Las luces rojas y azules parpadeaban a través de las ventanas superiores del portón del garaje. Me imaginé que la policía venía a hablar con los vecinos de nuevo. Garry, el hijo de los Wickham, llevaba cuatro años entrando y saliendo de las drogas. La policía de Denver lo visitaba cada dos por tres.
Me daban mucha lástima sus padres por todo lo que tenían que aguantar. Siempre reponiendo lo que él robaba en el vecindario o pagando fianzas para sacarlo de la cárcel. Eran personas buenas y amables que siempre nos trataban bien a mi hermana Kelly y a mí; de verdad lo sentía por ellos.
Garry y yo solíamos ir juntos a la escuela. Compartíamos las clases de matemáticas y ciencias, e incluso andábamos con el mismo grupo. Todo eso cambió en décimo grado. Él empezó a juntarse con la gente equivocada, chicos de otras escuelas que siempre andaban metidos en líos.
Por esa misma época, mis padres me prohibieron verlo. Tenían miedo de que me enamorara de alguien como Garry y terminara en lo mismo. Pero cualquier sentimiento romántico —que no era más que un tonto capricho de adolescente— se esfumó al ver en lo que se convirtió. La adicción se adueñó de su vida y yo no quería ese futuro para mí. Siempre esperé que buscara ayuda, pero nunca lo hizo.
Era viernes por la noche y estaba sola en casa. Mis amigos querían ir al mirador, pero yo no tenía ganas de socializar. Nunca me dan ganas cuando me llega la inspiración para pintar. Papá y mamá habían salido en su cita semanal. Mi hermana menor, Kelly, se había quedado a dormir en casa de su amiga Bridget para celebrar su cumpleaños con un maratón de películas de Freddy Krueger. El cine de terror no es lo mío, pero si tuviera que elegir una, Freddy sería la primera de la lista.
El silencio del garaje era mi refugio, el mejor lugar para dejar que la creatividad fluyera. Podía pasarme horas aquí sola, concentrada con el pincel en una mano y la paleta en la otra.
Traté de enfocarme en el cuadro que tenía delante. Era la pieza que mi hermana me rogó que le hiciera para colgar en su cuarto: un atardecer realista en las Bahamas, un lugar al que siempre ha querido viajar. La música retumbaba en mis auriculares mientras daba pinceladas suaves sobre el lienzo. Llevaba casi cincuenta horas de trabajo este mes y ya me empezaban a doler las muñecas por la tensión. Aun así, estaba tan metida en la pintura que seguí dándole, hasta que noté el parpadeo constante de las luces afuera.
Como sabía que las luces iban a ser una distracción, decidí que era un buen momento para ir a la cocina. Necesitaba un poco de agua y algo de comer. Justo en ese momento me rugieron las tripas. Sí, definitivamente me hacía falta un descanso.
Me quité los auriculares y los dejé sobre los hombros. Crucé la puerta del garaje mientras bostezaba para sacudirme el cansancio. Saqué los dos últimos rollitos de primavera de la bolsa que estaba en el microondas. Los había pedido al restaurante tailandés hace un rato pero no tenía hambre entonces. Ahora estaba muerta de hambre y no veía la hora de darles un bocado.
Justo cuando saboreaba el primer bocado, sonó el timbre. Solté la comida y me sacudí las manos antes de correr hacia la puerta, tratando de tragar rápido. Sentí cómo la pintura seca de mis dedos se descarapelaba al girar el pomo. —¿Otra vez te olvidaste las llaves? —pregunté. Pero en lugar de mis padres, me encontré con dos policías parados uno junto al otro. Retrocedieron un paso en cuanto me vieron. —Si buscan a los Wickham, es la casa de al lado.
—Disculpe, señorita, ¿es esta la residencia de el Sr. y la Sra. Prentiss? —preguntó el oficial más robusto. Me recordó un poco a mi papá, que empezó a quedarse calvo muy joven y decidió raparse para que no se le notara.
Dudé un momento antes de responder: —Sí...
—¿Y es usted su hija? —preguntó el mismo hombre.
Asentí. —Sí, soy yo.
Los dos oficiales se miraron brevemente antes de que el segundo hablara. —Mi nombre es Alex y él es mi compañero, John. —Ambos sacaron sus placas para enseñármelas y las miré con atención—. ¿Nos permite pasar para hablar?
—No. —Se me nubló la vista mientras negaba con la cabeza. Se me heló la sangre en las venas. Una voz en mi interior me decía que algo andaba muy mal—. Pueden decírmelo aquí mismo.
Alex se aclaró la garganta. —Señorita, lamento informarle que a las 8:55 p.m., un conductor encontró los cuerpos de el Sr. y la Sra. Prentiss. Me temo que sus padres se vieron involucrados en un choque con un conductor que aparentemente iba ebrio.
Se me cayeron los brazos a los costados. —¿Perdón? ¿Dijo sus cuerpos?
—Sí, señorita —respondió John. Tenía una mirada sombría que reflejaba la de su compañero.
—¿Están muertos?
John carraspeó y asintió. —Sí, señorita.
Me ardían los ojos. Me quedé mirando sus bocas y veía cómo se movían al hablar, pero no escuchaba nada. Lo único que oía era el zumbido de la sangre en mis oídos. El tiempo se detuvo y sentí que me iba a desmayar. —Lo siento. ¿Están seguros de que es la casa correcta? Ustedes siempre van a la de al lado, con los Wickham. —Miré mi reloj y me di cuenta de lo tarde que era. No me había fijado en cuánto tiempo pasé en el garaje y no caí en la cuenta de que mis padres aún no habían llegado. Traté de contener las lágrimas, pero solo podía concentrarme en no caerme y no vomitar. Me agarré fuerte del marco de la puerta para mantenerme en pie. Las piernas me pesaban una tonelada y solo quería desplomarme en el suelo—. No, esto no puede ser. Tienen que ir al lado. Se han equivocado de casa.
—Lo siento mucho, señorita, pero encontramos las pertenencias de sus padres y el coche estaba a su nombre —dijo John—. También llevaban sus identificaciones con ellos.
—No. —Me negaba a creerlo. Sentía que el cuello se me cerraba y los ojos se me llenaban de lágrimas—. Mis padres no están muertos. Están en la casa equivocada —solicé—. Por favor, díganme que se equivocaron de casa.
—Señorita, ¿hay alguien a quien quiera que llamemos? —preguntó Alex—. ¿Algún familiar o amigo?
No tenía más hermanos. El tío Ash, el hermano de mamá, estaba de vacaciones en Europa y de todas formas casi ni lo veíamos. Kelly estaba con sus amigas y yo no me sentía capaz de decirle a mi hermanita que nuestros padres se habían ido. Quería que viviera un poquito más sin ese dolor. —¿Alguien los encontró así, sin más?
—Sí, señorita. Creemos que el otro vehículo los sacó de la carretera y cayeron por el barranco. El conductor vio las marcas de los neumáticos y las siguió hasta que los encontró —explicó Alex con mucha naturalidad—. Si le sirve de consuelo, parece que murieron en el acto.
—Vaya, qué alivio tan grande —dije con sarcasmo—. No, señor, no puedo decir que eso me sirva de consuelo.
No quería sonar grosera porque los policías solo hacían su trabajo, pero lo único que podía pensar era en Kelly y en qué sería de ella. Solo tenía catorce años, era apenas una niña.
Esto tenía que ser un sueño. Seguramente me quedé dormida en el sofá del garaje y esto era una pesadilla. Tenía que ser eso. Me di una bofetada para despertar, pero lo único que sentí fue el ardor en la mejilla. Me di cuenta de que no era un sueño.
—Señorita, ¿se siente bien? —Sus voces se oían distantes por el ruido de mi propio pánico. El cuerpo me empezó a fallar. Solté el marco de la puerta mientras me tambaleaba. Se me nubló la vista, pero sentí que Alex me sujetaba para que no me cayera. Los dos policías me ayudaron a entrar a la casa y me llevaron a la sala, donde me sentaron en uno de los sillones de cuero.
¿Así se sentía un ataque de pánico? Porque estaba segura de que era eso, o que mi cuerpo simplemente se estaba rindiendo.
—Señorita, tendrá que identificar los cuerpos una vez que los trasladen a la morgue —dijo John poniéndome una mano en el hombro. La bilis me subía por la garganta como un volcán a punto de estallar. Logré tragar saliva, sintiendo el sabor amargo en la lengua antes de que desapareciera.
—No sé... ni siquiera sé qué hacer.
—Podemos pedir que alguien venga a buscarla para llevarla. También ofrecemos servicios de consejería para casos de duelo que podrían orientarla en estos momentos.
—Gracias —murmuré entre dientes. Todavía no podía creer del todo que lo que decían estos policías fuera verdad—. Ya se pueden ir.
Alex sacó algo del bolsillo y me lo entregó. Era su tarjeta de presentación. —La llamaremos mañana antes de regresar.
—Claro —dije sin ninguna emoción, mirando la tarjeta con el logo de la Policía de Denver—. Gracias.
—Lamentamos mucho su pérdida —dijo John. Sus pasos se alejaron hasta que oí cerrarse la puerta principal. Dejé la tarjeta en el sofá y caminé arrastrando los pies hacia el garaje. Me paré frente a la obra en la que tanto tiempo había invertido.
La pintura se veía distorsionada por mis lágrimas y, aun así, le criticaba cada defecto que encontraba. Agarré el bote de pintura y lo estampé contra el lienzo, arruinando horas de esfuerzo. Irónicamente, el bote que agarré era de color rojo. Parecía que hasta el cuadro se burlaba de mí. Parecía que había sangre salpicada por todos lados, incluso en mis manos, y sentí algunas gotas en la cara. El tono rojo manchó el atardecer, oscureciéndolo sin querer. La imagen de mis padres me vino a la mente y solté un grito de dolor. Todas las emociones acumuladas salieron de mi pecho en un grito desgarrador mientras me desplomaba en el suelo de cemento.
—¡Por favor, no! ¡Dios mío, por favor, no! —lloré, encogiendo las piernas contra el pecho. Escondí la cabeza entre las rodillas mientras lloraba la muerte de mis padres. No podía creer que se hubieran ido así, de repente. Sentía el tormento en todo mi cuerpo.
Nunca imaginé que el corazón se pudiera romper tan fácil. Los pedazos que me rodeaban eran la prueba de mi pena. No creía que pudiera recuperarme de este dolor.
Nuestras vidas iban a cambiar para siempre.