𝗡𝗢 𝗦𝗢𝗠𝗢𝗦 𝗜𝗚𝗨𝗔𝗟𝗘𝗦 - MICHAEL AFTON FANFIC (FNAF UNIVERSE)

Sinopsis

"No Somos Iguales" es un fanfic de *Five Nights at Freddy's* (FNAF) que combina amor, amistad y crecimiento personal en una época llena de nostalgia. Mientras Mike lucha con sus propios demonios, incluyendo una tensa relación familiar y misteriosos sucesos relacionados con animatrónicos, Chelsea (en el libro T/N), se enfrenta a decisiones que podrían cambiar su vida para siempre. Con elementos de fantasía oscura y horror, esta historia captura la esencia de los dilemas juveniles y la búsqueda de identidad en medio del caos. **La autora no se hace cargo de los daños mentales, físicos o psicológicos que puedas experimentar al leer este libro.**

Genero:
Scifi/Romance
Autor/a:
MORGAN
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

CAP 1

Verano de 1983

Mike corría lo más rápido posible; ya era tarde para ver a su amiga, y a ella le desagradaba la impuntualidad. Cuando llegó al parque, Chelsea se encontraba de cabeza, colgando en uno de los juegos de calistenia.

—Hola, cabezón —le sonrió la joven—. Llegas tarde —dijo aún de cabeza.

—Lo sé, llorona —le respondió con una sonrisa.

—No soy una llorona —gruñó.

—Eres la persona más llorona que conozco, y sabes que mis dos hermanos son un mar de lágrimas —bufó Mike.

—Yo no lloro —________ giró el manubrio para bajar al suelo.

—¿Y esa vez que te caíste del árbol?

—¡Tú me tiraste! —ella le dio un leve golpe en el hombro.

—Eso no es cierto —él se sobó.

—Cállate… —tomó sus cosas y caminó junto a él.

Hoy era el último día de clases y, para celebrarlo, ambos planearon ir a comer juntos. Ya no se podrían ver a diario durante las vacaciones; a ella no le daban salidas regulares y él trabajaría gratis de niñero de sus hermanos, y (muy seguramente) sería castigado por su bajo desempeño escolar.

—¿Qué tal tu último día? —preguntó la castaña.

—De mierda.

—¿Por qué? ¿Reprobaste?

—Casi… —suspiró—. Los maestros dijeron que yo soy…

—«Muy inteligente, pero bastante holgazán» —________ imitó a la perfección el acento británico de su amigo.

—Yo no hablo así —la chocó un poco con el hombro.

—Eso no es cierto, tú hablas muy “Oh La-lá”.

—Cállate.

No tardaron en llegar a una gasolinera, la cual contaba con una tienda de autoservicio. En Utah las altas temperaturas siempre habían sido pan de cada día, y más en verano. Debido a esto, cada uno compró un vaso grande de ICEE, que llenaron con cereza y mora azul.

—Yo pago —dijo el chico, sacando su cartera.

—No, tú pagaste la otra vez —la chica se apresuró a sacar su dinero.

—Nunca hubo otra vez —le entregó el billete de diez dólares a la cajera.

—Pero habrá una próxima —sonrió maliciosa.

—Espero que sí —le dieron su cambio.

Aparte del ICEE, también se compraron unas galletas y unas gomitas.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo? —preguntó la castaña al salir de la tienda.

—No, ¿qué es? —él salió tras ella.

—No pueden corrernos de aquí —respondió sentándose en la acera—. Podemos quedarnos a vivir aquí y no nos dirían nada —le sonrió ampliamente.

—No creo que vivir aquí sea una buena idea.

—¿Por qué no? Es una excelente idea… —empezó a comer gomitas.

—¿Quieres que seamos los locos drogadictos de este bello establecimiento?

—Dios, no… Pero, Mike, solo imagínate: podríamos vivir de las propinas de la gente limpiando sus parabrisas y comeríamos gomitas siempre que nos alcance.

—Está bien, pero primero quiero conocer el mundo, y después podré venir aquí contigo a vivir de los pocos centavos que nos den.

—¿Y qué haré en esos años que no estés?

—¿Qué harás? Pulga, tú vienes conmigo —él le sonrió de costado.

La joven se ruborizó por el gesto que su amigo le hizo, y este le sacudió el cabello.

—Cálmate, te voy a documentar como mi mascota.

—Grosero.

Mike no era consciente de lo mucho que ella lo quería. Desde hace ya bastante tiempo se había empezado a enamorar de él.

—Claro, lo que tú digas, llorona —tomó un sorbo de su bebida—. ¿Qué harás en estas vacaciones?

—Según yo, te había dicho que mi tía de Chicago va a llegar. No sé cuándo, pero en Acción de Gracias me había invitado a irme con ella y mis primos a la cabaña del lago. Cada que vienen, se quedan ahí un par de días para nadar.

—Sí me contaste lo de tu tía, pero no lo de la cabaña.

—Bueno, ese es básicamente el plan… ¿A ti te van a esclavizar como niñero?

—Llevan años haciéndolo… —suspiró.

Mike la miró con algo de recelo. Al ser hija única tenía más libertad de tiempo, pero, por lo mismo, sabía que sus padres la presionaban mucho más que a él. Su padre nunca le metió tanta presión.

—Mejor ya hay que irnos, no sea que te regañen —él se levantó.

—Calma, mis padres salieron hoy, no llegan hasta mañana —ella le siguió.

—Aun así —empezaron a caminar.

Hace unos meses, en una tarde apacible, ambos jóvenes se habían encontrado en la misma parada del autobús. Mike había sido castigado y ella se había quedado estudiando. Les causó mucha gracia darse cuenta de lo cerca que estaban sus escuelas: ella iba a un colegio público y él a la mejor academia de la ciudad. Pero eso no se compara con el asombro que les dio cuando, al intercambiar unas palabras, descubrieron que ambos tomaban la misma ruta para llegar a casa, las cuales estaban solo a un par de cuadras de distancia.

Después de ese día, nunca volvieron a tomar el transporte para ir a sus respectivos hogares. Esto, porque el carro de su ruta había sufrido un desperfecto y no circularía por el resto del día. En consecuencia del infortunio, los jóvenes tuvieron que irse a pie. Ya se conocían de antes y no se les hizo difícil hacerse compañía camino a casa. Durante el trayecto idearon un camino más rápido cortando por el parque, ya que el autobús hacía un recorrido más largo y cansado por sus múltiples paradas. Desde entonces, todos los días después de la escuela, iban juntos a pie.

—¿Segura que no están tus papás?

—Sí, no te preocupes.

Mike, al vivir un poco más arriba, la dejaba en la esquina de su cuadra. De ahí se desviaba un poco para que los padres de ______ no le llamaran la atención por llegar con un chico. Ellos no solo eran muy estrictos, también muy celosos. Pero ese día sería su última caminata juntos; ya no la vería hasta el regreso a clases, así que decidió acompañarla hasta la puerta de su casa. Siendo el hombre orgulloso que era, solo podía aceptar para sí mismo que la extrañaría mucho. Se había acostumbrado a estar a su lado, y esas vacaciones sin ella serían sumamente tormentosas.

Al llegar a su casa, él la dejó en el sendero de cemento que pasaba por el pasto hasta la puerta principal.

—Recuerda no drogarte sin mí —le sonrió amable.

—Cállate… —ella lo abrazó—. Cuídate, Mike —rodeó con sus manos el cuello de él.

—Cuídate igual —la abrazó por la cintura, para después alejarse del abrazo.

Por instinto, ambos voltearon hacia la casa y notaron que eran acechados por la niñera de ______, quien los observaba por la ventana. No tenían por qué angustiarse: ella era muy gentil, y Mike confiaba en ella desde aquella vez en que llevó a la castaña a su casa cuando se torció el tobillo al caerse del árbol, y guardó el secreto ante los estrictos padres de la joven.

Esa vez, él no la tiró: ella se cayó. Mike había intentado salvarla, pero no pudo; no se le daba reaccionar rápido. Ella era consciente de que la poca estabilidad de su pie en la rama fue la culpable de la desgracia. Aun así, Mike la llevó cargando hasta su casa. Fue entonces que cayó en cuenta de que su corazón se sentía más cercano al de ella y haría todo lo que estuviera en sus manos para mantenerla a salvo. Por el momento, ______ se quedaría con el pie vendado.

Al separarse del abrazo, ______ fue a su hogar. Mike esperó a que ella cerrara por completo la puerta para poder irse a su casa, donde su padre lo esperaba enojado: ya era tarde y no había avisado que no llegaría a comer.

—Ya llegué —dijo Mike al entrar por la puerta y cerrarla tras de él.

—Y a menuda hora para llegar. Ahora bien, ¿en dónde mierda estabas? —preguntó su padre, el señor Afton, acercándose a él.

—En la calle —el joven puso la mochila en el perchero y pasó de inmediato al lado de su padre, sin darle importancia a su enojo.

—Esa no es la respuesta que quería escuchar —lo detuvo.

—Salí con una amiga —Mike se soltó de él.

—No me mientas.

—No lo hago.

Nunca habían tenido una buena relación; apenas se toleraban.

—¿A dónde fuiste entonces?

—Eso no importa, ya estoy aquí y no pasó nada malo.

—Mierda, Mike.

—¿Qué es “mierda”? —dijo la pequeña y dulce voz de Elizabeth.

—Nada, mi nena preciosa —el señor Afton giró la cabeza para descubrir a su hija bajando las escaleras.

—Es caca —respondió Mike yendo a la cocina.

—¡Michael! —protestó su padre.

—Es la verdad, es caca. Es más, tú fuiste el que lo dijo —el mayor tomó un jugo de la nevera y lo abrió para servirse un poco.

—¿Es popó? —preguntó la menor.

—Sí, pero tú no lo digas, mi Lizzie —su padre la levantó en brazos.

—Está bien, papá… —la pequeña lo miró a los ojos por un momento, manteniéndose en silencio—. Popó —estalló en risa.

—Sí, es popó —el mayor le sonrió.

Mike miró la escena y rodó los ojos. No podía creer lo mucho que su padre malcriaba a su hermana, ya que todo lo que pedía se le concedía. Lizzie era sumamente caprichosa y desobediente, y ahora que su mamá ya no vivía con ellos, su papá la malacostumbraba aún más.

—¿Por qué tienes la boca pintada de morado? ¿Usas maquillaje? —preguntó Lizzie al ver los labios de su hermano mayor.

—No —se rió—, tomé jugo de uva hace rato —respondió desganado.

—¿Tenemos jugo de uva?

—No, me compré uno hace rato y me lo acabé.

—¿No me guardaste? —lo miró triste.

—No, perdón —la miró y sonrió con misericordia—. Luego te compro uno.

—Okey —ella bajó de los brazos de su padre.

—¿Ya comiste, Michael? —preguntó el mayor sin dejar de ver a su hija correr hacia el cuarto de su hermano menor.

—Galletas con jugo, ¿cuentan como comida?

—Traje pizza, está en la mesa.

—Gracias, las sobras siempre son mis favoritas.

Mike abrió la caja de pizza y se sirvió dos rebanadas.

—Entonces, ¿a dónde fuiste con tu amiga? —su padre se acercó.

—A ninguna parte, solo fuimos a la tienda —el menor no había pensado bien lo que respondió; nunca le había hablado de ******, no quería que se metiera en eso.

—¿Cómo se llama?

—No la conoces —metió las dos rebanadas al microondas.

—Por eso te pregunto cómo se llama.

—_______ —por lo menos no pensaba mentir.

—¿La del concurso de ciencias? —su sorpresa era genuina; creía que se odiaban.

—Sí, es ella… —se suponía que no se llevaban bien, pero era mentira.

—Deberías invitarla a pasar por la pizzería algún día —dijo después de un rato.

—Claro… —las alertas empezaron a sonar en el interior de Mike; la petición era singular: ni siquiera a su hija consentida la dejaba ir a la pizzería.

—¡Michael tiene novia! —se escuchó a la menor gritar desde las escaleras.

—¡Lizzie! —gritó Mike, ruborizado, causando que su padre se riera levemente.

—En serio, deberías invitarla.