Asta el mandamiento del amor

Sinopsis

Fic de Black Clover x Nanatsu no Taizai

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Omega yael
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prólogo

Capitulo 1 El Mandamiento que Despertó en Hage


El campo de batalla era un océano de sangre.

Los gritos de los caídos se mezclaban con el rugido de los demonios y el estruendo de la magia. Entre cuerpos destrozados y armas rotas, un hombre de cabello ceniciento, cubierto de heridas abiertas, respiraba con dificultad. Su armadura estaba agrietada, ennegrecida por la energía demoníaca que aún se aferraba a ella como un parásito.

Sostenía del cuello a un joven rubio. El muchacho apenas podía mantenerse en pie. Le faltaba un brazo, arrancado momentos antes, y aun así sujetaba su espada con los dientes, negándose a caer. Sus ojos, cargados de rabia y culpa, no se apartaban del rostro de su antiguo aliado.


—Qué patético, hermano… —escupió uno de los demonios que observaban la escena desde atrás—. ¿De verdad creíste que tú solo podrías contra nosotros, los Diez Mandamientos?


Una demonio de piel oscura y sonrisa venenosa dio un paso al frente. Su presencia era tan intimidante como su desnudez, usada como burla hacia los caídos.


—Capitán, permítame matarlo.


Un demonio pelinegro, de porte imponente, alzó la mano para detenerla.


—No. Ese es mi deber.


El peliceniciento dejó escapar una risa baja, rota.


—No hará falta… —dijo mientras la energía oscura se reunía en su mano derecha, tomando la forma de una espada de sombras—. Solo hay alguien que merece matarlo… y ese soy yo.


Sus labios se curvaron en una sonrisa siniestra, pero sus ojos temblaron por una fracción de segundo.

Apuntó la hoja al pecho del rubio.


—¡Muere, maldito traidor!


En el instante en que la espada descendía, un sonido metálico rasgó el aire.

Cadenas negras emergieron de un portal distorsionado, envolviéndose alrededor del cuello del peliceniciento con violencia.


—¿Qué es esto…? —gruñó, forcejeando.

—Qué estúpido —rió otro de los demonios—. Alguien intenta salvarte… va a morir, jajajajaja.


Las cadenas tiraron de él con una fuerza imposible de resistir. El suelo se resquebrajó bajo sus pies. El portal se abrió aún más, como la boca de una bestia hambrienta.

El peliceniciento miró al rubio por última vez.


—Vive… —susurró, sin que nadie más lo escuchara.


Entonces fue arrastrado al interior del portal.

La grieta dimensional se cerró de golpe, dejando atrás un silencio denso y antinatural.

El rubio cayó de rodillas, temblando, con la respiración descompuesta.


El Mandamiento del Amor había desaparecido.

El bosque estaba en silencio.


La vegetación cubría lo que parecía una estatua sentada desde tiempos inmemoriales. Raíces gruesas se habían enroscado alrededor de la armadura, musgo crecía sobre el casco, y pequeñas flores brotaban entre las grietas del metal oxidado. El viento movía las hojas como si el lugar respirara por sí mismo.

Entonces, la estatua se movió.

El metal crujió.

Las raíces se rompieron.

La figura se levantó con torpeza, como si cada movimiento le costara recordar cómo usar su propio cuerpo.

No era una estatua.

Era una armadura… y dentro de ella había alguien vivo.

El hombre dio un paso, luego otro. Miró sus manos enguantadas como si no las reconociera.


—¿Dónde… estoy…?


Su voz era grave, ronca por el desuso.

Avanzó entre los árboles, observando el bosque con una mezcla de extrañeza y alerta. Todo era distinto. Más vivo. Más luminoso. Demasiado tranquilo para lo que recordaba.


A lo lejos, algo gigantesco captó su atención.

Una enorme calavera de demonio, clavada en la tierra como un monumento a una guerra pasada.

Sus ojos se abrieron con sorpresa.


—Hage… —murmuró—. Estoy en Hage…

Un dolor punzante atravesó su cabeza.

Imágenes fragmentadas inundaron su mente: fuego, gritos, un portal, cadenas, una niña llorando, una mujer de sonrisa suave que lo miraba con ternura.


—Lichita… —escapó el nombre de sus labios sin que pudiera evitarlo.

Se llevó una mano al pecho.


—¿Qué hago aquí…? ¿Cuánto tiempo ha pasado…?


Caminó hacia el pueblo. Los aldeanos lo observaron con temor. Algunos retrocedieron al ver la armadura cubierta de suciedad y grietas. Otros susurraron oraciones en voz baja, como si temieran atraer su atención.

Nadie se le acercó.

Nadie le preguntó quién era.

Él tampoco tenía respuestas.

Más adelante, vio una torre. Jóvenes de su misma edad —o al menos eso creyó— entraban con nerviosismo. Un aura de expectación rodeaba el lugar.

Se detuvo a observar.

Uno por uno, los muchachos recibían grimorios.


—Ya es marzo… —dijo en voz baja, sorprendido—. ¿Han pasado… años?


Vio a un chico pelinegro recibir un grimorio de cuatro hojas. Su magia era clara, poderosa, controlada. El hombre sintió una leve punzada de reconocimiento, aunque no supo por qué.

Luego vio a una niña de cabello ceniciento.

Esperó.

Nada.


El grimorio no apareció para ella.


—Pobre niña…


Sin darse cuenta, dio un paso al frente. Algo en su interior se removió al verla apretar los puños, morderse el labio y fingir que no le importaba.

Decidió marcharse, pero notó a un sujeto sospechoso observando desde la sombra de un callejón. Sus movimientos eran torpes, pero su magia era peligrosa.

Se quedó.

El sol comenzó a ponerse.

Más tarde, vio al chico pelinegro siendo rodeado por dos nobles. Estuvo a punto de intervenir… pero se detuvo al notar que el muchacho se defendía con calma y precisión.


—Es fuerte… —murmuró—. Más de lo que aparenta.


Entonces, el mismo sujeto de antes apareció y los atrapó con cadenas mágicas.


—Qué estúpidos…


Antes de que el hombre pudiera moverse, la niña de cabello ceniciento corrió hacia el atacante.


—¡Suéltalos!


El golpe que recibió la lanzó al suelo.


—¡Haru! —gritó el chico pelinegro.


—¿Ella es tu hermana? Qué pena —se burló el ladrón antes de patearla en el estómago.


El aire se rasgó.

El hombre de la armadura descendió del cielo como un meteorito.

Su brazo, cubierto de una energía oscura contenida, atravesó al ladrón antes de que pudiera reaccionar.


—¿No te parece muy bajo golpear a una señorita?


Con un movimiento seco, lo arrojó contra la pared. El cuerpo cayó inerte al suelo.

El silencio se extendió.


El hombre se giró hacia la niña y le ofreció la mano.


—Levántate.


Ella la tomó, temblando.


—Debes pensar antes de lanzarte contra alguien más fuerte. Si no, un día no habrá nadie que llegue a tiempo.


La niña lo miró fijamente.

Sus ojos se agrandaron.


—Eres tú…

—¿Nos conocemos? —preguntó, genuinamente confundido.


Un recuerdo se abrió paso en su mente.


—Gracias por ayudarnos, señor…

—(Haru… mi pequeña Haru…)


El hombre se llevó una mano al casco.


—Mi pequeña… ¿Qué haces aquí…? ¿Dónde está Lichita…?


—Me volviste a salvar —sonrió la niña—. Pero un día yo te salvaré a ti.


El chico pelinegro se acercó.


—¿Es mi maestro?


—No, Yuno, él es mi maestro.


—No lo es —respondió Yuno con su tono frío habitual.

El hombre los observó en silencio unos segundos.


—No soy maestro de nadie —dijo finalmente—. Y ustedes dos son débiles. Demasiado.

Si de verdad quieren sobrevivir en este mundo… tendrán que volverse más fuertes.

Los ojos de ambos brillaron.

—¡Lo haremos! —respondieron al unísono.

En ese instante, un grimorio de cinco hojas emergió frente a Haru, como si el mundo hubiese respondido a sus palabras.

El hombre desplegó alas de energía oscura.

—Bien. Entrenen.

Se elevó en el aire, dejando atrás a los dos jóvenes.

—Ellos dos… me servirán —murmuró para sí.

Mientras volaba, las preguntas se acumulaban.

¿Por qué Haru tenía quince años?

¿Por qué él había despertado en Hage?

¿Por qué su memoria estaba rota?

Un descuido.

Chocó contra un castillo, atravesando uno de sus muros.

—¡Maldita sea!

Rodó por el suelo, levantándose de inmediato. Se quitó el casco.

El polvo se disipó.

—Tienes el valor de atacar la casa de los Silva.

El hombre frunció el ceño.

—¿Silva…?

Alzó la mirada.

—¿Nozel…?

El peliplateado se quedó inmóvil.

Su expresión fría se resquebrajó por primera vez en años.

Una lágrima resbaló por su mejilla.

—¿P-padre…?

El Mandamiento del Amor había despertado… en el Reino del Trébol.