Prólogo: Canela Dulce
Ella no era lo que los demás llamaban una chica inteligente, era más bien torpe, diría yo. No era exactamente lo que los demás llaman una chica madura, más bien la recuerdo joven e infantil. No tenía el don de la seriedad, tendía a ser escandalosa y quizás, a veces, algo llorona… Y, sin embargo, nunca, pero nunca, olvidaré su nombre. Recuerda que te amaré por siempre, Maho Kurotsuki.
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Cuando cumplí exactamente veintidós años, después de adelantar materias y titularme apenas terminé mis créditos, como buen ñoño que soy, comencé a dar clases a los grupos de primer año de la preparatoria norte Asa no hi gakou[1], ubicada en una ciudad aledaña a la gran capital. Mi especialidad eran las ciencias sociales, Formación Cívica, para ser exactos.
Nunca me habían interesado las mujeres, supongo que, por la clásica historia de la familia disfuncional, con un padre ocupado y una madre infiel, pero debo aclarar, que tampoco me considero homosexual. Lo único que me importaba en aquel entonces era mantener impecable mi ética profesional.
Aunque ser profesor nunca fue mi primera opción, no tuve alternativa cuando mi padre quedó desempleado debido a su edad. Yo acababa de recibir mi campante título de Licenciado en Leyes de la Mitsuhashi Daigaku[2] cuando los trámites de la jubilación se volvieron tediosos. Por aquel entonces no tenía experiencia alguna y apenas comenzaba a interesarme en la enseñanza a los jóvenes, por lo que me gustaba mi nuevo empleo, pero no lo suficiente como para sentirme satisfecho y realizado en la vida.
Por ese mismo motivo, jamás entable una relación más allá de la cortés alumno-profesor con ninguno de mis estudiantes, y eso estaba bien, muy bien. Nunca fue necesario, pero luego… Luego llegó esta chica, que me hizo dudar de todos mis principios en un segundo y puso mi mundo completamente de cabeza apareció: Mi adorada Maho…
Fue en mi vigesimotercera primavera, iniciando mi segundo año como profesor de instituto. Recuerdo ver entrar al aula, bamboleándose de un lado para otro de forma alegre, una infantil mochila rosa en forma de perrito, cuyo hocico estaba cubierto por una larga y espesa cortina de cabello castaño oscuro, lacio. También vi una falda más larga de lo usual y una blusa perfectamente fajada y almidonada que contrastaba demasiado bien con su piel nívea.
También, en mis memorias, tengo bastante claro el momento en que inicié a dar la clase como lo haría cualquier otro primer día de clases: Saludé, me presente y, como dictaba el manual de profesores, los invité a realizar la famosa actividad de presentación de la que tanto se hacen bromas al respecto. Pedí comentarios antes de comenzar y todos se quedaron callados, luego pregunté por algún voluntario para pasar primero al frente y, después de un corto silencio incómodo, ella alzó su mano. Ahí pude verla con detalle, tenía mejillas coloradas y largas, pobladas y rizadas pestañas; cuando nuestras miradas se cruzaron, curvó sus gruesos labios en una sonrisa amigable perfectamente delineada.
—Adelante… —dije, y tuve que carraspear después, por algún motivo, mi voz se había cortado hacia el final de la frase. Ella se puso de pie y pasó al frente, balanceándose graciosamente en sus pies.
—Maestro Fukuhara… —me llamó con tono agudo.
—¿Sí? —acomodé mis gafas para evitar su mirada.
—Exactamente, ¿qué le gustaría que dijera?
—Pues… —me quedé pensando un rato, el año pasado nadie había preguntado eso, simplemente se levantaban y decían su nombre, seguido de la escuela de dónde provenían antes de volver a sentarse. Iba a decirle exactamente eso cuando por algún motivo, abrí la boca de más: —Puedes iniciar con tu nombre, tu edad, tu color y comida favoritos, ¿qué quieres ser de grande?, tu canción favorita este día… —me callé, eso era lo que yo personalmente quería saber. Sacudí mi cabeza antes de retomar la palabra— Y-y, también de qué escuela vienes y con cuantos aciertos pasaste el examen de admisión….
—¡Bien! —asintió, había tomado con bastante normalidad todas esas preguntas extrañas, para alivio mío. Giró hacia el pizarrón para tomar el gis (pasó cerca de mí, juré que olía a chocolate y era un poco más alta que el promedio) y escribió su nombre con letras grandes y redondas— Me llamo Maho Kurotsuki[3], pero no se confundan, aunque mi apellido es tenebroso realmente soy muy cobarde para las cosas de terror. Tengo quince años… —demasiado joven—, pero pronto cumpliré dieciséis —por algún motivo, seguía sin agradarme el número—. Mi color favorito es el rosa, no tengo comida favorita, pero siento inclinación hacia las cosas dulces antes que a lo salado. Cuando sea grande, quiero ser escritora de novelas románticas juveniles porque me gustaría conmover el corazón de las jóvenes enamoradas. Mi canción favorita este día… Creo que podría ser Take on me de A-ha. No vengo de una gran escuela, salí de la secundaria número noventa y uno y tuve que estudiar por mi cuenta para pasar el examen de admisión, logré poco más de noventa aciertos… No me considero muy inteligente, pero siempre me esfuerzo. Creo que eso sería todo… —volteó a verme, con sus enormes ojos abiertos de par en par y en ese segundo, sus pupilas se convirtieron en estrellas fugaces que salieron disparadas directamente hacia mí. Algo golpeó mi pecho con mucha fuerza instantes después.
—Está bien… —respiré, mi voz se había ahogado de nuevo— ¿Quién quiere ser el siguiente? —desvié mi vista hacia otro lado.
Los demás alumnos continuaron pasando con normalidad, quizás ahora suene grosero, pero apenas y les puse atención a todos los datos inútiles que les había pedido por accidente. No porque no quisiera, me interesaba ser buen maestro, pero es que simplemente bastaba con que intentara mirar al grupo en general para que mi vista fuera inmediatamente a parar sobre Maho Kurotsuki… Fue ahí, cuando supe que ese año sería un infierno.
Para mi buena suerte la clase terminó, la gran mayoría salió a prisa de camino a la cafetería y unos cuantos estudiantes más se quedaron adentro. Suspiré aliviado creyendo que esa niña finalmente habría salido con la multitud, recargando mi peso por completo sobre el respaldo de la silla, masajeando mis sienes. Cuando me sentí ligeramente mejor, me llevé otro golpe de realidad cuando vi que seguía en el salón, guardando sus cosas cuidadosamente con una calma impresionante.Sus hombros subían y bajaban junto a su respiración, que tenía un ritmo propio y delicado. Se colocó un tirante de la mochila, dio un pequeño salto para acomodarla y poner ponerse el otro y después, caminó hacia mi escritorio.
—Muchas gracias —volvió a mirarme a los ojos, como si quisiera terminar de fusilarme en combate, entonces, colocó un dulce sobre mi escritorio antes de salir brincoteando por la puerta.
Ningún alumno, ninguno en mi corta vida de docente, me había dado las gracias. El cuerpo me cosquilló suavemente cuando fui consciente de que ella lo había hecho el primer día. Tomé el caramelo en mis manos, de pronto tenía un aura de reliquia especial, muy valioso con su envoltura amarilla con bordes rojos, era de canela.
No pude continuar el día escolar con normalidad, aunque lo intenté. Había puesto el dulce en el bolsillo de mi pantalón y a cada momento que lo recordaba, metía mi mano para juguetearlo entre mis dedos, reviviendo el cosquilleo en cada ocasión.
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Cuando llegué a mi casa, me tiré directamente en la cama, lo sujeté entre mi índice y mi pulgar y lo elevé hacia el techo, por encima de mi cabeza para verlo a contraluz. Suspiré…
—¡¿Qué rayos estoy haciendo?! —pensé en voz alta— Es sólo un caramelo, no un anillo de compromiso… Además, lo hizo para ganarse mi simpatía porque debo darle una calificación al final… Me pregunto si les habrá dado un caramelo a los otros profesores…
Acomodé mi cuerpo sobre uno de mis costados y, cuando menos lo noté, me había quedado dormido porque estaba cansado, y mucho. Y es que los profesores no tienen vacaciones realmente, quizás las escuelas estén cerradas durante esos periodos, pero entre la preparación de las clases, las evaluaciones, los calendarios y demás cosas… Casi parecía que la escuela se mudaba a casa, aunque en realidad, no es como si en aquel entonces yo tuviese algo mejor qué hacer.
Dormí bastante, porque juraba que ese aroma a chocolate con leche se me había quedado tan grabado en la cabeza, que casi podía sentirla a mi lado cuando respiraba, tal vez sólo era mi imaginación arrullándome y por eso no me parecía desagradable.
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—¡Hiro…! —escuché que me llamaron— ¡Hiro…! ¡Hiro, es hora de cenar!
—Madre… —suspiré después de abrir los ojos pesadamente.
—¡Hiro…! ¡Se va a enfriar!
—¡En un segundo bajo! —respondí.
De pronto, recordé el dulce y al no sentirlo en mi mano, me alarmé como si se me hubieran perdido los aretes de zafiro de la abuela. Me reincorporé de un movimiento y comencé a sacudir las sábanas, mover las almohadas, revisando las esquinas del colchón, desesperado exageradamente por encontrarlo, pero no estaba.
—No puede ser… —me dije.
Con resignación, me puse las pantuflas y bajé las escaleras para llegar al comedor.
—¿Qué hacías allá arriba? Se escuchaba un escándalo… —mencionó mamá en cuanto me vio.
—Buscaba mi USB —mentí, porque no me interesaba contarle la verdad precisamente a ella—, ahí tengo el calendario escolar y mis listas de grupos, debo encontrarla.
—¿Ya buscaste en el cesto de ropa sucia? Quizás la dejaste en el bolsillo de alguno de tus pantalones.
—Revisaré luego… —simplemente me lavé las manos y me senté.
—Hiro… —dijo con un tono de regaño, como si aún tuviera diez años— Eres el profesor, no el estudiante, no puedes perder algo tan importante como eso.
—Bueno, tampoco es como que tú seas muy responsable… —o eso es lo que me hubiera gustado decir, pero me quedé callado mientras me llevaba el vaso con calpis[4] a los labios.
—¿Qué harás cuando muera?
—Festejar… —y sí, eso tampoco lo dije— No lo sé. —me limité a responder.
—Ya eres un adulto, deberías comenzar a buscarte una esposa…. —y, como de costumbre cada que sacaba ese tema, yo comenzaba a irritarme de inmediato.
—No necesito una esposa. —respondí firme, y eso era verdad. Nadie necesita partirse la espalda por alguien que podría engañarte a tus espaldas.
—Sigue pensando así y nunca conocerás a una linda chica.
Yo suspiré esa vez, ahora que lo pienso, creo que fue la época de mi vida en la que más suspiraba sin darme cuenta.
“Una chica linda”, ya la había conocido, pero para mi desgracia era mi alumna y mi edad no era una gran ayuda, porque siete años de diferencia era mucho, demasiado, sobre todo tomando en cuenta que ella aún era una adolescente. Nunca había sido idiota, sabía que esa niña me gustaba de cierta forma, pero no estaba enamorado todavía, sólo un deseo extraño que se arremolinaba en mi pecho, uno que debía contener porque me causaba estrés y ansiedad pensar en echarme a la espalda un problema de esa magnitud.
—Gracias por la comida… —dije al terminar y, después de lavar mi plato, volví a poner los pies en las escaleras.
—¿A dónde vas? —me detuvo mi madre.
—A mi cuarto, debo encontrar esa memoria a como dé lugar.
—Hiro, te la pasas todo el tiempo pensando en el trabajo, como lo hacía tu padre. Odio que no tengan tiempo para mí. —la ignoré.
—Tal vez debas buscarte un nuevo hijo también, como lo hiciste con tu esposo… —fue mi respuesta imaginaria en ese momento.
Mi padre había estudiado exactamente lo mismo que yo, era un abogado de planta en la corte de la ciudad y pasaba todo el día revisando casos legales para poder ayudar a todas las personas de las que era capaz. Él era un abogado honrado, no importaba la cantidad de dinero que se le ofreciera, el que era culpable, culpable se quedaba, y si era inocente, entonces luchaba hasta la última consecuencia para demostrarlo. Siempre lo admiré y me sentí orgulloso de él.
A veces recibía amenazas, pero era joven y vivo, nunca tuvo miedo porque estaba del lado de los justos y eso al final, tiene su recompensa de alguna u otra forma. Sin embargo, con el tiempo su vejez llegó y se decidió que era tiempo de dejar las cosas por la paz, recibiendo, una vez que resolvió los tediosos trámites, una cuantiosa pensión de por vida.
Y, en cuanto a mi madre… Ella nunca supo que yo me enteré de sus salidas nocturnas, pese a que no era muy buena para ocultarlo. Los días en que mi padre se quedaba hasta tarde defendiendo la verdad, ella y sus “amigos” no eran los más silenciosos. Era uno distinto cada vez y sintiendo el olor de varias colonias mezcladas en su piel, comencé a sentir repulsión hacia mi mamá, me daba asco cada que intentaba darme palmaditas en la espalda o revolverme el flequillo con sus manos y, aún así, ella me ponía tan poca atención que ni siquiera lo había notado en todos esos años.
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Cuando subí las escaleras y volví a encerrarme en mi habitación, mi mirada se fue inmediatamente hacia mi cama, en ese momento, sólo pude sonreír como un bendito tonto… Allí, a un lado de una de las patas de la estructura estaba aquel dulce de canela.
¿Por qué me hacía sentir un poco más tranquilo el hecho de no haberlo perdido? No lo sabía, o más bien, no quería darle importancia pues debía encontrar la manera de mantenerme en soltura y no hacer algo estúpido que podría llevarme incluso a prisión. Rápidamente había llegado a la conclusión de que debía abstenerme de mis deseos personales y suprimir cualquier clase de sentimiento hasta que se me pasara ese extraño capricho.
Y, para ayudarme a cumplir mi meta decidí comer el dulce de una vez por todas. Lancé la envoltura por ahí, diciéndome a mí mismo que después la levantaría y me lo llevé a la boca: Sabía increíblemente bien, ¡demonios! Aguantar iba a ser más difícil de lo que pensaba, pero, por ese día, por ese instante… Decidí que disfrutar un poco estaba bien, por lo que seguí saboreando el caramelo con delicia.
Y, fue cuando recordé… Que yo odiaba la canela.
[1] “Escuela del mañana”
[2] “Universidad tercer puente”
[3] Significa “luna negra”
[4] Bebida japonesa popular de sabor ácido y dulce a la vez, preparado con leche descremada y lacto bacilos.