Prólogo — Dolor
Amado, Carolina
***
El ruido se los disparos inunda mi campo de audición. Las manos me temblaban desde varios minutos antes. No me sentía feliz, no me sentía asustada, no me sentía nada. Creo que es por la adrenalina que recorre el cuerpo se uno cuando uno se encuentra en esas circunstancias.
Los hombres de la mafia rival disparan desde sus posiciones. Intentan ocultarse, pero les es imposible. Aún, a pesar de parecer tener ventaja, somos menos. Cuatro hombres y yo, que no tengo mucho manejo del arma y no debo tirarme a morir.
Juan es quien más alejado se encuentra, está un poco al descubierto porque no hay donde esconderse. Mientras, Tarantino y Gustave se encuentran unos pasos más atrás y a los costados. Los disparos cada vez suenan menos, han muerto muchos. Nosotros hemos perdido hombres y ellos también.
Hasta que de pronto siento un pequeño pesar, miedo quizás. Y mis ojos se percatan de que lastimaron a mi guardaespaldas. Mis labios palidecen.
No puede estar esto pasando, pensé. El mundo no puede quitarmelo a él también. Yo lo amo, él no puede morir.
Juan estaba en el suelo, con un balazo en el torso que hacía que su camisa se manchara de sangre. Era una pesadilla, quería morirme en ese momento... tenía que ser yo. De mi boca, sin intención, salió un grito ensordecedor y salí corriendo hacía él sin pensarlo.