Capítulo uno
Isla Robertson Crusoe: Convento-Orfanato
26 de mayo de 1870
Susurros.
—Señorita Elizabeth —me llaman pero no quiero abrir los ojos, estoy demasiado cansada; ayer tuve que lavar algunas vestiduras de las monjas mayores. Terminé incluso lavando las medias y sandalias de ellas.
Fue un castigo.
—Elizabeth despierta cariño —me pide la hermana Viviana.
Me levanto tocándome la frente y rechinando mis dientes del dolor de cabeza. El sol no fue nada generoso conmigo ayer.
—Pensé que luego del castigo de ayer me dejarían en paz —supuse. La hermana Viviana recoge mi rebelde cabello con un moño muy apretado.
—Señorita Elizabeth, no estuvo bien burlarse de sus otras hermanas —regaña—. Agradezca usted que no tuvo que cosechar todo el campo.
—Tuve que rezar ciento cuarenta veces "ave María" y lavar las vestiduras de todas ustedes. Llevaban meses ahí, sucias, con un olor putrefacto —me quejo.
—¡Meses sin agua señorita!
—Pero...
—Pero nada señorita Elizabeth, debió usted cuidar sus palabras —alude caminando hacia las ventanas moviendo su cuerpo obeso de una forma incómoda—. «Asesinas del Caribe» —recuerda.
—Exacto, por su increíble belleza morena, a eso me refería —justifico mientras me acerco a ella dando brinquitos mientras me intento quitar las medias—, no deberían tomar tan enserio cualquier crítica.
La hermana Viviana se da vuelta con un las cejas inclinadas y el rostro estirado dejando ver las verrugas que oculta con base _beige_.
—Sabe bien usted que nuestra península está en guerra con los piratas ¿Península? ¿Que digo? ¡El país!
—Guerra, guerra, guerra ¡Estoy cansada de escuchar esa palabra! ¡Ustedes me tienen en guerra! —exclamo despertando a las demás hermanas.
—Shh, guarde silencio señorita y recoja sus pertenencias.
El asombro se hace ver en mi rostro.
—¿Recoger? hermana Viviana ¿A qué se refiere?
—Usted ha sido adoptada.
—¿Pero como me van a adoptar si me faltan dos años para ser libre? —interrogo.
—¿Ser libre? ¿Acaso no planeaba quedarse aquí para toda la vida? —me pregunta a regañadientes.
—¿Quedarme? No «Vivi», yo quiero conocer el mundo —doy vueltas como si estuviera danzando, mi vestido de dormir gira a la par conmigo—, conocer culturas, conocer a chicos robustos —dejo de dar vueltas—. ¡Aprender Vivi! La vida se trata de explorar.
Viviana suelta una carcajada y hace ademán de darme una palmada por el hombro.
—Sueña, sueña —se dirige a mi escaparate para abrirlo y sacar mis cosas—. Que todo eso lo puedes conseguir cuando estés fuera de este convento.
Suena la campana y todas las hermanas van a ducharse.
Nos quedamos a solas. Me siento en el borde de la cama y la hermana Viviana se me acerca para susurrarme algo:
—Los O'Brien han pedido tu custodia —revela.
—¿Los millonarios del pueblo?
—Vinieron buscando una muchachita joven y sabes que todos ellos buscan matrimonio, así que pensé; ¿y si apunto a la hermana Elizabeth?
—Incorrecta decisión —reprocho de muy mal humor—, sin mí consentimiento —murmuro—, debió pedírmelo primero.
—Ay señorita no diga eso, quién sabe si usted podría ser la próxima personalidad en los periódicos del pueblo, solo imaginelo —se ajusta el uniforme, sonriendo y abre los brazos al cielo—, Elizabeth O'Brien.
Tiene razón, quizás pueda ir a conocer el mundo. Además ¿Qué podría perder? Soy muy joven y tengo mucho por vivir.
—Acepto.
La hermana Viviana se puso bastante feliz por mi decisión; me ayudó a empacar y me acompañó a despedirme de mis compañeras, incluso me disculpé por la ofensa de ayer a las hermanas mayores. Vi a otra chica, morena de pelo negro, con un pequeño maletín despidiéndose de sus amigas; Margot. Al parecer yo no era la única solicitada. Ambas nos saludamos y emprendemos nuestro camino a la entrada; ahí deben estar esperando por nosotras.
Solo puedo recordar los momentos de ocio sembrando zanahorias cuando era niña en el huerto de este convento-orfanato, también recuerdo los castigos por querer hacer algo que nos gusta; cantar, bailar o llamar «Asesinas del Caribe» a aquellas hermanas que curaban s los piratas enemigos en contra de la ley. Momentos inolvidables que me hicieron darme cuenta que quizás no siempre te sientes triste al abandonar ciertos lugares.
—Míralos, ahí están —me murmura Margot con picardía.
Unos nobles nos esperaban; una mujer rubia muy sonriente nos esperaba afuera tomada de la mano de un hombre con un sombrero alto similar al que suelen utilizar los condes, entre los dos; un pequeño y obeso niño sonriendo.
Al llegar saludaron:
—Hermosas damas ¿Cómo estáis? —quiso saber aquel hombre retirando el sombrero.
—Bien, gracias al señor —pronunciamos casi al mismo tiempo. Desde pequeñas siempre habíamos practicado ese diálogo.
El niño hecha una carcajada y mira a la madre que está tiesa de la emoción, finalmente decide hablar:
—Baltazar ¿Nos las podemos quedar a las dos? —pregunta emocionada.
—Claro que no hermanita, un trato es un trato — pronuncia un joven saliendo del coche.
—Es que se ven tan bonitas, podría criarlas nuevamente —justifica la mujer.
Nos miramos felices, aunque habíamos deducido que no estaríamos juntas igual íbamos a estar feliz.
—No alarguemos más la estancia por favor Eleonore—le pide el noble Baltazar.
De esta manera nos ofrecieron asiento en el coche, los guardias recogieron nuestras maletas y subimos muy emocionadas con nuestra nueva familia.
Adentro, el hermano y la hermana charlan y en alguna de sus conversaciones el hermano menciona que la de él es Margot.
Margot iba muy emocionada, porque nunca sus ojos habían observado un hombre tan guapo.
ಠ‿ಠ