Capítulo 1
A Carina le temblaba la mano. Si saliera disparada una bala del trabuco le daría a cualquier cosa, menos al hombre que protegía a la niña con su propio cuerpo. Le Grand hacía dos metros de alto y se asemejaba a las dimensiones del armario ropero de los que disponía el rey Borbón, Felipe V. Y, sí, conocía el tamaño del guardarropas a la perfección, porque se había acostado con la mitad de la Corte, incluido el rey, para llegar hasta Le Grand. Más bien, para encontrarla a ella.
Atribuyó el súbito temblor a la falta de oxígeno y no porque estuviera aterrada por lo que iba a tener que hacer. El humo negro se esparcía a lo largo de la cabina mientras las llamas se acobijaban en los rincones más secos y devoraban las paredes como si fueran los lamidos del Diablo. Si tenía alguna posibilidad de sobrevivir la encontraría en el balcón del galeón de guerra, que se abría hacia el mar dejando salir columnas de humo negro. La contraposición del azul turquesa frente al rojo rubí que la rodeaba, le resultó escalofriante, porque no saldría de ahí sin que alguno saliera herido, bien por el fuego, por la asfixia o por una bala. Apurando al destino, a lo mejor terminaban ahogados y el navío hundido.
Tras la explosión meticulosamente provocada cupo esperar que ningún alma sobreviviera, por lo menos ni siquiera a las astillas de la madera clavándose en sus extremidades, atravesando la tierna carne de una criatura de siete años. La había visto caer y cómo un mástil la mutilaba y la dejaba manca hasta el hombro izquierdo. Jamás recuperaría ese brazo que había salido volando y que ahora se cobijaba en la panza de las bestias marinas que rodeaban el casco.
Desde el galeón de guerra inglés, cuya bandera ondeaba al aire con orgullo, Carina había visto a esa niña ponerse en pie, voltearse desorientada y clavarle una mirada que atravesó el catalejo por donde Carina recibió un latigazo de horror y desconcierto. Aun cuando las llamas habían besado el vestido de la niña, ésta permaneció en pie mirándola entre lágrimas como si no lograra comprender el por qué. Carina sintió algo removerse en su interior por lo que esa niña llegó a transmitirle, pero no dejó que la duda hiciera mella en su sentido del deber. Sabía lo que era y distaba de ser una niña corriente de sangre azul.
Habría sido más fácil que Le Grand no hubiera aparecido de repente, pero él era así. Tenía el don del oportunismo, o del infortunio. A Carina no le sorprendió que, al final, fueran a vérselas una última vez. Porque llevaban años dando vueltas en círculos, tensando la cuerda entre los dos, entre el bien y el mal, amándose y odiándose, sintiendo cada caricia como una navaja rajando su dulce piel, porque los dos supieron desde el principio que, en algún momento, iban a quemarse, ni más ni menos.
El nudo en la garganta le impedía hablar. Quería concluir su rivalidad con una despedida, le bastabaun escueto adiós o un lo siento, lo siento por todo...
A lo mejor Le Grand había sido el único hombre al que había querido de verdad. No obstante, se cruzaba en su camino una y otra vez desde que se vieron en el baile de máscaras en Castilla. Todavía podía sentir su mirada sobre ella derritiendo cada capa de su ser y su voz ronca susurrándole al oído que a las espías de Jorge III de Gran Bretaña les concedía una copa, un baile y una carruaje de vuelta a Inglaterra. Subyugada por él más que por sus amenazas no se dio cuenta de lo que iba a ocurrir. El baile vino primero, la copa después y cuando fue a dar un sorbo, Le Grand le arrebató la copa y la lanzó al jardín, la cogió a ella de la mandíbula y la besó en mitad del balcón con la brisa de la noche sacudiendo su cuerpo de frío; En realidad, fueron los labios de Le Grand los que la hicieron temblar de deseo, a pesar de que él había estado a punto de envenenarla.
Y, si bien siempre fueron enemigos, los distanciaba algo mucho más que un monstruo escondido tras las piernas de un hombre. Había un sinfín de contradicciones morales entre los dos, lo suficiente para que Carina supiera que ese primer beso fue su condena. Lo que sentía por él no se apagaría, pues ambos eran villanos y héroes al mismo tiempo, que no se entendían y que jamás lo harían.
Entonces, se dio cuenta de que lloraba. El humo estaba irritándole los ojos y el sudor empapaba su espalda.
No tenía sentido que él protegiera a un monstruo.
Alzó la otra mano con tal de que el cañón del trabuco dejara de sacudirse y la apoyó alrededor de la que sostenía el arma. La ira la recorrió al ver asomarse los ojos verdes de la criatura. ¡Debería de estar desangrada!
—¡Apártate!
Le Grand cambió de expresión a una más neutra pese a que el hastío siguió haciendo mella en sus facciones.
—Siente.
—¿Qué?
El crujido de la madera los alertó del próximo derrumbe.
—Carina.
Carina tragó saliva y su voz sonó tenue y temblorosa cuando volvió a pronunciarse. Era consciente de que iba a ser la última vez que lo escuchara pronunciar su nombre.
—¿Qué?
Le Grand le sonrió y Carina sintió un pinchazo de dolor en el pecho.
—Es más humana que tú y yo juntos.
Carina bajó la vista hacia la criatura y la vio esconderse en cuanto clavó sus ojos en ella.
Nadie sabía de dónde procedía. Solo que no era hija de un Rey y que ostentaba los privilegios de una princesa. No hubo quien cuestionara la decisión del monarca de acogerla como si fuera suya, pues era de todos bien sabido que al Rey gustaba de placeres mundanos y que no había día que se perdiera en las sábanas de las sirvientas más bellas o de las damas más reputadas. Tal era su afición que tampoco nadie se había cuestionado lo rara que era ella, la niña dorada, María Teresa de Aviñón, que a pesar de los años que habían pasado seguía teniendo siete cuando debería de tener, por lo menos, veinte. En otras circunstancias, tuvo una expresión risueña, con bucles dorados adornando su cabecita, unos impresionantes ojos verdes colmados de esperanza y una piel blanquecina como debía de tenerla la muerte si pudiera personificarse. Porque para Carina eso era lo que Teresa era: la destrucción silenciosa de un mundo que había manejado entre sus dedos a favor de su padre de acogida. Ella era el causa por el que Carina se presentó en el baile la misma noche que se enamoró perdida y locamente de Gabriel Le Grand, bajo la misma luna en la que yació en la cama del Rey con el ojo puesto en la alcoba de la niña dorada.
Todavía quedaban obras paganas que hablaban de ella y que habían llevado a Carina a cuestionárselo todo. Tanto que llegó a pensar que tras la muerte había una vida que explorar. Un pensamiento la llevó a otro y concluyó que a Le Grande lo había conocido mucho antes de aquel día en el baile y que estuvieron destinados a reencontrarse incluso después de la muerte. Si sus conjeturas fueran ciertas Dios era una distracción para que nadie mirara hacia los mortales que vagaban entre ellos y se dieran cuenta que los dioses, en realidad, estaban a su lado.
Eris era la prueba de ello.
Había visto a un ejército entero sucumbir a los deseos de esa niña con un solo parpadeo. Esos ojos esmeralda se tornaba luminiscentes cuando algo se tramaba. No, no era humana. Ni tampoco tenía la capacidad de sentir del mismo modo que los mortales. Era un bicho de otro mundo y época que desequilibraba los juegos del poder. Muchas habían sido las veces que Carina había estado cerca de matarla y aquella era la definitiva.
Accionó el gatillo sin pensarlo y se le escapó un alarido de horror cuando la bala rozó la mejilla de Le Grand y se perdió en las llamas.
Él ni siquiera se había movido.
Una viga cayó del techo y se estampó contra el suelo entre los dos. Virutas de fuego salieron disparadas en todas direcciones alrededor del trozo de madera.
Entonces, Carina se dio cuenta de que no podía apuntarle a él y que el cañón se mantuviera firme. Así que, probó de apuntar más abajo por si tenía la suerte de rozarle la rodilla al mismo tiempo que la bala se clavaba en la frente de la niña cuando ésta hiciera el amago de aparecer.
—¿Sabes por qué nunca se ha defendido de ti?—le preguntó él mientras ella entraba en sudores del esfuerzo por concentrarse, y él no esperó a querespondiera—: Porque tiene la esperanza de que sabrás elegir el bando correcto. Pero, sobre todo…
Carina parpadeó con fuerza. Podía hacerlo. Podía atravesar el muslo de Le Grande y darle a la niña de pleno.
—… porque sabe que te quiero.
Alzó la vista hacia él y vio que hablaba enserio. Ese hombre realmente tenía un don: El de sorprenderla constantemente.
—Voy a dispararte, Le Grande—amenazó con voz ronca—. También puedes apartarte, ahora.
—Controla ejércitos—masculló él—. ¿Qué crees que le hará una bala?
—Déjame que lo compruebe.
—Es la salvación.
—¡Es un ser del infierno! ¡Y destruirá mi país y todo lo que esté en sus manos!—Dejó caer el arma contra sus piernas y estalló—: Estuvo antes de que tú y yo naciéramos, antes de que Cristo fuera colgado en cruz y antes de que nuestro mundo existiera.
Le Grande meneó la cabeza de un lado a otro. No pareció en absoluto sorprendido por sus palabras. Ni tampoco pareció creer que ella hubiera enloquecido.
—Puede redimirse al igual que puedes hacerlo tú.
—¡Lo destruyó todo hace miles de años! ¡Y pretende hacerlo de nuevo usando a tu Rey de peón!
—Elige—masculló Le Grande.
Carina dio fin a la discusión. Acercó el trabuco a las llamas para encenderlo de nuevo y apuntó al corazón del hombre.
—Bien.
Accionó el gatillo, la bala atravesó las llamas de la viga que había caído hacía unos instantes y, de pronto, se quedó suspendida en el aire a la vez que los crujidos cesaron, el fuego se quedó inmóvil y el oleaje se silenció. El tiempo se detuvo frente a la desconcertada expresión de Carina, la única que parecía no afectarle aquel giro inesperado. Dejó caer el arma al suelo con los ojos clavados en la sombra que apareció de detrás de las piernas petrificadas de Le Grande.
La niña dorada dio un paso a un lado con expresión enfadada y con las telas rotas de la manga izquierda cayendo sobre la carne viva del hombro. Sus ojos brillaban como dos canicas entre el velo negro del humo.
—Él es…—murmuró la criatura mientras hacía girar la bala en dirección opuesta— mío.
A pesar de que todo lo demás permaneció inmóvil, la bala atravesó el pecho de Carina haciendo que ésta retrocediera por el impulso con los ojos salidos de las cuencas.
—He estado esperando a que lo hicieras, a que al fin destruyeras la última esperanza de mi Gabriel, el ángel caído, el oscuro lado del cielo que me protege de la luz, de ti, fiel protectora de los hombres. Él es mío—repitió mientras Carina se derrumbaba de rodillas más pálida que un cadáver—. Si te mataba antes de hora lo habría perdido. Él se habría sacrificado por ti. Así que me dediqué a ganarme su afecto si no me defendía, si dejaba que me sabotearas, si veía que por ti no movería ficha, porque sabía que él te quería más que a sí mismo… Más que a mí.
Alargó una mano diminuta y entrelazó los dedos con la mano de Gabriel.
—No me querrá igual, pero ya no estarás. Y sí, puedo cambiar. Pero tú eres un puto incordio.
Los dedos de Le Grande se apartaron de los de la niña y ésta dio un respingo al notar que él se abalanzaba hacia delante atravesando las llamas aún inmóviles y rescataba el cuerpo de Carina al vuelo cuando ésta iba a caer de lado. No supo cómo él se había deshecho de su atadura temporal y no tardó en averiguarlo al caer en la cuenta de que su amor por esa mujer era más fuerte incluso que sus poderes ancestrales.
—Gabriel—susurró la niña con asombro.
—Vete—gruñó él estrechando a Carina contra su pecho—. Eris.
—Morirás—exclamó angustiada.
—Que así sea.
—¡No!
—¡Vete! —rugió el hombre marcándosele la vena en el cuello— No voy a defenderte, ni a seguirte, mientras ya no tengo un motivo para hacerlo. Ella es mi caos.
—Y tú el mío—balbuceó la niña haciendo puños.
Él ya no la escuchaba y no quería saber nada de esa criatura. Bajó la vista hacia Carina y vio que ésta todavía consciente, en sus últimos esfuerzos, le acarició el corte que le había hecho en la mejilla.
—Si existe otra vida más allá de la que hemos conocido…—susurró Carina antes de que su mirada se desvaneciera— sé que volvería a enamorarme de ti.
Le Grande enterró la nariz en la melena de ella antes de volver a alzarla hacia al otro lado de las llamas. Eris, la diosa del caos, había desaparecido y sin que él pudiera saberlo, se encontraba en la bahía, junto al resto de los pueblerinos expectantes ante las enormes llamas que consumían el navío. Tan solo tuvo que soplar como quien se quita una pluma del hombro para que el barco estallara y se