Dementiana

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Sinopsis

La vida es la vida sin adjetivos en este libro de cuentos; y se impone por ella misma. Corta o larga, sucede para el hombre. Sucede sin más. El hombre acepta el ser por el ser; el ser sin adjetivos, sin más; y el ser se acaba, fenece. Certifica tales dichos la palabra del Poeta: ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! (Amado Nervo, “En paz”). Del acierto de Amado Nervo habla el primer cuento: Una anciana consume paulatinamente su vida en la demencia, sin reclamaciones. Vida y demencia las simboliza la pintura original “Flora Dementiana” de Cynthia James, realizada especialmente para este libro. Ella juega con el término demencia y el nombre de la planta Echeveria Desmetiana, perteneciente la especie suculenta de la familia de Crassulaceas. Por su resistencia a la aridez, es un icono de fortaleza. El subtítulo alude al contenido (relatos) y, a la vez, reivindica el género femenino en tiempos de la “despatriarcalización” en Occidente.

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Completado
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8
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16+

I ¡En paz!

Dementiana

Cerrados o abiertos, a María Maruca Riquelme poco le importan los ojos para ver el mundo creado en su cerebro; tan real, como el visto por todos. “Es un asunto de realidad”, ratificó el neurólogo a los hijos y nietos de la mamá grande en la consulta. “Es un universo real”, recalcó. Afligidos, los familiares querían saber causas, preocupaciones, despreocupaciones y tratamientos para atender de manera óptima a Mary, cuya edad superaba los noventa años.

“Real...“, se repetían ya en casa, en la cotidianidad de las atenciones, los familiares y los enfermeros de atención continua. Conformes, sí, de saber a la abuela entretenida y en afanes; pero descontentos por carecer de noticias y detalles de cuanto vive en su mente. Mary no se comunica, dejó de hablar: o no puede o se niega a hacerlo; por supuesto, no se extravía en su mundo; al contrario, lo vive orientada con todos los sentidos.

En el pinar de San Rafael, bañado de sol y de perfume silvestre, pasea Mary, según costumbre familiar dominical. Corre entre los árboles y se resbala en el resbaladizo colchón de las hojas de los pinos, las acículas, acumuladas en el suelo. Se duele y queja, pero solo como acto reflejo de la recuperación de aire para continuar.Juega “Chepe Loco”, encantados y rondas infantiles con sus hermanos y sus amigos. Al final, se arma una “guerra” de todos contra todos, con las piñas (el “fruto” con escamas del pino).

Un día antes, ayudó a preparar las viandas para ese paseo; huevo con chorizo y frijol refrito con queso en paques (tortillas de maíz doblada por la mitad). Vertió también limonada hecha por ella misma en botellas de vidrio. Colocó todo en una canasta de mimbre, y agregó más platos y vasos. Fue la primera en adelantarse a la puerta de salida de la casa y, luego, en subirse a la camioneta de carga convertida en transporte de pasajeros.

María se acercó el cuaderno de apuntes y los lápices. Dibujó pinos y algunas de sus hojas filiformes secas en el suelo, en una combinación de colores verde y ocre. El dibujo es “irreal”. Los pinos y el paisaje son los reales en su mente. Ella no regresó a su sillón reposet; ella siguió en el bosque de San Rafael.

Además de trazar dibujos y “letras” para comunicarse, creó su lenguaje corporal; así lo han interpretado atinadamente quienes le rodean. Para expresarse, ella mueve los dedos, las piernas, las manos, los dedos, según la emoción; abre los ojos y mueve los labios sin articular palabras (imagina pronunciarlas). El retraimiento no existe en ella.

Los familiares son quienes creen en su incomunicación (como la ven desvalida y la llevan de los brazos a la cama, al comedor, a la silla de descanso…). Ellos son los “aislados”. Aún más, María, en su cerebro, sigue siendo la de los pies delgados pero fuertes para aguantar caminatas, subidas, bajadas, “ires” y “venires”, a horas y a deshoras. Es ágil en su mente; los años son circunstanciales.

En el Río Grande se baña Mary, acompañada de familiares y amigos. Ese afluente es una atracción para el tiempo de calor, dada su agua fría; helada, mejor dicho, pues el cauce surcado de ahuehuetes recibe pocos rayos de sol. Sus pozas, formadas por los desniveles del fondo, son óptimas para los chapuzones. No, no es un río para nadar a favor o en contra de la corriente; el cauce, asaz estrecho, está invadido además de las raíces superficiales de los árboles. No; es solo para sumergirse y nadar a medias. Si de echarse clavados se trata, los bañistas van a las pozas cercanas al puente, cuyos barandales son la “plataforma”.

La gracia no es clavarse al estilo Joaquín Capilla, campeón olímpico de renombre, sino competir para ver quién salpica más agua a la ahora de caer; a Mary le gusta hacerlo y caer de sentón; poca o mucha agua salpicada no le importa; la competencia incluye la cantidad de lanzamientos; muchos es mejor. A ella le gusta asimismo hacer sonar el agua como tambora. Sentada en la orilla de una parte honda, forma un medio círculo con el brazo izquierdo y con el derecho bate el agua y modula la amplitud del círculo para alcanzar el tono grave de algo parecido a una tambora. No es perfecto, pero ella se divierte y los otros la imitan.

Acaba el baño, pero no el paseo. Enseguida emprenden todos un corto viaje a la comunidad de El Señor del Pozo, a veinte minutos en coche, ¡y allá van! El lugar toma el nombre del Cristo y su templo construido junto a un pozo de agua. Llega Mary y saluda a las mujeres asomadas curiosas por la presencia de visitantes, más bien escasos en el lugar; no pierde el tiempo y pregunta por limas para refrescarse, chayotes maduros para comerlos hervidos y una gallina ponedora. ¡Buena compra! ¡Buen retorno a casa, con el viento de la tarde!

Para cambiar el pañal de adulto de María, la enfermera batalló como todos los días, dados el peso y la rigidez general del cuerpo de la anciana. Se ciñó antes el cinturón de carga, a modo de prevenir una hernia. De gran corazón, y verdadera vocación, amorosa le quitó el pañal sucio; la limpió con toallas húmedas, le untó aceites para evitar la escaldada de piel y le puso el pañal nuevo. María ya olvidó los pudores de mujer pudorosa y dejó cambiarse con docilidad (esta vez no refunfuñó). Al final sonrió a la enfermera.

Mary debe ayudar a su mamá a hacer una cantidad extra de pan; llegarán los compradores de la denominada tierra caliente para proveerse con miras a la fiesta de “Todosantos”; los días 1 y 2 de noviembre están encima. Desde ayer preparó la harina con levadura y hoy se levanta temprano para ganarle al tiempo. Un café con canela y un biscocho son su desayuno. Aún con el cabello húmedo del baño, llega a la panadería de su mamá, conocida por la sabrosura de sus panes; fama llegada hasta los habitantes de pueblos cercanos. Por ello, su mamá recibe el encargo anual, desde hace años, de los terracalentanos.

Mariíta, como también se le nombra, sintoniza el gran aparato de radio Telefunken Punto Azul con la emisora de las radionovelas; lo hace a volumen adecuado para escuchar las historias rosas, así deba moverse. En los molenderos se da vuelo con la hechura de las cazuelejas de elote y los pastelillos rellenos de queso y de manjar, sus preferidos, como si fueran para ella. Ya la apresura Zoila, la horneadora.

Al final de la tarde, llega don Nicolás, el primer comprador. Mary le despacha y le ayuda a colocar el pan en una caja grande, de madera para proteger el contenido del zangoloteo del camión de pasajeros.Don Nicolás, hombre enjuto, bragado en las labores del campo, platica la celebración del Día de los Fieles Difuntos, a quienes también se les comparte el pan en las ofrendas del altar familiar, colocado junto a las imágenes de los santos protectores de la casa. “Es una fiesta humilde, pero las invito a ella; nos dará gusto a mi familia y a mí atenderlos como se merecen”, invita don Nicolás. Mary convence a su mama y acepta la invitación.

TIERRA CALIENTE. Esa noche, Maruca estuvo especialmente inquieta a media madrugada; sin dormir o con el sueño muy ligero empezó a quejarse. La enfermera acude, le tocó la frente; la sintió caliente: un síntoma de fiebre. El termómetro y confirmó una temperatura de 39 grados. Le dio una tableta de Paracetamol para bajar la fiebre. La abuela durmió hasta muy entrada la mañana.

¡Familia en alerta! El médico de cabecera acudió a su llamado; diagnosticó infección en las vías urinarias; recetó antisépticos y lavados; y recomendó limpieza cuidadosa extra en el cambio de pañal. A María la levantaron y la bañaron, contra su voluntad.

El calor en tierra caliente aprieta, así sea Otoño; de ahí su nombre. Nicolás recibe de buen talante a la familia de Mary; sirve agua de limón, acerca un frutero con naranjas, limas y pomarrosas, y una cazuela con cuajilotes cocidos en miel de piloncillo, “un tentempié en espera de la hora de comida”, anima a los recién llegados. Mariíta le entrega turrones y polvorones hechos y horneados por ella misma; luego, va a la huerta, atraída por los papayos y las anonas. Su vestido floreado vuela entre los quiebracajetes y otras flores silvestres. Sus zapatos blancos se empolvan; sin preocuparse, ella los sacude… y no hace falta más.

La invitada especial va con los hijos y nietos de don Nicolás a La Tapadera, una laguna a no más de trecientos metros de la casa. En traje de baño ella y los mayores, y desnudos los niños, se zambullen hechos un jolgorio de frescura en abundancia; juegan a sumergir al contiguo, a los bucitos y a nadar mirando el cielo para imitar el surtidor de las ballenas echando agua por la boca. Luego, buscan tortugas (sin éxito) y culebras de agua para agarrarlas por la cola y aventárselas a los miedosos.

Despertaron a Maruca para suministrarle la medicina de manera más bien forzada; ella rechazó las pastillas por la deglución dificultosa; y para darle también de comer; una papilla de verduras con la carne licuada, servida en cucharadas espaciadas, muy espaciadas, según su propio ritmo. El movimiento del maxilar es lento; a eso se une frecuentemente el cansancio y el desgano de masticar, al grado de escupir la comida o dormirse. La paciencia se une a los ruegos para verla probar la comida.

De dos días es la vista a la casa de don Nicolás. Los muchachos van ahora al río y le enseñan a Mary los caracoles de agua dulce y como recogerlos; “les quitaremos el extremo de la concha con un machete y luego nuestra mamá hará con ellos un caldo con epazote; sabe delicioso”, le comentan. Por lo mismo, apresuran la recolección del molusco. Cuando regresan ven a don Nicolás trepado en una palmera cortando cocos.

A la hora de la comida, le enseñan a Mary la manera común de comer el caracol; se succiona para extraerlo de la concha: “el modo más emocionante”, le dicen los muchachos; o se saca de la concha con una espina o una aguja, la manera “menos industriosa”. Caliente el caldo, le agregan picante y lo acompañan con tortillas de maíz. La bebida de maridaje es agua de coco. El postre es la pulpa de los mismos cocos partidos con la habilidad machetera del hijo mayor de don Nicolás.

El sabor y olor de coco les acompaña en el regreso a casa.

VELADA. Es la tarde, y María recibió la visita de sus compañeras del círculo bíblico, portando dones; quien una botella de jerez dulce San Jorge, el apetecido por la anfitriona; quien turrones, sus dulces preferidos; quien marquesote (pan esponjoso hecho con base en clara de huevo). Frutas, un perfume y una mascada de seda se agregaron a los regalos. Maruca vio a sus correligionarias e intentó sonrisas; abrió grandes ojos para captar la conversación; mejor dicho, para imaginarla pues menguó su audición. Los Riquelme, buenos anfitriones, invitaron a las visitantes café, pan estilo francés relleno y chalupas (tostadas con frijol refrito, queso, lechuga picada finamente y chile en vinagre). La chanza y el barullo acompañan al saboreo de tan singular cena, prolongada por el bien estar y el bien sentirse .

Acabó la cena. Maruca hizo con la mano una señal a Marieta, la declamadora del grupo bíblico, quien sabedora de signos, entendió y desembolsó el Declamador sin Maestro. Por cierto, a la abuela, si hubiese tenido la oportunidad de estudiar, hubiera estudiado para escritora, pues su narrativa era de antología. Marieta abrió el poemario y encontró “En Paz”, del vate Amado Nervo:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,

ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino

que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,

fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:

cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:

¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;

mas no me prometiste tan sólo noches buenas;

y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

En acabando la lectura, las amigas se despidieron. Maruca les regaló dos lágrimas. En el silencio de la casa (tan solo se oye el ruido del lavado de los trastes), la abuela suspiró y apenas si se deslizó milímetros para cambiar de posición en el reposet. Vivía el extremo del padecimiento, el de la dependencia absoluta de otras personas. Rodaron otras lágrimas… ¡Ella, mujer activa y emprendedora desde siempre!

GENOVEVA. Es miércoles, y como todos los miércoles, Mary acude al salón de actos del templo a las actividades y conferencia de la “acción católica” (una de las herencias de la defensa contra la persecución religiosa), en la mañana. Día singular hoy debido a su actuación en una obra de teatro, uno de sus gustos, y una manifestación de sus sueños: ser actriz. Recita parlamentos moralistas contra la soberbia y sus consecuencias, contrapuestos a la humildad cristiana.

En la tarde, llega a la casa don Eugenio, el papá amoroso. Maruca corre y lo abraza, amorosa por igual. Él le pide le acompañe a casa de don Neto, proveedor de materiales de construcción; ella, se alisa el cabello, se coloca una pañoleta, toma su bolsa de mano roja y ¡lista! La casa de don Neto se encuentre a cuatro cuadras, pero a ella se le hace distante; para acortar el camino, tararea canciones de moda y “brincotea”, siempre de la mano de su papá.

Camino corto, don Eugenio lo alarga con la visita o los saludos a algunas de “las siete casas”. Pregunta por los precios del maíz y la estacionalidad de las lluvias a don Medardo, hombre probo, dedicado a la comercialización de productos agrícolas; “hay negocio”, le responde.

Al maestro Bernardo, docto, elegante, le pide la opinión “secular” sobre el libro Genoveva de Brabante; “Es un ejemplo didáctico del comportamiento femenino en una sociedad patriarcal; de cómo la mujer debe mantener el honor de la familia y cuidar la fama del apellido, sin cometer faltas ni contra la sociedad ni contra la religión. Es una leyenda de la Edad Media hecha libro años después; la fama y perdurabilidad se la dieron los juglares”, le comenta el profesor y él agradece.

Saluda a las Chenchas (llamadas así por Inocencia, el nombre de la mayor de tres hermanas) en su tienda, siempre afables con los vecinos, siempre cariñosas con los niños. Llegan a su destino. Don Eugenio apalabra con don Neto el acarreo de una camionada de grava y otra de arena, para el día siguiente en la construcción a su cargo.

Acabada la diligencia, papá e hija van a “La Proveedora Cultural”, tienda de libros, revistas y juguetes, propiedad del pariente Ramiro. Don Eugenio pide Genoveva de Brabante, la novela recomendada a las adolescentes por el párroco. La protagonista es una esposa fiel, acosada por el mayordomo de la casa, enamorado rechazado a la postre por Genoveva. Un ejemplo para las adolescentes, motivo para la recomendación del cura. El papá compra el libro y lo entrega a su hija; orgulloso él de hacer pocas veces regalo tan singular; orgullosa ella del obsequio inesperado.

De vuelta a casa, busca Mariíta su recámara para leer obra tan señalada. “…Hace ya muchos siglos, vino al mundo Genoveva, hija del duque de Brabante, gran señor a quien todo el mundo admiraba, tanto por su intrepidez y arrojo en los combates, como por sus generosos sentimientos, su incorruptible justicia y su amor al prójimo, cualidades que adornaban igualmente a su esposa la duquesa, hasta el punto de ser dos cuerpos y un alma…”.

Con esos valores fue educada Genoveva, quien con el tiempo llegó a ser una criatura extraordinaria. A los 18 años se desposa con el Conde Sigifrido, “un valiente y apuesto caballero, querido y respetado de todos por la nobleza de su estirpe y las bellas cualidades de su carácter”. Se fueron a vivir a la fortaleza de Siegfridoburgo, situada en un bellísimo paraje, entre los ríos Mosela y Rin. No bien vivían sus primeros días de casados, cuando de urgencia, Sigifrido debió integrase al ejército real para defender a Francia de la invasión de los moros llegados de España.

En la ausencia de su patrón, el mayordomo Golo pretendió seducir a Genoveva, “llevando su cinismo hasta el extremo de hacer a la condesa proposiciones deshonrosas. Le contestó la castísima Genoveva escupiéndole al rostro con horror y desprecio. Golo, desde aquel instante, trocó en odio su amor y decidió la perdición de la condesa…”.

Mary se congratula con Genoveva por su actitud valerosa y hace un gesto de aprobación; pone una señal en la página donde interrumpe su lectura, cierra el libro y también sus ojos. Debe dormir. Va a la sala, agradece al padre el regalo y lo besa; pide la bendición, da las buenas noches y regresa a su recámara.

La paramédico vio cómo se movían los ojos de la abuela María y cómo al mismo tiempo se deslizaba en el reposet; puso el sillón en su posición normal, levantó a su pacientita para llevarla a su alcoba con palabras cariñosas: “Vamos doña Maruca; ya debe descansar para soñar bonito, custodiada por sus ángeles de la guarda”. La acostó, la cubrió con frazadas suaves, le dio las buenas noches y bajó la intensidad de la luz.

ANTECEDENTES. Ese domingo, Mary decide encontrarse en la tarde-noche con sus amigas en el jardín central, el de los paseos finsemanales de jóvenes solteros. No es un domingo como otros porque ella estrena. Resuelve a arrancar suspiros y galanteos… Su abrigo nuevo es azul; lo compró en Sendra Courtois Almacenes, llegado apenas el surtido de novedades Otoño-Invierno; le atrajo por conjuntar a la lana el peso liviano, el corte entallado, la doble botonadura y el largo a la rodilla. Las zapatillas negras, nuevas también, lucen tacón mediano y ancho.

Por si faltara, pasa al salón de belleza. Camina y se siente entre olas, y no solo por estar a la moda. Alfredo es un joven educado y apuesto; bien peinado con Glostora y con la loción Old Space, olor madera, en la barba rasurada. Le hace la corte a Mary… Ella lo conoce, pues él vive cerca de la casa de un tío frecuentada por ella. Es la ganancia de hoy ¡un pretendiente, escabullido frecuentemente en el recuerdo!

Al día siguiente le tocó a la abuela su consulta mensual rutinaria. “Ustedes han notado la confusión mental de la señora, y su pérdida de memoria; ambas son connaturales a su edad. Padece un deterioro de sus capacidades cognitivas. Hay poco por hacer, debido a su estado general de salud en declive”, reiteró el neurólogo a los Riquelme; “no es una enfermedad y no sufre dolores; se va a otro ‘planeta’, sí, pero lo hace acompañada de especial estado de felicidad, incluso cuando pareciera dormir; eso debe consolarlos”, agregó. Los familiares escucharon nuevamente lo ya sabido.

Siente Maruca emoción al recibir de la maestra Anita su certificado de sexto año de primaria, más un diploma extra de buena conducta; concluye así una meta común de las niñas de su edad. Se despide y su emoción la guarda en su mochila para disfrutar otra emoción en puerta; el aguacero de la de las dos de la tarde, puntual en la temporada de lluvia. Protege la mochila dentro de una bolsa de plástico; se quita y guarda los zapatos; camina a media calle entre el “diluvio”; patea el agua, arremolina los charcos rebosantes, intenta hacer una presa con tierra, pero el “corriental” de agua la destruye. Empapada llega a casa, se baña con agua caliente.

Entrega el certificado, recibe felicitaciones, abrazos. Luego degusta el puchero caliente en la mesa del comedor en donde ya está el resto de la familia. Al final, su mamá le da la golosina del día, obleas con merengue. María pide doble ración; la merece por sus buenas calificaciones y conducta.

El neurólogo recordó a los Riquelme algunas actitudes de la mamá abuela, previos a su postración; por ejemplo, los momentos cuando ella parecía ausente, cuando rehuía a las personas y prefería estar sola; “hagan memoria”, les pidió; “incluso, le recetamos algún antidepresivo en cierto momento. Esos son los antecedentes, el inicio de su estado actual”.

En la sala de la casa, las jovencitas (amigas y hermanas de María) juegan una vez más a la reina. Entre el alboroto, Mary es la princesa; luce el vestido de boda de su mamá. Ella siempre quiere ser princesa; nunca reina, aunque siempre le insisten lo sea. Ella marca el “protocolo” ceremonial, corona a su majestad, hace una reverencia y pronuncia el discurso. Al final, escucha los aplausos y los agradece, toda ella circunspecta, formal.

Los familiares, sobre todo los más cercanos a la anciana, “ataron cabos” de lo dicho por el profesional; como aquellos momentos de Mary revisando insistentemente el contrahilo en la urdimbre de la tela de su vestido o de su suéter, como si buscara pelusa o la nimia mancha; se fijaron en la persistencia de esa conducta, pero dejaron de preocuparse; “es una maña pasajera”, se engañaban.

EMOCIONES. Viejo y con pasta de color vino desgastada es el ejemplar del libro Staurofila de María; lo ha vuelto así de tanto leerlo y releerlo desde su adolescencia.

A ella le gusta el tema: un romance alegórico entre el alma (Staurofila) y el príncipe de las luces, Jesucristo; abundan, por eso, analogías de la vida religiosa con el enamoramiento y las luchas entre el bien y el mal. De los protagonistas, vive emociones llevadas de la desesperación a la alegría.

Una vez más relee el capítulo en donde la Virgen María entrega a Staurofila una lámpara, un abanico y un rosario para ayudarse en el camino de la perfección; María revive la luz para elegir el bien, renueva el aliento para alejar la tentación del mal y posee nuevamente el auxilio para mantenerse en gracia. Hace un subrayado y, al margen, manuscribe una reflexión. Redondea su lectura con una plegaria y un suspiro. Cierra el libro cuya autora, María Nestora Téllez Rendón, quedó ciega en su niñez, y eso la enternecía.

El consuelo de familiares no alcanza para tanto, ni para tanto tiempo. “Paciencia” es la palabra de animo a cuidadores de la nonagenaria, todo el día, todos los días (aunque haya relevos). Los parientes cercanos visitan semanalmente a Mary; comparten la pena de su estado de salud y dificultosamente aceptan su “vida en otro mundo”, como expresara el médico: “Es para ella un planeta ‘vivo’ y por eso le es ajeno el mundo externo, el nuestro; no vive en él; aún más, lo olvidó o lo va olvidando”.

Es ese status, la anciana regresa a medias al mundo de todos en sus momentos de consciencia; a medias, en la medida de la sensibilidad de sus sentidos y de su escasa memoria. “No lo entendemos; pero, si ambos mundos coexisten en ella, si es feliz en el propio y no sufre, nos alivia saberlo”, expresan resignados los familiares.

Alfredo Figueroa es vecino del barrio; joven garboso y alegre enamorado de María, a quien le lleva serenata. Resuenan en el aire las melodías cantadas por ambos cuando pasean juntos; “Sabor a mí” (…Yo no sé si tenga amor la eternidad/ Pero allá, tal como aquí/ En la boca llevarás Sabor a mí…); la obligada “Serenata Huasteca” (…Que voy a hacer/ Si de veras te quiero…); y la necesaria “María bonita” (Acuérdate de Acapulco, María bonita, María del alma…), con la repetición precisada de: María bonita, María del alma, suficiente para arrancar un suspiro gozoso de la enamorada y acelerar su corazón.

En ese momento inusual, la paramédico advirtió un movimiento, semejante a temblorina, en la pierna derecha de María; ella (como los demás) ha identificado tratarse de una forma de externar alguna emoción placentera; no supo nada de serenatas, pero sí de algún sentimiento agradable, profundo. Dejó pasar suficientes minutos para el reposo y la asimilación de aquella emoción. Posteriormente, desperezó a la abuela y la llevó a la tina de baño con todo y la rabiata hecha connatural, causa de la prolongación del aseo personal.

Benjamín, esposo de María, es aficionado a la cacería deportiva; incluso, es fundador de un club cinegético. Hoy, la caza se realizará en los montes cercanos a la ciudad. Por esa proximidad, María los supone accesibles y no para mientes en la oscuridad de la noche para pedir a Benjamín la lleve; quiere acompañarlo y cazar algún cervatillo, tal cual se oye.

El esposo accede, pues será una incursión tranquila; le prepara un rifle calibre 22, le da la instrucción clave: imaginar la línea recta vista-blanco, pasando por la mira trasera y la mira delantera o “punto de mira”; alcanzan de inmediato a los amigos subidos en un jeep y se enfilan todos a las laderas de Santa Ana. “Caminaremos entre los matorrales y llevaremos las linternas prendidas;si hay un venado, su curiosidad lo hará voltear; encandilado, sus ojos brillantes marcarán el blanco”, le explican a María.

En la montaña, el esposo lleva a su lado a María: “Cuando te alerte, levantas el rifle y te preparas para disparar con el dedo en el gatillo; yo te avisaré el momento de hacerlo”. Las primeras lluvias hacen verdecer los matorrales, alimento fresco para los animales, hambrientos después del estiaje. Por eso,se divisan dos puntos brillantes a corta distancia de los cazadores; los ojos de una presa. Todos se alistan, María incluida; ella recibe de Benjamín un leve codazo, entiende la señal y dispara juntamente con los otros.

¡Disparos certeros! ¡Cae un venado! ¡Celebración breve sin interrumpir la cacería! Los disparos alteran el ambiente; unos conejos corren asustados, menos uno, presa fácil para María. ¡Dos presas para la novata! De regreso, a la hora de deshuesar al venado, los destazadores encontraron una bala de rifle, junto con las municiones de las escopetas.

La pérdida de memoria y la desorientación no son ciertamente una enfermedad, sino síntomas de disfunción cerebral; si bien ésta puede suceder a cualquier edad, la probabilidad de su desarrollo ocurre de los 65 a los 90 años; se agrava consecuentemente en el adulto mayor a causa de su deterioro general de salud y de habilidades intelectuales. Lo saben los familiares; pero, eso no les alivia la pena, ni les provoca consuelo. Tienen cercano a Eusebio, el vecino; habla solo, camina sin rumbo o se sienta en la banqueta en la total abstracción y sin registrar cuanto ve y siente. Verlo a él incrementa su pesar.

Es día de su boda, y María se levanta aún con la oscuridad; la misa es a las seis de la mañana y debe apresurarse, sin importar la cercanía del templo. Doña Flor y sus modistas llegan puntuales para ajustarle el vestido blanco, dos de sus amigas le peinan la cabellera larga y ondulada; doña Jovita le lleva una corona y un ramo de mosqueta y otras flores naturales…

En la misa, los nervios la distraen y no escucha el “Sí, la quiero” enamorado de Benjamín. Termina la misa, el cortejo nupcial hace a pie el corrido de la iglesia a la casa paterna donde es la fiesta. María, radiante, escucha la música jubilosa cuando llega a la puerta, tropieza y parece caer, pero su esposo la detiene, primero; y, luego, siente como la carga en brazos para llevarla a la mesa de desposados; se duele de un dolorcillo sin identificar el lugar de origen… quizá es en todo el cuerpo; a la par, oye cada vez más lejos los ¡Viva! de sus invitados, los compases musicales y el poema en la voz de su esposo:

Es cielo azul el que mi amor desea,

la flor que más me encanta es siempre hermosa,

que en tu talle gentil yo siempre vea

tu veste tropical de azul y rosa.

EL OLVIDO DE MORIR. Everardo, uno de los nietos, cargó en brazos a su abuela y la llevó hasta la cama (María lanzó un beso al aire y un quejido). Ocurrió cuando la más atenta de las hijas llevaría a su mamá a ejercitar las piernas alrededor de la sala, pero se le escapó de las manos, no pudo detenerla; desfallecida, la anciana cayó dramáticamente al suelo. Presurosa, la hija buscó ayuda y fue cuando llamó a Everardo.

De María no hubo más reacción; los Riquelme en rededor esperaron alguna de las expresiones de su lenguaje corporal; lo hicieron con zozobra. “Cayó en un estado vegetativo persistente”, les comentó el médico”, y así lo hicieron saber los familiares a quien preguntara. “A Maruca se le olvidó morir”, empezaron a decir amigos y vecinos.