Capítulo 1. Assunta
“Dos pasajes de avión para un viaje al puerto de Cancún; dos personas, tú y yo”, expresó Boris, mientras daba a Asunción un sobre con los boletos. “¿Por qué? No puede ser; apenas si hemos conversado personalmente pocos días; hemos hablado por teléfono, una forma impersonal e imprecisa de comunicación; fría y engañosa”, arguyó ella, extrañada.
Tenía razón; durante dos o tres semana se vieron, pero lo hicieron obligados por las circunstancias; es más, el lugar donde se encontraban no era el indicado para temas personales, sino de negocios; una notaría. La abogada Asunción llevaba el caso de un testamento en donde Boris fungía como albacea. Conversaban inicialmente sobre los temas legales. Él, como cliente, tenía a una escucha “cautiva” y derivaba la plática a asuntos de interés -suponía- para ella y su ejercicio profesional.
Le mencionó, por ejemplo, el futuro promisorio del área fiscal y sus aspectos legales; sin pedirlo ella, sugirió se hiciera fiscalista y se matriculara en una maestría. Esa disciplina judicial proporcionó a Boris muchos temas y la aprovechó para mantener “su” conversación por varios días con una joven licenciada, respetuosa de las formas del buen trato al cliente, circunscrita a su trabajo.
Un día, Boris argumentó las ventajas de una especialización; otro, le llevó el plan de estudios en una universidad de prestigio; uno más, le mostró videos interesantes (interesantes para él). Abonaba así su idea de un affaire sentimental sin compromiso; lo hacía paulatinamente para no denunciar su intención. Ella escuchaba con atención, con cortesía; le caían bien el comedimiento y la conversación fácil de Boris, pero sus intereses estaban en otro lado.
Terminó el caso del testamento y eventualmente Boris debía llamar por teléfono a la notaría, hecho a su favor para hablar oportunistamente con Asunción; ella escuchaba a quien daba el trato de “señor”, pero las generalidades del clima, la salud, la profesión no daban para una conversación amplia, cautivadora. Igualmente comedida, respondía los mensajes de WhatsApp; sin embargo, los lugares comunes se agotaban y con ellos la conversación y el chatting.
En una ocasión, Asunción vivió sus tres minutos de guardia baja, de descuido; envío un mensaje con el final “Un abrazo enorme” a Boris. ¡No lo hubiera hecho! O ¿sí? Fue la llave para la invitación a Cancún. “Empecé a ganar la partida; funcionó mi persistencia”, se alegró Boris. Convencido de llevar la relación a otro estrato, quiso apresurar tiempos y puso el “acelerador” con la propuesta del viaje. Fue así como se dio tiempo para encontrar a la abogada fuera de horario laboral.
“Todo pagado… Habitaciones separadas; dos”, mencionó para ocultar su objetivo. Ella descartó el viaje; cuando agotaba los argumentos evasivos, sonó su teléfono móvil. “¡Mi salvación!”, pensó. “Sí, pierde cuidado; sí, es oportuna tu llamada”, contestó. Cortésmente se disculpó con Boris. “Piénsalo; ya me dirás después”, instó él a Asunción, y se despidió.
¿QUIERES? Confundida entre el teléfono y la despedida, ella guardó inconscientemente los boletos de avión. Caviló horas. Parecía segura del estado de las cosas; esto es, una relación laboral, como otras. No más.
–¿Es guapo, atractivo; tiene dinero? -le preguntó una amiga confidente.
–Eso, sí - respondió; pero, no es mi tipo; su formalidad diverge de la mía; quizá ni sabe reír, ni mucho menos gozar de la vida.
–Tanto mejor. A ojos vistas, tú dominarás la situación; existe margen para imponer tu ritmo; poner cotos, jalar rienda; afirmarte, negarte. Los tipos así son manipulables, dominados.
–Y, ¿si no es así?
–Fija condiciones. Él debe cumplirlas.
–Y ¿si violenta situaciones y pretende obligarme a algo?
–¿A algo? A tener relaciones sexuales, dilo claramente. Si te niegas, no será a fuerza. ¡No existe poder ajeno para separar las piernas!
–¿Será fuerte su reacción, si me niego? ¿Cómo procede ese tipo de hombres formales?
–Mira, no llegará a las manos. Si preguntas tanto, ¿es porque no quieres o es para allanarte el camino? La pregunta insistente oculta deseos. Sé clara contigo misma. Quieres, acepta; no quieres, no vayas. Los boletos se cancelan y él recupera su dinero, por si te preocupa. Pero, ponte seria; el viaje te mueve el tapete y por eso preguntas, admítelo. Acepta y, total, disfruta.
–Pero, me tomará por mujer fácil.
–Será solamente su pensamiento, ajeno a tu control. Será solamente palabras.
–Y, ¿si después no me deja?
–No hay nada, ni has iniciado nada, ¡y te atosigan semejantes preocupaciones! Te lanzaste al extremo; y ¿si la aferrada eres tú y no lo abandonas? ¡Ah! ¿Verdad?
Pasaron unos días, suficientes para ir y venir cavilaciones en torno del viaje. Asunción invitó un café, recurso para reunir a Boris con la amiga. Ésta terminaría de analizarlo y daría un “veredicto” final decisivo.
Asunción tuvo la aprobación, como resultado. Decidió por el “escape”. Esto es, aceptar la propuesta, sin sentirse convencida. Escape del trabajo, de la casa, de la ciudad. A pesar de sus dudas, convino con ella algunas justificaciones para su tranquilidad: no había tenido una oportunidad semejante; no conocía Cancún y tampoco se había aventurado a un affaire.
–Mujer, acéptalo hasta como aventura, y san se acabó; una “espinita” por sacarse, una “canita al aire”; mejor de una vez; no tienes compromiso, hasta donde sé -le insistió la amiga.
Una argumentación contundente; por eso, aceptó la invitación. Cuando se presentó Boris para saber su decisión, Asunción pidió el nombre y el domicilio del hotel, “para tener un lugar de referencia y darlo en casa”. Boris le entregó un folleto del Villamar Resort by Castellum Life Style Network, en el kilómetro 99.5 de la carretera Cancún-Playa del Carmen-Tulum. “Aquí están los teléfonos, para mayor detalle”, subrayó en el papel.
EN EL AEROPUERTO. ¡Estaba lista! Como una estrella de cine, seleccionó trajes de baño, pareos, pashminas, sombrero, ropa para clima cálido, dos vestidos de cocktail y un entusiasmo a punto de completarse.
El día indicado se vio con Boris en el aeropuerto. Portaba un vestido estampado color fucsia; el olor de un perfume frutal, el idóneo para su PH, sombrero, zapatos abiertos. Boris vestía un pantalón de lino, color crema, una camisa azul y una estampa de viajero avezado.
¡A Cancún, zona maya del Caribe mexicano! Destino turístico internacional, con certificación de la Organización Mundial del Turismo, lograda por el “Fideicomiso de Promoción Turística de Cancún”.
“Voy con el ánimo a medias. Espero me lo compense la luz solar y me haga activa, alegre y dispuesta a socializar. Confío en los efectos favorables de la exposición al sol; ya sabes, aporta vitamina D y dinamiza la serotonina (uno de los estimulantes del sistema nervioso central). Deséame suerte”. Fue el mensaje desde el teléfono celular a la amiga.
Llegaron a su destino.
En la recepción del hotel, les invitaron agua con cáscara de lima, refrescante. Durante el registro, ella se cercioró de la doble habitación, como fue asignada exactamente.
Suben a su cuarto, se dieron un descanso y bajaron luego a comer. Frutos del mar, como debió ser. Postre, café y un digestivo, al final.
Satisfechos, fueron a la playa; a conocerla y a mojarse los pies. Su sombra se proyectó en la arena y la “revolcó” la ola. La risita “espontánea” de ambos fue fingida, de compromiso.
Después, se recostaron en los camastros a la orilla de la alberca, hasta sentir el viento atardecido, con su aporte de molestia.
De regreso a la habitación, se tomaron de la mano, dada la cercanía de ambos. Acordaron una hora para cenar. Bajó ella con un vestido azul cielo, largo, plisado, y prendó a Boris. Luego fueron a bailar, ahí mismo, en la discoteca del hotel.
El plan del día siguiente, bucear en un cenote; el “Dos Ojos”. La ilusión de Boris era estrenar los propulsores acuáticos (Sea Scooters) para recorrer más distancia del río subterráneo con poco esfuerzo y sin agotarse.
En la alberca del hotel entrenó a Asunción en el empleo del propulsor.
Eligió el cenote “Dos Ojos” porque le era familiar y estaba cerca del hotel. ¿Dos Ojos? Ese nombre marcó el corazón curioso de Boris desde cuando le contó de ese cenote El Cacho, su informante y guía confiable. Se trata de uno de los primeros cenotes conocidos por El Cacho al llegar a Tulum en 1991.
En ese entonces, acceder a él era una aventura. Se llegaba a la orilla de la carretera número 307 en un auto normal; pero, desde ahí, hasta la entrada del cenote, o bien se caminaba por una brecha estrecha en la selva baja, o bien se transportaba uno en “La Jaguara”, una camioneta modificada, “prehistórica”, estilo la caricatura Pica Piedra: el motor al aire libre, nada de cabina, una silla adaptada como asiento para el conductor, una plataforma trasera de madera con unas gilas (tiras de madera) para sostenerse. Se viajaba parado.
El camino pedregoso, desde el inicio hasta el final, provocaba brincos continuos; “todos terminábamos riendo y esperábamos el siguiente bache”, narraba el Cacho, y se emocionaba: “Entrabas a nadar… todo un placer; y valorabas el viaje en ese carromato para estar en el espectáculo natural y vivirlo. En medio de la selva, rodeado solamente por la naturaleza, disfrutabas el nado en agua fresca completamente transparente; el canto los pájaros, el viento moviendo la copa de los árboles. Era una sensación única estar en un lugar donde muy pocas personas llegaban. Eso era lo exótico de los cenotes cuando nosotros llegamos de la Capital al inicio de 1991”.
Allá se dirigieron Assunta y el “guía” Boris. Se metieron al cuerpo de agua y nadaron un trecho. Prendieron el scooter y la hélice propulsora removió el sedimento fino de piedra caliza y de conchas de moluscos; el sascab, como le llaman los mayas nativos de la región, y cuya traducción literal es “camino blanco”. El sedimento removido fue tanto, al grado de enturbiar el agua; en consecuencia, se les oscureció la visión, se desorientaron y perdieron el rumbo. Quisieron regresar... él lo hizo con dificultad, pero ella, no.
LLEGARON LOS BUZOS. Él fue por auxilio, llegaron dos buzos de la municipal Protección Civil, pero no hicieron nada debido a la densidad del agua por el sedimento sin asentar. Desesperado, se aventó al agua de nuevo, pero infructuosamente. Por el tiempo, los buzos dedujeron su fallecimiento, “deseamos haya encontrado un resquicio entre el agua y el techo de la caverna. Si falleció, el cuerpo se irá al fondo y emergerá a las 72 horas”.
De hecho, así sucedió; Boris y los buzos encontraron flotando el cuerpo, con escoriaciones en la espalda por el roce con el techo lleno de afiladas puntas pedregosas.
Una ambulancia de la empresa Life llevó el cuerpo al Servicio Médico Forense de Playa del Carmen, ciudad cercana. Sin nada por hacer, le dieron ahí el acta de defunción.
“Y ¿ahora?“, se preguntó Boris. Regresó al resort. No tenía ningún punto de contacto para notificar el deceso a la familia de Assunta; el teléfono de la notaría, sí, pero era domingo.
Solicitó abrieran la habitación de ella, acción fácil dado el registro a su nombre. Buscó en la bolsa de mano y encontró el número del teléfono de su casa.
Sabida la desdicha, los padres viajaron de inmediato. Sin más, se trasladaron a la morgue para reconocer el cuerpo de la difunta. Boris ofreció hacerse cargo del costo del embalsamado y del traslado del cuerpo a la Capital, pero la familia no lo aceptó. En la funeraria, vio como la vistieron con un vestido azul cielo... “María Asunción, subiste al cielo; siempre; siempre hermosa”, musitó, y persignó su duelo. Se alejó a petición de los padres enojados con él; no querían ni verlo.
Volvió al Villamar Resort y durmió. Después de dos, tres días, partió al cenote. Recordó la causa de lo sucedido y se metió a nadar. Pasó todo el tiempo ahí, hasta cansarse, muy entrada la noche. Tornó a su lugar de hospedaje, fue el bar, pidió un trago para tomarlo sin respiro.
Un día más, y regresó nuevamente al cenote y se sumergió en el agua en busca de Asunción. “Hoy, sí; debo encontrarte, Assunta”. Salía a respirar y volvía a bucear... ¿Cuántas veces?
Agotado, concluyó su tarea y se sentó en la “boca” del “cuerpo de agua”... a esperar la respuesta de la mujer: “¡Asunción!“, la llamaba desconsoladamente. Ni el eco le respondía. El nombre se lo tragó también la caverna. “¡María!“, gritaba, y ese nombre lo ahogaba nuevamente el cenote. “Subió al cielo”, aceptó.
Regresó al hotel, pasó a bar y subió a su habitación. Encontró el aviso de recepción; “tiempo vencido” de dos habitaciones, más el cargo extra por días vencidos sin hacer el check out. Pagó y se cambió a un hotel económico del pueblo.
“LLEVADA AL CIELO”. Por costumbre atemporal, en amaneciendo, se dirigía al cenote; el Dos Ojos debía devolverle a María Asunción. ¿Cuántos días actuó de esa manera? Tanto tiempo ahí, y se fue olvidando de él. Cabello largo, barba crecida, ropa sin mudar. A veces pantalón, a veces shorts; sandalias o zapatillas tenis…
Platicaba con los muchachos del hotel, los meseros de las cervecerías, los policías, los taxistas... Todos ellos, sus interlocutores únicos, sabían de sus horas gastadas en el cenote y de Assunta... Sabían tanto de lo mismo y sin cambio de parlamento, como para tacharlo de obsesivo y llamarle “loco”.
Comprendía su desamparo, Charles, “El hombre bala” y domador de leones en el Circo Modelo. Era un experto conocedor de la región por las giras incontables del circo en poblados y comunidades de la zona maya. Originario de Santa Bárbara, California, ese estadunidense se volvió conocedor también del ser humano y compresivo de sus desgracias, a raíz de quemársele el torso por la falla del cañón lanza “balas” humanas en una función circense. Cubierto su ciclo de vida trashumante, el día de su regreso a Santa Bárbara, Charles dio un abrazo especial, quizá solidario, al “declamador”.
Secuela del dolor y de la incuria, Boris padeció el asaltó de la desmemoria. Dejó de ir al cenote y empezó a buscar a María Asunción en la playa del pueblo, primero; y, luego, en las calles. “Está en la iglesia”, le decían. “Fue llevada al cielo”, le bromeaban. “Vive con un Ángel… es velador”, blasfemó alguien. Él se persignaba o se postraba a rezar, apenas escuchaba esas palabras.
Dejó de pagar en el hotel, y pasó a vivir en un terreno baldío. Caminaba y caminaba del pueblo al cenote; del cenote al pueblo, a horas y a deshoras. Los pies se le hincharon.
Después, empezó a hablar solo. Improvisaba “versos” a las mujeres, a quienes nombraba Asunción o María Asunción o Assunta.
Te engalana el azul cielo
Porque el cielo es tu morada;
Llevas luz de todas horas
En tus ojos, en tu rostro,
En toda tú.
Asunción del cielo azul;
Azul llegado a tus ojos
Para ver mi corazón,
Transido en lo más dolido.
Más de una mujer se asustaba; más de una le pedía “¡otra, otra!”.
A veces parecía apocalíptico:
Un dragón de diez cabezas
Y cola que arrastra estrellas
Persigue a mujer azul
Hasta destrozarla entera;
Revive de sus cenizas
Para gloria de la tierra;
Resurge del agua muerta
Para vida de ella misma.
VAGABUNDO. Solo... solitario, sin sus interlocutores forzados. En la mendicidad posterior, pidió ropa, comida, dinero. “María Asunción se lo pague”, agradecía, en vez de “Dios se lo pague”.
A la postre, se “envolvió” con el vestido azul cielo... de la soledad.
A falta de noticias por largo tiempo, sus familiares lo buscaron. Fueron al Villamar Resort para tener alguna pista de su paradero. Obtuvieron ahí la fecha exacta, la vieja fecha, del check out. En el cambio de turno del personal de auxilio a huéspedes, un muchacho les entregó un sea scooter. “Los paramédicos de la ambulancia Life lo encontraron en el cenote Dos Ojos, donde ocurrió el accidente mortal”, les informó también.
Pidieron indicaciones, y los familiares se las agenciaron para ir al Dos Ojos. Llegaron y solo encontraron a turistas. Se dirigieron al pueblo. Buscaron la empresa Life; los empleados administrativos no sabían nada; los de la ambulancia dieron una pista; un vago declamador, incansable en repetir dos temas: el nombre Assunta y el cenote Dos Ojos.
Los familiares van y recorren las calles y los jardines públicos... hasta dar con él. Un vagabundo apoyaba una pierna en un pretil y, llevada la mano izquierda a la sien, recitaba al aire o para él mismo, de manera concentrada, solemne:
“Brilla Asunción en el día como el sol y en la noche como la luna; ciñe una corona de estrellas. Le persigue la muerte, pero ella es sol, luna, estrella; la quiere, pero fue llevada al cielo en donde es vida... ¡Mi vida! ¡Se llevó mi vida, y subsisto sin ella y sin mi vida!”
Observaron. Permanecieron viéndolo, hasta cerciorase de ser Boris.
“...Inmaculada fue llevada a la gloria celeste; siempre, por eso, su vestido azul.
Fue elevada al cielo por la gracia de Dios... y bien de mi desgracia”.
Le hablaron por su nombre, no los veía... hasta abalanzarse sobre el scooter; “¿De dónde lo sacaron?“, gritó. “Tú dinos en donde lo dejaste”, fue la respuesta. “Les muestro el lugar; vamos”. Se fueron al Dos Ojos. En llegando, él se puso a declamar:
Te viste el azul del cielo
Porque el cielo es tu morada…
Scooter en ristre, caminó al cenote; quiso entrar pero lo encontró clausurado. Eran evidentes la cinta de color amarillo: Precaución. Caution; el aviso de “Cuarentena” y el dibujo de una calavera: Peligro. Gefarht. Péril.
En tres palabras, Boris platicó el suceso, entre verdades y fantasías.
–Venimos por ti, vamos a casa -le indicaron sus parientes una vez terminó.
–¿A qué o para qué? Mi vida sigue aquí, el agua la nutre, la conserva. El agua fue el origen de la vida y María Asunción regresará con vida. Debo estar aquí; me lo dice la fuente del manantial, me lo pide el Ojo de Agua, me lo pide ella; “espérame”, me exige.
Insistieron sin convencerlo, hasta desistir. Regresaron a la Capital. Boris prosiguió en lo suyo; deambulaba calles y recitaba en plazas:
Asunción del cielo azul;
Azul llegado a tus ojos…
FUERZA IGNOTA. Cargaba el scooter; para algunos, instrumento amenazante y de espanto, sobre todo cuando imaginaba y hacia ademanes de bucear.
Los parientes de Boris, en el desánimo fluido, relataron lo infructuoso de su viaje a la siempre amiga de Asunción, más cercana a ellos por los sucesos vividos. La plática desató en ella la curiosidad…y la morbosidad por reconocer al hombre y su estado actual. “¿De veras quieren su regreso? Probaría yo mi convencimiento en un viaje relámpago”, comentó la amiga. Consintieron los parientes y acordaron pagarle los boletos de avión; ida y vuelta. Le aconsejaron buscara en el cenote, directamente.
Redondeado el plan, la amiga hizo el viaje un fin de semana. En llegando se trasladó y llegó a la “boca” del Dos Ojos. Un hombre, con los brazos levantados, imploraba e invocaba; luego, se sentó y se hizo ovillo en los primeros escalones de la escalera, prolongada hasta el manto de agua. “¡Boris!”, llamó la amiga. No tuvo respuesta. Se acercó y escuchó una respiración acelerada.Tocó repetidas veces la espalda del hombre.
Como si saliera de una transfiguración o de un sopor, Boris, el hombre, volvió la cabeza lentamente, miró, abrió enormes ojos llenos de luz y brincó impulsado por fuerza ignota: “Sabía de tu regreso, María Asunción; mi Azul enorme, mi cielo absoluto”, gritó exaltado. La amiga quiso decir algo, pero enmudeció por la reacción brusca inesperada.
Boris se abalanzó sobre la amiga de Assunta, la abrazó impetuosamente. Del impulso descontrolado, trastabillaron, perdieron el equilibrio, sobrepasaron el pasamano de la escalera, cayeron al vacío. En la caída, las cabezas pegaron en el tramo medio de la escalera zigzagueante. Desnucados, muertos, cayeron al agua; él, abrazado todavía.