UNA TARDE DE PRIMAVERA
La primavera solía ser cálida y acogedora, con una brisa fresca sobre el césped lleno de flores y árboles altos. Los niños jugando alegremente, mientras los adultos disfrutaban de un picnic. Sin embargo, esta atmósfera ansiosamente esperada por todos, fue reemplazada por un cielo nublado y un extraño friaje.
La lluvia cristalina bañaba las delicadas flores de colores tintineantes y descendía por los caprichosos rizos de los robles de robustos troncos. Este peculiar paisaje podría calmar a un hombre solitario, aquel que amaba contemplar detrás de un cristal sólido de la ventana.
Recordando con nostalgia los días de su juventud, cuando era un niño temerario y juguetón, saltando entre charcos de barro y compartiendo risas contagiosas con sus amigos.
A menudo, aquel joven observaba todo a través de la transparencia del ventanal. Con ojos tristes y vacíos como si estuviera somnoliento y con el sueño pesado. Acompañado por el reconfortante aroma de una taza de café caliente y la suave risita de un niño. Su semblante era como el mármol, acompañado de incandescentes ojos ámbar que le daban algo de color a esa cara pálida.
La cafetería en donde se encontraban no era ni tan pequeña ni tan grande, era la ideal para alguien que necesitaba un tiempo a solas. La soledad era a menudo acompañada por el tic-tac del péndulo de un reloj antiguo que colgaba en la pared tapizada con rosado pastel.
—¿Hasta cuándo dejaré de pensar?—se preguntó el joven internamente dejando escapar un suspiro de frío de sus labios. Se encontraba encorvado y con una mano sobre su frente como si estuviera casi dormido.
—¿Estaré condenado a solo recordar mi alegría en vez de vivirla?— agregó una vez más volviendo su mirada a la mesa en donde yacía el plato con una rebanada de pastel a medio comer que había pedido. Su mirada vacía se posó en el platillo, mientras movía una cucharita sobre la superficie del pastel de forma desganada.
De pronto, su atención se fijó en la taza de café en donde vió un breve reflejo que le devolvía la misma mirada triste y vacía, luego vió al pequeño acompañante al otro lado de la pequeña mesa, un pequeño niño que apenas podía contenerse a sonreír al comer su postre favorito, un gustoso pastel de chocolate.
Con una sutil aversión hacia el exceso de azúcar, Jake, el joven de ojos ámbar, le ofreció al pequeño de mirada azul lo que quedaba de su rebanada pastel. Los labios del niño, manchados de chocolate, esbozaron una sonrisa agradecida mientras aceptaba el dulce y lo comía con calma.
—Gracias, señor Jake—mencionó finalmente el pequeño niño mientras comía su postre.
—De nada, hijo—mencionó Jake esbozando una leve sonrisa al ver al niño de ojos azules, el pequeño Sack, tan animado.
Jake, por su parte, tomaba su café con serenidad, contemplando el paisaje nublado que se desplegaba más allá de la ventana. La amargura de la bebida se deslizaba por su garganta, aliviando el dulzor que fatigaba su paladar. Aquel, siempre había sido un hombre solitario desde su adolescencia, sin embargo desde su mayoría de edad era acompañado por el pequeño Sack que le hizo la vida no tan triste.
El hombre se reclinó sobre la silla en donde estaba sentado, miró alrededor de él, la pequeña cafetería en dónde estaba era demasiado rosado para su gusto, aunque le llamaba más la atención el reloj antiguo de oscuro tono, la música de la vieja radio no le proporcionaba nada bueno a sus oídos, ni mucho menos las bocinas de los autos del tráfico.
—Señor Jake, disculpe—mencionó el pequeño Sack, cortando el silencio —¿Sí hijo, qué pasa?— preguntó Jake removiendo lo último de café que tenía en su taza.
—¿Le gusta lo que le regalé?—preguntó el niño sonriendo tímidamente.
El joven alzó una ceja, —Ya te dije que sí, lo traigo puesto— agregó sonriendo levemente mostrándole al niño el collar que colgaba de su cuello.
—¿Es bonito verdad? Quería darle algo personal—manifestó el niño sonriendo, Jake arqueó una ceja mirando el collar.
—Ah, ¿Por eso la “S”?—
—Sí, Señor Jake. Sabía que su primer nombre empezaba con “S” así que se lo regalé— agregó el jovencito con una enorme sonrisa dejando al descubierto sus dos grandes dientes frontales de conejo.
Jake soltó una risita, ya que le pareció tierno el gesto del niño en regalarle una posesión tan valiosa para él. El joven terminó su café; y aclaró al pequeño que ya hora de irse a casa.
El niño terminó su postre tan rápido como pudo, Jake claramente le dijo que no comiera tan deprisa ya que le podía dar hipo. El joven se acercó a la caja registradora seguido por Sack quién se limpiaba la boca con una servilleta.
La chica que asistía en la caja sonrió temerosamente de la impresión al ver el semblante serio del hombre que le preguntaba cuánto tendría que pagar por sus postres.
Mientras ambos jóvenes conversaban Sack no pudo evitar posar sus ojos en una pequeña paleta azul de caramelo que se encontraba detrás de la vitrina junto a otros dulces, Sack jaló levemente de la gabardina azul marino de su padre y le preguntó si podría tener la tan codiciada paleta.
—No, pequeño—dijo Jake firmemente, —Te dará diabetes, si comes mucho azúcar—agregó.
Sack abrió los ojos asustado, ya que pensaba que la diabetes era algo parecido al cáncer y dejó la idea de comer más caramelos.
—Espérame junto al auto, Mein Kind, ¿De acuerdo?—dijo el hombre, el niño asintió y dió media vuelta. Jake con una sonrisa pícara solicitó en secreto la paleta azul que Sack había mirado. La chica algo confundida se la entregó y el joven guardó el dulce en el bolsillo de su gabardina y salió para encontrarse con su pequeño.
—Gracias por invitarme, señor Jake—mencionó finalmente el niño acercándose al joven, aquel se agachó un poco y le acarició la cabeza, —De nada Mein Kind, fue el mejor cumpleaños—
—¿Cuántos años cumpliste hoy, papá?—preguntó inocentemente el pequeño, —Veinticinco— agregó el hombre guiñando un ojo.
Sack frunció el ceño, —Pero cumpliste veinticinco, hace tres años, papá Jake—dijo. —¿Entonces por qué me lo preguntas, Mein kind?—agregó el joven sonriendo astutamente como un zorro.
—Eh... Sólo preguntaba—dijo el niño con rubor en sus mejillas debido al frío. —Bueno, vamos a casa— agregó el hombre enderezándose y ambos entraron en el auto negro que combinaba con el ambiente frío de la primavera.
El auto se alejó bajo el garuar del cielo nublado, el niño veía el paisaje de las calles con suma curiosidad, los tonos apagados en las casas le hacían ver una perspectiva fría y bella de la ciudad en donde vivía, Jake se mantenía al volante mirando hacia adelante mientras el vástago caía suavemente por las veredas de las calles.
La ciudad de Villa Santiago lucía como siempre: las fachadas de las casas escondían un desgaste que nadie quería admitir, y las calles, aunque llenas de vida durante el día, se volvían desoladas al caer la noche. Pero Jake sabía que no era sólo el paso del tiempo lo que había cambiado a aquella localidad; algo más oscuro latía bajo la superficie.
—Papi...— dijo tímidamente el pequeño Sack, rompiendo en silencio, —Sí pequeño, ¿Qué sucede?— replicó Jake, girando levemente la cabeza sin apartar la vista del volante.
—¿Piensas resolver otro caso?— preguntó el niño, —No— contestó Jake con un suspiro amargo.
—Pero, papá... ¿No vas a trabajar? Todo hombre adulto debe de trabajar— aseguró el niño. —Sí trabajaré, pero no de detective—replicó el hombre con el ceño fruncido.
—¿Entonces qué vas hacer?—
—No lo sé, tal vez limpia botas o carga frutas en el mercado— afirmó el hombre. Sack lo miró preocupado debido a su desdén por trabajar.
Sack quiso decir algo más, pero su atención fue capturada por una figura tambaleante que cruzaba la acera cerca de la cafetería.
—Papá... ese panadero —dijo señalando con un dedo pequeño. Jake levantó la vista con desgana, apenas girando la cabeza hacia la dirección que Sack indicaba.
El hombre llevaba un delantal sucio y una ropa que alguna vez había sido blanca, ahora grisácea. Su andar era inquietante: los pasos eran torpes, arrastrados, como si sus piernas no pudieran sostenerlo. Su cabeza, ladeada hacia un costado, parecía demasiado pesada para su cuerpo delgado.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Jake, mientras tamborileaba los dedos contra el volante.
—Camina... raro. ¿Crees que está bien?
Jake bufó.
—Probablemente esté borracho. No te preocupes por eso, hijo.
Sack siguió observando, apretando los labios mientras ajustaba sus gafas con un dedo. Pero cuando volvió a mirar, el panadero ya no estaba. La acera estaba vacía.
—¡Ya no está! —exclamó.
—¿Quién?
—El panadero, papá. Estaba allí, pero desapareció.
Jake soltó un suspiro pesado y miró brevemente por el retrovisor, sin encontrar nada fuera de lo común.
—Seguramente volvió a su casa. Deja de preocuparte por cosas que no importan.
Sack frunció el ceño, inquieto, pero volvió a cruzar los brazos sobre su pecho y apoyó la cabeza contra la ventana. Sin embargo, aquella imagen del hombre tambaleante quedó grabada en su mente, como una sombra que no terminaba de desvanecerse.
El joven echó un vistazo de reojo y notó a Sack mirando por la ventana en silencio. Sus pequeñas manos jugaban con los bordes de su abrigo mientras la lluvia trazaba caminos irregulares en el cristal. Jake aceleró un poco, siguiendo el estrecho camino que dejaba el tráfico.
El bullicio de las bocinas retumbaba mucho en los oídos de Jake, mientras apretaba el volante con cierta frustración, Sack estaba reclinado en el asiento del acompañante con los brazos cruzados mientras veía el cielo tan nublado como sus pensamientos acerca de aquel panadero.
Se reclinó en su asiento y pasó una mano por su larga melena suspirando hondo, Sack lo vió de reojo temiendo que su papá soltaré un gruñido. —Papá— dijo el niño de repente, volteando a ver al joven. Billy a pesar de tener la ira de la desesperación por la garganta, forzó una voz amable para no asustar a su pequeño.
—¿Sí, querido?—
—¿Podemos jugar algo mientras esperamos el tráfico?—agregó el niño con un brillo inocente en sus ojos la ira de Jake pareció desvanecerse al verlo, aquel soltó una risita, —Está bien, ¿Qué quieres jugar?—
Sack frunció el ceño y pensando en que juego podría realizar en ese momento, apartó los ojos por un instante hacia un edificio con un gran letrero, —Adivinanzas!— exclamó el niño volviendo sus ojos a su padre y sonriendo ampliamente.
—Bien, yo empiezo—dijo Jake haciendo avanzar el auto por medio de la pista poco despejada.
El tráfico se convirtió en un momento de risas, tanto Jake como Sack soltaban carcajadas cuando lograban adivinar o cuando se decían la respuesta, el niño adivinó casi todas las adivinanzas que su amigo le pudo formular mientras que el joven a penas pudo concentrarse debido a que el tráfico iba disminuyendo.
Mientras iban jugando, el tráfico se fué disipando y Jake pudo conducir tan rápido como quiso, aunque su auto no era el más veloz del mundo.
El extraño auto negro pasó como una sombra viviente por la catedral de Villa Santiago, el pueblo en donde vivían los dos amigos desde hace ya diez años, cuando un joven Jake había tenido que migrar de Illios hacia el Perú junto a su madre durante la Segunda Guerra Mundial.
Aquella catedral era de un impresionante color amarillo rodeada por una balla de concreto de madera expectacularmente elaborada, luego de la Catedral rodearon por un parte del Gran Parque Central, Jake observó el parque con desconfianza. Los recuerdos lo atraparon como un vendaval incontrolable, transportándose a una noche que deseaba olvidar.
Era imposible olvidar lo que había ocurrido aquella noche de Navidad. Aquel circo y sus cinco demonios le habían dejado cicatrices invisibles.
Mientras el auto recorría las calles apagadas de Villa Santiago, los pensamientos de Jake comenzaron a nublarse con recuerdos inquietantes. Las risas macabras, los destellos de luces parpadeantes, y el eco de una carpa desgastada en blanco y negro volvieron a su mente como un trueno lejano.
El misterioso circo, Sinister Show, aquel lugar imposible de describir con palabras, seguía acechándolo en sus sueños, como un fantasma que se negaba a ser olvidado manifestado con un leve migraña en la cabeza del joven.
Jake apretó los dientes al sentir el dolor en su cabeza recordando cómo había tenido que enfrentar secretos oscuros de los cinco demonios que habían hecho que las vísperas navideñas se convirtieran en un verdadero terror psicológico.
Aunque el circo desapareció sin dejar rastro, Jake sabía que su influencia no había terminado. Villa Santiago nunca volvería a ser la misma.
Pero antes de que el peso de los recuerdos lo consumiera por completo, Jake sacudió la cabeza, intentando despejar su mente. Volvió a la realidad, enfocándose en el camino frente a él. Sus manos firmes en el volante, se obligó a concentrarse en conducir.
Mientras Sack dormitaba, Jake sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el clima. Sus ojos se desviaron hacia el retrovisor, y aunque ya habían dejado el Parque Central atrás, una sensación inquietante lo recorrió. Tal vez los recuerdos del circo nunca lo habían abandonado. Tal vez nunca lo harían, pero suspiró al recordar que llegaría a casa a descansar, al menos por el resto que quedaba de día.