Capítulo 1
POV de Beatrice
—Sr. Beauregard, póngase de pie, por favor.
Contengo el aliento y me inclino hacia adelante en mi asiento. Tengo los ojos clavados en las personas que están frente a mí.
—Tras considerar las pruebas presentadas en el caso, los testimonios de las familias de las víctimas y los argumentos de la defensa y la fiscalía, se le ha declarado culpable del delito de trata de personas. No de una, sino de muchas jóvenes. Este crimen es especialmente atroz, ya que explota y deshumaniza a individuos para beneficio personal. Causa un daño incalculable a las víctimas y a la sociedad en su conjunto. Por todo ello, este tribunal lo condena a 30 años de prisión.
Suelto el aire que ni siquiera sabía que estaba reteniendo. Miro la mano de Bentley, que aprieta la mía con fuerza. Luego levanto la vista y me lo encuentro mirándome con una sonrisa tranquilizadora.
Al mirarlo a los ojos, no puedo evitar derretirme. Da mucha paz tener a alguien a tu lado que te calme los nervios.
—No tendrá derecho a la libertad condicional hasta que haya cumplido al menos el 85% de su condena. Además, se le ordena pagar una indemnización a las víctimas y sus familias de 3.500.000 dólares. Esto servirá para cubrir el tratamiento psicológico, el daño emocional y otros gastos relacionados. Esta sentencia se ajusta a las leyes estatales sobre trata de personas. Busca reflejar la gravedad de sus delitos y servir de advertencia para otros. Tiene el derecho de apelar la sentencia en un plazo de 30 días. Se levanta la sesión.
El golpe del mazo contra el estrado pone fin al juicio de hoy. Bentley se pone de pie inmediatamente para salir.
Cash se acerca caminando tranquilo con las manos en los bolsillos de su traje. Es el único de nosotros que se molestó en arreglarse, ya que representó a las víctimas supervisado por un abogado principal.
Estuvo increíble. Es la primera vez que lo veo tan serio. Su voz retumbó en toda la sala con su empeño por hacer justicia. Resulta que Beatrice y Macy no eran las únicas. Después de que la policía registrara la casa del alcalde, aparecieron más registros en su oficina. Estos indicaban una relación cercana con la iglesia de St. Catherine. Esto demuestra que los Beauregard llevan años metidos en la trata de personas.
—Bueno, uno menos, falta otro —dice mientras señala con la cabeza en una dirección.
Me giro y veo a Jason preparándose para salir de la sala. Tiene la cara llena de moretones y una expresión rígida. A pesar de las miradas de desprecio de la gente, mantiene la cabeza alta con ese aire de superioridad de siempre.
Frunzo el ceño.
Sigue siendo el mismo de siempre.
—Vámonos —dice Bentley, agarrándome de la mano y llevándome hacia la puerta—. ¿Cómo ves las cosas para Jason?
Cash se encoge de hombros. —Nada bien. Si no le dan por lo menos 20 años de cárcel, dejo la carrera.
—Habla en serio —Jack intenta darle un golpe a su hermano, pero Cash se quita rápido.
—¡Hablo en serio! —protesta Cash.
Sonrío y me acerco a Bentley para susurrarle: —¿Te gustó el resultado?
Él me mira y aprieta los labios. Dejo de bromear al notar la angustia en sus ojos.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
Él suspira. —Es que estoy preocupado. ¿Y si ella de verdad sigue viva por ahí? ¿Cuánto estará sufriendo ahora mismo?
Le aprieto la mano. —No pienses en el "qué pasaría". Solo piensa en que hay investigadores privados de los mejores buscando cómo traerla a casa. La encontraremos viva. Los encontraremos a los dos vivos.
Claro que yo también me pongo ansiosa cuando pienso en mi madre biológica. ¿Dónde estará? ¿Qué le pasó? ¿Estará bien o estará... muerta? ¿Llegaré a conocerla algún día?
Pienso en eso a cada rato. Le doy vueltas a mil cosas, pero Bentley siempre está ahí para sacarme de esos pensamientos cuando me pongo mal. Quiero hacer lo mismo por él.
—Anda —le doy un tironcito de la mano—. Vamos a casa.
—Me siento tan soltero —se queja Cash.
Bentley mira a su hermano con desgana. —¿No vi a una mujer saliendo a escondidas de la casa temprano esta mañana?
—...
Los miro a los dos con una sonrisa pícara. —Vaya, parece que alguien se está divirtiendo.
Cash me guiña un ojo. —Nunca dije que estar soltero fuera algo malo.
—Estás soltero y con el cuerpo enterito —me tapo la risa con la mano.
—¡Tú sí me entiendes! —Él levanta la mano para chocar las palmas, pero Bentley se interpone rápido y me aleja.
—Parecen niños —Jack sacude la cabeza y se adelanta.
Bentley fulmina a Cash con la mirada. —Eres una mala influencia.
Qué gracioso que lo diga él, que es de quien aprendo todo.
Cash suelta una carcajada. —No me odies porque soy más genial. ¿Verdad, Bea?
Niego con la cabeza y no respondo. No hay necesidad de seguirles el juego.
—¡Bea! —Alguien me llama. Nos giramos y vemos a Mary caminando rápido hacia nosotros desde la sala. Trae un bolso grande al hombro.
Frunzo el ceño.
—¿Estuviste aquí todo el tiempo? ¿Dónde está Isiah? —pregunto, buscando al viejo que siempre camina lento.
Ella le resta importancia con un gesto y rebusca en su bolso. —Dejé a ese saco de huesos viendo la tele. No tengo tu número, así que vine a ver el veredicto yo misma. Quería darte esto.
Saca una caja de su bolso. La reconozco al instante.
—Es la caja de Be... de mamá —murmuro mientras la tomo. Al abrirla, veo la ropa y los útiles de tejer dentro.
Mary sonríe. —Pensé que la querrías para recordarla. ¿Quién sabe? Quizá también te dé por tejer. Era uno de sus pasatiempos favoritos. Por desgracia, no pudiste usar nada de lo que ella tejió. Pero ojalá en el futuro, cuando la encontremos, puedan tejer algo juntas.
Miro la caja con sentimientos encontrados. No sé si estar feliz o triste.
—Gracias —le sonrío con ternura a Mary. Es lo único que acierto a decir—. Las guardaré como un tesoro.
Aprieto la caja contra mi pecho.
—Me alegra que tengas curiosidad por Beatrice. Sentía que, aparte de Isiah y de mí, todo el mundo se había olvidado de ella —Sus ojos brillan mientras me mira con una expresión compleja—. ¿Podemos seguir en contacto? Sé que es mucho pedir, pero... nos perdimos tanto. Isiah no lo demuestra, pero quiere conocerte a ti y a tus otros hermanos. Queremos ser parte de sus vidas.
Juguetea nerviosa con sus dedos y aparta la mirada. —Sé que tu madre no quiere saber nada de nosotros, pero si pudieras convin...
—No lo haré.
Ella se sobresalta y se desinfla. —Oh... entiendo. No quería...
La interrumpo. —Puedo ir a visitarlos cuando tenga tiempo. Ahora no tengo celular, pero pronto cobraré mi primer sueldo y compraré uno. No puedo hablar por Kyle, pero puedo llevar a Bazel conmigo.
Sus ojos se llenan de lágrimas y sus labios tiemblan. Ver tanta emoción me duele en el pecho. Aprieto la caja más fuerte para no lanzarme a abrazarla. Debe de haber sufrido mucho.
Y todo porque mi madre le prohibió ver a sus nietos.
Frunzo el ceño. —No puedo convencer a mi mamá de hacer nada que no quiera. La conozco, y sé que le duele cada vez que te ve. Sabe que no tiene la razón, pero el orgullo no la deja admitirlo.
Mary suspira y sacude la cabeza. —Esa niña rebelde. Es la viva imagen de su padre. No sé qué hacer.
—Déjala tranquila. Al final cederá, te lo prometo.
Y si no lo hace, yo misma la agarraré por los pelos y la arrastraré hasta su puerta. Somos familia y tenemos que soltar los rencores si queremos seguir adelante.
—Gracias. —Se limpia una lágrima traicionera.
Le sonrío para darle ánimos. —No hay de qué. Somos familia.
Bentley me pone una mano en el hombro y lo miro. —Te esperamos en el coche —me dice.
—¡Ay! ¿Los estoy retrasando? No me hagan caso. Tengo que volver para ver qué está haciendo ese hombre. Capaz que se pone a cortar el pasto sabiendo que no puede con las piernas —rezonga al final, haciéndome reír.
—Vendré pronto —le prometo.
Ella asiente. —Aquí te esperamos con gusto.
Nos despedimos y salimos del edificio. Al salir, casi nos chocamos con Jason, pero Bentley me aparta rápido mientras lo fulmina con la mirada.
Subimos al coche y abrazo la caja todavía más fuerte. Estas son las primeras y últimas cosas que mi madre hizo para mí.
No mentí cuando dije que las cuidaría mucho. Si algún día tengo un hijo, le daré la ropa que yo nunca pude estrenar.
POV de Sarah
Pongo el plato delante de la niña, que no para de temblar, y le sonrío. —Toma, cielo, come esto.
La niña se encoge al oír mi voz y se me parte el alma. Miro a la chica que está hecha un ovillo en la parte de abajo de la litera. —¿Pebble, puedes venir, por favor?
Pebble se mueve y se gira hacia mí. En cuanto veo el moretón bajo su ojo, hago una mueca de dolor. —¿Te hizo eso el último cliente?
Ella asiente y baja de la cama despacio. —Hermana, ¿cuándo nos vamos a ir de aquí? —Su voz suena cansada, desgastada por los años de abusos desde que llegó a la catedral hace tres años. Tiene 17 años, pero su cuerpo parece el de una niña de 12 por lo mal alimentada que está.
Abro la boca pero no sé qué decir. No tengo respuesta. Me lo preguntan todos los días. Y aunque les prometo que algún día saldrán de este lugar, ese día no se ve cerca. Sigo siendo tan impotente como hace 18 años.
Suspiro y decido ser sincera. —No lo sé. ¿Me ayudas a darle de comer a esta pequeña? Tiene que comer antes de que vuelvan los hombres. —Señalo a la niña que se aleja asustada del plato de comida.
Tiene 14 años. Es una de las nuevas que llegó la semana pasada. Me encargaron que la acostumbre a este lugar, aunque lo que más quiero es sacarla de aquí antes de que pierda la inocencia de sus ojos.
Pebble camina con dificultad hacia mí y veo un hilo de sangre bajándole por el muslo. No lleva nada más que una camiseta, que es lo único que dejan usar a estas pobres niñas aquí abajo.
Giro la cabeza y me aclaro la garganta, tratando de que no se me salgan las lágrimas. Nunca podré acostumbrarme a esto. Yo estuve en su lugar no hace mucho tiempo.
Pebble se acerca y logra calmar a la niña lo suficiente para que empiece a comer. Suelto un suspiro de alivio.
A los amos no les gusta que las niñas no coman. Si lo hacen, las castigan. Me alegra que Pebble esté aquí para tranquilizarla. Yo ya no puedo conectar con las chicas como ella. Por mi puesto, me ven como una de sus torturadoras y me odio por eso.
—¿Ya pensó en un nombre para ella? —pregunta Pebble.
Niego con la cabeza y aprieto los labios. —No he tenido tiempo.
—Yo ya tengo nombre —murmura la niña, encogiéndose cuando me giro a mirarla.
Se me ablanda la mirada. —Lo sé, ángel, pero ese nombre no se puede usar aquí. Los amos nos llaman por los números de nuestras muñecas. —Me subo la manga para que vea el número 56 en mi brazo—. Pero aquí dentro nos ponemos nombres entre nosotras para sentirnos más unidas.
Pebble asiente y le enseña su número a la pequeña.
La niña se mira la muñeca, donde la marca todavía está sanando. Las lágrimas empiezan a correr por sus mejillas y rompe a llorar.
Doy un paso para consolarla, pero el sonido de la puerta abriéndose me detiene en seco.
Me doy la vuelta y veo a la hermana Debra asomada. Nuestras miradas se cruzan y ella frunce los labios. —Hermana Sarah, el pastor quiere verla en su oficina.
Se me cae el alma a los pies y asiento.
¿Ya llegó la hora?
Miro a las niñas y sonrío. —Ya vuelvo. No se preocupen, ya terminaron por hoy —le digo a Pebble para tranquilizarla. Salgo del cuarto y cierro la puerta con llave.
Subo rápido las escaleras del sótano y voy a la oficina del pastor.
Todavía no ha llegado.
Miro a mi alrededor y me muerdo el labio. Mis ojos se van directos al teléfono fijo que hay sobre su escritorio.
Me tiemblan las manos.
Seguramente no tengo mucho tiempo.
Echo otro vistazo a la puerta y agarro el teléfono de prisa. Marco los números que ya me sé de memoria con manos temblorosas. Me pongo el auricular en la oreja mientras suena.
Suena y suena hasta que salta el buzón de voz.
Nadie contesta.
Siento el corazón en la garganta y vuelvo a marcar.
Salta el buzón de voz otra vez.
—Maldita sea —murmuro con frustración. Cuelgo el teléfono justo cuando se abre la puerta.
Me giro rápido y tapo el teléfono con mi cuerpo.
El pastor entra con su Biblia bajo el brazo.
Sonrío lo mejor que puedo y digo con voz suave: —Buenas noches, pastor Benjamin.
Él me mira de arriba abajo con mi hábito puesto y empieza a arremangarse. —Quítatelo.
Tomo aire con fuerza y cierro los ojos mientras mis manos buscan la tela suelta que me cubre el cuerpo.
No pasa nada.
Ya has hecho esto muchas veces.
Todo va a estar bien.
Algún día todo esto se va a terminar. Y cuando llegue ese momento, por fin volveré a verla.