Capítulo 1
¿se puede estar enamorada sin ser correspondida por tanto tiempo?
Me lo pregunto todos los días, mi vida ha girado en torno a Sebastián desde que tenía 17 años. Hemos vivido en el mismo edificio, justo frente a frente.
Yo Lía Walker ya tengo 21 años, y mis sentimientos no han cambiado. Sebastián siempre ha sabido sobre mis sentimientos, pero nunca se ha fijado en mi como mujer.
Sus amigos dicen que no encajo con él, ya que el un chico muy apuesto de alta estatura y sus lindos ojos verdes que enloquecería a cualquiera chica.
Claro, siempre uso estos lentes y llevo el pelo recogido, con una vestimenta que, según ellos, es un desastre.
Apenas tengo una amiga, Luna, la única que realmente me aprecia, y eso que somos completamente diferentes. A diferencia de mi, Luna ha pasado por muchas relaciones y su pareja actual es el actor más famoso de Italia.
Mi mejor compañía, aparte de Luna, es mi perro (Peludo). Así le puse ya que tiene mucho pelo. Él parece entender mejor mis sentimientos que cualquier humano.
―¿Qué pasa, chiquito, tienes hambre? Espera un momento mientras saco la basura ―Le dije acariciando suavemente la cabeza de mi perro. Al abrir la puerta, me encontré con la dolorosa escena de Sebastián besándose apasionadamente con una de sus muchas conquistas me detuve en seco, mi corazón se hizo añicos una vez más. Cada encuentro fortuito como este había sido una tortura constante durante todos estos años. Sentí las lagrimas ardiendo en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer. Ya no podía soportar la carga de este amor no correspondido que me desgarraba el alma.
Jau, jau, Peludo ladró, rompiendo el incomodo silencio.
La chica se separó de Sebastián, mirándome de arriba a abajo con una sonrisa despectiva.
―¿Vas a sacar basura con esa pinta? ― se burló, riéndose mientras volvía a abrazar a Sebastián.
― Tengo que terminar con esto― murmuré, mi voz temblaba con una mezcla de determinación y desesperación―. Ya no puedo seguir así, esto no me lleva a ninguna parte. Mis pensamientos resonaban en mi mente, cada palabra un recordatorio de los años perdidos y el dolor acumulado.
DIAS DESPUES...
Lentes de contacto, pelo suelto y teñido. Una nueva apariencia.
Me miré al espejo, decidida a conquistar a Sebastián a cualquier costo. Ya no era la tímida chica de lentes y cabello siempre recogido. Ahora, una mujer segura de si misma, me observaba con ojos claros y cabello rubio suelto, brillando bajo la luz del baño. El cambio no solo era físico; en mi mirada había una determinación férrea. Había pasado años sintiéndome invisible, y ahora estaba lista para hacerme notar.
Siempre he sido rechazada por él. Le comentaba a la maquillista que cuando tenía 17 años me enamoré del chico del frente, cuando estaba segura de mis sentimientos.
Le escribí una carta contándole lo que sentía.
4 de Mayo 2020.
Querido Sebastián
No puedo seguir guardando esto solo para mí, así que he decidido escribirte estas palabras con la esperanza de que entiendas mis sentimientos. Desde que te vi por primera vez en la escuela, algo dentro de mí cambió. No hemos tenido la oportunidad de hablar, pero verte todos los días me llena de una inexplicable alegría.
He notado cómo siempre estás rodeado de amigos, cómo sonríes y cómo tu presencia ilumina cualquier lugar al que vas. Compartimos algo más que el colegio; vivimos en el mismo edificio, y a veces, cuando coincidimos en los pasillos o en el ascensor, mi corazón late más rápido de lo que puedo controlar.
Quizás te parezca extraño recibir una carta de alguien con quien nunca has hablado, pero me he enamorado de ti desde la distancia. He soñado con tener la oportunidad de conocerte mejor, de saber más sobre ti y de compartir momentos que solo he imaginado.
No sé cómo reaccionarás a esta confesión, pero no podía seguir guardando estos sentimientos sin decirte cuánto me importas, aunque nunca hayamos cruzado palabras. Espero que podamos empezar a conocernos y ver adónde nos lleva el destino.
Con todo mi corazón, Lía.
Decidí entregarle la carta personalmente después de clases. Esperé a que saliera del aula, mis manos temblando y mi corazón latiendo desbocado. Cuando finalmente lo vi, tomé una respiración profunda y me acerqué.
― Sebastián, esto es para ti ―dije, extendiéndole la carta con nerviosismo.
Él la tomó con una ceja levantada, evidentemente sorprendido. Asentí y me alejé rápidamente, sin esperar su reacción.
Días después, noté que sus amigos comenzaban a mirarme y a murmurar entre ellos. En el recreo, una chica de su grupo se acercó a mí con una sonrisa maliciosa.
—Así que, ¿estás enamorada de Sebastián? —dijo en voz alta, lo suficientemente fuerte para que todos a nuestro alrededor escucharan.
Mi corazón se hundió. Miré a Sebastián, que estaba unos pasos más allá, riéndose junto a sus amigos mientras sostenía la carta. Sentí cómo el color abandonaba mi rostro y las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
—¿Por qué... por qué hiciste eso? —le pregunté con la voz quebrada cuando tuve la oportunidad de confrontarlo en privado.
—Solo fue una broma —respondió con indiferencia—. No lo tomes tan en serio.
Esa humillación pública me marcó profundamente. Desde entonces, cada mirada burlona y cada susurro a mis espaldas se sintieron como cuchillos en el corazón.
― Tengo un plan. Haré que se enamore hasta volverlo loco por mi y después lo mando a volar. Lo haré pagar por todos estos años de sufrimiento.
Eso es lo que planeaba con mi nueva apariencia.
Mis padres han estado viajando por asuntos de trabajo y no tenia ningún empeño para ejercer mi plan.
Una noche me cambié, salí a un bar que estaba a tres cuadras del edificio.
El ambiente estaba pesado, gente borracha por todos lados, mi mirada se encontró con la de él. vestía un lindo vestido rojo, y las personas del bar no quitaban los ojos sobre mi. Me senté en una mesa sola en un rincón.
Desde el otro lado del bar, vi cómo me observaba, fascinado. Me sentí satisfecha cuando lo vi llamar al mesero y murmurarle algo. Unos momentos después, el mesero se acercó a mi mesa con una copa de vino.
—Esta copa es cortesía del caballero que está al final del bar —me dijo el mesero, señalando discretamente a Sebastián.
Sonreí agradecida y levanté mi copa en dirección a Sebastián, brindando desde la distancia. Vi cómo su rostro se iluminaba con una sonrisa y, para mi satisfacción, decidió acercarse.
—¿Qué hace una mujer tan hermosa sola en un lugar como este? —preguntó Sebastián con una sonrisa encantadora al llegar a mi mesa.
Miré mi reloj con fingida preocupación antes de responder.
—Esperaba a alguien, pero parece que no va a llegar —dije, tratando de sonar desinteresada.
—En ese caso, ¿te gustaría que te acompañe mientras esperas? —propuso Sebastián, tomando asiento sin esperar mi respuesta afirmativa.
—No suena mal —respondí, sonriendo. Sentí una pequeña victoria; mi plan estaba empezando a funcionar.
Mi plan empezaba a marchar como esperaba; Sebastián ya estaba mostrando interés por mí. Lo observé mientras tomaba más y más copas, hasta que finalmente estaba claramente borracho. Sabía que este era el momento perfecto para dar el siguiente paso.
Llamé a un taxi para llevarlo a casa, y él, sin protestar, me siguió tambaleándose. Al llegar al edificio, me di cuenta de que había dejado las llaves de su apartamento en el coche en el bar. Sin otra opción, decidí llevarlo a mi propio apartamento. Era irónico pensar que después de tantos años viviendo en el mismo piso, esta sería la primera vez que él entraría en mi casa.
Lo ayudé a entrar y lo dirigí al sofá. A pesar de su estado, seguía viéndose guapo, incluso desordenado y borracho. De repente, se paró tambaleante y se acercó a mí. Sin previo aviso, me tomó por la cadera, me miró fijamente y me besó. Sentí un torrente de emociones, pero antes de que pudiera reaccionar, cayó dormido sobre mi hombro.
A la mañana siguiente, Sebastián despertó desorientado, mirando alrededor de mi apartamento.
—¿Qué pasó con la chica que vivía aquí antes? —preguntó, frunciendo el ceño mientras intentaba ubicarse.
—Oh, Lía, sí... ella se mudó hace poco —respondí rápidamente, tratando de sonar despreocupada.
—Este edificio es propiedad de mi padre. Me mudé aquí por trabajo, así que ella tuvo que irse —añadí, esperando que no notara la mentira.
Sebastián frunció el ceño, claramente tratando de recordar algo.
—Tu cara me resulta familiar, pero no puedo recordar de dónde —comentó, mirándome con curiosidad.
—No creo, acabo de regresar de Nueva York, así que es poco probable —respondí, sonriendo nerviosamente.
—Gracias por lo de anoche. Te invito a comer uno de estos días para agradecerte. ¿Vale?
—Vale —dije, tratando de mantener la compostura.
Acompañé a Sebastián hasta la puerta, forzando una sonrisa mientras él se tambaleaba ligeramente. Apenas cerré la puerta tras él, las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a correr por mis mejillas. Me dejé caer lentamente al suelo, mis sollozos resonando en la habitación vacía. Durante todos esos años, Sebastián no se había molestado en verme, en conocerme realmente. La belleza de la nueva Lía, la que ahora parecía captar su atención, era una ironía cruel. ¿Era solo eso lo que le importaba? La superficialidad de sus elecciones me hería profundamente, pero también me llenaba de una nueva determinación.
Me levanté, secándome las lágrimas con la manga, y me miré de nuevo en el espejo.
—Voy a hacer que me desees y luego te haré sentir el mismo desprecio que tú me hiciste sentir —pensé, una mezcla de amor y odio ardiendo en mi pecho.
Decidí dar un paseo para despejar mi mente. El día era fresco, los árboles estaban verdes. La primavera había llegado.
—Deseo que llegue la primavera a mi vida y que mi corazón deje de estar en invierno —murmuré, contemplando la naturaleza.
Mientras yo pensaba en cómo florecer, Sebastián estaba en su casa, pensando en mí y en el beso que me había dado. Fue a mi puerta, dando vueltas y vueltas, debatiendo si tocar o no. Justo en ese momento, vi a Luna venir del ascensor. Nuestras miradas chocaron y noté que Sebastián estaba confundido al vernos juntas.
—¡Hola, Sebas! ¿Qué tal te va? —preguntó Luna con una sonrisa.
—Todo bien, gracias. ¿Ustedes se conocen? —Sebastián miró a ambas, desconcertado.
—Sí, claro —respondió Luna rápidamente—. Ella es Sofí, una amiga que conocí en un viaje a Nueva York con mi novio.
—¿Quieres pasar a tomar un café? —le ofrecí, sabiendo que Luna entendía lo que estaba pasando.
Después de un rato de silencio, Sebastián rompió la tensión.
—Luna, ¿Qué pasó con Lía? ¿Dónde vive ahora?
Luna soltó una risa sarcástica.
—¿No me digas que la extrañas?
—No, qué va, simple curiosidad —respondió Sebastián, mirando hacia otro lado.
No sabía si sentirme contenta por su pregunta o molesta. Mis sentimientos estaban en conflicto. Por un momento, pensé que quizás me extrañaba.
—Al final de este mes me caso. Están los dos invitados. Espero verlos en un día tan importante para mí —dijo Luna.
—Cuenta con mi presencia —dijo Sebastián, sonriendo. —Me tengo que ir, los dejo —concluyó Sebastián, y se despidió.