Seis caminos

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Sinopsis

Quentin, Vanessa, Luca, Lynn y Elliot son cinco adolescentes aparentemente normales tratando de abrirse paso en el mundo. Pero pronto, sus vidas darán un giro completo al revelarse una verdad: todos ellos han nacido en realidad por alteraciones genéticas en un laboratorio, alteraciones que les otorgaron poderes extraordinarios de los que ellos no tienen conocimiento. Además, llegará a sus vidas Allison, una chica que revela haber nacido producto del mismo experimento que todos ellos, con la diferencia de que ella ha escapado en busca de su libertad durante toda su vida, teniendo completo conocimiento y dominio sobre sus poderes. Ahora, con las autoridades del laboratorio tras ellos, los seis se verán obligados a permanecer juntos, aprendiendo el verdadero significado de la amistad, y en algunos casos, conociendo el amor incondicional. Bienvenidos a Willow Ridge.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
Ju🌺
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1

La sala de conferencias y reuniones del Laboratorio de Willow Ridge nunca había presenciado una atmósfera tan devastadora como la de aquel día. Los rostros de los doctores, enfermeros, científicos e incluso los de unos cuantos inversores presentes en dicha habitación, se encontraban sombríos, apagados, desesperanzados.


Pero sobre todo, algunos más que otros, evocaban miedo, un terror profundo propio del inevitable sentimiento de que habían creado algo más allá de su entendimiento y expectativas. Una rareza que, si bien habían creado para su favor y su uso, hoy se escapaba de sus manos, como la arena se escurre entre los dedos sin posibilidad de tener control sobre ella.


Específicamente, seis rarezas. Seis rarezas nacidas gracias a los conocimientos, entrenamiento, seguridad, y sobre todo, el dinero del cual disponía el Laboratorio de Willow Ridge. Seis rarezas, que en algún momento, llegaron a llamar "milagros".


*****************************


El Proyecto Génesis comenzó en aquel entonces en el laboratorio con muy poca credibilidad, y mucho escepticismo a su alrededor. Si bien aquellas instalaciones contaban con la más avanzada de las tecnologías y con los mejores médicos y científicos del país, aún para la mayoría era risible la propuesta del Proyecto Génesis que en aquel entonces, fue presentado y respaldado por la Doctora Grace Woodsen y el Doctor y científico Anthony Hunt.


El objetivo y propósito de dicho proyecto era tentador y profundamente ingenioso. Consistía en la creación de armas de guerra de la mayor inteligencia que jamás se haya visto; así como la posibilidad de brindar al laboratorio, al estado, e incluso al país y al mundo entero un avance científico no presenciado nunca antes.


La premisa era convincente; pero el conflicto siempre comenzaba cuando la Dra. Woodsen y el Dr. Hunt materializaban las ideas de este vago concepto, junto con un complejo plan de acción: proponían que estas armas inteligentes fueran, ni más ni menos, que humanos.


La idea del proyecto era tan fantasiosa como escandalosa: se recurriría a la alteración del genoma humano, potenciando hacía límites más allá de lo orgánico ciertas capacidades que el humano corriente ya poseía; también se vería implicada la combinación de cualidades propias de inteligencias cerebrales diferentes a la del ser humano, la cual en muchos casos, era superior a este. Y por último, proponía completar la modificación del hombre corriente mediante sustancias específicas sintetizadas en el laboratorio, sustancias que, según prometía el intrigante dúo creador del proyecto, brindarían a los sujetos alterados capacidades y características nunca antes observadas en otro ser vivo.


Incontables veces los ya mencionados doctores dieron presentación y respaldo a su proyecto, no sólo promoviendo la participación en él, sinó también apuntando hacía quienes podrían brindar los recursos y fondos necesarios para llevarlo a cabo. Incontables veces fracasaron. Algunos inversores se veían asustados; otros dudaban del éxito del peculiar proyecto; otros lo llamaron inhumano, cruel y "destinado a ser desastroso". Algunos simplemente reían, y se levantaban de su silla para marcharse sin mediar palabra.


Ante estos resultados, la Dra. Woodsen y el Dr. Hunt se encargaron de perfeccionar las pautas de su proyecto, las expectativas a futuro, y lejos de desistir, aumentaron las premisas científicas sobre el nivel de capacidad que podría ser adquirido por los sujetos de prueba.


Y así fue como, tras un largo de tiempo de miradas de desaprobación y susto, e incluso unas cuantas risas y burlas, finalmente consiguieron, para sorpresa de todos, un generoso aporte inversor para dar inicio a, como ellos solían llamarlo, uno de los muchos milagros que la ciencia era capaz de crear.


En poco tiempo lograron un generoso acuerdo con Theodore Palmer, inversionista independiente pero con tanto poder adquisitivo como asombro y curiosidad por la propuesta de los doctores. Su principal interés era ser el primero en el mundo en haber potenciado avances científicos sin precedentes, citando sus propias palabras.


Exigía, obviamente, y a pesar de no tener conocimientos de ciencia o medicina, un lugar en la mesa. Esto significaría que su voto no solo sería necesario, sino que sería esencial para cualquier tipo de decisiones que se tomaran sobre el manejo, curso, y futuro del proyecto.


En un comienzo, fue Grace Woodsen quien se mostró particularmente reacia a dar un lugar en la mesa a alguien sin conocimiento científico aparente (además de que Theodore Palmer, a pesar de sus cortos 28 años, causaba escalofríos a cualquiera con su apatía, perversión, y falta de humanidad). Pero, teniendo claro conocimiento de las escasas posibilidades que había de que el proyecto se llevara a cabo sin la ayuda de Palmer, Grace terminó por aceptar a regañadientes las condiciones del adinerado hombre.


Al principio, los primeros sujetos de prueba eran tanto hombres como mujeres de no más de 30 años, los cuales con la promesa de una vaga suma de dinero, se sometían a los arduos y escalofriantes procedimientos que involucraba el protocolo del Proyecto Génesis.


Cada resultado era diferente en cada sujeto de prueba, pero todos tenían algo en común: que solo se lo podía catalogar como desastroso y catastrófico. Algunos sufrían derrames cerebrales, infartos o convulsiones. Otros tantos, entraban en un repentino estado de adrenalina que rápidamente se solapaba con una ira incomparable, lo cual obligaba al personal del proyecto a neutralizar a dichos sujetos. Y varios restantes, simplemente perdían una, muchas o todas las funciones cerebrales que los hacía ser quienes eran.


El proyecto era, en resumen, un fracaso rotundo. La tasa de éxito era del 0%, mientras que la tasa de muerte sobrepasaba el 80% de los casos totales intervenidos.

Y en medio de ese caos, y ante las crecientes amenazas de Palmer de dar marcha atrás con la financiación del proyecto ante la falta de resultados contundentes, fue el Dr. Hunt quien tuvo la idea reveladora de dar un nuevo curso, no al proyecto, sino a los sujetos de prueba. Así fue como, cuando presentó ante la junta su desgarradora pero a la vez intrigante teoría, la decisión de llevarla a cabo fue unánime.


La convocatoria entonces cambió. Por una suma considerablemente más elevada de dinero, se llamaba a mujeres en edad fértil para que voluntariamente fueran al Laboratorio de Willow Ridge para, específicamente, someterse a una inseminación artificial y llevar a cabo un embarazo a término, para luego entregar a merced del laboratorio el niño o niña que dieran a luz. Sería entonces ese ser gestándose dentro de ellas el verdadero sujeto de prueba.


Anthony Hunt respaldó sus teorías bajo la premisa de que el error había estado no en las sustancias, ni en los procedimientos realizados, sino en los sujetos elegidos. Según él, la modificación del genoma y capacidad humanos no eran, teóricamente, modificables una vez que el ser humano ya estaba desarrollado como un hombre corriente, y ya habiendo vivido una vida como tal. Entonces, decidió intentar algo nuevo, habiendo alcanzado su conclusión: cualquier modificación al ser humano tendría que realizarse, esencialmente, en las etapas tempranas del desarrollo de este, modificando sus cualidades y capacidades al mismo tiempo que estas se crean en, nada más ni nada menos, que el vientre materno.


En poco más de un año, fue entonces que se dió a luz al primer aparentemente exitoso experimento. Se trató de un niño, quien nada más horas luego de su nacimiento mostró capacidades de entendimiento de su entorno y espacio mucho más superiores que las de cualquier bebé. Su desarrollo psicomotriz se producía a pasos agigantados. Con frecuencia,  al realizar el pequeño una pataleta o al enojarse por algo o alguien, algún objeto resultaba roto sin que nadie lo haya tocado. Tras esto, poco se sorprendieron los involucrados en el proyecto cuando unos meses después descubrieron al niño bajando sus juguetes de altos estantes, los cuales sus cortas piernas difícilmente podrían alcanzar, al hacer el simple gesto de estirar su mano hacia el artefacto deseado, moviéndolo en instantes hacia él. Poseía, además, la extraña capacidad de obtener información de objetos solo al tocarlos, al igual que era capaz de visualizar recuerdos recientes de las personas con solo el toque de su mano.


Maravillados ante aquel éxito, continuaron expandiendo el proyecto, y así fue como aquel primer niño fue nombrado Quentin.


Poco tiempo después del nacimiento del peculiar Quentin, llegó al mundo Vanessa; una pequeña niña de cabello amarronado quien al poco tiempo, dio signos de también poseer la habilidad de mover objetos sin tocarlos. Pero, como si un segundo experimento exitoso no fuera suficiente, Vanessa también reveló a los pocos meses de nacer su capacidad para interpretar los pensamientos de otros sin necesidad de que estos los dijeran en voz alta. Grande fue la sorpresa del personal del laboratorio cuando la pequeña contestaba en palabras preguntas que los presentes no recordaban haber expresado, sino dentro de sus mentes.


Cuando poco después del nacimiento del tercer experimento, este mostró signos de cualidades extraordinarias al igual que Quentin y Vanessa, los científicos ya no mostraban sorpresa ante el descubrimiento de la peculiaridad del recién nacido; más bien, esperaban ansiosos el avance de su crecimiento, para así ser capaces de descifrar qué clase de habilidades había traído consigo el muchacho.


El niño, nombrado Luca por el personal, acabó por asombrar a cada presente con su veloz inteligencia y capacidad para descifrar sistemas y algoritmos extremadamente complejos, así como también lo hizo su rapidez en el aprendizaje de idiomas, matemática avanzada, y juegos estratégicos. Todos se encontraban particularmente ansiosos por explorar y explotar las capacidades de Luca.


La cuarta niña, mantuvo un hilo de suspenso y misterio por un largo tiempo. Era particularmente callada, solía pasar la mayor parte del día jugando con plantas, o con juguetes con figuras de animales. Su aspecto, que solo se acentuaba con el paso de los meses, era tan particular como intrigante: la niña había nacido de una exagerada tez blanca, acompañada de un cabello casi tan blanco como el resto de su cuerpo; estas características, hacían que resalten exageradamente los ojos de la pequeña, los cuales eran de un verde chispeante.


Con el paso de los meses, el desconcierto del personal se transformaba poco a poco en desilusión y frustración; pues la niña, quien aún no llevaba nombre, no mostraba aún signos de capacidades extraordinarias al igual que los anteriores éxitos. Pero no pasó mucho tiempo hasta que el descubrimiento que realizaron los dejó atónitos. Fue una tarde, cuando una doctora del equipo de investigación del Proyecto Génesis se dirigió hacia el cuarto de juegos dónde habitualmente se encontraba la niña, para un simple chequeo rutinario. Nada más entrar en la habitación, la doctora sintió un dolor punzante en la palma de su mano, solo para descubrir que una astilla desprendida le había causado un corte de lado a lado. Mientras intentaba controlar la hemorragia y cubrir la herida, la pequeña de ojos verdes rompió la distancia con ella y la observó, para luego tomar su mano herida y sostenerla entre las suyas durante no más de diez segundos. Grande fue el asombro de la doctora al descubrir que, instantes después de que su mano se librara de aquel gentil agarre, esta se encontraba completamente curada y cicatrizada.


Ante aquel evento, el equipo quedó extasiado, entendiendo que la niña, a quien ahora habían bautizado como Lynn, no había tenido oportunidad sino hasta ese momento para mostrar de lo que era capaz.


A pesar de que muchos dentro del equipo de investigación discutían si era prudente seguir creando nuevos niños, ya que aún quedaba mucho por estudiar y entender de los ya nacidos, el orgullo y deseo de un éxito aún mayor del Dr. Hunt provocó que no mucho tiempo después, viniera al mundo el quinto niño.


Contrastando con Lynn, aquel muchacho tenía un cabello de un fuerte color negro, pero a la vez tenía fuertes similitudes con ella en su comportamiento: era extremadamente tranquilo, muy extraña vez emitía llanto alguno, y podía pasar largos periodos de tiempo simplemente inyectando su mirada hacia alguna persona en específico. Muchos hasta llegaban a sentirse incómodos por su punzante mirada, incluso a pesar de que esta era profundamente tierna. El ansiado descubrimiento, teniendo en cuenta los errores cometidos en el pasado con Lynn, no tardó en hacerse ver: el niño ahora llamado Elliot, poseía un empatía avanzada y mejorada. Era capaz de sentir detalladamente lo que otro ser vivo sentía en aquel momento con solo mantener la concentración. Dicho hallazgo había salido a flote luego de incontables veces de que el niño repentinamente sintiera una furia desmedida si alguien a su lado pasaba con el más mínimo sentimiento de ira; lo mismo pasaba tantas otras veces cuando quien tenía el turno de supervisar a Elliot no tenía un buen día o bien se hundía en frustración. No tardaba en romper en llanto. Incluso otras veces lo encontraban riendo sin razón aparente, solo para descifrar que aquel sentimiento en realidad provenía de otra persona a quien él en algún momento había divisado.

A pesar de que en un comienzo hubo controversia sobre la utilidad de las habilidades del niño, no mucho después se redobló la apuesta: Elliot no solo era capaz de sentir con exactitud emociones de los otros, sino que era capaz de inducir en los otros las emociones que él deseara que sintieran. Rápidamente, el niño se ganó la ternura y simpatía de gran parte del equipo, ya que muchas veces empleaba sus habilidades en remover malestares o emociones no agradables de la gente de su entorno.


Luego del nacimiento y desarrollo de Elliot, una buena mayoría de la junta del Proyecto Génesis tomó la decisión de no continuar con la creación de nuevos experimentos, bajo la premisa de que aún faltaba mucho por comprender de los ya nacidos. Esta decisión, lejos de detener al Dr. Hunt de su codicia, lo impulsó a escoger actuar en secreto. Con un grupo extremadamente reducido de personal, el cual incluía a Theodore Palmer para una vez más financiar sus actos, decidió dar vida a un último experimento. Esta vez, una niña.


El personal de salud presente en el nacimiento de la bebé pudo advertir la  intrigante expresión del rostro del Dr. Hunt (quien hasta ahora no había estado presente en ninguno de los nacimientos previos) al ver aquel nuevo ser. Era difícil diferenciar si se encontraba en estado de shock, pensativo, dubitativo o simplemente anonadado por la niña; muchos creerían que fueron sus ojos, de un azul vibrante e intenso, los que lo llevaron a aquella especie de trance. Inmediatamente, Hunt decidió sin pensarlo, extrañando al personal, llamar a la niña Allison.


Muchos testigos afirmaban, pero ninguno conociendo la razón, que el Dr. Hunt cuidó y vigiló particularmente de cerca a Allison. Incluso cuando salió a la luz para el resto del equipo de investigación que había un sexto experimento, Hunt continuó cuidando de cerca a la niña a pesar de ahora contar con el triple de personal para hacerlo. Nadie se había tomado muy bien que Hunt actuara a espaldas de casi todos, pero acabaron por aceptar las circunstancias.

El caso de Allison fue aún más confuso que el de Lynn. Comenzó, a pocos meses después de nacer, a mostrar hatizgos de habilidades telequineticas y de sensibilidad a objetos al igual que Quentin. Poseía también cierta habilidad de interpretación del pensamiento, propia de Vanessa. Contaba con gran rapidez mental para aprendizaje y estrategia, lo cual de inmediato llevaba a pensar en Luca. Dada la oportunidad presentó también capacidades curativas, aunque en menor nivel que Lynn. Finalmente, con su capacidad de aprendizaje y compresión anormalmente veloces, aprendió de Elliot sus habilidades de empatía avanzada y manipulación de emociones.


Fue tanto el asombro que generó el caso de Allison, que fue entonces cuando la decisión de no continuar creando experimentos fue unánime, incluyendo el voto del Dr. Hunt. En sus propias palabras, él creía que sería más prudente seguir estudiando el desarrollo de los niños ya nacidos, especialmente poniendo foco en Allison. Esto no era para menos, ni tampoco era una decisión improvisada: un grupo reducido de profesionales, liderado por Hunt, estaban convencidos de que Allison todavía escondía una o más habilidades aún más extraordinarias que de las que ya tenían conocimiento.


Incluso a pesar de las circunstancias en las que habían crecido los seis niños del Laboratorio de Willow Ridge, eso no los detuvo de, a pesar de ser peculiares, desarrollarse a la vez bajo las mismas características de cualquier otro infante. Por supuesto, amaban jugar, cada uno a su manera; eran curiosos, en ocasiones traviesos, y sobre todo, extremadamente unidos. Además, rápidamente cada uno de ellos alcanzó un dominio casi total sobre sus habilidades. En varias oportunidades, muchas de sus travesuras incluían el uso de sus asombrosas capacidades.


Aunque muchos insistían en que se les otorgaba demasiada libertad y poder sobre estas, Woodsen y Hunt insistían en que no eran peligrosos, que estaba todo bajo control y que eran "simples bromas".


Pero, inevitablemente llegó una noche que lo cambió todo.


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Grace Woodsen se encontraba en el cuarto de juegos junto a los seis pequeños; la discusión que emanaba de aquel salón ya era habitual: la Dra. Woodsen intentaba convencer a Quentin, quien ya alcanzaba los ocho años, de someterse al chequeo mensual. Este era extenso, y el procedimiento incluía tomar una muestra de sangre; momento que Quentin odiaba, ya que detestaba los pinchazos. Desde pequeño, siempre había sido una batalla suministrarle sustancias vía intravenosa, y llegar a hacer una extracción de sangre era toda una hazaña. Y como si fuera poco, a medida que el muchacho crecía, también lo hacía su rebeldía y testarudez.


Así fue como la discusión entre Quentin y la Dra. Woodsen escaló y se agravó gradualmente. Conforme la situación se iba acalorando y las palabras se transformaban en gritos, la ira dentro del niño crecía más y más.


La experta doctora, lejos de ceder o asustarse, se mantenía firme en su postura, planteando una y otra vez que no se iría de allí hasta que él obedeciera las órdenes que se le indicaban. Tal vez, una palabra más, una palabra menos, un gesto distinto, una mueca más leve, o simplemente el hecho de que aquel acontecimiento hubiese ocurrido en otro momento y otro lugar, hubieran evitado el suceso que tuvo lugar dentro de esas cuatro paredes. Tal vez, modificando el más mínimo acto o circunstancia de ese fatídico día, el cuarto de juegos no se habría teñido de sangre, y una vida no se habría perdido.


Porque aquel día, repentinamente y antes de que nadie pudiese reaccionar o impedirlo, Quentin hizo uso de sus habilidades para asesinar a Grace Woodsen.


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La escena que tomaba lugar en la sala de conferencias, era tanto sombría como devastadora. El miedo por los Seis, y en algunos casos, el duelo por la Dra. Woodsen, impedía que alguien pudiera emitir palabra y romper el hielo.


Fue una de las enfermeras la primera en incorporarse con valentía, para dar uso a su voz.


- Yo creo que la mayoría nos negábamos a verlo desde hace tiempo. Esos niños han mostrado potencial peligroso desde un principio.


Todas las miradas se incorporaron hacía la dueña de aquella voz.


- No me digas, Sherlock - respondió un tanto enfadado el científico Lewis -  ¡Pues claro! ¡Si esos seis niños tienen más poder que el planeta en su totalidad, pero andan de aquí a allá creyendo que pueden hacer lo que quieran! - dicho esto, tomó su cabeza entre sus manos, en un acto de exasperación - No es el problema que ellos sean peligrosos. Hasta los hemos creado para cumplir actividades y misiones peligrosas. Nuestro cabo suelto está en su respeto. Se han vuelto en nuestra contra.


- Hablas como si los seis significaran un peligro para nosotros. El responsable de lo que pasó fue Quentin - respondió casi desde el otro lado de la sala el estudioso Dr. Harrison.


- Quentin fue el primero en nacer, así como fue el primero en causar un incidente de tal magnitud. Esta vez fue él, ¿Pero cuánto tiempo pasará hasta que uno por uno comiencen a destruirnos? Es una maldita bomba de tiempo - dijo Lewis, explicando su punto de vista.


La sala de conferencias rápidamente escaló hacía una nebulosa de gritos, peleas, exposición de datos, y en algunos casos planes de acción. Apenas alguien era capaz de escuchar, y mucho menos entender, una sola palabra que salía de la boca de otra persona.


- ¿Qué es lo que propones? ¿Encerrarlos, encadenarlos, hasta que hagan lo que les digamos?


- ¿Sabes? Realmente esa no es una mala idea. Al fin y al cabo, ellos existen gracias a nosotros y fueron creados con propósitos específicos. Si se niegan a hacerlo, solo queda la fuerza.


- Si fuera tan sencillo, Grace aún estaría viva. Encerrarlos sería totalmente contraproducente. Si ahora, aún teniendo libertades, ya han comenzado a volverse en nuestra contra, ¿Qué crees que sucederá si estuviesen unas semanas o incluso solamente días viviendo en encierro? Sin mencionar la manera en la que la falta de estímulos en la edad en la que están, podría afectar a su desarrollo neurológico. Sus habilidades nunca harían avances, e incluso podrían dar marcha atrás y deteriorarse.


- ¿Estás diciendo que sólo queda tenerles miedo, esperar que hagan lo mínimo que les pidamos, darles una paleta y rogar que no nos asesinen?


- Podría haber otra solución. Podríamos acordar, o pactar con ellos.


- ¿Acordar? ¿Con niños de seis, siete y ocho años?


- Ellos jamás funcionarían con aquella lógica. Mientras aún tengan conciencia de todo lo que son capaces de hacer, y mientras sigan adquiriendo más y más dominio sobre ello, seguiremos estando un paso atrás.


Habiendo oído estas últimas palabras, Anthony Hunt, quien hasta ahora no había emitido sonido, intensificó su expresión pensativa, incluso envuelto en aquel clima de gritos y discusiones, los cuales ya sinceramente no parecían más que un eco lejano.


Transcurridos unos minutos, el Dr. Hunt se puso de pie, lo cual provocó que los gritos cesaran en pocos segundos, inundando la sala en un ansiado silencio que le otorgaba la palabra.


- Nos hemos equivocado. De eso no hay duda alguna - comenzó el Dr. Hunt - Nos hemos equivocado al subestimarlos. Pero sobre todo, nos hemos equivocado en cuanto al curso de la investigación. Hemos hecho demasiado enfoque en obtener más y más avances, cuando desde un principio tendríamos que habernos centrado también en crear límites y herramientas de prevención.


Todos volvieron su mirada hacia el doctor que poseía la palabra, curiosos. Si aquel hombre contaba con una posible solución, estaban dispuestos a oírla.


- Como bien ya he oído de ustedes, el problema es la conciencia y el dominio que tienen sobre sus habilidades - continuó el Dr. Hunt - pues entonces, es eso lo que les quitaremos.


Todos se observaron entre sí, aún más extrañados que antes.


- ¿Cómo podríamos posiblemente quitarles la conciencia de que poseen habilidades, sin quitarles sus habilidades por completo? - preguntó uno de los enfermeros presentes, provocando una leve sonrisa en el rostro del doctor.


- Pues, removiendo de sus memorias todo recuerdo que posean sobre cómo manejar dichas habilidades, removiendo incluso todo conocimiento de que siquiera alguna vez las tuvieron.


Esta vez, todos quedaron pensativos por un largo rato. La idea era radical, pero teóricamente, efectiva.


- ¿Quiere decir que ellos ya no sabrán lo que son capaces de hacer, ni sabrán que son especiales?


- Precisamente - respondió Hunt con una sonrisa.


- Muy bonito, en verdad - dijo emitiendo un pequeño aplauso burlón el científico Lewis - pero pretendes que, a medida que pasen los años, ¿Los niños crean que son completamente normales, incluso viviendo en un laboratorio rodeados de científicos y doctores?


- Es que ya no vivirán aquí - respondió Hunt, como si hubiese estado esperando que alguien haga dicha observación.


- Luego de borrar todo recuerdo que tengan de este laboratorio, de la gente involucrada en el proyecto, y de sus habilidades, lo más prudente sería reubicarlos, lo suficientemente cerca de aquí como para no perderlos de vista, pero lo suficientemente lejos como para no levantar sospechas. Específicamente, los reubicariamos en Willow Ridge - explicó el doctor, refiriéndose al pequeño y tranquilo pueblo en el que se alzaba el laboratorio - Tendrían una casa normal, una educación normal, y padres aparentemente normales. Deberíamos disponer de al menos una persona dentro de nuestro equipo de investigación para cada uno de los seis niños, quienes actuarían como tutores legales. Serían, además de sus supervisores, los responsables de informar cualquier anomalía al resto del equipo, así como de monitorear el desarrollo normal de cada uno. Este plan de acción, además de velar por la seguridad de todos, evitaría tener que recurrir a la violencia con ellos, mientras que a la vez, nos daría todo el tiempo que necesitemos.


- ¿Tiempo para qué? - preguntó aquella enfermera que había tenido la audacia de hablar primero.


- Tiempo para redirigir nuestras investigaciones. Tiempo para desarrollar sustancias y neutralizadores para tener control sobre los Seis sin necesidad de recurrir a la violencia, y sin que corramos peligro. Tiempo para asegurarnos de que harán lo que les pidamos sin tener miedo de que todos se vuelvan en nuestra contra.


Una atmósfera ligeramente más tranquila se respiró dentro de la sala de conferencias luego de lo que parecía una eternidad. Todos parecían, en mayor o menor medida, estar satisfechos con aquel plan de acción poco convencional.


- Cuando llegue el día en el que tengamos en nuestras manos las herramientas necesarias para controlarlos, sabremos que habrá llegado también el día de que vuelvan al lugar donde nacieron.


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Los seis niños se encontraban juntos en su habitual punto de reunión; el cuarto de juegos.


Quentin se encontraba armando una casa de juguete con bloques de madera desmontables. Vanessa jugaba con Lynn, utilizando un bebé de porcelana. Luca habitaba su sitio usual, observando su tablero de ajedrez. Elliot y Allison leían juntos, como de costumbre. En aquella ocasión, se encontraban leyendo "Peter Pan".


En general, ninguno de los niños sospechaba que algo fuera de lo común estuviese ocurriendo. Aquellos últimos días, mientras el equipo se encargaba de preparar todo para llevar a cabo el plan del Dr. Hunt con éxito, los seis habían estado prácticamente aislados. Nada era casualidad; pues no iban a correr el riesgo de que los niños tuvieran la más mínima pista de lo que iba a ocurrir. Debían evitar particularmente la cercanía con Vanessa; si la pequeña entrara por tan solo un segundo en sus mentes, todo el plan se desmoronaría.


Quentin fue el primero en irse. Una tarde normal, simplemente se marchó acompañado de algunos invrstigadores y jamás regresó. En su caso, tomaron especial precaución para evitar que el niño los tocara; con el más mínimo roce, Quentin podría adivinar qué es lo que estaba pasando.


El traslado de Vanessa fue el más desafiante. Poco menos un día después de que Quentin partiera, la niña de cabello castaño repentinamente cayó inconsciente. Poco conocimiento tenía el grupo de que aquello se debía a los sedantes que habían sido ocultados en su cena. Así fue como los investigadores hallaron una inteligente (y probablemente, la única) manera de someter al procedimiento de borrado de memoria a Vanessa para luego proceder con su reubicación.


Luca y Lynn fueron casos particularmente sencillos y poco problemáticos. Fue suficiente con citar a los niños para un entrenamiento rutinario en una sala distinta.


Para cuando llegó el turno de Elliot, tanto él como Allison, a pesar de sus cortos seis años, podían presentir que algo no iba bien. No podían descifrar qué, pero podían sentir cómo todos evitaban pasar cerca de ellos; podían sentir aquel vago estado de alerta que a veces podían captar cuando un doctor o científico pasaba lo suficientemente cerca de ellos.


Aún así, Elliot finalmente tuvo que partir; no sin antes susurrar en el oído de Allison algo apenas perceptible:


- No me gusta esto. Debes huir.


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Allison pasó las horas restantes en profunda soledad y temor. Las palabras de Elliot resonaban en su cabeza, al igual que la sensación de alerta y peligro eran un eco lejano en la boca de su estómago. Pensó todas las posibilidades que venían a su mente de lo que podría estar pasando. Y, en una revelación que la dejó completamente helada, sintió que acabó por comprender la situación: Quentin había asesinado a la Dra. Grace. Y ahora, los estaban asesinando a ellos, uno por uno. A pesar de ser tan solo un infante, aquella idea tenía mucho sentido en la mente de Allison. Y para nada estaba dispuesta a sentarse y esperar aquel cruel destino.


En los primeros momentos de su escape, todo parecía extremadamente sencillo para Allison. Haciendo uso de sus habilidades, no resultaba difícil esquivar a unos cuantos guardias y controles de seguridad. Pero en medio de su éxtasis y adrenalina, Allison cometió el error de pasar frente a un cámara de seguridad que no había divisado. Pocos segundos después, una estruendosa alarma sonora inundó cada sala y pasillo del laboratorio, a la vez que decenas de guardias comenzaban a correr de un lado a otro. Allison sintió a su respiración entre cortarse, sus palmas comenzaron a sudar, y cada parte de su cuerpo temblaba sin control. Sabía muy bien que si no corría ahora, no sería capaz de hacerlo nunca más. Así que fue precisamente eso lo que hizo.


A pesar de no estar del todo consciente de la razón por la cual era necesario escapar y no dejarse atrapar, Allison sentía cada vez más cerca y latente el peligro inminente. Aquel sentimiento impulsaba a sus piernas y a su cuerpo entero a correr como nunca antes lo había hecho, incluso a pesar de oír a su alrededor pasos y voces que rompían distancia con ella cada vez más rápido.


El Laboratorio de Willow Ridge era mucho más extenso que lo que la niña de seis años podría haber imaginado jamás. Era un laberinto infinito de corredores, puertas automáticas y salas, cada una idéntica a la anterior. A medida que su desesperación crecía y se hacía mayor, al doblar a la derecha de un corredor, que podría jurar que ya había transitado en su extensa carrera de escape, impactó repentinamente contra otro cuerpo, provocando que su cuerpo terminará en el suelo producto de la fuerza del choque.


Allison observó fugazmente desde el suelo al hombre con el que había impactado, quien la observaba con ojos extrañados; lo había visto pocas veces, pero recordaba muy bien su rostro. Era Richard King, un ayudante que en alguna ocasión aislada había estado presente con ella y los demás en algunos entrenamientos.


Inmediatamente la niña sintió pánico, creyendo que aquello era suficiente para que su improvisado plan de escape fracasara. Pero no fue sino unos instantes después que la pequeña pudo percibir lástima, y sobre todo compasión, brotar de los poros de aquel hombre. Fue entonces cuando este le tendió su mano, con el propósito de ayudarla a levantarse, que Allison confió en que tenía buenas intenciones.


- Ven conmigo. Este lugar es un laberinto. Te ayudaré a salir.


Ante aquellas palabras, Allison sintió por una fracción de segundo que su alma saltaba en alegría y esperanza. Una vez más comenzó a correr, y esta vez, con la ayuda de Richard y de sus tarjetas magnéticas que abrían las prominentes puertas, se las arregló para llegar a la puerta de entrada.


Saltaron muros, vallas, escalones; corrieron hasta hacer sus piernas temblar, pero nunca se detuvieron, incluso cuando comenzaron a oír disparos tras ellos, jamás dejaron de correr.


Decidieron adentrarse en lo profundo del bosque que rodeaba las afueras del laboratorio, con la esperanza de encontrar algún lugar que los ayudara a pasar desapercibidos, al menos hasta que llegara el amanecer.


Luego de correr varios metros más, y caer al suelo más veces de las que podían contar, el dúo finalmente halló una amplia cueva, que decidieron que podría servirles como refugio hasta el día siguiente.


Exhaustos y asustados, dejaron casi por inercia caer sus débiles cuerpos al suelo y descansar un rato.


*****************************


Habían pasado ya más de dos horas desde que Richard y Allison habían decidido ocultarse en aquel lugar. En un principio, aún se oían voces lejanas que continuaban en un desesperado intento por encontrar a la niña y al hombre. Pero ya habían pasado varios minutos desde que las voces comenzaban a oírse tan lejos que eran prácticamente inaudibles. Entonces, fue Richard el primero que decidió hablar.


- ¿Estás herida? ¿Te duele algo? - preguntó a la niña con una mezcla de ternura y un hatizgo de incomodidad.


Allison simplemente meneó su cabeza en negación.


Richard decidió probar una vez más la más mínima comunicación verbal con la pequeña.


- Supongo que no tienes a dónde ir. Tendremos que pensar en algo mañana para alejarnos de este terreno.


Allison esta vez volteó su mirada hacia él, profundamente extrañada.


- ¿Tu...vas a ayudarme?


- Pues, ahora mismo esos hombres que oímos deben estar buscándome, para acusarme de traidor y asegurarse de que no hable con la prensa sobre lo que sucede puertas adentro de ese edificio. No tengo realmente a dónde ir ni nadie que me espere con la cena lista - dijo un tanto adolorido - y además, no dejaría a una niña de seis años a su suerte.


Allison, sintiendo cada vez más tranquilidad, preguntó esta vez con más curiosidad que desconfianza.


- ¿Por qué me ayudaste a escapar? ¿Por qué no simplemente avisaste a todos para que vinieran y me mataran?


- Primero, es una larga y complicada historia. Y segundo, ¿Por qué crees que te buscaban para matarte?


- Porque ya asesinaron a mis amigos - dijo adolorida - se fueron del cuarto de juegos y jamás volvieron.


Richard sintió que se rompía en mil pedazos ante la expresión de la niña. Pero, con mucha paciencia y asegurándose de que ella fuera capaz de entenderlo, se encargó de explicar en el mayor detalle del que él tenía conocimiento el plan de acción del Dr. Hunt que se había llevado a cabo los últimos días.


Para cuando acabó su explicación, Allison se hallaba pensativa, tratando de asimilar lo más rápido posible toda la información que acababa de recibir.


- Entonces...¿No están muertos? - pregunto la niña, tratando de asegurarse de que había entendido bien todo lo que acababa de escuchar.


- No, no lo están. Estan aquí, en un pueblo muy cercano. Pero no te recordarán si te ven. Ni a ti, ni a nada relacionado al laboratorio o a sus habilidades.


- ¿Cómo estás tan seguro de que no me recordarán?


- No lo harán niña, créeme - suspiró Richard - es tecnología avanzada. Han destruido cualquier objeto que pudiera llegar a manos de ellos que pudiese hacer que recuerden. El procedimiento ha sido detalladamente pensado para no fracasar, lo he visto funcionar, para eso me he infiltrado en primer lugar.


- ¿Infiltrado? - respondió curiosa Allison.


Richard suspiró. No era algo de lo quería hablar o sacar a la luz en voz alta, no en ese lugar, no en ese momento. Pero sabía que, si quería ser capaz de ayudar a Allison, ella debía confiar en él, por lo que tarde o temprano se vería obligado a contar su verdad.


- Verás, niña - comenzó Richard incorporándose - muchas personas murieron mucho antes de que tu y los demás nacieran, y murieron en el nombre de ese laboratorio y de ese experimento por el cual todos ustedes fueron creados. Ofrecían mucho dinero a los que fuesen voluntariamente para recibir toda clase de inyecciones y tratamientos. Y pues, mí esposa, Lizzie - al nombrarla, Allison percibió inmediatamente la tristeza que crecía en aquel hombre al recordar a esa mujer - ella necesitaba el dinero. Los dos lo necesitábamos, soñábamos con construir una pequeña casa para nosotros y nuestros futuros hijos. A pesar de que yo traté de convencerla de que era peligroso, que el dinero no valía la pena someterse de ese manera, ella fue de todos modos. Y pues, murió al poco tiempo. Dijeron que de un infarto.


Allison observó con detenimiento las expresiones de Richard, clavando sus chispeantes ojos azules en él, en un intento de brindarle la mayor calidez posible ante tan cruda historia.


- Yo no podía hacer nada. Había un documento con su firma en donde ella aceptaba los riegos a cambio del dinero, así como juraba mantener la confidencialidad. Durante mucho tiempo permanecí hundido en ira y dolor, hasta que decidí que no permitiría que nadie más salga lastimado en nombre de ese estúpido experimento.


Llegado este punto, ambos se encontraban sumidos en un trance de dolor que se les clavaba con fuerza en el medio del pecho. Oír la historia de Richard era casi tan desgarrador como el sentimiento que emergía de él al hablarlo en voz alta.


- Lo lamento - aquellas palabras salieron casi instintivamente de la boca de Allison.


El hombre simplemente la observó, con gratitud en su mirada, y continuó con su relato.


- Por eso decidí infiltrarme como ayudante - continuó Richard - supe de inmediato que la única manera de hacer algo para evitar que causarán más daño, era hacerlo desde adentro. A pesar de que estuve en el ejército y de que podría matar a cualquiera de esos hombres con su propio dedo, eso no me iba a servir ahí dentro. Así que decidí entrar como ayudante. Lizzie jamás mencionó estar casada, así que no tenían forma de vincularme con ella. Todo iba bien, pero cuando te vi escapando, supongo que...


Richard dio un largo suspiro, Allison supuso que hacía aquello en un intento por encontrar las palabras adecuadas.


- Supongo que ví que si lo que realmente quería era evitar que más daño se cause, lo mínimo que podía hacer era ayudarte a tí. Realmente no lo pensé muy bien, solo lo hice. Pero no me arrepiento - dijo Richard con una leve sonrisa.


La pequeña niña de ojos azules observó una vez más al hombre frente a ella. Y, en lo que había parecido una eternidad, sintió una calidez y seguridad abrazadoras.


- Gracias - dijo Allison en un susurro casi inaudible, pero con una profunda sinceridad.


Richard simplemente le devolvió una mirada prolongada, llegando a entender apenas en ese momento la realidad de esa niña: él era ahora todo lo que ella tenía en el mundo.


- Deberíamos intentar descansar - dijo Richard rompiendo el silencio - mañana será un nuevo día y debemos continuar.


- ¿Hacia donde? - respondió la pequeña Allison mientras intentaba encontrar una posición relativamente cómoda en el frió suelo de piedra.


- Hacía el norte, hacia el sur - el hombre suspiró, sabiendo que no tenía idea del siguiente paso - Hacía cualquier lugar lejos de aquí.


Allison, ya tumbada en el suelo, bajó su mirada sintiéndose un tanto desesperanzada.


- Pero estaré contigo - agregó Richard, viendo la triste expresión de la niña - no te dejaré sola.


Ante esa respuesta, Allison esbozó levemente una sonrisa, mientras cerraba sus ojos en un intento de obtener algo de descanso, y soñando que algún día, por más remoto y difícil que sea, volvería a ver a sus amigos.