Perdóname ángel (TRILOGÍA DESTINO #2) (2013)

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Sinopsis

Huyendo de su amor no correspondido, Dani regresa a su pueblo natal en busca de paz. Su vida tranquila parece perfecta hasta que se cruza con Clara, una joven singular que lo detesta a primera vista. A pesar de la evidente aversión de ella, el destino parece disfrutar de su tensión, forzándolos a chocar una y otra vez. Lo que comienza como un roce constante, se transforma en algo más cuando Dani descubre el verdadero origen de Clara, revelando un lazo que los une de una forma que jamás imaginaron. La paz que buscaba se desvanece, y el destino los obliga a ambos a enfrentar un pasado que no se puede ignorar y una conexión que no se puede negar.

Genero:
Romance
Autor/a:
Carmen Méndez
Estado:
Completado
Capítulos:
20
Rating
3.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1

—Abuela… ¿Por qué lo has hecho? Sabes de sobra que estas cosas no van conmigo, y mucho menos si ella está de por medio.

—Hija, sabes muy bien que me encanta celebrar tu cumpleaños. El día en el que tú viniste al mundo fue el más feliz de mi vida y no quiero pasarlo por alto, y ella tiene que estar presente, te guste o no, es tu madre.

—Sí, mi madre sólo porque lo pone en un trozo de papel.

—Cariño, ya tienes edad de comprender que no todo el mundo es como esperamos. Ya no eres una niña, tienes que aprender a vivir con esto de la mejor manera posible, aunque te cueste.

—De acuerdo abuela, tú ganas. Eres una chantajista, pero te quiero como a nadie—le dio un sonoro beso en la mejilla—Y ahora, me tengo que ir, el huerto no se riega solo, nos vemos abuela ¡Pórtate bien!

—Ve tranquila, sabes que soy buena.

Entre risas, Clara salió de la casa dirigiéndose hacia el sembradío, el cual tenía que cuidar porque prácticamente era su único sustento y el de su abuela. Vendía todo aquello que cultivaba y se ganaba unos cuantos euros. No era mucho así que, también trabajaba por las noches en el pub del pueblo. Ella lo hacía gustosa, no quería que Angelita, su abuela, pasara por necesidades después de todo lo que había hecho por ella.


Clara, vivía con sus abuelos desde los diez años. Ella misma lo pidió, ni sus padres ni sus abuelos se lo habían negado, pero no por el mismo motivo. Sus padres siempre estaban de viaje en algún lugar, según ellos por negocios y según ella, porque no les importaba lo más mínimo. Siempre supo que sus padres estaban juntos supuestamente por su bien. De no haber sido así, hace ya tiempo que cada uno hubiera elegido su propio camino.

Por eso cuando ya estuvo cansada de escuchar lo mismo una y otra vez, les pidió a sus padres si podía ir a vivir con los abuelos al pueblo, ellos no se lo negaron. Así se quitarían una responsabilidad de encima y no tenían que cargar con una niña triste e infeliz. Fue la mejor decisión.

Es cierto que tuvo que renunciar a las comodidades que tenía en la ciudad, el internado, el cual odiaba con toda su alma, sus muñecas nuevas, su ropa fina… Pero no le costó mucho acostumbrarse a la vida rural. Manuel y Angelita la acogieron con regocijo.

Estaban encantados con que la pequeña Clara viviera con ellos, ya que apenas disfrutaban de su compañía, nada más que en las vacaciones escolares, siempre la enviaban allí, y ella se encontraba muy a gusto. Manuel, su abuelo la enseñó a sembrar, a recoger los huevos de las gallinas, a darle de comer a los animales… Entre otros tenían, cerdos, conejos, gallinas... La enseñó a amar la tierra, que con tanto esfuerzo él había devuelto a la vida.

Cada día al volver del colegio, la pequeña salía corriendo a recoger los huevos y llevarlos a casa, y allí guardaban los que necesitaran para consumo propio y el resto los venderían al día siguiente junto con los frutos que la tierra daba, de ello vivían como podían. Cuando Clara tenía quince años, su abuelo Manuel le regaló una hermosa yegua.

—Abuelo. ¿Por qué me la has comprado? No te lo puedes permitir.

—Porque me apetecía, gorrioncilla—así es como la llamaba cariñosamente su abuelo—Además, no la compré, la adopté sabía que te iba a gustar y la traje para ti. Espero que la cuides muy bien, yo mismo te enseñaré a montar.

—Claro que la cuidaré abuelo, es lo más valioso que he tenido nunca, y me encantaría aprender a montar ¿Estás seguro que me vas a poder enseñar?

—Por supuesto que sí gorrioncilla, tienes abuelo para rato.

Finalmente, sí que la enseñó a montar, y también a ocuparse de todo lo que la finca conllevaba. Ya que el anciano veía su fin cerca, quería que Clara aprendiera para que en su ausencia todo siguiera adelante.

El fatal desenlace ocurrió unos meses después. Manuel murió de un ataque al corazón. Angelita y su nieta se habían quedado solas, aunque tenían más familia, pero así se sentían. Después de cinco años Clara volvió a ver a sus padres, ya que en todos los años que llevaba en el pueblo, no se habían dignado a ir a verla ni una sola vez. Lo más que hacían era una rápida llamada de cuando en cuando, y únicamente para hablar de los sitios en los que habían estado y criticarla por todo lo que se estaba perdiendo por su terquedad de no volver a la ciudad.

—Hola hija ¿Es que no le vas a dar un abrazo a tu madre?

—Hola mamá—respondió en tono despectivo.

—Parece mentira, pero ya seas toda una mujer. Estás guapísima, aunque podrías estarlo aún más si te arreglaras un poco. Vas hecha un desastre.

—Yo así me veo bien. Además, mamá, te recuerdo que trabajo en el campo y para eso no hace falta arreglarse hasta ese extremo—dijo señalando a su emperifollada progenitora.

Iba vestida de riguroso luto, con un vestido tan ajustado que parecía que si respiraba más fuerte de lo normal reventaría. Estaba maquillada como una puerta, sus grandes ojos verdosos resaltaban por la sombra negra que se había aplicado y unos labios de color rojo intenso. Por no hablar de su excesivo maquillaje facial.

Dentro de su vestimenta también destacaba unos tacones de vértigo. Se podría decir que no iba adecuadamente vestida para ir a un pequeño pueblo perdido de la mano de Dios.

—Bueno la verdad es que hemos venido a haceros a ambas una propuesta, que esperamos que aceptéis tanto tú como tu abuela, pero hablaremos de ello cuando papá y tu abuela lleguen.

Apenas había cruzado unas palabras con su padre. Lo cual le recordaba tanto que cuando era niña, él era el preferido de sus dos padres, hubiera dado cualquier cosa por él. Pero el tiempo había acabado con cualquier lazo que pudiera unirlos.

—Queremos haceros una propuesta—Julio hizo una breve pausa— Nos gustaría que os vengáis con nosotros a la ciudad, aquí las dos solas ya no pintáis nada.

—Lo siento papá, pero ni la abuela ni yo queremos ir a la ciudad. Este es nuestro sitio, nuestra tierra y por nada del mundo la abandonaremos, el abuelo no lo hubiera permitido.

—Tú no tienes ni voz ni voto Clara. Esto es cosa de la abuela. Lo que ella decida es lo que se hará.

—Estoy de acuerdo con mi nieta, nosotras no nos moveremos de aquí.

—Pero mamá, escucha ¿De qué vais a vivir? En la ciudad tendréis todas las comodidades. Aquí no podréis vivir así de fácil. Hasta ahora era papá el que trabajaba la tierra y vendía lo poco que sembraba, ahora ya eso no es posible.

—Sí que lo es, el abuelo me enseñó a trabajar esta tierra, a amarla y yo la sacaré adelante tal y como él lo ha hecho toda la vida.

—¿Tú? Pero si eres una niña estúpida que no sabe hacer nada y menos trabajar el campo—le dijo despectivamente la mujer—Lo que tienes que hacer es volver a la ciudad, terminar el instituto e ir a la universidad para ser alguien en la vida. Una hija mía no va a ser una paleta granjera.

—Lo siento mamá, pero es mi decisión. En la ciudad no dejé nada de valor, no me interesa, no se me ha perdido nada allí.

—Clara no tienes ningún derecho hablarle así a tu madre.

—Papá, lo siento, pero ella así lo ha querido. Nunca se ha cansado de repetirme desde que tengo uso de razón que sólo está contigo por mí, y tú nunca me has defendido, ni siquiera te has defendido a ti mismo. Siempre has sido su pelele. Se encaprichó de uno de los trabajadores de la empresa de su padre, y claro cómo era una niña rica tenía que tener todo lo que ella quisiera. Mi abuelo te compró… Con lo que él no contaba era que, al revolcarse contigo, yo resultara como consecuencia—su madre la abofeteó, pero Clara siguió hablando—La niña metió la pata y tuvo que casarse con un pobre paleto—miró a su madre mientras pronunciaba la palabra paleto—Lo convirtieron en un caballero y asunto resuelto. Se casaron y el error ya estuvo reparado. Sí, no me miréis así, soy un error… Tú misma, mamá me lo has repetido hasta la saciedad. Así que me vine aquí para no interrumpir vuestra maravillosa vida—escupió con rabia— Está decidido, de aquí no nos moveremos, así que ya podéis iros por donde habéis venido y largaos de esta casa.

Clara salió de allí hecha una furia. Se fue al establo tambaleándose. Por fin había soltado toda su rabia, la misma que había acumulado desde que era apenas una niña. No quería que nadie la viera llorar, así que se fue con su mejor amiga, Lluvia, la yegua que su abuelo le había regalado con tanto cariño. Y allí lloró y lloró hasta que se sintió liberada.

Dos meses después recibió una llamada telefónica que jamás le hubiera gustado atender. Su padre la llamó para decirle que su tía había muerto. Era su tía favorita, siempre que se llamaban estaban horas hablando. Ella le contaba de su trabajo, de su novio, de su vida en general. Lo último que supo fue que se iban a casar pronto. Clara estaba realmente triste, se estaba dando cuenta que estaba perdiendo poco a poco a las pocas personas que ella quería de verdad.

A los pocos días de la muerte de su tía, Julio se presentó en el pueblo. Les contó a su madre y a su hija que su esposa lo había dejado el mismo día de la muerte de su hermana, alegando estar enamorada de su cuñado, y que iba a luchar por tenerlo con ella. Así que decidió irse al pueblo para ayudarlas en la finca.

Al principio Clara no le creyó, pero con el paso de los meses vio que lo que su padre le dijo era verdad y volvieron a recuperar esa unión que desde hacía años no tenían, se sentía más feliz que nunca.

Habían pasado tres años viviendo juntos, ya sí que eran una familia de verdad. Un día Julio se fue a la ciudad, pero nunca llegó. Tuvo un accidente de tráfico en el cual perdió la vida. Nunca se supo cómo fue, pues no hubo testigos.

Clara pensó que todo era culpa suya, primero su abuelo, luego su tía y ahora su padre. Todo lo que ella quería sinceramente moría sin que pudiera hacer nada más que llorar por ellos. En ese momento se prometió a sí misma que jamás amaría a nadie, pues todo lo que amaba, desaparecía.

Siete años después de la muerte de su padre, por fin Clara era una mujer hecha y derecha, estaba a punto de cumplir veinticinco años. Por falta de recursos, no pudo seguir estudiando, pero sí trabajaba la tierra que su abuelo tanto amaba, era su pasión, ella era feliz, a su manera, no necesitaba nada más.