𝐄𝐋 𝐃𝐄𝐒𝐏𝐄𝐑𝐓𝐀𝐑
Dorea Black caminaba con pasos suaves por los pasillos de la mansión, la luz tenue de la mañana filtrándose a través de las grandes ventanas. Al llegar a la puerta de la habitación de Charlus, la abrió con cuidado, dejando que el silencio se asentara de nuevo.
La habitación era un santuario de tranquilidad, adornada con colores pasteles y juguetes suaves. Charlus, de 16 años, estaba profundamente dormido en su enorme cama, abrazando con fuerza su peluche gigante, cuya tela llevaba impregnado el inconfundible olor de Dorea. Sus rizos azabaches, desordenados y suaves, se esparcían sobre la almohada, y el chupón que solía usar para dormir descansaba junto a él.
Dorea se acercó a la cama y observó con ternura a su baby, viendo cómo su pecho subía y bajaba con calma. Consultó el reloj en su muñeca y sonrió levemente al notar que era hora de que Charlus despertara. Con un suspiro suave, se inclinó y le quitó el chupón de la boca, colocándolo con cuidado sobre la mesita de noche.
—Buenos días, mi amor —murmuró, acariciando la frente de Charlus con un beso tierno.
El joven se movió un poco, abriendo lentamente los ojos, que aún se mostraban somnolientos y confusos. Sus ojos avellana se encontraron con los grises de Dorea, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Ya es hora? —preguntó con voz somnolienta, su tono infantil y dulce.
Dorea asintió, acariciando el cabello rizado de Charlus con suavidad.
—Sí, mi baby. Es hora de que te levantes y comiences tu día. Pero no te preocupes, estoy aquí para cuidarte.
Charlus se sentó en la cama, estirando los brazos y bostezando. Sus ojos se iluminaron al ver el biberón con leche tibia que Dorea le ofrecía. Aceptó el biberón con una sonrisa tímida, bebiendo con calma mientras Dorea lo observaba, sintiendo una mezcla de orgullo y cariño.
Con el biberón vacío, Charlus dejó escapar un suspiro satisfecho y miró a Dorea con gratitud. Ella le devolvió la mirada con una expresión de amor incondicional.
—Vamos, mi amor, es hora de que te prepares para el día —dijo Dorea, ayudándolo a levantarse y guiarlo hacia el baño con ternura, donde Charlus continuaría su rutina matutina con el apoyo de su mami.
Dorea, después de ayudar a Charlus a prepararse, le avisó suavemente:
—Mi amor, hoy recibiremos una visita especial. Mi prima Cedrella vendrá por unos negocios, y su baby, Septimus, estará con nosotros.
Charlus levantó la vista, su expresión se iluminó con emoción. Septimus era uno de sus amigos más queridos, y siempre se alegraba de verlo.
—¡Septimus vendrá! —exclamó con una sonrisa radiante.
—Sí, mi baby. Se alegrará mucho de verte —respondió Dorea, acariciándole la mejilla.
Más tarde, cuando Cedrella y Septimus llegaron, Charlus no pudo contener su alegría. Los dos menores se abrazaron con entusiasmo, su felicidad palpable en el aire.
—¡Septimus! —dijo Charlus, estrechando a su amigo con fuerza.
—¡Charlus! —respondió Septimus, devolviendo el abrazo con igual fervor.
Cuando los dos quisieron ir al cuarto de Charlus para jugar y ponerse al día, se encontraron con que fueron cargados y sentados en el regazo de su respectiva Mommy.
Charlus se sonrojó intensamente, escondiendo su rostro en el pecho de Dorea. El contacto y la cercanía con su Mommy lo hacían sentir seguro, pero también algo avergonzado ante la presencia de su amigo.
Septimus, por otro lado, se acurrucó cómodamente en el regazo de Cedrella, su expresión de felicidad y tranquilidad era evidente.
Mientras las mujeres hablaban de negocios, los dos babies disfrutaban de la cercanía y el cariño de sus Mommies. Dorea y Cedrella discutían con seriedad, sus voces calmadas llenando la habitación, mientras sus manos acariciaban suavemente a sus respectivos babies, asegurándose de que se sintieran queridos y protegidos.
—Será un acuerdo beneficioso para ambas familias —comentó Cedrella, mirando a Dorea
—Estoy de acuerdo, Cedrella —respondió Dorea, apretando suavemente a Charlus contra ella.
Charlus, aún sonrojado, miró a Septimus y compartió una sonrisa cómplice. A pesar de la seriedad de los asuntos de sus Mommies, para ellos, ese momento era de pura felicidad, envueltos en la calidez y el amor incondicional de quienes los cuidaban.
Y así, en la gran mansión retirada de Londres mágico, los días transcurrían con una mezcla de negocios importantes y pequeños momentos de ternura que llenaban de alegría los corazones de todos.