Historias de los Abuelos II

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Desde niña, las historias de terror me han fascinado; motivo por el que, a lo largo de varios años, me he dedicado a recopilar leyendas o mitos, que pueden generar cierta sensación de incomodidad o de duda en el oyente. De este modo, en esta sección, me dedicaré a publicar, una por una, las historias que más me han mantenido pensando por las noches, algunas de mi propia autoría, otras de dominio popular.

Estado:
Completado
Capítulos:
12
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
13+

El Sereno

El suave aroma a incienso flotaba en la iglesia. Todo estaba silencioso. Pero yo sabía que el padre estaba en el confesionario. El cuero del reclinatorio crujió bajo mi peso al arrodillarme sobre él.


— Ave María Purísima. — Saludó el padre, listo para prestar oído a mis pecados.


— Sin pecado concebida. — Respondí yo, cubriéndome la cara con el rebozo lo mejor que pude. — Perdóneme, padre, porque he pecado. — Titubeé en la última palabra.


— Dime, hija mía. ¿Qué es lo que te ha traído hasta aquí? — Cuestionó con voz monótona, se escuchaba como un hombre mayor, muy posiblemente acostumbrado a escuchar de todo.


— Padre, hice algo terrible e incluso lo que hice, no es lo más terrible de todo. — Declaré, no sin cierto sentimiento de culpa.


— No hay nada tan malo en el mundo que Dios no pueda perdonarte, hija, cuéntame. — No sonaba interesado realmente, por lo que tuve que recordar que estaba ahí por un asunto de la mayor relevancia.


— Fue hace mucho tiempo, padre. Jamás se lo dije a nadie. — Vivía con el recordatorio constante de lo que había hecho y necesitaba ponerle un fin. — Tengo que remontarme a la época en que era una niña, padre. — Él se aclaró la voz al otro lado de la cortinilla de terciopelo púrpura que nos dividía.


— Si hiciste algo malo cuando eras una niña, realmente dudo que haya sido algo grave. Los niños no tienen pecados, hija. — Argumentó el párroco con algo más de indulgencia.


— Padre, por favor, escúcheme primero. — Le rogué.


— Bien, veamos, ¿qué fue eso tan malo que hiciste? — Sonaba resignado y algo exasperado por mi insistencia.


— Todo empezó con el nacimiento de mi hermano Sergio. Verá, yo soy la hermana mayor de nueve que somos en total. Así que, al principio, yo llevaba una vida de lo más cómoda con mis padres. Vivíamos en una casita modesta no muy lejos del centro.


Ahí, mis padres se sentían tranquilos todo el tiempo. Mi madre atendía las labores de la casa y a mí, mientras que mi padre volvía por la tarde del trabajo. Tuve una infancia maravillosa, rodeada del cariño de mis padres... al menos hasta que Sergio nació.


En ese entonces yo contaba apenas cinco años. Mi hermano, siendo un bebé, lloraba todo el tiempo. Además de ser demasiado frágil como para que se me permitiera jugar con él. Mis padres temían que lo lastimara, si trataba de cargarlo. Yo también era muy pequeña. — Recordaba claramente el día en que lo habían llevado a casa, arrumbando mi cama en un rincón para poner su cuna.


— Naturalmente. — Replicó el sacerdote, dándome una breve pausa para poder retomar mi confesión.


— Un año después, al enterarse del nacimiento de mi segundo hermano, Hernán, mis padres consideraron que nuestra casa era demasiada chica para criar a su creciente familia. Motivo por el que nos tuvimos que mudar lejos, a casa de mis abuelos paternos.


Ellos tenían una gran finca en el campo, llena de animales y cultivos. Mis padres podrían construir una casa mucho más grande que la primera, donde podrían tener a todos los hijos que desearan.


Asimismo, esa acción benefició directamente a mis abuelos, quienes vieron en nosotros a un puñado de potenciales trabajadores. Conforme creciéramos, nos encargaríamos de labrar la tierra, del cuidado del ganado, de cualquier cosa que se requiriera. Todo eso me hizo guardarles cierto rencor a mis hermanos, pero especialmente a Sergio. — No estaba ni cerca de contarle lo peor de todo al padre, cuando me interrumpió.


— ¿Cómo es eso posible, hija mía? Si los hermanos son una bendición de Dios. Recuerda que él nos mandó al mundo a ser fecundos. — Ese había sido precisamente mi problema, la fecundidad desmedida de mis padres.


— Es lo que me han dicho. — Comenté con amargura. Siempre me habían repetido ese mismo argumento para tratar de aminorar la carga que representaban mis hermanos para mí. — Para cuando cumplí siete años, Sergio tenía uno y tantos meses. Entonces mis abuelos me consideraron apta para comenzar con tareas sencillas. Así, me encomendaron alimentar a los animales por las mañanas antes de irme a la escuela y por las tardes al volver.


Los cerdos, gallinas y guajolotes no son precisamente los animales más mansos del mundo, padre. En cuestión de días ya tenía las manos llenas de picotazos de esas condenadas aves, también llegué a irme toda sucia a estudiar, porque los marranos me salpicaban de lodo o de comida.


Como era de esperarse, las demás niñas me rechazaban por ir mugrosa o porque decían que apestaba a estiércol. Por lo que me convertí en una persona muy solitaria desde joven. — Me limpié una lágrima que se me escurrió sin querer.


— Nada de eso era culpa de tus hermanos, hijita. Todos los niños deben ayudar a los padres en las labores de la casa. — Hasta cierto punto, tenía razón. Nada de eso había sido culpa de mis hermanos; sin embargo, yo lo había entendido demasiado tarde.


— En cuanto regresaba de la escuela, tenía que ayudar a mi mamá a cuidar a Sergio y a Hernán, mientras ella estaba en la cocina. Era peligroso que nos acercáramos a la lumbre o nos quemáramos con las ollas.


Odiaba a Sergio con todas mis fuerzas, porque siempre que yo estaba con él, lloraba como si lo estuvieran matando. La única que podía tranquilizarlo era nuestra madre, pero ella estaba metida en la cocina o traía en brazos a Hernán para darle de comer.


Yo prefería, por mucho, vigilar a Hernán. Como era un bebé tan pequeño, dormía casi todo el día, sólo lloraba cuando tenía hambre o se hacía del baño.


En cambio, Sergio hasta parecía que chillaba a propósito para que me regañaran. Mi mamá casi siempre me estaba gritando para que calmara al niño. Muchas veces quise cargarlo en brazos para arrullarlo como lo hacía mamá, quizá así se quedaría callado. Tenía prohibido siquiera intentarlo, ya que podía tirarlo al suelo.


Pese a que yo había crecido, Sergio también lo había hecho. Las pocas veces que, a escondidas, traté de levantarlo, me di cuenta de que no podría tomarlo completamente en brazos. Me costaba mucho trabajo que sus pies se despegaran del piso. Era seguro que acabaríamos los dos en el piso, con él llorando a gritos y conmigo regañada, seguramente castigada. — De vez en cuando, todavía me daba algo de rabia al recordar el pasado. Aunque se me pasaba al rememorar el peso de mis acciones pasadas.


— Nada de lo que me has contado hasta ahora es grave, hijita. Los niños se enojan, hacen berrinche por muchas cosas que no tienen la menor importancia. ¿Todavía odias a tus hermanos? — El cura no estaba entendiendo hacia donde iba con toda mi historia, trataba de cortarme la conversación lo más pronto posible.


— No, padre. Ya no los odio. Le tengo lástima a Sergio. — No podía seguir viviendo con el remordimiento dentro de mí. — Padre, escúcheme bien, yo hice algo aborrecible. Por eso necesito que me perdonen.


— Está bien. — Él ignoraba por completo la clase de persona que era yo, en cuanto lo supiera, dejaría de tratarme con condescendencia.


— Hernán dormía con Sergio en la habitación de mis padres, a mí me tenían en un cuarto aparte, al menos hasta que nació mi hermana Flor. Entonces pasaron a Sergio a mi cuarto, contaba poco más de dos años, ya caminaba por sí mismo. Sin embargo, eso no lo hacía menos molesto.


Ahora podía andar detrás de mí por todas partes, lo que hacía que muchas veces estuviera expuesto a los accidentes. Por fortuna, mi madre ya casi no le prestaba atención, estaba demasiado ocupada encargándose de Hernán, que ya casi cumplía el año, y de Flor, que tenía pocas semanas de vida.


Los pocos momentos en que me daba gusto ver a mi madre, era por las noches, cuando nos arropaba para dormir. Durante los meses calurosos, solía dejarnos abierta la ventana, para que entrara el fresco. De lo contrario, Sergio podía pasarse la noche en vela, berreando porque estaba todo abochornado. Fue durante esa temporada que cometí el peor de mis pecados. — Lo que había hecho no podía remediarse.


— ¿Qué fue lo que hiciste, hija? — Su voz había cambiado, era más profunda. Quién sabe que escenarios escabrosos se estaría imaginando.


— Una tarde, mis abuelos fueron a la casa a cenar. Se quedarían con nosotros hasta el día siguiente. Todo iba de maravilla. Nuestra abuela Gabi era una mujer muy dulce, ella era todo lo que debió haber sido mi madre, en lugar de la mujer gruñona, cansada y llena de hijos en que se había convertido.


Aunque ahí los criábamos, rara vez comíamos guajolote, tenía entendido que aprovechaba más el dinero que se obtenía de su venta. Comimos hasta hartarnos, mi madre preparó café para sentarse a platicar con los demás adultos.


Me llevé a Sergio de la mano para que se cambiara, luego de eso iríamos directo a acostarnos. La ventana de nuestro cuarto estaba cerrada, ni siquiera subiéndome en uno de los bancos pude alcanzarla. Regresé al comedor para pedirle ayuda a mi madre, quien se levantó irritada de la mesa para ir a nuestro cuarto.


Sergio se durmió profundamente al cabo de un rato. No contaba con que esa noche haría más calor del que yo hubiera sentido nunca, por lo que Sergio se despertó de madrugada, llorando desconsolado.


Si seguía así, iba a despertar a todos en la casa. No me quedó de otra que intentar cargarlo. Me acerqué a su cuna haciendo “shh, shh, shh” rítmicamente para que se calmara. Me tendió sus bracitos para que lo levantara como lo hacía mamá.


Era un bebé muy pesado para mí, pero logré acomodármelo. Lo mecí suavemente de un lado al otro, hasta que se quedó en silencio. Le sonreí y me devolvió la sonrisa, por primera vez sentí amor por Sergio. Desafortunadamente, también fue la última vez.


Se me estaban cansando los hombros, intenté poner a Sergio en su cama de nuevo, pero se aferró a mí, jalándome del cabello. Probé con sentarme en la cama, con él sobre mi regazo. En lugar de dormirse, retomó su desgarrador llanto. Toda la situación me tenía desesperada, aborrecía sus gritos, los de mi mamá, aborrecía a los malditos animales de la finca, a las niñas de la escuela, a mi padre por haber deseado más hijos.


Odiaba todo y a todos, en especial, a Sergio. Furiosa me puse de pie con el niño en brazos, lo sacudí violentamente, chilló con mucha más fuerza, finalmente no encontré más solución que azotarlo contra el duro suelo de piedra pulida. Algo tronó. Sergio se quedó muy callado. — Por mucho tiempo no había sentido culpa de aquello, hasta que nos hicimos adultos.


— ¡Válgame, Dios! — Murmuró el padre, de modo que apenas pude escuchar lo dijo.


— De inmediato lo recogí, pensando que lo había matado. No había sangre por ninguna parte, Sergio seguía respirando, ¡estaba vivo! Con mucho cuidado lo dejé en su cama, cubriéndolo con las sábanas. Sólo había sido el golpe, nadie sabría lo que había pasado esa noche. Eso fue lo que pensé.


Por la mañana, vino nuestra madre a llamarnos para desayunar. En cuanto Sergio abrió los ojos no dejó de llorar, además se comportaba de forma muy extraña. Nadie sabía lo que tenía.


El único que notó lo que le pasaba fue el abuelo, quien lo observaba andar con gran torpeza, agarrándose de todos los muebles de la casa. Hasta que se estrelló de frente con varios objetos grandes. “Ese niño está ciego”, declaró, sentando a Sergio en sus piernas para observarlo mejor.


En efecto, las pupilas de Sergio ya no reaccionaban a los cambios de luz ni percibían cuando los objetos se aproximaban a él. Mi madre trató inmediatamente de culparme a mí, pero mi abuela la detuvo con un golpe seco de su bastón en el brazo. La abuela Gabi era la mujer más dulce del mundo, como abuela, en cambio, como suegra, nunca pudo llegar a sentir aprecio por mi madre. Menos aún a partir de ese fatídico día.


“Ni siquiera lo intentes, Magdalena, la niña no tiene la culpa de tus estupideces. ¡Mira lo que hiciste! ¡Animal!“ .Mi madre se quedó helada en medio del comedor, mi padre no dijo una sola palabra para defender a su esposa.“¡Siempre te he dicho que cierres esa maldita ventana! ¡Se puede uno quedar ciego si le cae el sereno en la noche! ¡Mira lo que le hiciste a mi nieto!“.


Corrí a esconderme detrás de una de las sillas, mientras veía como mi abuela azotaba con el bastón un par de veces más a mi mamá. Estaba aterrada por dentro, mamá casi me había descubierto y yo estaba lista para pedir perdón por lo que había hecho. Pero la intervención de mi abuela me había abierto una salida para dejar mi crimen impune.


Asimismo, no puedo negar que disfruté mucho ver a mi madre en aquella posición en la que yo había estado muchas veces antes. Nunca le aclaré las cosas a mi familia para que llevaran a mi hermano al médico, para ver si había algo que pudieran hacer por él. Nunca he hablado con Sergio acerca de lo que pasó, dudo que recuerde algo, porque era demasiado pequeño.


— ¡Hija, lo que hiciste es muy grave! — Tomó una respiración profunda, posiblemente tratando de recuperar el control.


— Lo sé bien, padre. Por eso estoy aquí, por eso y por algo más. — Junté ambas manos, recargando mi cabeza sobre ellas.


— ¿Hay más? — Preguntó con asombro. — Dime, hija, ¿te arrepientes de lo que hiciste? — Por muchos años, la respuesta había sido “no”. A medida que había visto a Sergio crecer padeciendo su ceguera, quedarse solo y volverse una carga para toda la familia, sí me sentía culpable por lo que le había hecho.


— Sí, padre. Me arrepiento mucho de lo que hice. Quiero reparar el daño. — Lo que estaba por hacer tampoco estaba bien, aunque sería lo mejor para Sergio.


— Eso es bueno. Es lo que tienes que hacer. Cometiste un acto atroz, pero Dios en su infinita misericordia te ofrece su perdón, como al resto de sus hijos. — Estaba a punto de darme la absolución, cuando continué con lo que tenía que confesarle.


— Padre, mi hermano es un paria de la sociedad a causa de su discapacidad, anda por las calles mendigando unas monedas para poder mantenerse. ¿Estaría bien que lo saque de esa situación sin importar el cómo? — No soportaba encontrarme con Sergio, siempre con una expresión triste acentuada por sus ojos muertos.


— ¡Claro que está bien, hija! Los actos de amor siempre serán los correctos. — Esa frase resonó dentro de mí, yo amaba a mi hermano y quería que dejara de sufrir.


El sacerdote me absolvió de mis culpas, además de prescribirme una leve penitencia por mis pecados pasados. Mis acciones futuras hacia Sergio no estarían motivadas por el odio, sino por el amor. De esa manera, me sentí mucho menos culpable cuando le entregué el pan con raticida a mi hermano pordiosero, quien me bendijo al palpar con sus manos el tibio alimento. Lleno de agradecimiento se alejó, muy pronto dejaría de dolerse por su ceguera.