Capítulo 1: Un zombi te saluda
Calendario de la era post-apocalíptica:
14 marzo del año 2057
–Creck...Crack..., crack!–.. En una calle silenciosa y en ruinas se escucha el sonido de un objeto pesado cayendo, haciendo que se levantara una enorme nube de polvo. Al cabo de unos minutos aquella cortina de partículas de tierra y basura comenzó a disiparse, revelando en su interior un enorme letrero metálico destruido. En la gigantografía se podía ver una imagen poco clara de alguien sosteniendo una bebida energética.
El sol se encontraba en lo alto, al parecer ya era mediodía.
El fuerte calor que se sentía en el aire era insoportable para todo ser vivo en la tierra. Las plantas que deberían mostrar sus hermosos colores y formas, se encontraban marchitas y de un color chamuscado. Algunas eran la excepción, pero mostraban tener apariencias extrañas. Se veían de gran tamaño o muy pequeñas para el ojo humano, unas hermosas y otras horribles a la vista. Estas desprendían un asqueroso moco verde que al tocar el suelo emitían sonidos de chisporroteo, corroyendo todo a su paso.
Los edificios y casas se encontraban destruidos y abandonados, cubiertos por arena gris.
–Grrrrr, grrrrr, clichk...
–Grrrr...
–Clichk, ohhh, grrr...
El fuerte ruido que produjo el letrero al caer atrajo la atención de algunas cosas que se apresuraban a la pequeña calle. Parecían humanos, pero era obvio por su apariencia que ya no estaban completamente vivos. Algunos venían cojeando o arrastrando alguna extremidad a paso lento, emitiendo gruñidos y sonidos espantosos desde el fondo de sus gargantas como monstruos o bestias salvajes.
–Grrrr, grrrrr–. Los sonidos extraños se hacían cada vez más fuertes, pareciendo emocionados. La saliva se derramaba de sus bocas, recorriendo sus cuellos y goteando hacia el suelo. Sus ojos grises sin vida daban una sensación de piel de gallina y escalofríos, haciendo que uno apartara la mirada rápidamente.
Cerca de allí se encontraba un supermercado. Los carritos oxidados, bolsas de compras y autos viejos estaban esparcidos por todas partes. La suciedad combinada con trozos de carne humana y sangre seca negruzca cubrían la mayor parte de la estructura. El silencio infernal fue roto por los vagos sonidos de los zombis, volviendo un poco más animado el ambiente lúgubre.
La puertas del supermercado se abrieron de repente, emitiendo un sonido chirriante. Un par de zapatos de traje cruzaron la puerta, seguido de un par de piernas largas y delgadas con pantalones de traje un poco viejos y maltratados. Un segundo después se podía ver por completo a la persona que contrastaba demasiado en ese tipo de ambiente.
Su cabello era de color negro, con las puntas onduladas pegándose a la piel extremadamente pálida de su rostro. Sus ojos grises parecidos a aquellos zombis emitían un brillo peculiar, eran fríos e indiferentes, incluso se podía ver un poco de mal humor en ellos. Aquella nariz era recta y respingada, con unos labios amoratados y sin sangre. Las líneas de su rostro y mandíbula lo hacían parecer aún más frío.
Giró su cuerpo para sacar detrás suyo un carrito de compras que contenía en su interior el cuerpo de un hombre con uniforme de combate negro, con el pecho subiendo y bajando levemente por su respiración. Llevaba una máscara de gas con la luna rota, pero no dejaba ver su rostro por completo. A través de la luna rota solo se podían apreciar unos ojos cerrados con las pestañas negras rizadas que temblaban ligeramente. Al ser un hombre de gran tamaño sus extremidades superiores e inferiores se encontraban colgando fuera del carrito en una postura un poco extraña e incómoda de ver.
La persona de traje puso frente a él el carrito de compras y comenzó a empujarlo hacia adelante, saliendo de la zona desierta del supermercado. Parecía que el peso del hombre en el carrito no era nada para él y siguió empujandolo, pasando entre la horda de zombis que iban en sentido contrario.
En ese preciso momento sucedió una escena muy peculiar.
Los zombis abrieron paso a esa persona, formando dos caminos que rodeaban el centro. Era como si sintieran el mal humor que emanaba y no quisieran acercarse por miedo. Incluso se podía ver a algunos temblando levemente, bajando el sonido de sus gruñidos tratando de disminuir su presencia.
A esa persona no le importaba mucho lo que sucedía a su alrededor, solo seguía caminando como si fuera a algún lugar fijo. Susurraba entre sus delgados labios unas palabras vagas y débiles:
–Me muero de hambre.