Base 113

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Sinopsis

Zack es el príncipe de Lahart, legítimo heredero de los mil planetas, sólo que él no lo sabe... Debido a la explosión de la nodriza en la que viajaba, pierde la memoria y es adoptado por un coronel de la Base 113, un ser misterioso que oculta secretos y una enemistad con su progenitor. Trabajando para desmantelar el narcotráfico del planeta, tendrá que detener al responsable de la mafia, resistir a los encantos de una hermosa bandolera y descubrir los secretos de aquel que lo crió. ¿Será capaz de recordar su pasado y retomar la misión para la que nació o se revelará ante toda su generación y romperá con la cadena que los ata desde siglos?

Estado:
Completado
Capítulos:
18
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Encuentro

El sonido de las naves ir y venir hacía vibrar el escritorio donde yacía trabajando. La noche caía y con ella sus esperanzas. Ansiaba que la muerte llegara y se lo llevara.

Observaba en su teléfono antiguas fotografías que desenmascaraban un pasado lleno de locuras. ¿Cuánto daría para regresar a esos tiempos?

Encendió un cigarrillo y dejó que el humo se expandiera en su oficina. ¿Qué sentido tenía la vida si no tenía con quién vivirla?

La única persona que realmente le importó ahora se encontraba tras la pantalla de su móvil, imposible de abrazar y de volver a ver. Otra jugada de la muerte y el destino.

Habían pasado 7 años desde que eso sucedió. 7 años que no podía superar.

Lo tenía todo en el cuartel, era un reconocido coronel de renombre, hacía su trabajo sin fallarle a nadie, tenía el respeto de todos sus soldados. ¿Entonces de qué se quejaba? ¿Por qué su vida era tan miserable?

Sacó su arma, una pistola negra de alto calibre y capaz de hacer pedazos a todo lo que tocase. Una joyita anhelada por muchos.

La examinó por un momento, detallando su diseño hasta lo más mínimo, como si contemplarla en su mano fuese un gran trabajo, pero luego quitó el seguro y se llevó el arma a la sien, cerrando los ojos y pensando si aquello sería lo mejor para él.

¿Valdría la pena vivir un poco más?

El frío del metal le erizó la piel. Tragó en seco mientras pensaba seriamente si jalar el gatillo, pero aquello le aterraba tanto que hasta sus manos le sudaron.

Fue en ese entonces que se escuchó una explosión.

—¡SOLDADOS A SUS PUESTOS!, ¡UNA NAVE ENEMIGA HA SIDO DERRIBADA! —La alarma en el cuartel alborotó a los soldados y cada quién corrió a defender lo que correspondía—. ¡ASEGÚRENSE DE ACABAR CON CUALQUIER ENEMIGO QUE ATENTE CONTRA LA SEGURIDAD DE ESTE PLANETA!

El hombre suspiró resignado y apagó el cigarrillo con la mesa, echando la colilla en la papelera y bajando el arma para ir a enfrentar a lo que sea que fuese la gran amenaza.

Cuando salió de su oficina, la tensión en el lugar podía sentirse, pero no fue sino al salir que se percató del tamaño y diseño de la nave que había sido volada en pedazos.

Un recuerdo vago y bastante amargo se alojó en sus entrañas y sintió náuseas.

Era la nave de un reconocido mafioso espacial del linaje original.

Un monarca que sin duda deseaba mantener alejado de su persona.

—¡Coronel! —Varios soldados llegaron a su posición—. ¿Qué procede?

—Busquen sobrevivientes y acábenlos como sea —Esa fue su orden y los soldados corrieron a acatar su mandato.

Él, por su parte, fue a revisar que no hubiera amenazas que atacaran a los ciudadanos.

Nadie encontró nada peligroso. Muchos de los tripulantes que habían caído a tierra habían muerto por culpa del impacto y lo único que quedaba eran escombros.

No se sabía del paradero del rey ni de alguno de sus subordinados más cercanos.

Eso a todos los tenía alerta.


Terminado el trabajo, decidió tomar sus cosas y regresarse a su casa. Su intento de suicidio había sido frustrado por una nodriza que fue derribada. Lo normal si se vivía en el planeta Mercum.

Era un planeta reconocido por sus soldados, quiénes se encargaban de mantener la seguridad de toda la galaxia y sus allegados.

Era normal que más de una raza se estableciera allí. El mestizaje era común, pero los Mercumanos eran racistas.

Eran humanoides de piel azul, orejas puntiagudas y cabello claro. Una raza que repudiaba a los que les convenían.

Él no era de esa raza, ni siquiera pertenecía a un linaje puro. Era un mestizo bastante peculiar.

El lugar era habitado por seres del planeta Gaurum, una tierra rica en minerales valiosos con habitantes semejantes a los humanos, sólo que a diferencia de los mismos, su raza era joven y había sido dotada de bastante fuerza física.

Eran buenos para la guerra. Por eso muchos trabajaban en Mercum.

Los Gaurumnianos eran una de las razas originales que existían, ya que otras razas habían evolucionado gracias a la sangre de los Laharts.

Estos eran una raza de déspotas conquistadores con increíble poder físico y mental que sometían a las razas derivadas de ellos.

Él agradecía no tener sangre Lahart, ya que éstos eran sus enemigos principales.

Los Mercumanos tampoco poseían esa sangre, tampoco los Stonks.

Éstos últimos eran una raza similar en características a los de Mercum, sólo que su diferencia era su color, su altura y que los Stonks sí poseían habilidades psíquicas.

Ellos tenían la piel color roja hematita, eran altos y delgados y tenían un gran poder mental peligroso.

Él era un híbrido entre Stonk y Gaurumniano. Una mezcla en extremo poderosa.

Caminaba por la calles sin aparente rumbo alguno, y aunque debía regresar a su casa, el deseo de morirse era más grande.

Veía a las personas felices caminar, familias llevando a sus hijos de paseo, otros que apenas andaban de novios y grupos de amigos que se divertían así sin más.

Fue en ese momento que escuchó algo, un llanto débil. Alguien lloraba.

Se dio la vuelta y vio en un callejón a un pequeño niño herido y llorando.

Sintió como si le echaran un balde de agua fría encima al ver la raza del chico y sus vestimentas. Era un Lahart, un niño de esa raza.

Debió caerse cuando derribaron la nave y había sobrevivido por su increíble fuerza.

Si ese niño seguía vivo, ese planeta podía estar en peligro.

Podía matarlo ahora, pero no se atrevía porque era un infante.

¿Qué haría ahora?

—¿Por qué estás llorando? —Le preguntó, arriesgándose a que el chico reaccionara peligroso.

Pero al contrario, sólo lo miró y él pudo notar que llevaba sangre en la cabeza.

—Tengo miedo..., no sé dónde estoy y me duele todo... —Seguía sollozando mientras se limpiaba las lágrimas y se llevaba una mano a la herida en su cabeza—. ¡Me duele mucho!

—Ok, te llevaré a un hospital, pero primero debes decirme tu nombre, ¿Sí? —Se le acercó y revisó su cuerpo con cuidado. Su herida más grave estaba en la cabeza, lo demás eran raspones y moretones—. ¿Cómo te llamas?

El niño lo miró con curiosidad por un momento mientras trataba de pensar en qué respuesta darle, pero simplemente su cabeza estaba en blanco, no podía recordar nada.

—No sé —Fue lo que dijo—. ¡No sé nada...! —Se asustó y entró en pánico—. ¿¡Eso es malo!?

—No, tranquilo, no —Para él era mejor que no recordara nada, ya que así no sería una amenaza—. Vamos al hospital, allá te curarán. Estarás bien.

Él cargó al niño y se dio cuenta de que era pequeñito. Podía tener unos 4 o 5 años, pero seguía teniendo un potencial peligroso.

Así que tuviste un hijo, ¿No, Kreet? —Pensó para sus adentros, recordando al rey Kreet de la raza de los Laharts—. Lástima que cayó en las manos de tu enemigo —Sonrió con malicia mientras pensaba en aquello y se dio cuenta de que le podía sacar provecho.

El pequeño Lahart ahora se encontraba en sus manos.