Prólogo
El hombre sostuvo la cara de Jimin, una palma cálida y firme a cada lado. Sus dedos tocaron los remolinos de encima de las orejas. Su pulgar acarició el labio inferior de Jimin. Las sombras escondían el rostro del hombre, hundiendo las cuencas, la mandíbula, la garganta en la negrura, donde los niveles estaban meramente iluminados en una oscuridad gris pizarra. Sin rasgos, sin puntos de referencia faciales para distinguir al hombre de cualquiera de los otros invitados.
Jimin sabía lo que iba a pasar. Era imposible no saberlo, con la apreciación con que lo sostenía y lo rígida que estaba el pene anónimo que se apretaba insistentemente contra él. Sabía que debía apartarse, y aún así rodear con los dedos las trabillas vacías del cinturón del hombre se le hizo demasiado natural.
Era caliente, prohibido el reconocer y aceptar la invasión de su espacio por parte del poder alto y delgado, el sentir el modo en que el hombre tenía dificultades para recobrar el aliento y el rápido zumbido de su corazón cuando sus pechos se encontraron.
Jimin arrastró las manos hasta los costados del hombre, disfrutando de las firmes crestas de la piel satinada a través del delgado algodón, las colinas y valles del torso, y el gemido ahogado que su toque obtuvo de otro ser humano. Había pasado tanto tiempo desde que había sido tocado. Era la única racionalización que Jimin podía atrapar, su explicación de por qué no se apartaba.
Iba a ir al infierno, seguro.
El hombre no malgastó el tiempo, bajando la cabeza hasta que su cabello rozó la frente de Jimin. Eso debería haberle preparado, pero no existía preparación para la complicada sensación de labios firmes y placer culpable al ser saboreado en la oscuridad. Se siguió la corriente a si mismo pretendiendo que no había buscado el beso, que no lo había alentado hasta que se le había entregado alentado por la noche. La verdad llamó a la puerta de su consciencia, buscando al mentiroso.
Jimin quería ese beso.
El hombre debió de sentir su duda inicial, porque se retiró, quizás para permitirle algo de espacio. El aire más fresco de la noche tocando sus labios húmedos y afiebrados demostró ser una perdida demasiado grande como para que lo ignorase. Con un gemido gutural propio, volvió a acercar al hombre, alzó el rostro hacía él, y consumó un momento irreversible de memoria táctil.
Un rostro familiar destelló detrás de los párpados de Jimin cuando imaginó a ese hombre y a éste, unidos en el que le estaba besando. Y esa fue la verdad de su caída de la gracia. Si podía ser alguien, querría que fuese ese hombre. Su imaginación espoleó su deseo y su deseo de actuar.
Deslizó las manos sobre el pecho del hombre, rodeó con ellas sus hombros, trazó su garganta con dedos curiosos, y finalmente le sujetó más cerca con firmeza todavía con las manos en cada lado de su rostro en un abrazo urgente y reflejado.
—He querido hacer esto toda la noche,— susurró el hombre contra los labios de Jimin.
Las preguntas se tropezaron en su mente. No encontró la voz. Había asumido que se le había confundido con alguien más. Pero ese hombre sugería que sabía quién era Jimin y que le había buscado fuera para el breve encuentro.
El pavor se filtró por los bordes de la dicha. Saber quién era y besarle de todos modos significaba que siempre habría alguien que sabría que había cometido un desliz. Y aún así Jimin no quería que el momento terminase, y no habría otro como ése. Sabía a ciencia cierta que esa experiencia era singular, porque no podía dejar que ocurriese de nuevo.
Labios cálidos se deslizaron sobre los suyos. Si iba a ser condenado, entonces aprovecharía al máximo ese momento. La tentación diseminó sus miedos en la noche. Jimin abrió la boca, atreviéndose a tocar con la punta de la lengua la del otro hombre. Su búsqueda encontró el borde duro de dientes, y el hombre rió entre ellos. Jimin se retiró, disgustado por intentar tomar demasiado cuando el beso que se le había ofrecido daba alas a toda una vida de fantasías que nunca había perseguido.
—No te atrevas a acobardarte conmigo ahora,— susurró el hombre con brusquedad.
Sus dedos acunaron la nuca de Jimin mientras le besaba con fervor. No había escape del poderoso moldeamiento de sus labios o de la ofensiva de la lengua del hombre mientras penetraba su boca con un objetivo seductor.
Las rodillas de Jimin se aflojaron. Tratando de recuperar el equilibrio, cambió su agarre para sujetar con firmeza los hombros del hombre. Su mundo giraba. Ni siquiera el cerrar los ojos mantenía a raya la sensación de girar. Deseaba. Oh Dios, deseaba.
El beso terminó, y su seductor en las sombras apretó la mejilla contra la de Jimin.
—Quería llevarlo más lento. ¿Me perdonas?
Una risa histérica tartamudeó desde su pecho. ¿Perdón? ¿Cómo podía el caído ofrecer el perdón a nadie? ¿Perdón? ¿Cómo podía Jimin pedir el perdón cuando no tenía la ilusión de desearlo? No había perdón sin arrepentimiento y con un pavor enfermizo comprendió que él jamás se arrepentiría.
El arrepentimiento significaba avanzar, y ese desconocido, ataviado con la imagen de otro hombre en la mente de J, le había capturado de forma efectiva para el resto de los tiempos.
El Infierno le recibiría con los brazos abiertos.