Relatos de un Cazarrecompensas

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Sinopsis

En un universo marcado por el destello de neones y estrellas moribundas, un cazarrecompensas solitario vaga entre planetas y estaciones espaciales, en busca de trabajo, redención y, a veces, de su propia perdición. Este personaje es una mezcla de talento y ruina, un experto en su oficio pero incapaz de escapar de los fantasmas de su pasado. Los relatos siguen su trayectoria errática y autodestructiva mientras se enfrenta a criminales, mafias intergalácticas y a sus propios demonios internos.

Genero:
Scifi/Action
Autor/a:
ricmarsan3
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Pálidas luces

I

En el cielo, un débil destello rojizo iluminaba constantemente el horizonte. La luz de la linterna apenas podía abrirse paso entre la infinita nube de polvo que cubría la tierra estéril. El sonido de unos pasos cansados se elevaba sobre la quietud y el silencio. Un hombre caminaba despacio por una enorme planicie que se extendía en todas direcciones.

La linterna parpadeó varias veces hasta que, finalmente, se apagó. Como si se hubiera esperado ese momento, de golpe todo se iluminó de un rojo mucho más intenso; y poco después, la tierra tembló como respuesta. El hombre cayó bruscamente, golpeando las dunas de polvo con su cuerpo.

Con ansiedad, tanteó a su alrededor para recoger la linterna que había rodado cerca.

—Vamos —clic, clic, clic—. Venga, venga —clic, clic, clic, clic, clic—. Está bien, vale... tranquilo... —clic— ¡JODER! —la lanzó lejos con rabia.

Sentado, apartó a un lado su bolsa y se encendió un cigarrillo. Dio una calada profunda. Rebuscó entre sus ropas y sacó la pistola. La contempló mientras el humo se confundía en el viento.

Hacía días que caminaba sin rumbo sobre un planeta colorado y desierto. El localizador, un aparato parecido a una pequeña brújula que servía para escanear el territorio, se había convertido en un trasto inútil y ciego.

<<Estoy cansado>> Pensó. <<Cansado de esperar, de levantarme... Solo el dolor me mueve>>

El cigarrillo se consumió, dejando únicamente la colilla ardiendo en sus agrietados labios. Con el brazo apoyado sobre una de sus rodillas, se colocó la pistola al lado de la cabeza. Cerró los ojos y esperó.

<<Hazlo. Nada va a cambiar mañana>>

No lo hizo. Derrotado, se dejó caer sobre el manto de ceniza. En sus párpados pesaban los largos e interminables días vestidos de rojo, que le habían visto sostenerse sobre el amplio paisaje desolado.

Se había quedado dormido. Le despertó el fuerte viento que se había levantado durante su ausencia, y que ahora le arañaba el rostro, y agitaba sus vestiduras. Se incorporó con dificultad. Escogió una dirección y avanzó. Debía avanzar, seguir vivo le obligaba a hacerlo.

En el momento en que todo volvia a perder su frágil sentido, le pareció ver, a lo lejos, un espejismo de luces sobre el manto rojo. Una danza luminosa, en un campo de dolor que se abría hacia el horizonte.

Esta vez había sido demasiado temerario, lo había arriesgado todo, y eso iba a costarle la vida. Las luces que flotaban en el aire, a lo lejos, formaban una fila que se mecía con el viento.

<<La recompensa no merece el sacrificio y, sin embargo, aquí estás. ¿Es esta tu penitencia?, ¿una moneda al aire?, ¿sobrevivir justificará otra muerte?>>

El espejismo permanecía desafiante en la distancia. No desaparecía.

No desapareció. El hombre se detuvo.

—¿Qué es eso? —probó de enfocar con más fuerza su vista—. EHH... ¡EHHH!, ¡AQUÍ!, ¡EHHH!

El viento arrastró una lluvia incesante de ceniza que entorpeció aún más su penosa marcha. Logró acercarse, hasta que la esperanza se desvaneció con la verdadera visión de las luces.

En su cabeza, como otra de esas frágiles visiones, apareció el recuerdo y la voz de una mujer:

<<Cuentan que algunas criaturas de las oscuras profundidades están equipadas con órganos capaces de emitir destellos de luz. Imagina qué hermoso, un punto de luz flotando en el vacío. Sus presas, atraídas por la repentina claridad, se precipitan hacia ella para ser devoradas. ¿Puedes concebir ese último instante? El momento en el que te das cuenta de tu error, cuando estás tan cerca que la luz deja de iluminar tus deseos para iluminar una realidad de dientes afilados que van a desgarrar tu carne y a morderte las entrañas. Qué desengaño>>

El final, tan cercano, le permitió volver a sentir la caricia de aquellos añorados dedos en su rostro. <<¿No te sientes identificado? Perseguimos un sueño como una luz en el vacío, anhelamos esa luz. Nos aferramos a ella, y en ella encontramos la justificación a toda nuestra existencia. No soportamos seguir vagando en la eterna oscuridad. Bendito destello que aguardas por nosotros a lo lejos. Y nos acercamos alegres, confiados, orgullosos. Después de tanto tiempo, por fin estás tan cerca que casi puedes tocarla. Extiendes el brazo y entonces lo ves. Una realidad aterradora se presenta ante ti. Un monstruo de dientes afilados. La hermosa luz que hasta ahora iluminaba tu camino ha resultado ser un engaño, una farsa. Es en ese momento cuando te asomas al verdadero abismo.>>

En los labios, la sensación de un cálido beso. <<Aléjate de las luces, que no te deslumbren sus pálidos brillos.>>

Volvió de aquel ensueño, solo para ver seis llamas suspendidas en el aire atestado de ceniza. Seis recipientes ardiendo que colgaban de unos postes que se levantaban varios metros del suelo.

—¿Qué coño es esto? —dijo.

Un silbido se escuchó a su espalda y algo le golpeó con rabia en la pierna derecha. El repentino dolor le hizo perder el apoyo.

—Mierda. —Aturdido, sacó su arma.

Se escuchó un segundo silbido y un tercero, hasta que finalmente la oscuridad lo inundó todo.


II

—Bien, por fin te has despertado —una silueta se movía lentamente en la oscuridad. Todo era muy confuso y distorsionado.— Empezaba a tener mis dudas. Tienes que disculpar a los muchachos, a veces pueden ser, cómo decirlo... poco delicados. Ya sabes, buenos chicos, pero que guardan mucha rabia, no es culpa suya. Esa herida en la cabeza no tiene buena pinta, no te muevas, deja que la vea... Sí, mandaré a alguien para que la atienda. No queremos que te desangres, ¿verdad? Al menos todavía. Verás, siento no poder ofrecerte muchas comodidades. Además, considero necesarias las ataduras, después de las cosas que he oído sobre ti, no quisiera correr riesgos innecesarios. —la voz llegaba amortiguada a sus oídos, pero podía decir que era áspera, la voz de un hombre—. He de admitir que me siento un poco decepcionado, pensaba que resultaría más complicado. Cuando me enteré de que me buscabas, sentí cierto nerviosismo, no todos los días le dicen a uno que el famoso Viggo va tras su pista; la imaginación se desboca. Pero luego recordé que solo eres un hombre y que las historias son eso, solo historias. —Hizo una pequeña pausa que Viggo agradeció. En su estado le costaba seguir todas aquellas palabras—. Y entonces te encontraron los muchachos, dando gritos como un maldito crío. Un poco patético, la verdad. Aunque no puedo reprocharte nada, esta es una tierra dura, no hay alimento fuera de mis muros, y por las noches el viento amenaza con arrancarte la piel. —En ese momento, Viggo fue consciente de que estaba atado y tendido en el rincón de un cuarto vacío, iluminado por una pobre luz roja que provenía de alguna minúscula salida al exterior—. Apuesto a que si no te hubiésemos encontrado, no habrías durado ni un día más. Pero no te atormentes, es culpa mía, suelo esperar demasiado. Lo bueno es que ahora puedo dedicar mis pensamientos a otras cosas... Creo que es mejor que te deje, tengo la sensación de que no me estás prestando mucha atención, tienes la mirada perdida y te mueves de una forma extraña. Seguramente se deba a la deshidratación o al dolor, o a ambas... Volveré más tarde, cuando estés en mejores condiciones.


III

Unas horas más tarde, en ese mismo cuarto.

—Vaya, vaya, esto ya es otra cosa. Tienes mejor aspecto. No ha sido un gran cambio, pero al menos pareces alguien que sigue vivo. Espero que no te importe que tome asiento; si estoy mucho rato de pie, me matará esta pierna, y tipos como tú ya no hará falta que vengan a buscarme. Uno ya va teniendo una edad, tú sabes a lo que me refiero. ¿Alguien puede acercarme una silla, por favor? —Un chico apareció cerca y colocó una silla enfrentada a Viggo—. Gracias. Veo que Greta ha hecho un buen trabajo con esa herida. Qué mujer tan increíble, lo mismo guisa para cincuenta personas que remienda una herida de muerte.No sé que sería de nosotros sin ella. —Viggo mantenía una mirada baja y ausente, desde mucho antes que el hombre hubiese vuelto. — ¡Mírame! Creo que sobra decir que, si sigues vivo, es por y para satisfacer mi curiosidad. —El hombre se sentó. Era de piel morena, con las mejillas picadas por la viruela o alguna enfermedad similar. Ancho de hombros y de caderas. Su nombre era Trevor, y la recompensa que se ofrecía por él ascendía a dos millones—. Pero vayamos por partes. Tu fama te precede. He de admitir que te imaginaba distinto; se dicen muchas cosas sobre ti. Sin embargo, lo que tengo ante mí es algo pequeño e insignificante. En realidad, no me importa qué hay de real o de mentira en esas historias que se cuentan. A decir verdad, me importa una mierda tu historia en general. Lo que quiero saber es cómo has dado con este sitio. ¿Quién te ha traído hasta aquí? La verdad. —Solo obtuvo silencio—. ¡Habla!

—Tus muchachos, después de abrirme la puta cabeza. —Viggo no levantó la vista hacia el hombe; le dolía demasiado el cuello y la espalda. Se limitó a escupir un hilo de sangre ha un lado.

Trevor, sentado frente a él, soltó un suspiro, y luego se obligó a respirar profundamente. De uno de sus bolsillos sacó un pequeño frasco de vidrio sellado con un polvo negro en su interior.

—Ya veo... Encontramos esto cuando registramos la basura que llevabas contigo. Yo no sabía lo que era, pero uno de los muchachos dice que es éter nigrum, que “te metes” una pequeña dosis y experimentas la verdadera muerte durante unas horas. —Pareció que hablaba para sí mismo—. Al principio no lo entendí; ¿quién pagaría por morir? Pero claro, esto es morir sin todo lo horrible de la muerte. El placer de experimentar la nada o el todo, según como se mire, ¿verdad? Y comprendí que la pregunta correcta era: ¿quién podría vivir después de probar eso? Pero aquí está la trampa, nadie puede asegurar que esa experiencia sea real, que eso verdaderamente sea la muerte. —Ahora los dos hombres si se miraban a los ojos—. No conocía el éter nigrum, pero sé el poder que tienen las drogas y la dependencia que crean en su huésped. —Jugaba con el frasco frente a Viggo—. También sé que otra paliza no te hará hablar; solo te acercará, de una forma dolorosa, un poco más a ese fin que tanto deseas y que no te has atrevido a proporcionarte tú mismo... Dime lo que quiero saber: ¿quién o qué te ha guiado hasta aquí? Déjame comprobarlo, y yo dejaré que te inyectes una dosis suficiente de esto, para que tus sueños se mezclen en un punto con el sueño de la muerte. Es la mayor concesión que puedo hacerte; este es mi regalo para ti, la ausencia del dolor. Y deberías estar agradecido, te estoy dando un motivo para que, de una vez, alcances el merecido descanso. —Los dos hombres se miraban fijamente hasta que Viggo no pudo sostener por más tiempo aquella posición, y cedió su vista al suelo de polvo y ceniza.

—Tienes la noche para pensar en ello. Mañana volveré para que me des una respuesta. Y entonces ambos deberemos ser consecuentes con esa decisión. —Los tipos que habían entrado junto al hombre se marcharon uno a uno. Trevor, siendo el último, se alejó cojeando para cerrar una puerta de metal tras de sí. Viggo se acostó en el suelo, encogido, preguntándose si una noche sería suficiente.


IV

La luz que iluminaba aquella habitación no había cambiado nada. La misma penumbra rojiza se mantenía firme frente al paso del tiempo.

En algún punto del día o de la noche, unos pasos se escucharon fuera de la estancia desnuda. La puerta no tardó en emitir sus quejidos al abrirse poco a poco. Una sola silueta se perfiló ante él. Una mujer.

—Ya está hecho —la mujer se acercó lentamente y se agachó más de cerca sus ojos—. He hecho mi parte, lo que tú me pediste. Cumple la tuya. —Dicho esto, acercó una afilada hoja de metal a las ataduras del hombre para liberarlo.

—¿Tienes mis cosas? —preguntó él, frotándose las marcas amoratadas en sus muñecas.

La mujer dejó caer a un lado una bolsa negra y rígida. Viggo rebuscó en su interior y encontró, junto a un pequeño contenedor de cristal con polvo negro, un aparato cilíndrico de metal. Lo examinó y comprobó los bionúmeros holográficos que aparecían en su dorso. Esos bionúmeros valían dos millones.

—¿Necesitas saber cómo ha sido, cómo ha muerto?, ¿cómo lo he...? —preguntó ella, dispuesta.

—No, no necesito saber nada más. —El hombre guardó el pequeño aparato y se puso en pie con aparente esfuerzo.

—Deberías tener cuidado con esa herida. No soy buena dando puntos y no puedo asegurarte que no vaya a abrirse.

—Está bien, aguantará.

—Entonces, cumple tu parte. —La mujer le clavó su mirada, mientras él se abrochaba una camisa gastada que había extraído de la bolsa—. El treinta por ciento para mi hijo, en eso habíamos quedado.

—El treinta —repitió Viggo distraído. Con la camisa abrochada, volvió a rebuscar algo en el fondo de su bolsa—. ¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó mientras se encendía el último cigarrillo de un paquete arrugado.

—Una o dos horas como mucho, no lo sé. Alguien irá a buscarle a la habitación y entonces todo esto será un caos. —Ella se llevó la mano a su oreja derecha, concretamente a un pequeño aparato inalámbrico en forma de auricular—. Me quedaré con esto. La grabación... Es la voz de mi hijo.

—Entiendo. ¿Hacia dónde voy cuando salga de esta habitación?

—A la izquierda, sigue hasta el fondo; hay una salida. Una vez fuera, ve a la parte trasera del edificio, encontrarás dos vehículos de tierra. Deberían tener combustible suficiente para llevarte a tu nave. —La mujer dudó por un momento—. Espera... Necesito... Escuché algo cuando hablabas con él. ¿Cómo se puede morir sin dolor?

Viggo, ya de espaldas, se detuvo un instante y exhaló el humo perfilándose hacia ella.

—Tu antiguo jefe hablaba demasiado, no recuerdo todo lo que dijo.

Luego dio el primer paso hacia la salida. Antes de abandonar la habitación, escuchó unas últimas palabras.

—No olvides que debes cumplir tu promesa, demonio. —La voz de Greta resonó en él como una maldición.

Viggo continuó su marcha hasta desaparecer hacia la izquierda, en el pasillo iluminado por una débil luz rojiza.

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