Ecos en la oscuridad
El eco de pasos resuena mientras alguien asciende por las escaleras. Al llegar al final, un pasillo profundo, pero no muy largo, se extiende hacia una puerta completamente negra. A su lado, un cartel rojo proclama: "Prohibido el paso si vienes de mal rollo", con una calavera brillante al final.
De repente, la puerta se abre, revelando un bulto misterioso junto al escritorio.
Me acerco con cautela y tiro de la manta que cubre el bulto...
—Te di un mes para que me entregues el documento, y aquí sigo esperando. ¿Dónde demonios te has metido, Susan, que ni siquiera has entregado el manuscrito? —Le reprocho, cruzando los brazos y abriendo las cortinas de la habitación.
Susan salta en su asiento y se gira, visiblemente molesta.
—Lucas, ¿cuántas veces te he dicho que no entres así? Es MI casa, y justo te iba a llamar ahora.
Ella toma su móvil y lo agita en el aire. Enarco una ceja y chasqueo la lengua, incrédulo.
—Primero, no me trago eso. Segundo, ¿cuántas veces te he dicho que no dejes tus llaves de repuesto en el buzón? —Le reprocho, observando la habitación antes de mirarla de nuevo—. ¿Sabes qué? No me des más excusas, ¿tienes el manuscrito o no? —Pregunto con un suspiro largo, apretándome el puente de la nariz.
Susan sonríe y extiende la mano.
—Primero, lo que me debes.
Respiro profundamente y saco un sobre de mi maletín, lanzándoselo. Ella lo atrapa, dejando caer su móvil en el proceso.
—Mierda... —murmura mientras recoge su teléfono y lo deja sobre la mesa. Luego empieza a contar el dinero del sobre.
—Ahí lo tienes. Dame el maldito manuscrito —le exijo, tratando de contener mi enojo mientras ella sigue enfocada en los billetes.
Susan me entrega un gran sobre, del tamaño de una carpeta, sin apartar la vista del dinero.
—¿Ahora qué? —pregunto irritado al abrir el sobre.
—Nada, solo que estás en MI casa. ¿No puedes hacer eso FUERA de aquí? —responde, enfatizando esas dos palabras.
Pongo los ojos en blanco y asiento, hojeando la primera página. Me acerco a la puerta.
—¿Cómo es que un supuesto accidente puede terminar en un suicidio? —susurro, leyendo el final de la hoja.
—Ese es el misterio, ¿no crees? —me dice con una sonrisa cínica, apoyando la cabeza entre sus manos.
La miro sorprendido, entrecerrando los ojos, preguntándome si lo he dicho en voz alta. Salgo de la habitación, cerrando la puerta detrás de mí. Mientras bajo las escaleras, escucho su voz detrás de mí:
—Guarda las llaves en el buzón.
Suspiro desesperadamente, apretando mi maletín y el documento, antes de cerrar la puerta suavemente.
Mientras tanto...
En un despacho de tamaño mediano, con tonos azulados, toques blancos y rojos, varias personas están sentadas alrededor de una mesa. Frente a ellas, una pantalla blanca proyecta imágenes.
—Debe ser alguien que ya ha matado antes, ¡conoce todos los métodos posibles! —exclama un hombre, golpeando la mesa con frustración. Está sentado en la silla más cercana a la ventana, justo delante de la puerta.
—Sam, ¿cuántas veces te he dicho que no grites? Y no vuelvas a golpear la mesa en mi comisaría —le advierte alguien al entrar en la sala de reuniones.
—Jefe, ¿qué hace aquí? Tenía entendido que tenía una reunión —responde Sam, levantándose rápidamente y ajustando su silla después de que se cae.
—Exacto, tenía —responde el Jefe, sentándose frente a Sam—. Fuera todos, menos tú. Tenemos que hablar.
—Sí, Jefe —responden los demás al unísono, saliendo de la sala.
—Suerte —le susurra un compañero a Sam, palmeándole el hombro antes de salir.
—¿De qué quiere hablar? —pregunta Sam, volviendo a su asiento.
—Te vamos a trasladar a otro departamento —responde el Jefe con firmeza.
—¿Qué? No, no puede hacerme esto. Llevo 10 años aquí, fui el oficial más joven en entrar a esta comisaría. ¿Por qué me traslada? —se levanta de golpe, haciendo que la silla caiga con un estruendo.
—Por eso mismo lo hago —responde el Jefe con un suspiro, sacando un cigarro de su bolsillo y buscando un encendedor—. Pásame tu encendedor.
—Así que me está echando —responde Sam, resignado—. Por cierto, ya no fumo, lo he dejado.
—Eso díselo a tu madre. Y no, no te estoy echando. Te estoy promoviendo —responde el Jefe, rodando los ojos—. Ahora cállate y deja que termine de hablar —exclama golpeando la mesa con frustración.
Sam se encoge en su lugar y asiente.
—Te vamos a promover a un departamento con los federales. Estarás en la CIA. Empiezas mañana, y no quiero volver a escuchar nada de este tema. Es confidencial, así que nada de ir cuchicheando con tus compañeros, ¿entendido?
—Sí, señor —responde Sam, recogiendo la silla con firmeza.
—El mechero —dice el Jefe, extendiendo la mano.
Sam le da el mechero y sale cerrando la puerta con brusquedad.
El Jefe suspira. [Igual de terco que su madre].
Sam, mientras tanto, murmura para sí mismo: [Qué imbécil es].
En otra parte...
—¿A dónde se llevan a mi padre? ¡Padre, a dónde te llevan, PADRE! —grito desesperadamente, pero nadie me escucha. La oscuridad me envuelve, y no hay nada a lo que pueda aferrarme para mitigar este dolor tan profundo en mi pecho, ni este miedo que siento...
Me reincorporo rápidamente en la cama, jadeando y apretando mi camisa. Siento el sudor corriendo por mi frente y un escalofrío recorriendo mi cuerpo. Después de unos minutos, me levanto y me acerco a mi escritorio, encendiendo una lámpara con forma de flor.
Cojo una goma del suelo y ato mi cabello en un moño desordenado. Abro mi PC, me siento en mi silla gamer y comienzo a escribir.
—"Mientras caía la noche; en una habitación, no, en un zulo, porque eso era... unas cuatro paredes y un solo ventanal por el que entraba la luz de la luna... En ese zulo, se podían escuchar gemidos, unos dolorosos gemidos que te hacían estremecer por lo agónico que sonaban. En ese cuarto, alguien estaba recostada boca abajo, sufriendo un ataque de ansiedad por la pesadilla que tuvo. Una que no quisiera volver a experimentar porque solo al pensar en ello, se estremecía..." —susurro mientras las palabras fluyen.
Hola queridos lectores, espero que podáis comentar lo que os ha parecido.
¡Os leo!