El hielo que se moría sobre la hojarasca
El hielo que se moría sobre la hojarasca
Donde hablo de un hielo dos veces acontecido
y de una sola hojarasca.
El joven Manuel Ojeda se levantó el 25 de diciembre de 1986 a la una de la tarde. Había bebido más que siempre —esta vez probó la sidra y el champagne, las que ligó con cerveza—, sintió que la frente se le caía de tanto mareo. Se asomó al patio y vio que no quedaba ni el agua del muñeco de nieve que un grupo de niños montó en el portal de la casa de al lado, con escarcha descargada de la carnicería del barrio, como si no vivieran en los trópicos.
—Dame una aspirina y moveré el mundo —se la pidió a Vicky, su mujer, que todavía andaba en camisón y blúmer. Él, luego de contemplarla por un buen rato, recordó que ella había llevado ese mismo camisón con un short corto apretado delante de la abuela, de la prima y del hermano por parte de padre, que cada vez a él le parecía más cualquier cosa menos un pariente.
Sobre la hojarasca del portal de al lado vio tremendo fanguero. Los niños ejecutaban una sinfonía estridente dentro de la casa. Se oía un coro de canciones paródicas, objetos estrellados, risotadas, chillidos, trompeteo, toque de tambor de lata… «eh, ¿y el padre de éstos qué?» murmuró.
Después de tomarse la aspirina comenzó a manosear a Vicky y ella le correspondió primero con un ay mi madre y seguidamente con unos cuantos besos de piquito. Estaban calientes a punto de desnudarse y cuando la muchacha se despojaba del sujetador junto con el blumer, ¡din-don! los interrumpió el timbre de la puerta. —Soy el Señor del Invierno —dijo el recién llegado, un hombre de avanzada edad, de piel lisa y colorada, barba larga completamente canosa y facciones germánicas. —¿Qué quieren por el fin de año y para el año nuevo? —Muchos cartones de Marlboro, ¡y del fuerte!, dos venados asados, veinte cajones de cerveza clara, una mesa sueca llenita de dulces finos, un arbolito de navidad de dos metros y un Santa Claus de cera, ¡de mi tamaño! —pidió Manuel. Al viejo se le enrojecieron los ojos, asintió con la cabeza y al retirarse, a la entrada de la casa se detuvo un furgón gris oscuro, de la embajada de Estados Unidos, del cual surgieron tres hermanos de Vicky que ella nunca los había visto y jamás en su vida había escuchado de su existencia. Aquel trío al bajarse de la furgoneta los saludaba de lejos con ese gesto entusiasta que nadamás tienen los locos; llegaron cantando a coro algo en su inglés enredado, muertos de risa y cargados de obsequios.
Al cabo de pocas semanas no quedó nada de aquella navidad en el refrigerador. Cuatro años más tarde la pobre Vicky trató de contactar con aquellos familiares al ver que el país estaba al borde de una nueva crisis económica, y sólo obtuvo de ellos una tarjeta con la Estatua de la Libertad en la que le anunciaban que de un momento a otro iban a volver: «y mientras, te mandaremos alguna que otra remesa» y «mientras» quería decir «olvido; nunca más».
Y tuvieron que afrontar la crisis a pecho abierto. Ella siguió en su trabajo como profesora de preuniversitario y él como periodista radiofónico. Ahorraban para comprarse la ropa y los zapatos el uno al otro, el día del cumpleaños, por el año nuevo…; y entre tanto ella se hacía de contratos y más contratos en diferentes escuelas y él, en unos cuantos medios informativos. Así se las arreglaron para poder poner la mesa cada tarde. Vicky murió cancerosa al despertar el año 2000. Ojeda era estéril, cosa de la que ambos se dieron cuenta a sus cuarenta años. Ella se unió a él sin haber tenido otro hombre. —Y ¿qué tú le hubieras pedido al Señor del Invierno en ese diciembre de 1986?... ¡si es que aquello no fue una puñetera casualidad, lo de aquel viejo y tus parientes americanos! —le preguntaba Manuel una y otra vez a la Vicky viva y a la Vicky ausente.
Manuel Ojeda se levantó a las seis de la mañana el 25 de diciembre de 2016. Había bebido como si fuera un principiante, volvió a probar la sidra y fue en casa de unos amigos. La ligó con cerveza. Se levantó y casi se va de boca contra el piso, todavía tenía ganas de vomitar. En el jardín de al lado la noche anterior había visto a unos niños bastante parecidos a los de las tres décadas anteriores. Pero no armaron un muñeco de nieve, sino un abeto de navidad, el cual permanecía encendido al cuidado de unos mayores que bebían, comían y charlaban de lo más animados y alegres. Manuel fue a pedirles una aspirina.
—Déjeme ver, pero creo que lo que tengo es duralgina, ¿le sirve? —¡Sí! ¡cómo que no! ¡Y felicidades a usted también!
La señora entró a buscar la medicina. Apenado de ver cómo los demás parientes lo miraban, bajó la vista y al reparar en el césped no podía admitir lo que veía sobre las hojas muertas, ¡escarcha!
—¿Se ve lindo ese bulto de hielo, señor Ojeda? —le preguntó la vecina, que le alcanzaba el remedio junto con un vaso de agua. —Perdóneme la curiosidad ¿Y éso? —pregunta él señalando aquello que muy bien podía ser granizo. —No se preocupe que debe ser alguna travesura de los muchachos… cualquiera sabe. En este jardín hasta ahora no ha caído nieve.