Capítulo 1: El Comienzo de la Búsqueda
Capítulo 1: El Comienzo de la Búsqueda
Había una vez un mundo mágico llamado Luzun, donde los dragones, las sirenas y seres encantados vivían en armonía bajo la protección del rey. Las tierras de Luzun eran un paraíso de colinas verdes, ríos cristalinos y cielos despejados. Pero esa paz no duraría para siempre. Un día, el reino fue atacado por monstruos aterradores, criaturas deformes y oscuras que parecían surgir de las pesadillas más profundas. Durante el ataque a Luzen parecía que estas criaturas conseguían rasgar la tierra y el cielo mismo; si se podría decir que el miedo se puede representar de alguna manera eran estas criaturas. En cuestión de días, lo que una vez había sido un mundo próspero y lleno de luz se convirtió en un paisaje de destrucción y ruina.
Los sobrevivientes, liderados por el rey, huyeron en busca de refugio. Cruzaron los límites de su mundo hasta llegar al sombrío y árido Mundo de los Dragones. Un lugar hostil. Donde las montañas se alzaban como dientes afilados y el cielo siempre estaba cubierto de nubes oscuras. Allí, entre sombras y cenizas, el rey, herido y desesperado, encomendó a su único hijo, el príncipe Luzun, una misión en la que no podía fallar.
—Hijo mío, nuestro reino ha caído, pero no todo está perdido —dijo el rey, con una voz grave y agotada—. He oído de la existencia de una profecía que menciona a siete héroes, cada uno con habilidades únicas, capaz de derrotar el mal. Debes encontrarlos y traerlos a mí. Solo ellos pueden liberar a nuestro mundo de esta maldición.
El príncipe Luzun, dispuesto a salvar el reino y a su gente, aceptó la misión sin dudar:
—Haré lo que sea necesario, padre —respondió el príncipe, arrodillándose ante el rey—. No descansaré hasta reunir a esos héroes y devolverle la paz a nuestro pueblo.
Al día siguiente, antes del amanecer, Luzun estaba listo para partir. Eligió el caballo más rápido entre los pocos que habían sobrevivido al ataque y se dispuso a viajar por el oscuro Mundo de los Dragones. El contraste con su tierra natal era tal que el príncipe no se creía estar en el mismo mundo: en lugar de verdes praderas, lo que lo rodeaba eran páramos sin ningún rastro de vida; en vez de ríos cristalinos, riachuelos negros cruzaban el paisaje. Y el aire, siempre pesado y cargado de ceniza, le recordaba que no estaba en su hogar.
Cabalgó durante días sin encontrar señales de vida. El sol apenas se asomaba entre las nubes, y el príncipe solo encontraba silencio y soledad en su viaje. Sin embargo, al sexto día, divisó a lo lejos una pequeña casa. A medida que se acercaba oía un ruido; cuando se acerco lo suficiente descubrió el origen de aquel ruido. Era un sonido que nunca olvidaría; el sonido de los martillos contra el metal. Al acercarse, vio a dos herreros, ambos trabajando.
—Bienvenido, viajero —dijo uno de los herreros, un hombre robusto con barba negra y manos cubiertas de hollín—. Hace tiempo que no recibimos visitas.
—¿Qué hacen dos herreros aquí, en medio de la nada?
—Hace tiempo éramos viajeros como tú, pero perdimos la esperanza de encontrar nada— respondió el herrero de la barba negra.
—¿Qué buscabais exactamente?
—Una mina enana.
—¿¡QUE!? ¿Dónde queda esa mina?
—Ha diez días a caballo hacía el sur.
—Muchas gracias— El príncipe estaba muy agradecidos con los dos herreros; pues estos le habían devuelto la esperanza —. Por cierto, ¿me podrías dar algo con lo que poder defenderme? He venido en busca de ayuda para salvar mi reino.
El herrero más viejo asintió en silencio y, sin hacer preguntas, le entregó una espada magnífica, afilada como el viento y brillante como una estrella en toda esa podredumbre. El otro herrero le ofreció un escudo, reforzado con hierro y adornado con grabados de antiguos dragones.
—Toma estas armas, príncipe —dijo el segundo herrero—. Puede que te sirvan en los tiempos oscuros que se avecinan.
—Gracias, amigos —respondió Luzun, guardando las armas con cuidado—. No los olvidaré.
Con la determinación renovada, el príncipe continuó su viaje. A lo lejos, divisaba a veces sombras en el cielo, dragones que volaban entre las montañas, pero nunca se acercaban. Las noches eran frías y solitarias, y durante el día, el paisaje parecía un interminable desierto de rocas. Sin embargo, su corazón seguía firme, sabiendo que su pueblo dependía de él.
Tras diez días de interminable viaje, finalmente llegó a su primer destino: una montaña imponente, mucho más alta de lo que jamás habría imaginado. En la base de la montaña había una puerta inmensa tallada en la roca, cubierta de extrañas inscripciones que no lograba comprender.
“Mina Enana”, leyó en voz baja, adivinando las letras, aunque apenas entendía su significado.
Antes de que pudiera acercarse más, un grupo de enanos armados aparecieron delante suya. Con rapidez, lo rodearon y le apuntaban con lanzas y hachas. Sin poder decir palabra alguna, lo capturaron y lo arrastraron hacia el interior de la montaña. El príncipe apenas tuvo tiempo de defenderse antes de que le colocaran grilletes de hierro en las muñecas.
Dentro de la montaña, Luzun quedó asombrado por lo que vio: una vasta red de túneles y pasajes, con luces brillando en la distancia, y el sonido constante del metal golpeando la piedra. Los enanos lo llevaron a un calabozo profundo y oscuro. El aire estaba viciado, y la celda apestaba a podredumbre. Aun estando en el calabozo sentía que estaba en mejores condiciones que fuera de la montaña.
—¡Dejadme salir! ¡No vine aquí para robar ni hacer daño!—gritaba Luzun, pero los enanos solo le ordenaban silencio.
Pasaron días. Las horas pasaban en oscuridad y desesperación, mientras el príncipe apenas comía las sobras que los enanos le dejaban en la puerta El frío de la celda penetraba sus huesos, y la soledad y el cansancio del viaje comenzaban a pesarle. Sin embargo, no podía perder la esperanza, se la debía a su pueblo.
Finalmente, después de lo que le parecieron semanas, los enanos lo llevaron ante su rey, Zaran, un enano de gran barba gris y ojos penetrantes. Sentado en su trono de piedra, Zaran observó al príncipe con desconfianza.
—¿Qué buscas en nuestra mina? —preguntó con voz ronca aunque segura de sí misma—. ¿Vienes a robar nuestro oro, como otros tantos antes que tú?
—No, majestad —respondió el príncipe con calma—. Solo busco ayuda para salvar mi reino. Mi nombre es Luzun, y soy el príncipe del reino que lleva mi mismo nombre. Unas criaturas oscuras lo han destruido, y necesito encontrar a los siete héroes de la profecía para salvarlo.
El rey enano frunció el ceño y resopló con incredulidad.
—Hace tiempo, envié a mis mejores hombres en busca de esos héroes para que salvaran nuestra mina de una plaga de criaturas, pero nunca regresaron. No confío en las palabras de forasteros —respondió con amargura—.
—Le juro que no estoy aquí para hacerles daño —insistió Luzun—. Mi misión es noble, y mis intenciones sinceras. Solo quiero salvar a mi gente.
El rey Zaran lo miró en silencio durante un largo rato, sopesando sus palabras. Finalmente, habló:
—Lo que has dicho es interesante, pero no puedo confiar en un forastero tan fácilmente. —Zaran hizo un gesto a sus guardias—. ¡Llevadlo de vuelta al calabozo!
—¡Pero, por favor! —protestó Luzun, con desesperación en los ojos—. No vine aquí para ser vuestro enemigo, solo pido vuestra ayuda.
—Ya lo sé, puedo verlo en tus ojos—replicó el rey, mientras se daba la vuelta—. Pero las decisiones importantes requieren tiempo. Mientras tanto, esperarás.
Al oír estas palabras al príncipe se le vino algo a la mente de cuando era pequeño. Su padre le contaba historias en la biblioteca del castillo. Una de ellas afirmaba que los enanos tenían un tipo de poder especial en los ojos, con los cuales podían ver quien mentía y quien decía la verdad.
Pero a pesar de suplicar y que dijera la verdad fue llevado nuevamente al oscuro y frío calabozo, donde pasó días enteros, hasta que un cambio inesperado ocurrió...
Finalmente, cuando parecía que su misión estaba destinada al fracaso, el rey Zaran le reclamó en la sala del trono.
—Te ayudaré —dijo el rey, finalmente—, pero quiero pedirte algo a cambio.
—¿Qué es lo que pides? —preguntó Luzun, esperanzado.
—Que mi gente viva en Luzun si conseguimos salvar tu reino. Y además, he decidido acompañarte personalmente en esta misión. Mi hijo se encargará de gobernar en mi ausencia.
Un joven enano de pelo rojizo, que había estado escuchando detrás de un pilar de piedra, salió de las sombras.
—¿Yo? —dijo el enano con sorpresa—. ¡Yo no puedo ser el rey!
Zaran le lanzó una mirada severa.
—Harás lo que te he dicho, hijo mío. Y no quiero tener que discutir contigo.
El joven enano tragó saliva, algo nervioso, pero al final cedió, sabiendo que no había opción.
—Bien, haré lo que me pides, padre —respondió, con un leve asentimiento.
Zaran se levantó de su trono y, dirigiéndose a sus súbditos, dio órdenes de preparar armaduras y armas para el príncipe. Sin embargo, cuando le trajeron la armadura, resultó ser demasiado pequeña para él.
—¡No me cabe! —se quejó Luzun, intentando ponerse la pechera.
El rey enano soltó una carcajada.
—¡Es cierto, se me olvidaba lo alto que eres! ¡Traigan una armadura de su tamaño! —ordenó a sus subordinados.— Por cierto, la espada que te han dado es una espada mágica. La espada se hará más poderosa cada vez que tu mejores como persona.
—¿Mejorar como persona?¿Qué es eso?— dijo Luzun un poco preocupado pues no entendía las palabras del rey.
—Todo a su debido tiempo señor Luzun.
El principe se quedo con más dudas que respuestas, pero daba igual preguntar pues ya sabía que Zaran no respondería más preguntas en este momento.
Tras varias horas de trabajo, los herreros enanos terminaron la armadura, y al caer la tarde, el príncipe y el rey Zaran estaban listos para partir. Juntos, abandonaron la mina, adentrándose en el vasto y oscuro Mundo de los Dragones, donde los peligros acechaban a cada paso y pronto descubrirían porque.