La Calma Antes de la Tormenta
El quejido de una mujer rompía el silencio opresivo de la sala. Un par de párpados temblorosos se abrían lentamente, mientras una gota de sangre resbalaba por sus mejillas. La tenue luz que se filtraba desde una pequeña ventana apenas alcanzaba a revelar su identidad: una joven de origen coreano, su piel pálida manchada por la sangre, su cabello lacio y corto pegado a su rostro empapado de sudor. Con una voz débil, apenas un susurro, se preguntaba qué había sucedido y dónde se encontraba. Al bajar la mirada, el frío de la realidad la golpeó: estaba completamente desnuda.
De repente, el ambiente se rompió con un desgarrador grito masculino que resonaba en la oscuridad. Con el corazón martillando en su pecho, intentó ponerse de pie, pero el dolor la atravesó como cuchillas en sus piernas. Un peso inmenso la aprisionaba, dificultándole moverse. Confundida, miró hacia abajo y el horror la golpeó de lleno: el cadáver degollado de una mujer yacía sobre ella, los ojos muertos clavados en el vacío. Desesperada, se deshizo del cuerpo, empujándolo con todas sus fuerzas, mientras se arrastraba a través del suelo empapado en sangre.
Apenas distinguía su entorno gracias a la débil luz que entraba por la ventanilla. Al taparse la boca, ahogando un grito de terror, sus ojos se toparon con las macabras escenas a su alrededor: cadenas colgaban del techo, torsos humanos, tanto masculinos como femeninos, colgados como si fueran reses, mientras pilas de cadáveres humanos y animales se apilaban a su alrededor, creando un hedor insoportable. Pero fue la visión de un tatuaje en el hombro derecho de uno de los cuerpos lo que la arrojó al abismo del pánico.
—¡Yui! —su grito salió entrecortado, ahogado por el horror y el dolor. Trató de ponerse de pie, pero sus piernas no respondían; un dolor insoportable recorría su cuerpo, y cuando miró hacia abajo, se encontró con la aterradora realidad: sus pies estaban destrozados, cubiertos de profundas laceraciones, los músculos desgarrados. Gritó, suplicando por ayuda, pero solo el eco de su desesperación respondió.
—¡Por favor! ¡Que alguien me saque de aquí! —sollozaba, temblando de miedo y frío. Los recuerdos acudían a su mente en retazos: los hombres que la contrataron a ella y a sus amigas para un trabajo que desde el principio le pareció turbio. Se resistió, pero su amiga la había convencido. Ahora todo era una pesadilla.
Se recargó contra una pared, el frío de los azulejos le calaba hasta los huesos, y justo cuando pensó que el terror no podía empeorar, el sonido de unos pasos retumbó en el aire. La puerta de metal crujió al abrirse, revelando las figuras que aguardaban más allá del umbral. Entre ellas, dos destacaban: un hombre de mediana estatura, con el cabello recogido de manera tirante que revelaba una frente amplia y lustrosa, sus manos adornadas con anillos brillaban a la luz parpadeante del pasillo. Y junto a él, caminaba una figura aún más imponente, el infame Richard Wong, científico de Luminous, cuya reputación bastaba para helar la sangre.
—Vaya, parece que una ha logrado sobrevivir —la voz del hombre chino era suave, casi susurrante, pero cargada de una malevolencia evidente—. Un caso excepcional, señor Richard.
El científico avanzó con calma, pisando los cuerpos inertes como si fueran poco más que basura. Cuando llegó frente a la joven, su ojo izquierdo, un dispositivo brillante, comenzó a escanearla, como si estuviera evaluando su valor.
—Para ser humana, has demostrado una resistencia notable —su voz era fría y clínica—. Tus amigas no soportaron las torturas, pero tú… pensé que habrías muerto junto a ellas. Parece que no fueron en vano, Xi —murmuró, mientras deslizaba un dedo por los labios temblorosos de la joven, un gesto que la llenó de repulsión.
El hombre conocido como Xi sonrió de manera cruel, mostrando un orgullo repugnante mientras hablaba.
—No escatimé en gastos. Las mejores prostitutas del barrio, seleccionadas con cuidado. Ahora que la triada china controla el tráfico humano, es más fácil que nunca. Un soborno aquí, otro allá, y tenemos todo bajo control.
La joven rompió en sollozos, su cuerpo temblaba incontrolablemente, y un miedo tan absoluto la consumía que su vejiga cedió.
—¿Qué… qué me van a hacer? —susurró entre lágrimas, sabiendo que no habría respuesta que pudiera aliviar su terror.
Richard retrocedió, y la luz que entraba por el pasillo lo envolvió en sombras, haciéndolo parecer aún más demoníaco, una presencia infernal.
—Serás parte de la evolución —dijo con una calma aterradora—. Nuestro señor Ahyma apreciará tu sacrificio. Ni humanos ni Diclonius sobrevivirán, solo los monstruos, la auténtica evolución. Siéntete honrada de ser parte de ello.
Dos soldados aparecieron de la penumbra, tomándola con fuerza. La joven gritó y luchó con todas sus fuerzas mientras la arrastraban brutalmente por el cabello. Xi y Richard sonrieron en la penumbra, disfrutando del espectáculo.
—Alabada sea la evolución —dijo Richard, mientras los gritos de la chica resonaban como ecos de su desesperación en la oscuridad.
Cuatro meses habían pasado desde el incidente en la mansión abandonada. Kouta había sido rescatado, y Kaede y Josef apenas habían empezado a reconstruir lo que quedaba. Pero la localización de Ahyma era solo el comienzo del fin para la ciudad que los había visto nacer.
El ambiente en la sala de operaciones era sofocante, saturado de tensión palpable. Kaede no podía disimular su ansiedad, el sudor goteando de su frente mientras avanzaban a paso rápido. Josef, siempre atento, notó la rigidez en sus movimientos. Al llegar, encontraron a Nate y a sus asistentes rodeando un gigantesco mapa holográfico de Kamakura, las luces frías del dispositivo proyectaban sombras alargadas sobre sus rostros serios.
—Al fin llegan —dijo Nate, con una nota de impaciencia en su voz—. Algo está ocurriendo en las últimas semanas.
Josef no perdió tiempo—. ¿Qué detalles tienes?
Airi, con su rostro sombrío y voz contenida, respondió—. Nana nos ha informado de una serie de desapariciones extrañas en la zona boscosa de Kamakura. Incluso animales están desapareciendo. Los vecinos reportan que sus mascotas simplemente no regresan.
Kazumi, con un brillo de inquietud en los ojos, agregó—. La única pista que han encontrado es un rastro... de un líquido rojo.
—¿Sangre? —preguntó Josef, endureciendo su mirada.
—No, jefe —intervino Arakawa, una científica con las manos llenas de carpetas que dejó caer con un golpe seco sobre la mesa—. No es sangre. Es algo... mucho más extraño.
Kaede dio un paso al frente—. ¿Entonces qué es?
Arakawa tragó saliva, el miedo asomando en su voz—. Analicé una muestra. Es... la forma pura del virus Beyond. Es similar a lo que sucedió con esa criatura... —su voz se quebró un poco—. La que intentó... —hizo una pausa, recordando el horror que casi la devora viva—. Abusó de mí con esos tentáculos repugnantes. Reaccionó al fuego, a la electricidad... incluso a los vectores de los Diclonius. Y huyó.
El rostro de Josef se oscureció, su instinto de supervivencia resonando como un eco dentro de su mente—. Esto no pinta bien... Necesitamos actuar rápido.
—Con cautela —intervino Nate, manteniendo una calma fría y calculadora—. No podemos sembrar el pánico, el primer ministro llegará hoy, lo que aumenta nuestra responsabilidad.
Kaede asintió, aunque sus pensamientos ya estaban en otra parte—. Satoru viene a Kamakura hoy... Lo había olvidado.
—Exacto —continuó Josef, su voz grave—. Ahyma o Lucía podrían aprovecharse de esto.
—No te preocupes —Nate sonrió apenas—. Bando ya está infiltrado como guardia del hotel. Si pasa algo sospechoso, nos informará de inmediato.
Kaede, sin embargo, permanecía absorta, mirando la fotografía de Ahyma entre los archivos desordenados sobre la mesa. Sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación, nostalgia y una culpa inexplicable. La noche en Kamakura se avecinaba hermosa, las luces de neón y los antiguos faroles iluminaban la ciudad en un contraste casi surrealista entre lo moderno y lo arcaico, mientras la tensión se cocía bajo la superficie. Kamakura ya no era la pequeña ciudad pesquera de antaño. La destrucción de Tokio había transformado a este lugar en una fortaleza, el nuevo corazón de un Japón que intentaba levantarse sobre las cicatrices del pasado.
En el aeropuerto, la llegada del primer ministro fue recibida con un despliegue casi teatral de seguridad. Mientras los reflectores iluminaban el avión, las cámaras de televisión captaban cada movimiento. Entre la multitud expectante, una mujer observaba desde la distancia, sus intenciones claramente oscuras. Se escabulló hacia el baño, su teléfono móvil en mano, comunicándose con alguien.
—El objetivo se dirige hacia ti —dijo la mujer con una voz fría—. Está bien protegido. Incluso la limusina parece impenetrable.
En lo alto de un edificio cercano, Ángelo observaba el flujo de guardias y vehículos, las luces de la ciudad reflejándose en el oscuro visor de su casco.
—Vigilemos por ahora —respondió con un tono indiferente—. Los agentes de Luminous ya están desplegados. Si Lucía o el Dragón Blanco intentan algo, caerán.
Richard interrumpió la conversación desde la base, su ojo mecánico revoloteando por la pantalla mientras vigilaba a los miembros de la organización—. El primer ministro ya está en el hotel. No bajen la guardia.
La mujer soltó una risita sarcástica—. Sería una locura que Lucía intentara atacar ahora. Está bien rodeado por un ejército.
—Josef debe haberlos alertado —murmuró Richard—. Tokio aún sangra por las cicatrices de nuestra existencia.
Ángelo, con su frialdad característica, dio la orden final—. Regresa, Flagas. Tu cuerpo original te espera.
Flagas, todavía en el cuerpo de una mujer, sonrió con malicia—. Odio este cuerpo. No entiendo cómo soportan caminar en tacones.
Ángelo apenas le dirigió una mirada—. Deja de preocuparte por cosas tan banales. Ya no somos humanos.
Flagas se deslizó hacia un rincón oscuro del aeropuerto, sus movimientos ágiles y precisos. Con un rápido gesto, recogió el cadáver de un gorrión. Desde la boca de la mujer, una grotesca escolopendra salió retorciéndose, entrando en la boca del pájaro muerto. Al instante, los ojos del ave se encendieron con un brillo naranja, volviendo a la vida como una marioneta grotesca, preparada para continuar la vigilancia en las sombras.
Flagas se alejó del cuerpo vacío de la mujer como si fuese un títere roto, sin alma. Los movimientos grotescos, torpes, eran una burla perversa de lo que alguna vez fue vida. La criatura controlaba cada acción con precisión escalofriante. “No debo dejar rastros”, murmuró con una voz que resonaba como un eco dentro del cadáver que ahora usaba como juguete.
Con un simple gesto de su voluntad, hizo que la mujer bañara su frágil cuerpo en gasolina. Sus ojos, vacíos y desconectados, miraban al vacío. Con un encendedor en mano, el cuerpo se sumió en llamas, pero la criatura en su interior no emitió un solo sonido. La mandíbula, colgando de manera antinatural, dejaba expuesta una sonrisa perturbadora, una sonrisa que parecía burlarse del propio concepto de sufrimiento.
Flagas observó en silencio, su grotesca escolopendra emergiendo de la boca del cadáver antes de desaparecer en el aire nocturno. “Bien, volvamos con Ángelo”, susurró, despegando en dirección al horizonte mientras las llamas se consumían detrás de él.
Mientras avanzaba a toda velocidad hacia donde le esperaba Ángelo, sus ojos de bestia admiraban la belleza del anochecer. “Qué irónico”, reflexionó con una mezcla de placer y desprecio, “la ciudad es hermosa bajo la luna llena. Lástima que tengamos que destruirla. Pero al final, solo los más aptos sobreviven”.
En lo alto de un edificio cercano, Ángelo ajustaba su casco de alta tecnología, escaneando la calle principal. A lo lejos, una limusina se acercaba, transportando al primer ministro y al alcalde. “Malditos burócratas”, murmuró Ángelo, su voz impregnada de desprecio. “Siempre tan rápidos en sus asuntos insignificantes, pero maestros en ocultar sus propios pecados”.
La escolopendra grotesca de Flagas salió de la boca del ave que había estado poseyendo y reptó hasta los pies de Ángelo. “Ya he llegado, mi señor”, anunció con una reverencia deformada.
“Justo a tiempo”, respondió Ángelo, sin apartar la mirada de su objetivo. “Dentro de unas horas, habrá una conferencia de prensa. Lord Ahyma quiere que estemos atentos a cualquier movimiento del ministro y el alcalde”.
Flagas, ahora de vuelta en su cuerpo original, una imponente figura de 2.67 metros bajo una capa gris, se irguió junto a Ángelo. “¿Qué interés tiene Lord Ahyma en estos dos?” preguntó, su voz grave resonando como un eco.
“Dinero”, respondió Ángelo sin vacilar. “La organización necesita fondos para continuar con los experimentos, y esos dos pueden facilitárnoslos. Al final, todos tienen un precio”.
Flagas miró la ciudad que se extendía bajo ellos, con una mezcla de nostalgia y resignación. “Es triste... Kamakura es un lugar tan agradable a la vista. ¿No te duele destruirla, Ángelo? Al final, naciste aquí.”
Ángelo lo miró por un instante, sus ojos fríos y distantes. “Este lugar no me ha traído más que dolor. No siento nada por lo que pase aquí, ni por su gente. Solo sufrimiento. Y al final, eso es lo que nos une a todos. Tú también lo sabes”.
Flagas soltó una carcajada amarga. “Supongo que tienes razón. Todos somos prisioneros de nuestros pecados, al igual que los Diclonius y la humanidad. Solo somos sombras de lo que alguna vez fuimos”. Con una sonrisa siniestra, agregó: “Lord Ahyma me sigue dando escalofríos, pero pronto, ni siquiera él podrá ser detenido”.
Mientras ambos observaban desde las alturas, el primer ministro y el alcalde entraban en el hotel bajo la atenta vigilancia de Bando. “Todo parece tranquilo”, murmuró Bando, su tono cargado de desconfianza. “Demasiado tranquilo. Esta paz es peor que la violencia. Algo va a ocurrir, lo siento en mis huesos”.
Kaede, mirando un mapa de Kamakura, estaba sumida en pensamientos oscuros. “Nate”, dijo de repente, interrumpiendo el silencio.
“Dime”, respondió él, levantando la vista.
“El bosque donde se están dando las desapariciones está demasiado cerca del barrio donde está tu club. Quizá la gente allí haya notado algo inusual.”
Nate asintió lentamente. “Es posible. Las mafias locales han estado inquietas últimamente, pero una en particular parece haber rebasado a las demás. Tal vez haya algo más profundo detrás de todo esto...”
La oscuridad que envolvía Kamakura esa noche no era solo física. Algo mucho más siniestro se movía en las sombras, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
El aire denso y sombrío de la noche envolvía la ciudad como una bestia hambrienta. Kaede, con el ceño fruncido, observaba las luces distantes mientras su mente divagaba entre recuerdos y pesadillas. Nate, con su habitual tono sarcástico, rompió el silencio:
—¿Y bien, Kaede? —susurró, encendiendo un cigarrillo que apenas iluminaba su rostro—. ¿Qué tienes en mente?
Kaede se volvió hacia él lentamente, como si las palabras pesaran en su boca.
—La triada china, Nate. Han estado desmembrando a sus competidores sin piedad desde que comenzaron a infiltrar el país. Han dejado un rastro de cadáveres que ni siquiera nosotros podemos ignorar.
Nate asintió, exhalando una nube de humo gris.
—Esos bastardos no pierden el tiempo. Lo sabía. No te preocupes, iré a investigar la zona roja. Pero, dime, ¿qué tramas tú?
Una sonrisa amarga cruzó el rostro de Kaede.
—Voy contigo. Necesito aprender algunas cosas de tus chicas.
Nate la miró de reojo, conociendo bien las intenciones ocultas tras esas palabras.
—Ya sé lo que planeas, querida —respondió, con una risa apagada—. No hay problema, siempre eres bienvenida en mi escondite. Pero dime, ¿cómo sigue Kouta?
El nombre de Kouta cayó pesado entre ellos, como una piedra en aguas tranquilas. Kaede desvió la mirada, el dolor en sus ojos era innegable.
—Casi no hablo con él. Mayu me mantiene alejada... Desde que supo que fui yo quien mató a su familia, me mira con un odio que no puedo culpar. Y Kouta… su estado empeora cada día.
Nate asintió lentamente, comprendiendo el peso de sus palabras. Mientras tanto, Josef, que observaba en silencio, se inclinó hacia adelante.
—No tienes por qué agradecérmelo, Kaede. Conseguir casas seguras es lo mínimo que puedo hacer para manteneros a salvo, aunque esta ciudad… —dijo, con un tono grave—. Está condenada.
Kaede soltó un suspiro cansado.
—Voy a casa. Necesito descansar. No he dormido en dos días —admitió, con los ojos oscuros y cansados.
Nate, consciente de lo que pesaba sobre ella, levantó una ceja.
—¿Pesadillas?
Kaede asintió.
—Sí... —murmuró. Se quedó callada un momento, los recuerdos de sus sueños invadiendo su mente—. No son pesadillas normales. Es algo extraño. Era como un mundo decadente, miserable... pero no estaba sola. Había una chica conmigo, vestida con una especie de traje metálico, y un guante con gemas que no había visto antes.
Todos en la habitación la observaban en silencio, expectantes.
—Tú también estabas allí, Nate —continuó Kaede, su voz temblando—. Todo era tan confuso. Estábamos luchando contra criaturas... seres hechos de carne y metal.
El silencio que siguió era tan denso como el aire. Josef finalmente habló, con un tono calmado, casi como si intentara racionalizar lo que acababa de escuchar.
—Vaya, eso suena jodido. Menos mal que solo fue un sueño.
Kaede no respondió. La sensación de que ese sueño había sido algo más que una simple pesadilla seguía rondando su mente, como una sombra acechante que no podía ignorar.
Mientras tanto, en una cueva oscura y húmeda, lejos de la ciudad, Lucía y las Diclonius sintonizaban una radio, escuchando los informes de lo que ocurría en las calles de Kamakura. El eco de sus risas resonaba en las paredes de piedra, llenando el espacio de una maldad palpable.
—Parece que en la ciudad se están divirtiendo —dijo Abel, con un tono que casi rozaba la satisfacción.
Caín, siempre el más impaciente, apretó los puños.
—¿Cuánto tiempo más durará su felicidad vacía?
Lucía se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando en la penumbra.
—Controla tu sed de sangre, Caín. Aún no es el momento. Tenemos dos enemigos a los que debemos jugar inteligentemente.
Alicia asintió, su rostro endurecido por la rabia contenida.
—Ahyma… esa abominación nos lleva la delantera, portador del Gen de la Plaga o no, nos estorbará si no actuamos pronto.
Abel se encogió de hombros, su desprecio por la situación evidente.
—Escuché rumores de ese virus... pero siempre creí que eran solo cuentos, historias para asustar a los más jóvenes de nuestra especie.
Jazmín interrumpió con frialdad:
—No eran cuentos, Abel. Esa bestia es real, y solo dificultará nuestros planes.
Gretel, siempre calculadora, sonrió con crueldad.
—Dejemos que se desgasten entre ellos. Cuando ambos estén débiles, atacaremos. Será el momento perfecto.
Lucía se levantó, su figura imponente proyectándose sobre las otras.
—Y cuando eso suceda... —susurró, con un brillo en los ojos—. Yo no seré solo la Reina de los Diclonius. Seré su Diosa.
De vuelta en la ciudad, una conferencia de prensa improvisada se desmoronaba en el caos. Las preguntas llovían como cuchillas sobre el Primer Ministro, su nerviosismo era evidente.
—¡Se acabó la conferencia! —gruñó Satoru, golpeando la mesa antes de marcharse, dejando a los reporteros clamando respuestas que nunca llegarían.
Pero en los pasillos oscuros del poder, las respuestas siempre estaban listas para aquellos dispuestos a pagar el precio correcto.
Kazuo respiraba hondo, su voz baja, cargada de un peso oscuro. “Me pregunto cuánto más podremos seguir ocultando la verdad...“.
El pasillo del hotel estaba en penumbras cuando un hombre emergió de la oscuridad. Vestía uniforme militar, su capa ondeando a su paso. Su barba estaba apenas formada, y su cabello corto no ocultaba las cicatrices del pasado.
“Veo que los problemas no les faltan”, dijo el militar con una voz áspera.
Kazuo se detuvo en seco, reconociendo la voz. “Esa voz... ¡¿Sagara?!”
El hombre esbozó una sonrisa fría. “Me alegra que aún recuerden mi nombre.”
Satoru, el primer ministro, se unió al desconcierto. “¿Cómo podríamos olvidar a uno de los pocos sobrevivientes de la tragedia de Tokio? ¿Sigues tras la pista de tu viejo amigo?”
Sagara frunció el ceño, su semblante endurecido. “No he venido por eso. Estoy aquí por los asesinatos... ambos saben bien que no son obra de humanos, y mucho menos de los Diclonius.”
Kazuo tragó saliva, sus ojos evitaban los de Sagara. “Veo que está al tanto, señor Sagara, pero temo que es demasiado tarde para todo.”
“Lo sé“, respondió Sagara, su tono helado. “Solo vine a observar. Vi su conferencia de lejos. Asegúrense de mantener las apariencias. La verdad siempre sale a la luz.”
Dicho esto, el hombre se alejó con una firmeza aterradora, dejando a los dos políticos sumidos en un inquietante silencio.
Satoru suspiró, más preocupado de lo que su rostro quería admitir. “Es extraño ver a una leyenda como él rondando por aquí.”
“Si no me falla la memoria”, Kazuo murmuró, “¿no era él el anterior secretario de defensa?”
“Así es”, respondió Satoru, cruzando los brazos. “Dimitió por un tumor cerebral. Aunque, sorprendentemente, parece mantener la cordura, lo que es casi más aterrador considerando lo que vivió en Tokio.”
Kazuo asintió, recordando el horror de esa noche. “Lo que pasó en Tokio fue apocalíptico, y pensar que fuimos parte de ese desastre… Ni siquiera lo de Lebensborn se compara.”
“Y ahora”, agregó Satoru con amargura, “Oda Kakuzawa nos arrastró a un nuevo infierno. Estamos rodeados de enemigos. Los Diclonius, Ahyma, y ahora este maldito virus...”
“Recibí un mensaje del Dragón Blanco”, interrumpió Kazuo, intentando cambiar de tema. “Están vigilando, preparados para intervenir si algo va mal.”
El primer ministro dejó escapar un amargo suspiro, mirando al techo como si buscara respuestas en la oscuridad. “El Dragón Blanco... hace tiempo que no oía de ellos. Pero hiciste bien. No podemos arriesgarnos más.”
Ambos hombres intercambiaron miradas pesadas antes de que Satoru se despidiera con una reverencia cansada. “Mañana iré a la zona del desastre. Que tengas buena noche.”
Kazuo asintió, observando cómo el primer ministro se retiraba hacia su habitación. Cuando las puertas se cerraron, una mano suave se posó en el hombro de Satoru. Al girarse, se encontró con los ojos intensos de Hiromi, su secretaria.
“¿Ocurre algo, señorita Hiromi?“, preguntó, su tono más nervioso de lo que hubiera querido.
Hiromi sonrió, pero había algo perverso en la curva de sus labios. “Nada en particular. Solo quería recordarle que sigo esperando un hijo de su estúpido hijo.”
Satoru se tensó, su voz baja y peligrosa. “Te dije que te pagaría el aborto. No digas una palabra más de eso. Si la prensa se entera, mi carrera política está acabada.”
La sonrisa de Hiromi no se desvaneció. “Parece que su carrera es lo único que le importa, ¿no? Sería una pena que todos se enteraran de sus escándalos.”
El primer ministro dio un paso hacia ella, su furia brotando a borbotones. “¿Me estás amenazando? Sabes muy bien que podría hacerte desaparecer de un plumazo y nadie se daría cuenta.”
Hiromi, lejos de intimidarse, comenzó a caminar a su alrededor con una calma perturbadora. “¿Recuerda lo que ocurrió en Tokio?“, preguntó, sus palabras impregnadas de un veneno sutil.
“¿Qué demonios tiene que ver eso?“, espetó Satoru, comenzando a perder la paciencia.
Hiromi se detuvo, su sonrisa ahora completamente maliciosa. “Usted leyó los archivos. Sabe lo que pasó, y quién fue el responsable.”
Satoru intentó controlar su respiración, pero el sudor empezaba a resbalar por su frente. “¡¿Qué tiene que ver eso con esto?!“, gritó, lanzándose hacia ella. Pero antes de que pudiera alcanzarla, Hiromi lo derribó con una fuerza inhumana, su muñeca quebrándose bajo el impacto.
Con una sonrisa llena de desprecio, la mujer se inclinó sobre él, sus ojos brillando de forma antinatural. “Usted ha estado hablando con el diablo sin siquiera saberlo.”
Satoru intentó liberarse, pero el dolor era insoportable. “¡¿Quién demonios eres?!“, exigió, el miedo tangible en su voz.
Hiromi se apartó, y entonces comenzaron a brotar tentáculos rojos de su cuerpo, envolviéndola hasta que su forma humana desapareció, revelando la monstruosa figura de Ahyma.
Satoru contuvo un grito. “¡Tú! ¡Eres el responsable del caos en Tokio... el monstruo que lo destruyó todo!”
Ahyma sonrió con una calma gélida. “Correcto, primer ministro. Y he venido a ofrecerle un trato...”
El aire era denso, cargado con una tensión apenas contenida. Satoru gruñó, con sus ojos encendidos por la rabia contenida.
—Grrrr... ¿Cuánto quiere?
Ahyma sonrió, pero no era una sonrisa humana. Era la mueca de alguien que ha cruzado hace tiempo la línea entre la cordura y la locura. La crueldad brillaba en sus ojos como una promesa oscura. Horas después, cuando la puerta del cuarto se cerró tras ella, ya no era Ahyma quien emergía, sino Hiromi, una máscara perfecta de normalidad. Caminaba con paso calculado hacia la salida, cuando su mirada se topó con un rostro conocido.
Bando, de pie como un perro guardián, la fulminó con una mirada hostil.
—¡Fuera de mi camino! —gruñó—. ¿Está usted ciega?
Hiromi lo observó por un instante, la frialdad recorriendo su columna vertebral. Por un momento, un destello de molestia deformó su expresión.
—Maldita sea... Este mercenario de mierda... —pensó—. Lo último que supe es que trabaja para Josef y Kurama.
Bando la miraba como si pudiera ver más allá de la superficie, con su rostro endurecido por la desconfianza.
—¿Por qué se me queda mirando? —gruñó, irritado—. ¿Acaso vio un fantasma?
Hiromi sonrió con una suavidad peligrosa.
—Lo siento, fue culpa mía... pero yo no sería la que se asustaría por ver fantasmas.
Bando entrecerró los ojos.
—¿A qué se refiere?
—Pronto lo sabrá —respondió Hiromi, antes de alejarse, su andar sigiloso pero firme. El mercenario la observó alejarse, un mal presentimiento arrastrándose bajo su piel.
—Qué mujer tan rara... —murmuró para sí—. Será mejor que regrese a la base. Josef me estará esperando.
En un departamento sombrío, Kaede estaba desnuda frente al espejo, el agua fría corriendo por su piel. Con un suspiro, levantó la vista hacia su reflejo, pero lo que vio no fue solo su rostro. Detrás de ella, como sombras incorpóreas, Lucy y Nyu observaban.
—Estoy sola, pero ustedes dos en mi cabeza hacen que no lo parezca... —murmuró, su voz apenas un susurro.
Lucy se burló, su tono venenoso resonando en su mente.
—Eres una estúpida, Kaede. Sabes bien que con ese poder no podrás ni arañar a esas cosas.
Nyu intervino, más suave, pero con la misma crudeza en sus palabras.
—Estoy de acuerdo con ella, Nyu... Dividir nuestro poder solo nos ha traído problemas. Todo por intentar proteger a Kouta y a los demás.
Kaede apretó los dientes, su mirada oscureciéndose.
—Ya te dije por qué no quiero que estés suelta, Lucy. Tu sed de sangre no tiene límites. No puedo confiar en ti.
Lucy rió, pero no había alegría en su risa, solo amargura.
—¿Así le hablas a tu amiga? ¿La que te ayudó después de tanto tiempo?
—¡Tú no eres mi amiga, Lucy! —bramó Kaede, su voz quebrándose con furia—. ¡Por tu culpa maté a gente inocente!
—Sabes que esta es tu verdadera naturaleza. Nadie nos va a aceptar como somos, ni siquiera Kouta... A pesar de que te lo follaste.
Kaede sintió cómo la sangre le hervía ante esas palabras. Lucy sabía exactamente dónde golpear.
—Eres estúpida por decir eso... Sabes bien que tú también empezaste a sentir algo por él. Tú, la que se cree una diosa, pero es un monstruo... No eres diferente a los humanos. Ninguna de nosotras lo es.
Las palabras se ahogaron en su garganta, y Kaede apretó los puños, su impotencia manifestándose en sus gestos. Nyu intervino, esta vez con un toque de tristeza en su voz.
—Al final, ninguna de nosotras es diferente a un humano... Tenemos las mismas emociones y sentimientos, Nyu...
Kaede cerró los ojos por un momento, inhalando profundamente.
—No trates de hacer nada raro, Lucy —advirtió—. Te estoy vigilando.
Lucy soltó una carcajada amarga.
—Como digas, perra... Ahora vete a donde quiera que vas. Solo espero que no te rompas un hueso bailando como una idiota.
Kaede sonrió, fría y peligrosa.
—Ya veremos quién ríe al final, zorra.
Con esa tensión en el aire, Kaede comenzó a vestirse, sacando su mejor atuendo: pantalones cortos ajustados, una blusa sin mangas que dejaba poco a la imaginación, y unas botas que resonaban con fuerza en el suelo. Mientras se preparaba, la habitación se llenó de una música sensual, casi erótica, como un preludio oscuro para lo que estaba por venir.
—Así que... ¿usar toda mi belleza para seducir? —murmuró Kaede, alisando su cabello—. Siempre quise bailar y cantar... pero esto es diferente. Es algo que quiero probar. Quizá me ayude a pelear mejor...
Al salir del edificio, los ojos de todos se posaron en ella. Los hombres la observaban con deseo, las mujeres con envidia.
—Vaya... qué mujer... —murmuró uno de los hombres.
—Se ve... exquisita —susurró una mujer cercana.
Kaede caminó con confianza, su mente afilada como una daga. En su cabeza solo había un pensamiento: encontrar a esos malditos bastardos. Y hacerles pagar.
El barrio rojo la rodeaba, lleno de luces de neón, bares y clubes. Era un paraíso para los criminales. Y en ese lugar oscuro, Kaede sabía que alguien la estaba esperando.
El aire estaba cargado de deseo y peligro. Las luces de neón parpadeaban sobre las calles, reflejando sombras largas y distorsionadas. Un hombre, con los ojos llenos de lujuria, murmuró al pasar Kaede.
—Wow... qué mujer...
Una mujer cercana lo escuchó y, con una sonrisa de envidia, añadió:
—Mmmm, se ve tan exquisita... ¿Quién será?
Kaede no los escuchó. Su mente estaba en otro lugar, más allá de las miradas hambrientas y el ruido de la ciudad nocturna. Caminaba con paso firme, sus tacones resonando en el pavimento como el eco de una sentencia inminente.
—Es un buen momento... —se dijo a sí misma—. No es tiempo de dudar. Nate y las chicas aceptaron ayudarme hoy, pero solo una cosa ocupa mi mente en estos momentos... Encontrar a esos malditos bastardos. Van a lamentar haberse cruzado en mi camino.
La zona roja estaba ante ella: bares sucios, casinos oscuros y clubes para caballeros, todos bañados en el brillo enfermizo de las luces de neón. El aroma del licor barato y del humo de cigarro impregnaba el aire. Alrededor, los Yakuza y la Triada china se movían entre las sombras, figuras peligrosas con miradas frías.
Kaede apretó los dientes. Nate tenía razón. Este lugar está lleno de gente demasiado peligrosa. Quizá Ahyma o Lucía estén aquí, tramando algo oscuro... algo que aún no alcanzo a ver, pensó. Su respiración se volvió más lenta, más controlada. El peligro estaba en todas partes, pero ella no era presa.
De repente, sintió una mano en su hombro derecho. Su instinto la hizo girar con rapidez, lista para atacar, pero se detuvo al reconocer el rostro.
—Te he estado esperando, Kaede —dijo una voz familiar. Era Airi, vestida como militar, su feminidad oculta tras el uniforme áspero y el aura de rigidez.
Kaede esbozó una sonrisa.
—No te había reconocido con ese atuendo, Airi.
Airi miró a su alrededor, tensa.
—Vamos al club. Estos cerdos no tardarán en causarnos problemas.
Mientras tanto, en lo profundo del laboratorio subterráneo de Kamakura, Richard contestaba una llamada, la pantalla titilando con el nombre de la figura más temida en su círculo.
—Lord Ahyma —saludó Richard con voz neutra—. ¿Cómo fue la misión?
Ahyma sonrió, su voz serpenteando como un veneno dulzón.
—Todo salió a la perfección, Richard. Ya tenemos a nuestro primer “patrocinador”. Qué fácil es manipular a los que solo buscan poder y estatus. Han cedido sin siquiera pelear.
Ángelo, sentado en una esquina, dejó escapar una carcajada ronca.
—Ja, son todos iguales... Tan fáciles de manejar. Y más aún cuando no eres humano.
Ahyma asintió, complacido.
—Me alegra que estés aquí, Ángelo. Lo importante es que tenemos el dinero para expandirnos. Pronto, nuestras bases estarán por todo el mundo. Nada podrá detenernos. —Su tono se volvió más oscuro—. ¿Cómo va tu negocio de drogas, tráfico de órganos y armas, Richard?
Richard, con una sonrisa perversa, comenzó a detallar.
—Las armas y soldados que hemos negociado con los Yakuza y la Triada nos han traído grandes beneficios. Pero quiero que veas algo...
El científico giró su monitor hacia Ahyma, mostrando una imagen de una cámara de seguridad: Kaede caminando por las calles iluminadas de la zona roja.
Ahyma sonrió con malicia.
—Vaya, vaya... Así que es Kaede. Y yo que pensaba que era una chica decente. —Se permitió una risa burlona—. Quizá ya sospeche de las desapariciones en las cercanías, especialmente en el bosque.
—Deja que se acerquen —respondió Ahyma, con un tono de juego mortal en su voz—. Será divertido jugar al gato y al ratón otra vez. ¿Entregaron ya las muestras del virus Beyond a las mafias?
—Saya se ha encargado de eso —confirmó Richard—. Está en la zona roja en este momento.
—Perfecto. Deja que Saya se ocupe de Kaede. Nosotros tenemos otros asuntos más importantes que atender... El esparcimiento del virus en toda la ciudad. Y, por supuesto, nuestra carta de triunfo está a punto de despertar.
En otro lugar, lejos de la oscuridad del laboratorio y la violencia de las calles, Yuka estaba sola en su baño. El vapor caliente envolvía su cuerpo mientras el agua caía sobre su piel. Pero algo no estaba bien. De repente, comenzó a toser violentamente, su cuerpo sacudido por espasmos. El pánico la golpeó cuando la sangre llenó su boca y se precipitó en vómito.
—¡¿Qué carajos me está pasando?! —gritó, aterrada, su voz reverberando en la habitación vacía.
Corrió al espejo, pero lo que vio hizo que su corazón se detuviera. Sus venas sobresalían grotescamente bajo la piel, mientras sus ojos, antaño normales, ahora brillaban con un rojo sanguinolento.
—¡Esto es una pesadilla! —susurró, presa del pánico—. ¡Una maldita pesadilla!
Pero la pesadilla solo acababa de comenzar.
Continuará...