Introducción
—Onixte, debes recapacitar, no puedes seguirlo, no tú. La ley es santa y buena.
—¿Pero si es arbitraria como él dice? ¿Si nuestro creador es un tirano? ¿Si hay más por conocer de lo que se nos ha dado?
—¿Cómo puede ser un tirano? ¿Acaso no tienes derecho a elegir? ¿Qué hay del otro lado que amas tanto?
—Tú no lo entiendes, él es mi mentor, llevo eones con él. Desde que se me dio el aliento de vida, desde que la fuente derramó mi esencia…
—Y por esa devoción, que solo debieras tener por tu creador, eres capaz de perder tu libertad?
—¿No estoy preso ahora? ¿No vives acaso sujeto a la ley? ¿No eres un esclavo de ella?
—¡No, hermano! La ley está escrita en mi interior, amo la ley, amo a mi creador y te amo a ti. No concibo en mi sabiduría vivir sin la ley. ¿Qué te ha mostrado el gran querubín que has decidido seguirlo en esta revolución? ¿Crees por un instante que seguirlo te dará más felicidad que la que encuentras en este universo lleno
de armonía? Mira a tu alrededor, Onixte, ningún ser de ningún planeta está tan cerca de la fuente como nosotros, y ellos no dudan en seguir al creador. Estando dotados con la misma libertad
que se nos dio a nosotros.
—No me ha mostrado nada… Lo sigo no por lo que pueda dar, sino por lo que yo pueda darle a él.
—Elegiste al señor equivocado, amado Onixte, y lo siento mucho, pero debo hacer algo antes de que Miguel los expulse al abismo.