Prólogo
Easton
Doy el último sorbo a mi café mientras mi cachorrito de doce semanas se sienta en el banco a mi lado. Elegí esta cafetería, Bolt Coffee, llamada así por el perro del dueño, porque admiten mascotas e incluso tienen un menú especial para nuestros amigos peludos.
Sí, ahora soy un papá de perro certificado.
Es otro día hermoso en Malibú, y estoy esperando a que llegue el paseador y entrenador de perros que contacté hace unos días para una entrevista.
Adoro a mi perrito sin nombre, pero ha sido una pesadilla durante la corta semana que lleva conmigo.
Me mudé aquí hace un mes y encontré una casa pequeña en las afueras de Malibú. Pero era demasiado jodidamente silencioso no conocer a nadie, así que rápidamente conseguí al perro sin nombre de un criador de la costa.
Esta será la tercera ciudad a la que me mudo en mi corta carrera y espero poder establecerme aquí a largo plazo.
Todavía no he jugado como Quarterback titular, y los Longhorns tienen toda su fe puesta en mí. Voy a demostrarles que valgo un contrato más largo.
Con tantos viajes, el entrenamiento agotador y la rutina de ejercicios, no siempre podré estar con el perro. Necesito a alguien de confianza que pueda entrar en mi casa. Alguien que pueda cansar a este bicho, enseñarle a dejar de comerse mis mierdas y a hacer sus necesidades en el jardín.
Encontré a Evie O’Keefe tras una búsqueda en internet. Parece calificada según su sitio web y las referencias que me dio, pero necesito conocerla en persona antes de dejarla entrar en mi mundo. Puede que no tenga mucha fama en la liga todavía, pero no quiero que la gente se aproveche de mí. Porque, independientemente de mi posición, sigo siendo un atleta profesional.
La puerta de la cafetería se abre y mis ojos se clavan en la hermosa mujer que entra. Tiene el pelo de color rosa claro recogido en una coleta alta. Es alta, de cara redonda y grandes ojos azules que resaltan perfectamente con su nariz y sus labios carnosos. Tiene un aura cálida y un carácter amable.
No solo eso, tiene un cuerpo de infarto y unas piernas interminables. Se ve fuerte, como si se mantuviera en forma de alguna manera. Sus leggings negros realzan sus curvas, y su sujetador push-up sostiene perfectamente sus pechos llenos. Creo que siento cómo se me pone dura en los pantalones.
Tiene una sonrisa suave que acentúa sus lindos hoyuelos mientras mira a su alrededor, como si buscara a alguien. No me ve sentado en el reservado del fondo, observándola con la boca abierta, babeando como un puto acosador.
En mi defensa, puede que sea una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida.
Saca su teléfono y, apenas se lo lleva al oído, el mío vibra sobre la mesa.
No puede ser, joder.
Lo contesto con dudas: —¿Hola?
—¿Hola? ¿Easton? —dice la belleza de pelo rosa, al mismo tiempo que escucho su voz por el teléfono. No respondo, estoy en shock. Es ella. Es la puta Evie O’Keefe, la mujer a la que he estado mirando como un pervertido.
—¿Hola? —pregunta de nuevo por el teléfono, y reacciono levantando el brazo para indicarle dónde estoy.
—Aquí —murmuro.
Mira por el local, me ve y su cara se ilumina. —¡Oh, ya te veo! —exclama.
Camina hacia la mesa y, cuanto más se acerca, más hermosa me parece.
Me levanto y extiendo mi mano, que ella toma alegremente. Me observa de arriba abajo, igual que yo a ella, y veo cómo un rubor sube por su pecho y cuello hasta sus mejillas, sin poder ocultar la atracción que siente por mí mientras se presenta.
Vaya, sí. Siento lo mismo, preciosa.
—Hola Easton, soy Evie —dice educadamente. Al escuchar su voz angelical, una sensación de afecto florece en mi estómago. Su mano suave y bien cuidada aprieta la mía con un firme apretón, y noto que le sudan las palmas.
—Encantado de conocerte. ¿Quieres un café? —Intento mostrar la confianza por la que soy conocido, aunque me siento como un idiota que no sabe ni hablar.
—Sí, claro, tomaré un café helado. Todavía me estoy acostumbrando a este calor —dice ella, abanicándose con una risita linda. Justo en ese momento, el perrito sin nombre se despierta, baja del banco y corre hacia sus pies.
—¡Hola, pequeño! —dice alegremente mientras se agacha para acariciarlo—. ¡Oh, Dios mío, es tan lindo! —Chilla y sus preciosos ojos color océano se encuentran con los míos—. ¿Cómo se llama?
—Sin nombre.
Ella suelta una carcajada, y suena jodidamente exquisito. —¿Sin nombre?
—Lo adopté la semana pasada y no he encontrado un nombre con el que me sienta a gusto. Probé con los de siempre, Sparky, Duke, Max... Todavía no he encontrado el correcto —ella me dedica una sonrisa encantadora.
—Es difícil cuando son así de pequeños, cagan por todo el suelo y además te mascan la mierda, ¿verdad? —bromea ella, y ahora soy yo quien ríe.
—Sí, probablemente.
Ella lo admira de nuevo: —Parece que debería tener nombre de persona. Como Henry, Duncan o quizá Norman. —Miro al cachorro, el Border Collie que, aun siendo tan pequeño, tiene una mirada tan estudiosa.
Definitivamente necesita un pañuelo.
—Creo que tienes razón. Voy a por los cafés —le sonrío y ella se desliza en el banco con el perro. Me acerco a la caja y hago mi pedido, decidiendo añadir unas rebanadas de pan de plátano para acompañar. Luego miro hacia atrás y la veo pasando un buen rato con mi perro, riendo mientras él le da besos por toda la cara y el cuello.
Recojo nuestras bebidas y me siento de nuevo en el banco frente a ella, que me mira con una sonrisa radiante.
—¿Pan de plátano también? Qué caballero, muchas gracias —dice dulcemente y toma su bebida, sorbiendo por la pajita mientras evita que el perro se suba a la mesa.
—De nada.
—¡Por cierto, es adorable! Ni siquiera hemos empezado la entrevista y ya quiero que me elijas para cuidarlo —dice con una risita mientras pega su cara a la del perrito.
—Bueno, cuéntame sobre tu negocio —le pido, mientras ella sigue sosteniéndolo.
—Me mudé aquí hace unos cuatro meses, así que estoy empezando desde cero con una base de clientes nueva. Antes vivía y trabajaba cerca de Nashville, donde tenía un negocio bastante exitoso. Tenía unos diez perros que paseaba regularmente, y cada seis semanas entrenaba a un grupo nuevo. Algunos tenían problemas de comportamiento; en otros casos, era más entrenar a los dueños que a los perros. Todo iba muy bien hasta que lo vendí para mudarme aquí.
—¿Cuántos clientes tienes aquí?
—Bueno, primero me instalé y diseñé mi sitio web. Hasta ahora solo tengo una clienta, pero es una viejecita y no tengo corazón para cobrarle la tarifa completa.
Sonrío ante su generosidad. —Eso es muy amable de tu parte, pero también tienes que ganarte la vida.
Ella asiente varias veces. —Ya me lo dices tú. Mi padre no deja de repetírmelo. Pero para atraer clientes no puedes ser la más cara; primero tienes que construir relaciones —da un mordisco al pan de plátano.
—Joder, qué rico —dice mientras lo deja en el plato.
—¿Y cuánto tiempo llevas en el negocio de los perros?
—Toda mi vida, pero ¿dirigir un negocio? Unos ocho años. Siempre me han encantado los perros, así que los paseaba o los cuidaba cuando los vecinos se iban de viaje. Con el tiempo fui a la universidad para estudiar negocios, hice cursos de adiestramiento los fines de semana y empecé a trabajar en una tienda de mascotas. Aprendí todo sobre su alimentación, ejercicio y todo lo relacionado con perros; lo sé todo. Si quieres, puedo mostrarte mi antigua página web.
Asiento y ella me pasa su teléfono. Paso por la página y veo un sinfín de testimonios que agradecen a Evie por ayudar a sus amigos peludos a tener algo de estructura en sus vidas. Qué amable, considerada y trabajadora es, cómo la adoran sus perros. Exactamente igual que lo que decían sus referencias.
—Impresionante —la felicito—. ¿Cómo es un día típico para ti?
—Bueno, mi forma de trabajar depende de mi lista de clientes. Recojo primero a los perros más cercanos a mí y son los últimos que dejo en casa. Ahora mismo, como solo eres tú, es bastante fácil, pero ese horario puede cambiar a medida que crezca mi base de clientes. No puedo pasear diez perros a la vez, ¡terminarían paseándome ellos a mí! —se ríe de su propia broma, y no puedo evitar sonreír al ver lo inocente y sana que parece esta mujer. Sin duda tiene ese aire de pueblo pequeño.
—Los llevo a la playa, dejo que corran y jueguen con otros perros, y los entreno con la correa durante el trayecto. Si hace mal tiempo no salimos, pero si necesitas que pase por tu casa para que hagan pis, puedo hacerlo. También puedo cuidar de ellos cuando estés fuera de la ciudad. ¿A qué te dedicas, por cierto?
Siento un alivio inmenso al saber que no tiene idea de quién soy. —Juego al fútbol americano —digo con timidez—. Para los LA Longhorns, en la NFL.
Parpadea varias veces. —Vaya, lo siento. No tenía ni idea, no he estado muy pendiente de las noticias deportivas este año con la mudanza y todo.
—Me traspasaron aquí el mes pasado; básicamente tuve que arrancar mi vida de raíz en dos días. Así que acabo de mudarme y, francamente, era muy solitario no conocer a nadie, por eso este pequeño. Y como sigue comiéndose todo lo que tengo y cagando en mi suelo, está claro que no tengo ni puta idea de lo que hago. Por eso busco tus servicios.
Ella sonríe. —Vaya, mira tú qué cosas, ambos somos novatos en la zona. Prometo decirte si encuentro un buen restaurante. ¿Me prometes que harás lo mismo?
Rio entre dientes. —Trato hecho.
Se aclara la garganta, mete la mano en su bolso y saca unos papeles. —Entonces, bueno. He preparado un contrato con las tarifas que discutimos por correo, la duración de mis servicios durante un año y cómo terminar el contrato. También, si tienes peticiones especiales, puedes completarlas en la parte inferior. Y solo necesito un aviso de al menos cuarenta y ocho horas para las noches. También se incluye un acuerdo de confidencialidad para protegerme a mí, pero sobre todo para protegerte a ti. Necesito construir confianza con mis clientes. Voy a entrar en tu casa, en tu vida. Prometo respetar tu privacidad y te pido que hagas lo mismo con la mía. No estoy de guardia las 24 horas; tengo una vida fuera del trabajo y espero que eso se respete. También tengo un seguro de responsabilidad civil por si pasa algo —afirma con mucha seguridad, demostrando la experiencia que decía tener.
Me desliza los papeles y leo el título: «Contrato Rivers».
En el fondo sé que no debería hacer negocios con esta chica, es preciosa y eso podría ser un problema. Pero leo el contrato de todas formas, tomando nota de que solo necesita dos semanas de preaviso para terminarlo y poder encontrar nuevos clientes. Es bueno saberlo por si las cosas se ponen feas.
Tras procesarlo todo, lo firmo, aunque sé que mi padre se volverá loco cuando se entere de que he contratado a una mujer tan hermosa, que literalmente me dejó estúpido la primera vez que la vi.
—Parece un buen trato. Entonces, muéstrame lo que sabes hacer con este pequeño. Hay un parque al otro lado de la calle. Ha sido un capullo toda la semana, así que creo que hoy deberías darme algunas lecciones básicas.
Ella me sonríe. —No se arrepentirá, Sr. Rivers.