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Sinopsis

Él merecía el paraíso, pero un encuentro inesperado logró apartarlo de su camino. Porque hay criaturas que pueden corromper hasta los huesos con el más pequeño contacto, y el infierno lo abrazó de la noche a la mañana, infierno en el que, extrañamente él estaba cómodo.

Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Aquella era una mañana calurosa, en exceso. Roy podía sentir las gotas de sudor recorriendo su espalda y sus sienes mientras se preparaba para el trabajo.


A paso apresurado él recorrió la sala de estar de su casa, misma en la que vivía en soledad.


—Bruce!— gritó tras abrir la puerta del frente en busca de su labrador golden retriever, mismo que, desde hacía ya un par de días se rehusaba a entrar en casa, en cambio se quedaba en los alrededores esperando por su llegada para ser alimentado en el porche —Hoy tampoco vendrás?— preguntó para sí mismo con exasperación, más aún así llenó su cuenco con pienso fresco y le dejó su agua lista justo en el porche —Pues ahí tienes, sorpréndeme esta noche ¿Si?— fue lo que dijo antes de recoger su bolso del sofá junto a la puerta y, tras una última mirada a su tesoro más preciado, dígase aquel cuadro hermoso protagonizado por un campo de girasoles, mismo que su hermano menor pintó para él un año atrás antes de irse del pueblo hacia la capital persiguiendo su sueño, él cerró la puerta bajando los pocos escalones de su porche y atravesó el estrecho camino de piedritas hasta llegar a la cerca que delimitaba su propiedad.


El aire era fresco, el cielo tan azul que, combinado con los campos de flores que en esa época del año resplandecían sobre el verde pasto daba la impresión de estar viviendo en una postal, de esas que la gente de capital enviaba a lares como el que él habitaba en fechas importantes.


La lluvia de la noche anterior había dejado un brillo especial en las flores, pero también un desagradable lodo y charcos de agua fangosa en el camino que él tenía que tomar para llegar a la clínica veterinaria, donde trabajaba.


—Oye Roy!— un hombre le gritó un segundo antes de que una camioneta blanca de pintura desgastada se detuviera justo a su lado —Irás a vernos en la tarde cierto? Mi esposa te espera con el mejor café de la ciudad!— el conductor sacó su brazo por la ventanilla de la camioneta para rodearlo del cuello en una llave que le permitió percibir todo el exagerado sudor sobre su piel, los dientes de Roy se apretaron tanto que su mandíbula dolió.


—Claro. Tengo que revisar a tus ovejas de todos modos— dijo él, luchando por sacarse el brazo del otro de encima.


—Perfecto. Ven en cuanto acabes con tu visita a los Muller!— gritó el tipo, mismo que a pesar de verse condenadamente viejo, tenía en realidad la misma edad de Roy.


Cuando el agarre en su cuello se desvaneció y el sudor ajeno se secó sobre su piel. Cuando sus tímpanos agradecieron la disminución de ruido y la camioneta se alejó, Roy solo podía pensar en lo molesto de aquella interacción, y en la desagradable mancha de barro que había dejado en la punta de su pantalón aquel vehículo al alejarse.


Una anciana lo saludó en su camino al trabajo en aquella ajetreada y calurosa mañana, un niño le obsequió un par de flores amarillas y todos le ofrecían los buenos días pero Roy solo podía pensar en la desagradable suciedad en su ropa.


Cierto, Roy Anderson era un veterinario, el único del pueblo a decir verdad. Motivo por el cual sus días eran ajetreados y ocupados.


Sus mañanas eran cargadas de trabajo y visitas a cada residencia local para atender desde perros y gatos hasta caballos y rebaños de ovejas.


Garden era un pueblo apartado, pequeño y lleno de tradiciones muy bien arraigadas. Era un lugar donde los jóvenes estaban destinados a estancarse sin esperanza a la superación personal. Por eso él jamás intentó detener a Marcus cuando decidió irse, incluso lo apoyó monetariamente para que pudiera largarse de ese pueblo de mala muerte tan olvidado por dios y el hombre.


Su hermano menor tenía talento, y por lo tanto un futuro prometedor en la capital tan llena de oportunidades, así que él lo apoyó en su decisión, incluso a día de hoy, un año después de que Marcus se marchara, Roy seguía ayudándolo monetariamente.


Suspiró cuando vio los girasoles alzarse a los lados del camino fangoso y pudo vislumbrar su pequeña edificación a lo lejos, la única veterinaria del pueblo y su centro laboral.


Si Roy tuviera que enumerar las cosas extrañas que notó aquella mañana, lo primero en su lista sería definitivamente el calor, pero ahora que daba una mirada a su alrededor él podía notar algo más, algo extraño y distinto, algo que no había visto hasta ese momento.


El cielo azul lleno de nubes que se notaban tan suaves como el algodón estaba surcado por más de una docena de aves de rapiña, si bien su presencia era normal en zonas rurales sobre todo, en esa mañana la cantidad excedía lo normal. Supuso que algún animal muerto estaba llamando la atención de esos bichos, así que, dando rienda suelta a su curiosidad natural Roy decidió mirar por los alrededores.


Inmediatamente deseó no haberlo hecho, porque lo que vio era mucho más que extraño.


A largos metros de distancia de su propio cuerpo, casi fuera de su campo de visión él pudo ver a las aves aglomerarse, de colores negros y abriendo sus enormes alas revolotearon sobre un bulto que yacía inmóvil debajo de unos arbustos.


A simple vista y con ayuda de la claridad de la que la luz del día goza, se veía como un perro, uno grande, muy grande. De un negro tan oscuro como la foza más profunda de la tierra, patas largas con garras que se hundían en la tierra húmeda y ojos vacíos que, después de haberlo mirado durante largos segundos que parecieron años, comenzaron a devolverle también la mirada.


Las aves lo picoteaban y atacaban con violencia, pero el extraño animal no se inmutaba.


—Es eso....un perro? Sigue con vida?— susurró para sí mismo, sus pies totalmente anclados en la tierra húmeda y sus ojos fijos en la perturbadora escena.


—Roy!— el sonido entrañable de aquella voz lo sacó de la apreciación de tan extraña escena para ver en su dirección.


Por qué quedarse en un pueblo del que todos buscan huir? Para Roy Anderson la única respuesta posible era Devon Muller, el hermoso castaño de sonrisa angelical que agitaba animadamente su mano en su dirección desde el porche de la veterinaria, un antiguo compañero de clase de su hermano, viejo amigo y actual ayudante en su trabajo.


Pero ninguna de esas especificaciones conformaban el motivo por el cual Roy no abandonó Garden junto con su hermano menor luego de la muerte de sus padres.


Porque para alguien como él, era estúpido que su corazón se acelerase en su pecho tan solo de verlo. No podía lidiar con el sentimiento de sentirse tan inmensamente ridículo frente a él, por eso caminó lentamente en su dirección aún cuando lo único que quería era correr a sus brazos.


—Hola— fue lo único que dijo Roy una vez estuvo en el primer escalón del porche, a lo que Devon respondió con una sonrisa efusiva.


—Buenos días Roy. Qué tal tu mañana?— preguntó Devon, su sonrisa ampliándose en sus labios al verlo limpiar sus zapatos en la entrada al porche.


—Horrible con todo este lodo— se queja Roy echando un vistazo a su alrededor —Oye Devon. Sabes si alguien perdió un perro?— preguntó tomándolo por sorpresa.


—Un perro?— curioseó el otro mirándolo con atención.


—Si es que acabo de ver un.....— Roy vuelve sus ojos hacia el lugar en el que, anteriormente había visto al extraño animal siendo atacado con violencia por las aves, solo para no encontrar nada allí.


—Qué viste?— preguntó Devon ante el prolongado silencio de Roy.


—No, no es nada importante. Entremos, hoy tenemos mucho trabajo por hacer— fue lo último que dijo antes de internarse en la pequeña edificación con suelo y paredes de madera.


—Qué le ocurrió a tu pantalón?— su voz fue lo único que alertó a Roy de que estaba siendo perseguido por todo el local hasta su pequeña oficina.


—Tony— respondió Roy con fastidio y Devon solo se echó a reír —No te rías Devon, te juro que si un día me vuelvo loco él será a quien primero mate— dijo Roy fastidiado mientras usaba un par de toallas húmedas para limpiar la mancha de fango dejada en su pantalón por culpa de Tony y su estúpida camioneta blanca.


—Jajaja pero qué dices Roy. Cómo vas a matarlo? A besos?— se burla, pero Roy no se estaba riendo.


—A qué te refieres?— indagó Roy.


—Oh vamos. Que ustedes nunca dejaron de verse, no es un secreto para nadie. Yo que tú me andaría con cuidado Roy, Tony es un hombre casado después de todo— dijo acercándose a Roy solo un par de pasos.


—Qué mierda estás diciendo Devon?!— Roy pierde por completo la paciencia y se acerca a él a zancadas hasta que están tan solo a un paso de distancia.


—Creíste que nadie sabría de tus.... costumbres?— susurró frente al rostro consternado de Roy Anderson obligándolo a mirar hacia arriba debido a los centímetros que le sacaba.


—Devon yo....


—Buenos días!— una aniñada voz desde el porche inundó la pequeña edificación interrumpiéndolos y Roy se vio obligado a callar.


—Limpia tu suciedad y sal. Tenemos trabajo por hacer— fue lo último que Devon dijo, con desdén y desprecio antes de abandonar la oficina para salir a atender a quien llamaba.


—Qué mierda fue eso?— susurró para sí mismo antes de caer sentado en su silla.


Lo que acababa de presenciar estaba muy lejos de, siquiera parecerse al Devon que él conocía. Devon jamás le había hablado con tanto desprecio en su vida, jamás se había referido a él de ese modo, y jamás había exteriorizado su conocimiento sobre la historia privada entre Tony y Roy.


No sabía lo que pasaba, pero solo empeoró. Tal y como supuso desde que puso un pie fuera de su cama esa mañana, el día fue una completa mierda.


Caluroso, cargado de trabajo y casos extraños que ni siquiera él podía explicar.


Devon volvió a comportarse con él como acostumbraba, siempre amable y considerado, pero el amargo sabor no desapareció de su paladar por el resto del día.


Era día de visitar la granja de los Muller, los padres de Devon, mismos que poseían los caballos más hermosos del pueblo. Pero solo cuando estuvo con sus dos pies dentro del establo Roy supo que almorzar antes de salir no había sido buena idea.


Qué había salido mal y desde qué punto exactamente? No lo sabía.


Roy estaba acostumbrado a la sangre, el pus y las infecciones. Estaba acostumbrado a las heridas abiertas y a los caballos con patas fracturadas, a las enfermedades y a los modos desagradables de tratamiento.


Alguien con un estómago débil jamás lo lograría en una profesión como la suya.


Entonces por qué?


—Oye Roy! Roy estás bien?— la voz de Devon lo alcanzó desde la espalda segundos antes de que sus manos también lo hicieran —Hey— lo sostuvo de los hombros y lo inclinó hacia él apartándolo así de la pared exterior del granero —Qué ocurre?— indagó con preocupación y curiosidad, algo removiéndose en su interior cuando los ojos llorosos de Roy le miraron, aquel hermoso lunar bajo su ojo derecho llamando tanto su atención que no pudo evitar tocarlo con su pulgar, disfrazando la acción mientras secaba la humedad de sus lágrimas.


Qué ocurre?


Roy lo pensó. Qué ocurría? Sus ojos se clavaron en el suelo sobre el que había derramado el contenido de su estómago como un rebuscado método para autoconvencerse de que lo vivido tan solo un par de minutos atrás de hecho, era real. Y el amargo sabor en la punta de su lengua era de hecho una terrible confirmación de aquello.



—Roy— la voz suave de Devon con aquel tinte de preocupación en ella casi le brindó un poco de satisfacción, y Roy estaría satisfecho de tener la atención de Devon sobre sí mismo si la situación actual no fuera tan condenadamente desfavorable para él —Qué sucede? Esto no es como tú. Acaso te sentó mal el almuerzo?— lo escuchó decir y no pudo evitar mirarlo.


Cierto, esto no era como él, ni remotamente cerca. Roy jamás estaría tan asqueado de presenciar el deplorable estado de un animal en su vida, jamás saldría corriendo a vomitar en una esquina para evitar ser visto por el resto, jamás lloraría por la extraña contracción en su pecho al ver aquel caballo, Roy jamás haría algo tan poco profesional como eso.



Entonces por qué? Por qué sentía la inminente urgencia de huir de allí? Por qué él, que había visto tantas heridas en caballos antes simplemente no podía soportar la tristeza y desconcierto en los ojos del animal herido dentro del establo?



No lo sabía, pero eso era lo de menos.


Tomó una profunda respiración y apartó con sutileza la mano de Devon de su rostro.


—Estoy b-bien. Creo que comí algo en mal estado— dijo en cambio limpiando sus labios húmedos de saliva con el dorso de su mano.


—Estás seguro? No te ves bien— en cuanto Roy lo miró supo que estaba lejos de convencerlo.


—Estaré bien Devon, no tienes de que preocuparte— asintió Roy luego de un suspiro pesado —Volvamos dentro, hay que sacrificarlo— dijo volviéndose de regreso al establo del que minutos antes él había huido.


—Roy— lo sostuvo del antebrazo haciéndolo detener sus pasos —Yo lo haré, tú deberías volver a la clínica— dijo con su entrecejo estrujado en un gesto de preocupación y Roy lo miró con extrañeza.


—Por qué? Ya te dije que estoy bien— los ojos de Devon gritaban un alto y claro "no te creo". Roy suspiró.


—Tu ropa— solo cuando Devon mencionó aquello fue que Roy se detuvo a reparar en su propia apariencia, jadeando en desconcierto al encontrar las numerosas salpicaduras de sangre espesa, babosa y de desagradable hedor sobre su camisa —Vuelve a la clínica, toma un baño y cámbiate. Tengo un cambio de ropa en el cajón de mi escritorio, puedes usarlo— se apresuró a decir sosteniendo las mejillas de Roy para evitar que siguiera viéndose todo cubierto de sangre podrida.


—Q-Qué hay de....— Devon sonrió con una extraña dulzura cuando las manos frías y temblorosas de Roy sostuvieron sus muñecas, sus ojos grises como un día nublado viéndolo con aquella extraña expresión.



Interesante, mucho.



—No te preocupes, yo hablaré con mis padres— le respondió Devon a pesar de que Roy jamás acabó su oración —Les diré que no te estás sintiendo bien y que yo acabaré el trabajo. No te preocupes tanto Roy, yo también estoy capacitado para ello. Aunque sea este poco, puedo ayudarte— concluyó el castaño de sonrisa amable y suaves facciones posando sus manos en los hombros de Roy.


—Yo...nunca he pensado que no eres de ayuda Devon— dijo Roy y la sonrisa del castaño de ojos claros se amplió.


—Lo sé, solo quería que supieras que puedes apoyarte en mí. Así que hazlo, ve y descansa un poco— dijo soltándolo y empujando suavemente su espalda para acompañarlo fuera de la propiedad.


—Gracias Devon— el nombrado sonrió —Devon..— llamó recibiendo la atención del castaño sobre sí mismo al instante —Tú lo sabías? Que había un caballo en esas condiciones en el establo? Lo sabías?— indagó con un nudo en su garganta, sus ojos tan fijos en el camino que sus pies seguían que fue incapaz de captar el cambio en la expresión ajena.


—No lo sabía, acabo de verlo...por primera vez igual que tú. Sabes que ya no vivo con mis padres, y aunque eso me pone como un terrible hijo, tampoco los visito tan seguido— explicó en un tono risueño que a duras penas convenció a Roy.


Devon lo llevó hasta el portón que delimita la propiedad de los Muller y lo abrió para él, empujando suavemente su espalda lo hizo salir, pero no salió con él, solo se quedó allí, con sus manos sobre la madera astillada viéndolo retroceder de frente.


—Ve, yo estaré de regreso pronto— fue lo último que dijo antes de voltearse y alejarse de regreso al interior de la propiedad, y los ojos de Roy se ampliaron con sorpresa cuando un enorme ave de rapiña se posó sobre la madera del portón.


Y aquello no fue todo, porque cuando miró hacia arriba, docenas de aves enormes volaban sobre la propiedad de los Muller, concretamente, sobre el establo donde los caballos residían.


Algo no iba bien, algo estaba fuera de lugar.


Qué era? No lo sabía? Acaso era una enfermedad? Una nueva epidemia?


No lo sabía.


Cómo y en qué condiciones había logrado abandonar la propiedad de los Muller? Tampoco lo sabía.


Estaba sediento, cansado y con un insoportable dolor en la boca de su estómago. Roy siguió el consejo de Devon y tomó una ducha en el pequeño cuarto de baño que en la clínica poseían. Se cambió con la ropa de Devon y desechó la suya en una bolsa de basura.


La sangre era oscura, casi de color café, babosa y espesa, y su hedor era suficiente para hacer vomitar hasta al veterinario más experimentado. Sin embargo él era el único sorprendido en aquel establo.


Cómo un animal vivo podía albergar semejante atrocidad dentro suyo?



Devon había tardado definitivamente mucho más de lo que esperó en regresar, incluso el sol había bajado y la tarde caía llevándose consigo el insoportable calor del día, pero Roy seguía allí, sentado en su escritorio completamente a oscuras aún sin lograr asimilar qué exactamente había ido mal y por qué , lo único que sabía era que la horrible imagen había sido suficiente para hacerlo devolver su almuerzo en la propiedad de los Muller, y que el ruido en su cabeza era lo suficientemente insoportable como para hacerlo huir.


La horrible imagen lo perseguía incluso en sus pensamientos más tranquilos para atormentarlo porque, extrañamente presionaba todos los botones erróneos en su cerebro.



Había un olor a muerte y putrefacción en el aire de aquel caluroso día de verano que ni siquiera aquellas enormes aves de rapiña eran capaces de ignorar.


Roy visitaba semanalmente la casa de los Muller para revisar a sus caballos, al ser los padres de Devon siempre hubo una buena relación entre ellos, temía que la opinión sobre él se viera comprometida luego del número que montó en su propiedad, pero no pudo evitarlo.


Había visitado la casa Muller esa tarde de previo aviso debido a una llamada urgente del padre de Devon, al parecer uno de sus caballos se había perdido un par de días atrás, caballo que había regresado por su cuenta aquella tarde. Pero algo estaba mal.


El animal había sido mordido en su pata trasera, y por las palabras del señor Muller, la lesión era fresca, así que corrió a su encuentro para atenderlo.


Pero cuando él llegó aquel caballo con una simple mordida reciente en su pata trasera por parte de algún animal desconocido estaba al borde de la muerte.


Destripado en el suelo del establo con la pata herida prácticamente en el hueso, daba la impresión de que la infección se había extendido hacia el resto de su cuerpo. Gusanos negros y extraños hacían agujeros en la piel del animal, agujeros de los que toda aquella sangre podrida brotaba empapando el suelo.


Desde que lo vió supo que salvarlo era imposible, olía como un animal que lleva muerto una semana al menos. Pero Roy jamás vió algo como eso, quizá por eso él necesitaba saber de qué se trataba. Se puso sus guantes y tomando su bisturí él se acercó, hizo un corte pequeño en el abdomen del animal creyendo que quizá aquella extraña infección no había llegado a los órganos internos, el animal moriría de todos modos pero si se trataba de una nueva enfermedad él debía saber que tan grave y contagiosa era.




En cuanto el filo se hundió en la piel del animal la sangre salió disparada hacia él empapándole la ropa, sintió el sabor amargo en la punta de su lengua al instante, pero se obligó a mantener la compostura. No obstante, una mirada al interior del corte alargado hecho en el abdomen del animal fue suficiente para hacerlo ahogar un grito de horror mientras el líquido caliente subía por su garganta.



Tuvo que salir corriendo para ahorrarse la vergüenza de vomitar frente a los señores Muller, y frente a Devon.



A oscuras en su oficina tan solo con la lámpara del escritorio encendida Roy no pudo evitar saltar en su lugar cuando la puerta abierta fue golpeada suavemente.



—Por qué estás a oscuras? Estás bien?— la voz de Tony inundó sus oídos haciéndolo suspirar justo antes de que la luz se encendiera sobre su cabeza.


—E-Estoy bien— respondió él a penas espabilándose.


—Claro, por eso estás llorando. No mientas Roy— dijo Tony acercándose a paso lento hasta sentarse sobre el escritorio de Roy.


—E-Estoy.... estaré bien— se corrigió Roy secando sus mejillas con las palmas de sus manos.



—Escuché lo que ocurrió— dijo Tony sosteniéndolo de la barbilla para alzar su rostro y terminar de limpiar el desastre de lágrimas en esa bella cara ahora palidecida.



—Lo sabes?— curioseó Roy.



—Todos lo saben Roy— rió él haciendo bufar a Roy —Escuché que vomitaste. Entiendo que estés avergonzado por ello, digo, un veterinario de tu experiencia en este pueblo. No esperabas que nadie se enterase o si? Ya sabes lo que dicen de los pueblos pequeños— Roy apartó su rostro del toque contrario con molestia.



—No estoy de ánimos para lidiar contigo ahora mismo Tony— dijo poniéndose de pie con la intención de encaminarse hacia la puerta, más fue detenido del antebrazo por la mano grande de Tony.






—Qué tan malo fue? Para que alguien de tu experiencia se encuentre en este estado tuvo que ser horrible. Qué tanto?— indagó Tony, la curiosidad brillando en sus ojos color chocolate.




—Sabes que vomité en la casa de los Muller, pero no sabes por qué? Creí que ya todos lo sabrían a esta hora teniendo en cuenta lo chismosos que son todos en este jodido pueblo— dijo soltándose del agarre contrario.





—Supongo que algún trabajador te vio y corrió la voz. Por dios Roy no pretendas que sepa de dónde vino el chisme. Solo dímelo, tuvo que ser algo horrible para ponerte así— Tony se acercó nuevamente y lo sostuvo esta vez de ambos antebrazos.





—Por qué estás repentinamente tan curioso al respecto?— indagó Roy arqueando una ceja en su dirección, Tony suspiró con una sonrisa culpable surcando sus labios.



—Sabes que los Muller tienen los mejores caballos del pueblo, incluso gente de fuera viene a comprar sus pura sangre. Ana quiere un caballo para su próximo cumpleaños y pensé que lo mejor sería comprar un potrillo a los Muller. Así que por favor Roy, dime lo que viste— pidió y la mirada de Roy se suavizó.




—N-No lo compres....a los Muller, no se lo compres donde los Muller— respondió él tragando ruidosamente el nudo en su garganta, su reacción solo colocó más ansiedad en los ojos de Tony.



—Por qué lo dices? Es algo contagioso?— Tony se precipitó a preguntar y Roy no supo qué responder.




Contagioso? Estaba seguro de que lo era, por alguna extraña razón.



Roy estaba seguro de que aquello se trataba del mismo efecto que una manzana podrida tiene sobre otras manzanas. Solo una que esté comprometida es suficiente para pudrir el saco.



Y cada caballo que estuvo en aquel establo tenía el mismo miedo y desconcierto en sus ojos, todos extrañamente tranquilos, apartados en una esquina como si el hacerlo los pusiera a salvo del peligro. Pero cuál peligro?



Todos se veían totalmente dominados por el miedo a tener el mismo final, todos con ojos muy abiertos y totalmente fijos en la escena. Todos aquellos pares de ojos reflejando el miedo y repulsión que él mismo sintió cuando miró dentro del animal solo para encontrar gusanos negros y enormes tejiendo una red en su interior, perforando sus órganos y comiendo su vitalidad hasta dejarlo transformado en un cadáver que aún respira.




Y Roy juró que pudo ver sus costillas, juró que pudo ver uno de esos extraños gusanos romper su piel y penetrar sus músculos buscando enredarse en su columna vertebral, y aquello fue suficiente para él.




La escena por si sola era suficiente para provocarle pesadillas, pero lo que lo dejó verdaderamente aturdido fue la calma que habitaba en aquel establo.




Los animales estaban tan quietos que era aterrador, los padres de Devon estaban callados y para nada sorprendidos, y el propio Devon no había mostrado ninguna reacción.




No le sorprendería que en los días siguientes el resto de caballos de los Muller comenzaran a morir de la misma trágica y repulsiva forma.





—S-Solo...no lo compres allí, no se miraban tan sanos cuando los ví. Ve a la ciudad y busca un buen potrillo, la pequeña Ana se merece lo mejor después de todo— dijo en cambio jurando que nada relativo a lo que vio aquella tarde en la propiedad Muller saldría de su boca, y Tony solo suspiró rendido.




—De acuerdo, voy a hacerte caso, tú eres el veterinario de los dos así que sé que no lo dices solo porque sí— asintió finalmente Tony y Roy solo pudo suspirar aliviado —En cambio tendrás que venir conmigo a la ciudad en busca del potrillo— dijo y los ojos de Roy se ampliaron con sorpresa —Antes de que te niegues te diré que María me hizo prometer que irías a elegirlo conmigo, quiere el mejor caballo para nuestra hija y como ya sabrás, yo no tengo ni idea de caballos— concluyó con una sonrisa y Roy bufó.





—Tengo opción?— bufó en un suspiro y Tony rió.


—Jajaja no, claro que no. Su cumpleaños es la semana próxima así que mientras más pronto lo hagamos mejor. Es jodido tener que ir a la ciudad cuando los Muller están a minutos de aquí peeero, confío en ti— sonrió revolviendo el cabello suave y rizado de Roy.



—Bien, vayamos este viernes— dijo Roy apartando de un manotazo que hizo reír al otro, la mano de su cabello.



—El viernes será, es una cita— susurró lo último provocando que los ojos de Roy lo vieran con intriga y desaprobación —Qué ocurre? Por los viejos tiempos Roy, solo pasemos un buen rato juntos— dijo rodeándolo de los hombros y Roy bufó.



Por los viejos tiempos eh?



Para Roy no había tal cosa.




—Ven, te llevaré a casa. Ya está cayendo la noche y es peligroso andar por ahí solo— fueron las palabras de Tony mientras lo arrastraba hacia la salida.



—No, está bien volveré por mi cuenta— dijo Roy apartándose del cuerpo robusto de Tony.



—Estás seguro? El camino está lodoso y oscuro, te puedes hacer daño si no pisas con cuidado— dijo ligeramente preocupado.



—Estaré bien Tony, no tienes que preocuparte por mí. Además, estoy esperando a Devon— la sola mención de ese nombre hizo bufar al otro.



—Pero por supuesto, tú y tu devoción no cambian— dijo en un quejumbroso bufido.


—Tu esposa debe estar esperándote Tony, deberías irte ya— fue la respuesta de Roy mientras le abría la puerta, y Tony bufó atravesando el umbral.



—Claro. Espero que mañana si pases a ver mis ovejas Roy— se alejó con sus dientes apretados y la madera del porche crujiendo bajo sus pasos pesados.



Roy suspiró viéndolo marcharse en su camioneta blanca.



Por lo general no rechazaba los ofrecimientos de Tony de llevarlo a casa, especialmente si ya había caído la noche, pero esta vez sabía lo que aquello significaba y no deseaba arriesgarse a ser visto, no después de las palabras cortantes dichas por Devon esa misma mañana.




No esperaba ver a Devon esa noche, pero a veces lo que no esperas..... sucede.