La elección del dragón

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Sinopsis

Zara nunca quiso ser elegida como consorte de un señor de los dragones, y menos aún por el implacable y peligrosamente atractivo Artaris. Ella jura desafiarlo a cada paso, resistiéndose a sus esfuerzos por doblegarla a su voluntad. Pero cuando extraños poderes comienzan a despertar en su interior, Zara se da cuenta de que podría ser mucho más que un simple peón en su juego. Artaris está acostumbrado a una obediencia fácil, pero el espíritu ardiente de Zara hace que su sangre hierva. Su desafío no es solo un reto; es una obsesión. En un intenso encuentro, él la presiona contra la pared, y su contacto enciende un deseo peligroso. Pero cuando la magia oculta de ella estalla, Artaris comienza a cuestionarse si su reclamo sobre ella es tan sencillo como alguna vez creyó. Atrapados en una tormenta de poder, lujuria y secretos, Zara y Artaris se ven arrastrados a una batalla de dominio que podría cambiar su mundo para siempre. En La elección del dragón, la pasión se convierte en poder, y la rendición podría ser la única forma de sobrevivir.

Genero:
Erotica/Fantasy
Autor/a:
B. Vos
Estado:
Completado
Capítulos:
26
Rating
4.8 40 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: La Selección

Levanto la barbilla hacia el cielo y cierro los ojos mientras cae la llovizna. El agua empapa la plaza del pueblo y todo lo que hay en ella. Las nubes oscuras se ciernen sobre nosotros, presionando a la multitud congregada, un reflejo del miedo que flota en el aire.


Estoy de pie entre las otras mujeres, con el cuerpo rígido bajo la capa oscura que apenas cubre el revelador atuendo ceremonial que llevo debajo. La tela se me pega a la piel, empapada y pesada por la lluvia. Sujeto con fuerza los bordes de la capa, intentando protegerme del frío. El volumen de mis pechos casi se sale de la fina tela, dejándome expuesta y vulnerable. La rabia me cierra la garganta al pensarlo. Me pongo la capucha un poco más, dejando que mi cabello enredado y mojado caiga junto a mi cara sobre los hombros.


Los ancianos del pueblo nos han puesto en fila, como ofrendas esperando a ser reclamadas. Miro a las demás. Mantienen la cabeza baja, con las capuchas haciendo sombra sobre sus rostros mientras se encogen bajo sus mantos, temblando con sus prendas empapadas y ligeras. El asco me invade. ¿Esto es lo que esperan? ¿Que estemos aquí paradas, casi desnudas, con la esperanza de ser elegidas?


La lluvia golpea contra los adoquines, un ritmo constante que solo aumenta la tensión. Clavo la mirada en el camino: ya viene. El señor de los dragones, su carruaje y sus soldados vienen a hacer su elección.


El retumbar sordo de los cascos llega a mis oídos, creciendo a medida que se acerca. El pulso se me acelera a pesar de todo. El carruaje surge de la niebla, una estructura oscura de roble tirada por enormes caballos negros. A su lado cabalgan los soldados en formación, con sus capas ondeando bajo la lluvia y sus armaduras brillando opacamente bajo el cielo gris.


El desfile se detiene al borde de la plaza. Los caballos resoplan y patean el barro. El vapor sube de sus lomos al evaporarse contra el aire fresco. Los aldeanos se quedan en silencio cuando la puerta del carruaje se abre. Se me corta la respiración cuando él baja.


El señor de los dragones.


Es alto, con una presencia que llena todo el espacio a su alrededor. Se echa la capucha hacia atrás, revelando un rostro que es a la vez hermoso y frío. Sus ojos son afilados y penetrantes mientras nos recorren, mostrando una mezcla de diversión y aburrimiento. Ha venido a llevarse lo que quiere y sabe que nadie se lo impedirá.


Su consejero lo sigue, un hombre escuálido con ojos de halcón. Los soldados desmontan, formando un círculo alrededor de su señor. El señor de los dragones da un paso al frente y el barro chapotea bajo sus botas. Siento el calor de su mirada acercándose.


Las otras mujeres retroceden, con las capuchas cayendo sobre sus caras. Aprieto los bordes de mi capa mientras el agua escurre por los pliegues de mi capucha. No voy a apartar la vista. No me voy a acobardar.


Él levanta una mano, acallando los murmullos de los aldeanos. —Ha llegado el momento de su ofrenda una vez más —declara, con una voz que corta la lluvia—. Durante siglos, se ha mantenido este ritual. A cambio de su ofrenda más exquisita, les concedo mi protección.


Un murmullo recorre la multitud: miedo, alivio y resignación. Algunos aldeanos asienten y otros se aprietan más sus mantos. Creen en sus palabras. Tienen que hacerlo. Su protección es lo único que los separa de los peligros del exterior.


Su mirada recorre a la gente con un rastro de satisfacción en los ojos. —Viven bajo mi vigilancia, libres de los horrores que acechan en las tierras salvajes —continúa, con voz suave y calmada—. Me deben su paz. Y a cambio, yo tomo lo que es mío por derecho.


Aprieto los dientes y el corazón me late con fuerza. ¿Qué le da derecho a reclamarnos? ¿A tratarnos como simples objetos a cambio de su supuesta protección?


Entorna los ojos y finalmente se detiene en nosotras, en la fila de mujeres. —Una de ustedes será elegida —anuncia con un tono bajo, casi un gruñido—. Mi nueva consorte. La que compartirá mi poder... y mi cama.


El aire se vuelve pesado y me oprime. El corazón me golpea las costillas mientras su mirada avanza por la fila. Las otras mujeres bajan la cabeza, ocultando sus rostros con las capuchas. Yo levanto la barbilla aún más. La rabia me quema el pecho.


Se mueve despacio, tomándose su tiempo mientras sus ojos nos evalúan a cada una. Su presencia es abrumadora; su calor corta el frío de la lluvia. Siento su mirada fija en mí, pero me niego a cruzarla.


Entonces, se detiene frente a mí.


El silencio se prolonga, roto solo por el sonido de la lluvia al golpear el suelo. Sus ojos se clavan en los míos, desafiantes. Se toma su tiempo, dejando que su mirada recorra mi cuerpo, observando las curvas que la tela empapada apenas disimula. Me pongo roja de la vergüenza. Mantengo la mandíbula tensa, negándome a ceder.


—Vaya —dice arrastrando las palabras, con una voz que suena como terciopelo sobre acero—. ¿Qué tenemos aquí?


Da un paso más, con movimientos lentos y calculados, hasta que puedo sentir el calor que desprende su cuerpo a pesar del frío. —Dime —murmura, con la mirada atravesando la sombra de mi capucha—. ¿Cómo te llamas?


—Zara —respondo con brusquedad, sin bajar la mirada.


—Zara. —Repite el nombre despacio, casi saboreándolo. Sus ojos brillan con algo oscuro e indescifrable—. Un nombre apropiado para alguien con tanto fuego. —Se gira un poco hacia su consejero, aunque no me quita la vista de encima—. ¿Qué te parece? —pregunta con voz suave y burlona—. ¿Es digna de ser llevada?


El consejero asiente. —Tiene espíritu, mi señor. Quizás demasiado.


—¿Demasiado? —El señor de los dragones se ríe, un sonido grave que me da un escalofrío—. No. Me gusta su espíritu. —Se acerca más y sus ojos se clavan en los míos—. Me la llevaré a ella.


Se me revuelve el estómago. —No hará tal cosa —escupo, dando un paso atrás—. Yo no le pertenezco a nadie. —Se me ponen los nudillos blancos de tanto apretar la tela húmeda de mi manto.


Sus ojos brillan y sus labios se curvan en una sonrisa peligrosa. —¿Ah, sí? —murmura, alargando la mano para agarrarme la barbilla. Su toque es firme, no duele, pero me produce una sacudida—. Tu rebeldía es... exquisita —dice en voz baja—. Pero no te equivoques: te someterás a mí.


Retiro la cabeza de un tirón, fulminándolo con la mirada. —Jamás me someteré a ti. —El corazón me late a mil en el pecho.


Sus ojos brillan con diversión. —Ya lo veremos. —Se vuelve hacia sus soldados—. Tráiganla. Ella será mi consorte.


Los soldados se acercan a mí y me agarran de los brazos con manos bruscas pero no crueles. El miedo no tiene lugar aquí; no dejaré que vea cómo me derrumbo.


Mientras me arrastran hacia el carruaje, miro hacia la multitud. Se me hace un nudo en el estómago al ver a mi hermana, tiesa como un palo. Tiene los puños apretados a los costados y la mandíbula tensa. Las gotas de lluvia resbalan por su cara, mezclándose con la rabia de sus ojos. Sus ojos se encuentran con los míos y, por un instante, el mundo desaparece.


Me presenté a la selección para protegerla. O era ella o era yo. Nuestro padre lo dejó brutalmente claro. Su amenaza aún resuena en mi cabeza: «Si no vas tú, irá ella». No tuve opción. No podía permitir que la pusiera ahí arriba, expuesta y vulnerable.


Mi padre está detrás de ella, con el rostro serio como una piedra. Tiene la mandíbula apretada y los ojos ardiendo con una determinación implacable que me revuelve las tripas. Me sostiene la mirada sin pestañear. No hay arrepentimiento, solo la fría convicción de un hombre que cree haber tomado la decisión correcta. La traición me desgarra el pecho, un dolor agudo y frío que me quita el aliento.


A su lado, mi madre le agarra el brazo con fuerza. Tiene la cara pálida y los labios apretados, pero sus ojos... sus ojos lo atraviesan con todas las palabras que calla. Cuando me mira, su expresión se quiebra por un segundo. Mueve los labios diciendo algo, y aunque no puedo oírla por el ruido de la lluvia y de mi propio corazón, sé que es una súplica. «Sé fuerte».


Mi mejor amiga está en el borde del grupo, con las manos tapándose la boca. Le tiemblan los hombros y tiene los ojos rojos y brillantes. Niega con la cabeza, un movimiento pequeño y desesperado, como si intentara negar lo que está pasando.


Los soldados me tiran hacia delante y casi me tropiezo. Mantengo la cabeza alta, negándome a mirar atrás otra vez. El señor de los dragones me observa, con los ojos brillando bajo la capucha y una leve sonrisa burlona en los labios.


Él cree que ya ganó.


Aprieto la mandíbula, sosteniéndole la mirada. Puede que me haya elegido, pero estoy lejos de estar derrotada. Ya se enterará pronto.


La puerta del carruaje aparece ante mí, con su madera oscura resbaladiza por la lluvia. Me meten dentro de un empujón y el mundo exterior se vuelve borroso cuando la puerta se cierra de golpe. El corazón me late con fuerza, cada latido es un recordatorio de que voy a luchar contra él en todo momento.


El carruaje se pone en marcha, llevándome hacia lo desconocido.