CAPÍTULO 0. Cómo puerco
Damián.
Las muñecas me estaban ardiendo a más no poder, leves marcas rojizas se estaban haciendo visibles en ellas de tanto tratar de zafarse de los cinturones, varios jadeos de dolor salían de mi garganta. No orgulloso con mi poca posibilidad de salir, empecé a mover mis piernas; estas estaban más aferradas con lazos y se amarraban a las patas de la silla. Estaba amarrado cómo si fuera un puerco: de las manos, piernas, abdomen, cuello y por supuesto con la mordaza en la boca.
Me estaba sintiendo exhausto, podría jurar que habían pasado semanas de haber llegado a este lugar, pero solamente habían pasado un par de días. Mis ojos querían cerrarse, pero no, necesitaba verla, necesitaba saber que ella estaba aquí. Eché mi cabeza para atrás cómo pude y suspire pesadamente, me estaba volviendo loco.
Sonaron unos tacones al fondo, la sincronía de ellos era casi perfecta. La sentía acercarse más y más hasta quedar frente a mí y mirarme con esos ojos que irradiaban desprecio hacia mi persona. Su melena roja caía en leves ondas por sus hombros dándole una figura más superior y empoderada, en sus manos llevaba puesta una manopla de defensa.
—Una foto dura más, cielo —ríe con sorna—. Debo admitir que te ves excelente en esa posición. Tan débil, tan inferior. Cómo un simple gusano que puedo pisotear.
Traté de articular palabras, pero la tela en mi boca me lo estaba impidiendo. Ella seguía con esa sonrisa en los labios, su pecho se inflaba con grandeza y superioridad. Con cierto asco llevo sus manos hasta el nudo de la tela y me la quito para después tirarla al suelo.
—Podemos hacer esto de la manera más amable posible. —Acaricia mi mejilla—. No quiero dejar tu linda carita con marcas que quizá no puedas borrar o quitarte el último ojo que tienes, cielo.
—Me das asco, Vanessa —digo entre dientes. Su mano seguía en mi mejilla.
—No tanto cómo el que me das tú. —Jala mi cabello y se sienta a horcajadas sobre mi—. Cómo dije, ¿por las buenas o por las malas?
—Por las que me pone más dura la polla —contesto en un susurro desafiante.
El impacto de la manopla contra mi cara hizo escupir sangre por la boca. El sabor metálico inundó mi garganta haciéndome sonreír complacido. La mano que estaba en mi cabello jalo un poco más, claro que dolía, pero me gustan más los benditos resultados.
—Llévame a ellos, Damián. O pagarás las consecuencias.
Su voz sonaba tan furiosa, casi cómo un rugido, que me fue imposible no sentir pena por ella.
—Tan poderosa y tan estúpida —le respondo en el mismo tono—, ellos están aquí y de eso no te has dado cuenta.
—Hijo de…
Estaba a punto de darme otro puñetazo hasta que esa maldita voz que escucho todos los benditos días la detuvo.
—Lo necesito vivo para que me de información, Vanessa. No eres la única —la regaña en un tono firme y autoritario—. Y bájate de él, me da asco que mi mujer esté en las piernas de otro hombre.
Vanessa casi en un berrinche me suelta el cabello y se baja de mi regazo dejando ese frío entre mi cuerpo y el de ella.
—Hablaras, Damián —determina.
—Cómo gustes, André…