Capítulo Único
Sanji se apoyó sobre la baranda del Sunny, los dedos firmemente agarrados al metal mientras observaba en silencio el horizonte. La oscuridad envolvía al barco, y aunque el resto de la tripulación dormía tranquilamente, su mente estaba lejos de estar en paz y dormir como el resto. Las estrellas brillaban sobre el vasto océano iluminando brevemente la cubierta, pero ni su belleza ni su luz alcanzaban a iluminar la tempestad que había dentro de él. La lucha interna que se desataba dentro de el, era una que llevaba consigo desde hacía tiempo, una que intentaba acallar con cada sonrisa coqueta dirigida a cualquier mujer que cruzara su camino. Se engañaba a sí mismo pensando que ese papel que había jugado durante años era su yo real, pero por dentro, algo más se estaba gestando. Algo que lo carcomía, algo que lo hacía sentir culpable, incluso sucio. El origen de su tormento estaba a solo unos metros de él, durmiendo pacíficamente bajo las cubiertas. Usopp, con su piel cálida y morena, sus ojos grandes y esa voz suave que siempre encontraba una manera de sacarle una sonrisa, había hecho tambalear su mundo. Al principio, Sanji había intentado ignorarlo. "Es solo un compañero", se repetía. "Solo un amigo más". Pero con cada día que pasaba, algo dentro de él crecía. Un deseo incontrolable, uno que lo hacía sentir traicionado por su propio cuerpo y mente. En sus pensamientos más oscuros, Usopp ya no era simplemente compañero que siempre contaba historias exageradas para impresionar a todos. En esos momentos de debilidad, cuando Sanji se encontraba solo con sus pensamientos, Usopp se transformaba. Se volvía una figura de pura tentación, un súcubo que jugaba con su cordura. Lo veía en sus sueños, lo imaginaba cerca de él, demasiado cerca. Podía sentir su respiración cálida en su cuello, sus dedos rozando suavemente su piel, y eso lo volvía loco. Sanji apretó los dientes, cerrando los ojos con fuerza mientras una mano temblorosa se deslizaba hasta la botella de vino que había traído consigo. Tomó un sorbo, sintiendo cómo el líquido cálido quemaba su garganta, pero ni siquiera el alcohol podía calmar la tormenta dentro de él. "Es repugnante", pensaba con amargura. "Todo esto es repugnante...yo soy repugnante". No podía, no debía desear a otro hombre. Había pasado toda su vida proclamando su devoción por las mujeres, dedicando su amor y afecto solo a ellas. Entonces, ¿cómo era posible que ahora, su corazón y su cuerpo traicionaran esos principios? Y sin embargo, la atracción que sentía por Usopp no era simplemente un capricho pasajero. Era más profunda, más insidiosa. Algo que no podía arrancarse de sí mismo, por más que lo intentara. Lo peor era que ni siquiera sabía cómo había comenzado. Quizás fue aquella vez, en Arabasta, cuando los chicos se bañaron juntos y lo vio completamente desnudo para el deleite de cualquiera. O tal vez fue un día común en la cocina, cuando sus ojos se encontraron brevemente con los de Usopp y, por un segundo, algo indescriptible pasó entre ellos. Esa pequeña chispa se había convertido en un incendio que consumía su alma, y Sanji estaba cada vez más cerca de ceder. "Es un ángel", se decía a sí mismo, como si eso lo ayudara a mantener la cordura. Un ángel caído del cielo, con una pureza que él jamás podría tocar sin corromper. Pero incluso esa visión angelical de Usopp no lograba contener su deseo. Cada vez que lo veía sonreír, cada vez que escuchaba su voz, algo dentro de él se agitaba, algo que lo empujaba a cruzar la línea entre la admiración y la lujuria. El vino no era suficiente. Nada lo era. Lentamente, como en una especie de trance, Sanji dejó que una de sus manos descendiera hasta su entrepierna. "No está bien", se dijo, pero sus dedos ya estaban rozando su erección vestida que se encontraba irradiando calor, buscando un alivio momentáneo que nunca llegaría por completo. Cerró los ojos, dejándose llevar por las imágenes que su mente le ofrecía: Usopp, tan cerca de él que podía oler su piel, podía sentir el calor que irradiaba de su cuerpo, podía sentir su desnudes, podía oír su voz jadeante llena de placer, lo oía gemir lleno de éxtasis. Con cada segundo que pasaba, con cada caricia que se brindaba lo único que pasaba por su mente era ver al chico abierto para el, exponiendo los más exquisito de su ser, quería marcar con su boca esa piel, sabía que sus deseos iban a lo obsceno pero era inevitable no querer follar su hermoso cuerpo. "Es un demonio", pensó con desesperación, "un súcubo que ha venido a consumir mi alma". Pero incluso en medio de esa fantasía, algo en su corazón no podía dejar de ver a Usopp como más que eso. No era solo deseo lo que sentía. No era solo lujuria lo que lo empujaba a ese borde. Había algo más, algo más profundo que lo ataba a él. Un anhelo de protegerlo, de cuidarlo, de amarlo de una manera que nunca había sentido por nadie más. Pero ese amor estaba teñido de culpa, de vergüenza. No podía aceptar lo que estaba sintiendo. No podía permitir que esos pensamientos tomaran control de su vida. Entonces, en el momento más vulnerable, cuando su respiración se había vuelto pesada, cuando su boca clamaba el nombre del mucha y su cuerpo respondía a esos impulsos incontrolables, una voz lo sacó de su trance. —¿Sanji? Su corazón se detuvo. La voz era inconfundible, tan suave y familiar. Usopp lo miraba desde la puerta, sus ojos grandes parpadeando con sorpresa. Sanji sintió cómo todo su mundo se derrumbaba en ese instante. Había sido descubierto. Su secreto, su vergüenza, su deseo más prohibido... todo estaba ahora a la vista. Sanji apartó la mano con rapidez, intentando recomponerse, pero su cuerpo no le respondía. El rubor en su rostro traicionaba cualquier intento de disimulo, y la expresión de Usopp era todo menos ingenua. El joven moreno no apartó la mirada, y aunque no dijo nada, la comprensión en sus ojos fue suficiente para hacer que Sanji deseara que el suelo se lo tragara. —Yo... Usopp, yo... —intentó balbucear alguna excusa, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Para su sorpresa, Usopp no se alejó ni mostró rechazo. En lugar de eso, una pequeña sonrisa, casi complice, apareció en su rostro. Dio un paso hacia atrás, como si estuviera esperando que Sanji lo siguiera. Era una invitación muda, una que Sanji no podía entender del todo. Su cuerpo temblaba, su mente luchaba por encontrar algún resquicio de control, pero todo era inútil. Sanji se encontraba atrapado en una encrucijada. Sabía que no debía seguir a Usopp, que todo esto estaba mal, que iba en contra de todo lo que alguna vez había creído. Pero al mismo tiempo, el deseo que lo consumía era demasiado fuerte. Cada fibra de su ser quería ceder, quería seguirlo hasta donde fuera que lo llevara, sin importar las consecuencias. Finalmente, dio un paso al frente, luego otro. Usopp lo observaba en silencio, su expresión era casi serena, como si supiera exactamente lo que estaba ocurriendo dentro de Sanji. Y tal vez lo sabía. Tal vez había visto el conflicto en los ojos del cocinero durante todo ese tiempo, y ahora lo estaba enfrentando directamente. Cuando finalmente estuvieron frente a frente, Sanji no pudo evitar alzar la mano y tocar el rostro de Usopp, su pulgar rozando suavemente su mejilla. Era tan suave, tan cálido, tan real. Usopp no apartó la mirada ni retrocedió. En lugar de eso, cerró los ojos por un momento, como si estuviera aceptando lo que vendría a continuación. Sanji estaba perdido. En ese momento, ya no podía distinguir si Usopp era el ángel que siempre había imaginado o el súcubo que lo había atormentado en sus sueños. Tal vez era ambos, tal vez era ninguno. Pero lo único que sabía con certeza era que lo deseaba, más que a nada en el mundo. Y esa noche, bajo la luz pálida de la luna, Sanji finalmente se permitió caer, sin reservas, en los brazos de su más profundo anhelo.