Donde Habita El Recuerdo || SP BUNNY

Sinopsis

Después de tres años y medio, Leopold Stotch regresa a South Park para terminar su último año de universidad. Durante su estancia en el extranjero, ha experimentado transformaciones profundas que lo han llevado a descubrir partes de sí mismo que nunca imaginó. A lo largo de esos años, ha cultivado amistades inolvidables, explorado su identidad y se ha enfrentado a los desafíos de crecer lejos de casa. Ahora, al regresar a su ciudad natal, el pasado y el presente se entrelazan, obligándolo a confrontar viejas heridas, reconciliarse con sus raíces y encontrar su lugar en un mundo que ya no siente del todo suyo. Entre el peso de las expectativas familiares y sus propios deseos de libertad, Leopold deberá tomar decisiones que cambiarán el rumbo de su vida para siempre. En su camino, descubrirá que el amor, la amistad y la identidad son mucho más complejos de lo que alguna vez creyó, pero también más hermosos de lo que jamás pudo imaginar. ESTE ES UN LIBRO CONMIGO ILUSTRACIONES HECHAS POR MÍ. ✨

Genero:
Romance/Other
Autor/a:
La Salisme
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo I

El joven rubio sostenía un libro con delicadeza, mientras su pierna se cruzaba elegantemente sobre la otra, moviéndose sutilmente al ritmo de la música que emanaba de sus auriculares.


Llevaba casi dos horas en el taxi que había tomado en el aeropuerto, pero el tráfico no le afectaba. Sabía que sus padres no se preocuparían si llegaba tarde; nunca lo habían hecho, así que, ¿por qué lo harían ahora?


El chico regresaba del extranjero, después de haber conseguido una beca para estudiar en el TEC de Monterrey. Amaba profundamente México.

Recordaba claramente el día en que eligió dónde estudiar. Entre todas las universidades de Estados Unidos y Europa, decidió ir a una en Latinoamérica. Sus padres no estuvieron de acuerdo al principio, pero con el tiempo aceptaron su decisión, sobre todo porque él destacaba en ese país. Sus logros académicos lo hicieron conocido, y en ocasiones, sus padres recibían entrevistas donde les hacían preguntas superficiales sobre su hijo.


Sonrió suavemente al recordar su estancia en México. Todo allí era diferente a lo que conocía en su pequeño pueblo natal. Hizo amigos que se convirtieron en parte esencial de su vida, y allí también descubrió algo nuevo sobre sí mismo: su atracción por los hombres. Aquella curiosidad que siempre había sentido de pequeño; bi-curiosidad. Como le llamaba él.


Aunque se dio cuenta de que las burlas y el acoso podían seguirlo a cualquier rincón del mundo, su estancia y experiencia en México fue la más feliz y enriquecedora de su vida. Aprendió a valorarse, a expresar sus pensamientos sin miedo, y a confiar en sí mismo. En las fiestas, se permitía disfrutar libremente, lejos de las restricciones de sus padres. Sin duda, siempre estaría agradecido con sus amigos por haberle ayudado a descubrir la mejor versión de sí mismo.


Durante el resto del viaje, una pregunta lo atormentaba: si mostraba a sus padres la nueva versión de sí mismo, ¿tendría problemas? Esperaba que no, pero conocía a sus padres, sabia que enloquecerían por verlo tan cambiado.


El taxi se detuvo frente a su hogar. El chico pagó al conductor, bajó del coche y sacó las maletas de la cajuela. Con una sonrisa agradeció al taxista antes de acercarse a la puerta de su casa. Tocó el timbre con cierta inquietud.


Una mujer abrió la puerta, y al verlo, quedó atónita. Lo miró de arriba a abajo, incrédula, antes de llevar una mano al corazón. —¿Butters, eres tú, cariño?


—Ya estoy de vuelta, mamá —respondió él. Su voz había cambiado, ahora sonaba más profunda, más madura, pero conservaba la gentileza que siempre lo había caracterizado.


Sin poder contenerse, su madre se abalanzó sobre él, abrazándolo con fuerza mientras lágrimas rodaban por su rostro. —Oh, hijito, te he extrañado tanto, tanto.


El muchacho la envolvió en un abrazo cálido, acariciando suavemente su cabeza. —Yo también te he extrañado, mamá.


La relación entre ellos había sido buena, y de no ser por su padre, podría haber sido excelente. Tras un emotivo reencuentro, ambos entraron a la casa, donde el mencionado los esperaba. Para su sorpresa, su padre estaba en el suelo jugando con un niño pequeño, de unos dos años de edad.


—Butters, hijo mío —dijo su padre con una sonrisa—, ¡mira lo grande que estás!


—Gracias... —el muchacho de ojos azules miró al niño, esperando una explicación.


—Ven, acércate —dijo su padre—. Quiero presentarte a tu hermano.


—Se llama Justin, ¿verdad que es lindo? —añadió su madre, con los ojos brillando de ilusión.


—Parece que aprovecharon bien mi ausencia —bromeó, soltando una carcajada que sorprendió a sus padres—. Es un niño precioso, felicitaciones a ambos.

Pero en su interior, una idea lo carcomía: ¿Era esa la razón por la que no había recibido ninguna llamada de ellos en toda su estancia fuera del país?

Estaba en lo cierto; sus padres habían volcado toda su atención en el pequeño Justin. La verdad era que ese hijo había sido planeado, a diferencia de él. Y esa era la razón por la que lo habían tratado con tanta frialdad en su infancia.

El enojo crecía dentro de él al ver cómo sus padres consentían a su hermano, dándole todas las libertades que a él siempre le habían negado. Sí, de niño había recibido cariño, pero también había sentido el rigor y la dureza de sus padres, lo que lo llevó a desarrollar ansiedad, estrés y una doble personalidad.

Después de terminar de comer, colocó los cubiertos con cuidado, se limpió la boca y se puso de pie, intentando mantener la calma.


—Bien, me retiro. Nos vemos el próximo sábado —dijo Butters mientras tomaba su abrigo y sus maletas.


—¿Ya te vas? —preguntó su madre, con la cuchara de comida a medio camino hacia la boca del bebé.


“Espera, hijo, cuéntanos cómo te fue en la universidad”.

Butters había deseado, incluso anhelado, escuchar esas palabras de sus padres, pero no ocurrió.


—Está nevando, ¿quieres que te lleve? —comentó su padre mientras cargaba al chiquillo en sus brazos.


—No hace falta, puedo cuidarme solo —respondió Butters mientras tomaba una sombrilla del perchero y salía al exterior. Mientras caminaba, murmuró en español: —Maldita sea.


Su destino era un hotel, donde planeaba quedarse hasta que las vacaciones de la universidad en South Park terminaran, estaban en diciembre así que las vacaciones serian largas, y por ende, tendría que gastar mucho dinero en el alojamiento.


¿Sería así toda la temporada? ¿Solitaria y sin atención por parte de sus padres?


Leopold estaba soltero. Su última relación había terminado hacía apenas diez meses con una duración de dos años. Su ex pareja, un chico muy atractivo, de cabellera negra y larga, hasta los hombros. Era un hombre gentil y caballeroso, pero el amor entre ellos simplemente se había extinguido. Entre ellos no hubo infidelidades; solo una silenciosa despedida.


Absorto en estas reflexiones, el trayecto al hotel se le hizo corto. Cerró el paraguas al llegar y entró en el vestíbulo, donde la recepcionista lo saludó con una sonrisa cálida.

Tuvo suerte de conseguir una habitación en el penúltimo piso, lo cual lo emocionó al saber que tendría una excelente vista de la ciudad de South Park. Al entrar, acomodó su maleta, sacó su ordenador portátil y lo dejó listo para usar después de darse una ducha con agua caliente. Con su bata en la mano y calzoncillos nuevos, se dirigió al baño. Ya desnudo, comenzó a cantar mientras el agua lo envolvía. Su cuerpo también había cambiado; tenía músculos más definidos y mejor condición física, gracias a su exnovio que lo había motivado a ir al gimnasio. Aunque ahora, sin su compañía, solo iba tres veces por semana. Ya no aumentaba el peso de las mancuernas ni se ponía nuevos retos; solo quería mantener su figura.


Después del baño, se puso los calzoncillos y la bata sin cerrarla. Se sentó frente a la computadora y comenzó a revisar la bolsa de valores. Las criptomonedas, los NFTs y la inversión se habían convertido en su nueva pasión, y cuando hablaba de estos temas, su personalidad cambiaba. Se volvía más seguro y extrovertido, dispuesto a convencer a cualquiera que fuera necesario. Después de dos horas de trabajo, cerró el ordenador y se estiró. Se acercó a la ventana para observar la ciudad, ahora envuelta en la oscuridad y el frío de la noche. Se dejó llevar por sus pensamientos durante unos minutos, antes de decidir que era hora de dormir.


A la mañana siguiente, movido por la curiosidad, decidió ir a la cafetería Tweek, con la esperanza de encontrarse con algún viejo compañero de secundaria.


Se vistió con un pantalón beige, una sudadera marrón y un abrigo de tono más oscuro, completando el conjunto con unos tenis blancos, una bolsa cruzada y una gorra a juego.

Marina, su amiga experta en moda, le había enseñado bien, y ahora el jovén rubio sabía cómo vestirse con estilo.


Al entrar en la cafetería, la campanita sobre la puerta anunció su llegada. Se acercó al mostrador, donde un joven de cabello rubio, largo y atado en una media coleta, lo recibió con una sonrisa profesional.


—Buenos días, ¿qué te gustaría ordenar? —le preguntó el joven, con una mirada que sugería que había algo familiar en el muchacho.


—Buenos días. Un café solo, sin azúcar, mediano, y una rebanada de pastel de chocolate, por favor —respondió Butters con cortesía, observando cómo el joven lo miraba fijamente, como si tratara de reconocerlo.


—Claro, enseguida te lo preparo —respondió el chico, alejándose para cumplir con la orden, mientras él se quedaba solo en el mostrador, revisando su celular.


Unos minutos después, la campanita volvió a sonar cuando otro cliente entró en la cafetería.


—Buenos días —saludó el recién llegado, acercándose al mostrador con una sonrisa.


—Buenos días, Stan, ¿lo de siempre? —respondió el empleado, ya familiarizado con su pedido.


—Sí, por favor —respondió, mientras echaba un vistazo rápido al lugar.


—Enseguida te hago entrega de tu pedido—dijo el empleado, dándose la vuelta para comenzar a preparar la orden.


Butters levantó la mirada al escuchar el nombre y bajó su celular. —¿Stan Marsh? —preguntó con curiosidad, observando al recién llegado.


Stan se giró, frunciendo el ceño mientras lo examinaba de arriba a abajo, sin disimulo. Luego, fijó la vista en sus ojos. —¿Te conozco? —dijo con una mezcla de sospecha y curiosidad.


Él muchacho de cabellera rubia soltó una leve risa al ver la expresión del azabache. —Soy Leopold Stotch... Bueno, Butters, para los amigos y no amigos —respondió con una sonrisa amigable, disfrutando del desconcierto del contrario.


Los ojos de Stan se abrieron con sorpresa. Se acercó al muchacho, fijándose en una cicatriz en su ojo, que le recordó a ese día en particular. —¡Mierda, Butters! —exclamó, sonriendo ampliamente mientras su voz subía de volumen, llamando la atención de todos en el local. —¡Cuánto tiempo, amigo! —dijo, abrazándolo con entusiasmo y chocando las manos con él. —¿Cuándo llegaste?


—Ayer... —empezó a decir, pero fue interrumpido por el empleado que llegaba con su pedido.


—¿Butters? ¿De verdad eres tú? —preguntó el joven rubio, con una mezcla de sorpresa y emoción en la voz.


—Ese mismo —respondió con una sonrisa antes de fijar la mirada en él. —Espera... ¿Tweek? —dijo, sorprendido. —¡Mierda, cómo no me di cuenta!


—¡Cuánto tiempo! Te ves genial —dijo Tweek, acercándose a Butters para darle un abrazo corto pero afectuoso.


—Gracias, tú también te ves bien. ¿Dejaste el café? —preguntó Butters, notando un cambio en su viejo amigo.


—Sí, Craig me ayudó mucho a dejarlo —respondió Tweek, asintiendo con una sonrisa.


Stan se inclinó hacia Butters y susurró con tono cómplice. —Esos dos son novios.


—¿En serio? ¡Me alegra mucho oírlo! —dijo Butters, con una sonrisa sincera dirigida a Tweek.


—Gracias —dijo, volviendo a preparar el pedido de Stan mientras seguía atento a la conversación.


—¿Entonces llegaste ayer? —preguntó Stan, volviendo a enfocarse en su amigo.


—Sí. Pensaba pasar las navidades en México, pero volví porque pensé, ingenuamente, que mis padres me echarían de menos... pero ya veo que no —dijo Butters, soltando una risa amarga mientras sacudía la cabeza.


—¿Por el bebé, no? —preguntó Stan con empatía.


—Puede ser... pero ya me da igual —respondió, encogiéndose de hombros.


—¿Y dónde te estás alojando? —preguntó Stan, cambiando de tema.


—En el hotel que está a la vuelta de aquí —respondió Butters, señalando con la cabeza hacia el exterior.


Stan frunció el ceño, preocupado. —Ten cuidado con ese hotel, amigo. Es conocido por robos discretos.


—¡No me digas eso! —dijo Butters, sorprendido.


—Lo que dice Stan es cierto, lo digo por experiencia propia —añadió Tweek, entregándole el pedido a Stan con una expresión seria.


—Gracias, hermano —dijo Stan, tomando la caja con su pedido dentro y pagando en efectivo antes de mirar de nuevo a Butters.


El joven Leopold suspiró, preocupado. —Supongo que tendré que buscar otro lugar... —dijo, más para sí mismo. No quería gastar sus ahorros destinados para una casa, al menos no para ese país, pero parecía que no tendría otra opción.


Stan, notando su inquietud, le dio una palmada en el hombro. —Si quieres, puedes quedarte en mi casa —ofreció con una sonrisa tranquilizadora, antes de darle una gran mordida a su donut.


El joven Stotch lo miró, dudando. —No estoy seguro... —dijo con cautela, temeroso de ser una molestia.


—Vivo solo, así que no tienes que preocuparte por molestar a nadie —dijo Stan, tomando un sorbo de su café con calma—. Solo te advierto que en las mañanas hay algo de ruido, pero nada grave.


Butters lo miró con una mezcla de duda y agradecimiento. —¿Estás seguro? —preguntó, tratando de confirmar la invitación.


—Por supuesto, amigo. Si no estuviera seguro, no te lo habría ofrecido —respondió con una sonrisa tranquila, dándole una palmada en el hombro.


Butters, sintiendo alivio, sonrió. —Está bien, gracias, Stan. De verdad.


Terminaron de beber y comer, y después de despedirse de Tweek con una cálida sonrisa, ambos se dirigieron hacia la casa de Stan. Era una casa de tamaño mediano, perfecta para una persona, con un garaje en la entrada.


—Hermosa casa, Stan —comentó Butters, observando los detalles, desde las luces cálidas hasta la decoración minimalista.


Stan soltó una ligera risa. —¿De verdad lo crees? —preguntó, sin darle mucha importancia—. Supongo que tengo buen gusto para la decoración —bromeó, mientras el ambiente entre ambos se volvía cada vez más relajado. —Ven, sígueme. Te mostraré tu habitación.


Mientras subían las escaleras, Butters no pudo evitar la curiosidad. —¿Y cómo están los demás? —preguntó, recordando a los amigos que compartían tantas memorias de su juventud.


—Bien, aunque la universidad nos ha mantenido separados —respondió Stan con una sonrisa algo nostálgica—. Pero de vez en cuando nos reunimos en mi casa… o en la que nos apetezca. —Soltó una carcajada ligera, recordando aquellas reuniones esporádicas.


El rubio de menor esatru esbozó una sonrisa, aunque una leve tristeza se asomó en su mirada. —Qué bueno que sigan en contacto —dijo, pensando en lo fácil que es perder esos vínculos a medida que las vidas cambian.


Stan lo miró de reojo, notando el cambio en el tono de su voz, y con un aire casual, comentó: —De hecho, esta noche tendremos una fiesta. Los chicos vendrán, y por supuesto, estás invitado.


Butters sintió un nudo en el estómago, su mente comenzó a dar vueltas, buscando excusas para no ir. —Gracias —murmuró, intentando sonar convincente. En el fondo, estaba nervioso, pues sabía que volvería a ver a alguien especial. A esa persona que había dejado huella en su corazón.