¿Existe un dios?

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

"¿Existe un dios?" es una novela donde narra la historia de un investigador que esta en búsqueda de recuperar la memoria, volviendo al único lugar donde se acuerda esperando asi, encontrar una explicación de los sucesos de el y su pueblo que al parecer algo esta jugando con ellos... Espero que lo disfrutes, como yo disfruto haciéndolo

Genero:
Horror/Thriller
Autor/a:
blue devil
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1- ¿Soy yo?

En la noche más oscura, bajo el cielo más borroso, desde los inicios del tiempo, los investigadores eran respetados por su gran intelecto. Pero yo creo que ese respeto era más bien miedo en sus principios. Porque, ¿qué podría ser más aterrador que una persona capaz de descubrir al asesino de una niña con solo un mechón de cabello? Ese tipo de habilidades son impresionantes, sí, pero también despiertan un terror profundo. Aunque, curiosamente, parece que yo doy más miedo que ellos. Ahora mismo estoy atrapado entre cuatro paredes, no para resolver un crimen, sino para enfrentar un interrogatorio. Y todo por algo de lo que me acusan falsamente.

Mientras espero en mi celda, veo cómo los carceleros pasan frente a mí, caminando libres y ajenos a mi situación. Es curioso cómo su libertad, algo tan cotidiano para ellos, se vuelve casi una burla para alguien como yo, encerrado en esta jaula de concreto. Cada paso que dan parece resonar como un eco, como si quisieran hacerme sentir aún más prisionero. Mi mente, que antes era una herramienta aguda y precisa, ahora se pierde en pensamientos oscuros, repasando cada error, cada decisión equivocada que podría haberme traído hasta aquí.

De repente, una voz ronca y cargada de desprecio me arranca de mis pensamientos.

—Dale, pibe, no me hagas perder el tiempo... ¡Vamos arriba, que es tu turno! A ver si te ponés las pilas de una vez, ¿o te tengo que enseñar cómo se hace?—.

Miro al oficial, un tipo obeso con la cara sudada, que me observa con una mezcla de asco y aburrimiento. La puerta de mi celda se abre con un chirrido metálico, y sin ofrecer resistencia, me levanto. No tiene sentido oponerme. Hacer un escándalo ahora solo empeoraría las cosas, y sé que en este lugar, cualquier excusa es buena para que te den una paliza.

Me empuja por el pasillo, y mientras avanzo, paso frente a celdas llenas de personas. No sé si son inocentes o culpables, pero sé que todos, al menos en apariencia, son humanos. Y entonces me asalta una duda perturbadora: ¿acaso soy igual que ellos? ¿Otro criminal más, atrapado en una jaula por las decisiones que tomé o, peor aún, por las decisiones que no tomé?

—Che, ¿qué tanto mirás? ¡A caminar, pelotudo!—.

El oficial me suelta una agresión verbal que viene acompañada de un golpe en las costillas con la tonfa. El dolor es agudo, pero lo peor no es el golpe en sí, sino la sensación de impotencia. Me doy cuenta de que incluso los cerdos con un mínimo de poder pueden ser peligrosos. Me repito a mí mismo que no importa, que cumpliré con lo que me piden, porque sé que resistirme solo empeoraría la situación. Podría costarme la vida si me resigno.

Mis pies se arrastran por el frío suelo mientras nos acercamos a la sala de interrogatorios. Las paredes grises parecen encogerse a mi alrededor, y el aire, cargado de un hedor a sudor y desesperanza, me ahoga lentamente. Paso frente a más policías, desnutridos y con rostros cansados, que me miran con desprecio. Para ellos, ya soy culpable. Mi condena no la decidirá un juez, la decidieron sus miradas.

“¿Qué hago aquí?”pienso, pero no lo digo en voz alta. Siento que la respuesta sería ignorada, igual que las otras preguntas que flotan en mi cabeza. Me obligan a sentarme en una silla de metal que parece haber estado allí por siglos. Alrededor de mí, varios policías armados me observan, como si fuera un animal salvaje que podría atacar en cualquier momento. Delante de mí se sienta un hombre, probablemente de más alto rango. Su rostro no inspira confianza, y sé que no está aquí para hacer amigos. Me preparo para lo que viene.

—¿Qué hago aq...?empiezo a preguntar, pero soy interrumpido por un golpe en la mesa.

—¡Aquí las preguntas las hago yo!—grita el hombre, acomodándose el pelo con un gesto exagerado, como si estuviera actuando frente a un público. La arrogancia que emana es palpable.

—Bueno, a ver—murmura, mientras revisa lo que parecen ser mis documentos.—Luciano Figueroa, hombre de 30 años... estás demacrado, ¿eh?—. Su tono es burlón, casi infantil.

—Supongo—respondo con frialdad, intentando no darle el placer de ver que me afecta.

—Inculpado por... Bueno, eso no importa—dice, pasando de página en mis documentos sin siquiera leer en detalle.

Lo miro, desconcertado.—¿Cómo que no importa?—pregunto, incapaz de entender su actitud.

—No te trajimos aquí por el crimen que cometiste. Sé que sos investigador y que llevás un tiempo en esto. Tengo un caso para vos—, dice, inclinándose un poco hacia mí.

La sorpresa me toma por un segundo, pero pronto recupero la compostura.—¿Y qué gano a cambio?—pregunto, sabiendo que no tienen nada para ofrecerme que no esté buscando.

Él sonríe, una sonrisa predecible, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde el principio.—Fácil. Serás libre. Además, no tendrás ningún cargo. Claro, si sos capaz—. Su tono se vuelve casi paternalista, como si me estuviera dando un regalo, pero su mirada es fría y calculadora.

—Está bien, pero con una condición—, respondo, tomando la iniciativa.

El hombre me mira, visiblemente sorprendido. No esperaba que pusiera condiciones.—¿Qué condición?—pregunta, su tono más tenso.

Señalo el arma que guarda en su funda. El tipo asiente, comprensivo.

—¡Llévenlo a su celda! Mañana lo llevaremos al centro de resguardo y empezará su investigación. ¿Entendido?—.

Los policías a su alrededor se ajustan las chaquetas y responden al unísono:—¡Sí, señor!—.Me levantan bruscamente, zarandeándome de manera innecesaria. No sé si intentan intimidarme o simplemente disfrutan de la violencia.

El oficial obeso que me trajo interviene, riéndose con una voz burlona.—Déjenmelo a mí—,dice, agarrándome del brazo con fuerza y empujándome hacia mi celda. Antes de entrar, me tira al suelo sin esfuerzo, y cierro los ojos por un momento, sintiendo cómo la suciedad del suelo se mezcla con mi piel.