Capítulo 1
Estaba jugando en mi cuarto, era la guerra y el bando verde tenía las armas mientras el azul eran seres que se transformaban en animales.
Puse un soldado con la camiseta verde en una especie de trinchera que creé con un viejo pantalón y cambié a uno, con la camiseta azul, por un gigantesco tigre.
—Base, base, de bravo 187 “ggggh”. –Me llevé un cuadrado de cartón a la boca mientras hablaba.
Esa caja, que para mí era como un walkie, era la forma de comunicarse de los soldados verdes con su base de operaciones y funcionaba con la magia que generaban a través de su propio núcleo de poder.
No pude responder para saber qué quería el Bravo 187 porque escuché los pasos tan característicos de mi madre por el pasillo, donde el pie derecho parecía hacer más ruido que el izquierdo y que era capaz de distinguir desde hacía años.
Dejé los juguetes en medio de aquella guerra improvisada, los tapé con una sábana para esconderlo de la vista de mi madre y corrí para meterme en la cama.
—¡Sam! Hace una hora que deberías estar dormido, ¿Qué te tengo dicho?
—Se juega de día y se duerme de noche, pero mamá, me aburría y no me has contado un cuento para que me duerma.
Tenía la esperanza, como todas las noches, que si le suplicaba por una historia, me concedería mi capricho y me dedicaría un poco de su tiempo.
—¡Ya eres mayor para cuentos!
—¡Tengo ocho años, además nunca se es mayor para una buena historia! —-Le sonreí para ver si se ablandaba y no me echaba la bronca.
Mi madre me clavó sus profundos ojos oscuros. Sacudió la cabeza y sus rizos negros cubrieron, por unos segundos, su redondeada cara. Al final suspiró y se encogió de hombros.
Se acercó más a la cama, me tapó con la manta y me preguntó, dándose por vencida:
—¿Qué historia quieres escuchar?
Sonreí de oreja a oreja, después de semanas pidiendo un cuento, por fin lo había conseguido. Hoy no tendría que colarme, cómo siempre, en el antiguo despacho de mi padre para leer a escondidas.
—¡Una de soldados y guerras, donde aparezcan hombres bestias!
—Que así sea.
Observé a mi madre mientras llevaba un rizado mechón detrás de su oreja, se rascaba el mentón con un dedo mientras pensaba y soltaba un “veamos” mientras miraba al techo en busca de inspiración.
Estaba impaciente por escuchar lo que me fuera a contar, por lo que intenté sentarme, pero ella me volvió a acostar y entrecerró los ojos levantando un dedo.
—Primer aviso, ya sabes que pasará si llego al tres.
Esa era su regla, siempre que hacía algo mal me decía lo mismo y si llegaba al tres, me castigaba o dejaba de estar conmigo, dependiendo de lo que estuviéramos haciendo.
En este caso, dejaría de contarme la historia y me quedaría solo y a oscuras en la habitación. Si se me ocurriese levantarme después de eso, no quiero ni pensar en las consecuencias.
—¡Lo tengo!. Hubo una vez, hace mucho tiempo, en el que las bestias intentaron relacionarse con los humanos, pero les dio miedo por su aterrador aspecto.
—Si, si, sí. Las bestias se camuflaron como si fueran humanos. Al final no se podían distinguir a las bestias de las personas y ambos juntaron su sangre creando híbridos, lo que hoy se conocería cómo hombres-bestias.
–¿Cómo es que este niño sabe algo cómo esto sí nunca se lo conté? —preguntó en un tono acusador.
¡Ups! Era una historia que leí de un libro del despacho de papá, pero tenía prohibido entrar y no podía decirle la verdad.
—Me lo contó Galandra –Dije lo primero que se me ocurrió.
Ella era una chica un año mayor que yo, vivía en una casita al otro lado del bosque y, cuando nos aburríamos y no teníamos nada que hacer, nos buscábamos en el bosque para jugar con espadas de madera o contarnos historias.
No parecía muy convencida, pero lo dejó pasar y siguió con la historia.
—Bueno, veamos… Los hombres-bestias ocultaron su identidad, pero cuando perdían el control, se transformaban en animales tras una gran explosión. Así, el Rey Patriarcus, temiendo que destruyeran el reino o se lo arrebataran, inició una guerra contra las bestias para que no pudieran seguir teniendo un linaje.
—¿Y cómo sabía el Rey dónde se encontraban las bestias? —pregunté, curioso.
—Porque tenía a un soldado infiltrado entre las bestias y sabía su localización exacta.
—¿Y las bestias no lo descubrieron? Me refiero a que no tenemos el mismo olor ni la misma forma de andar. No nos parecemos en nada —En mi vida había visto una porque era una simple historia, pero si eran animales gigantes me parecía algo obvio
—Sammy, eres el único que distingue a las personas por sus pasos. Pero es mi historia, deja de hacer preguntas o no avanzaremos.
Bajé la cabeza, fingiendo arrepentirme por haberla interrumpido. En verdad no lo hacía, ¿Qué interés hay en un cuento si no me explicas por qué pasan las cosas?
Por ejemplo, ¿Por qué las bestias, teniendo un gran olfato, no pudieron oler a un humano? ¿Por qué el Rey mandó acabar con las bestias y no con los hombres-bestias? Pero son preguntas que no podía hacer porque ella se cabrearía.
En ese sentido, echo de menos a papá. Él si me dejaba hacer preguntas y las contestaba todas siempre con una sonrisa.
Mi madre, que no dejó de mirarme, parecía satisfecha con mi actuación y continuó como si nunca la hubiera interrumpido:
—Después de años en guerra y tras la pérdida de miles de vidas, el Rey creó una tropa especial, donde entrenaba, desde niños, a sus mejores hombres. Al principio solo era para la lucha contra las bestias, pero al ver de lo que eran capaces una vez preparados, decidió establecer varias tropas y, a la mejor, la asignó como su guardia personal.
—No lo entiendo, ¿Cuánto tiempo entrenaban? ¿Cómo sabían que estaban listos? ¿A qué edad los empezaban a inscribir en la academia? ¿Cuántos…?
—¿Y tú cómo sabes que era en una academia? —Me cortó.
Otra vez me equivoqué con la pregunta. Pensé que se iba a enfadar, pero me sonrió, era tan cálida y llena de amor que me quedé sin palabras. Le devolví la sonrisa y dije:
—Galandra me habló de ella, me dijo que espera entrar cuando cumpla los 10 años.
—¿Ha despertado su núcleo? —Preguntó confundida.
—Si, aún no controla la magia, pero es capaz de manejar el agua aunque no haya ni una gota cerca. ¿Mamá, solo se puede manejar un poder cuando se despierta?
—La gran mayoría de personas sí, pero algunos pueden manejar dos elementos y, en muy raras ocasiones, tres.
—¿Qué elementos existen? —Estaba emocionado, era la primera vez que me hablaba sobre la magia.
—Los más comunes son los elementales, es decir, agua, fuego, tierra y viento. Luego están los derivados como luz, madera, metal y, por último, los psíquicos, es decir, los que afectan a otras personas como curación o…
—¿Y la oscuridad? —La interrumpí intrigado después de saber que existía la luz.
—Cariño, nadie puede controlar la oscuridad.
—Pero si existe la luz, ¿Por qué no la oscuridad?
Me parecía tan extraño que, una magia que había leído en el despacho de papá, no pudiera usarse, que se me escapó la pregunta.
Mamá parecía cansada de la conversación, quizás porque ella nunca despertó su núcleo o porque, en verdad, no sabía nada y no podía darme una respuesta.
—No lo sé. Puede que no sea un poder para los humanos, a fin de cuentas, para usar la magia tienes que rodearte de ella. No creo que una persona pueda sobrevivir siempre en la oscuridad, terminaría volviéndose loco o se convertiría en un ermitaño que se aleje de la ciudad.
—Yo creo que sería un poder increíble y sería muy poderoso en las batallas, ya que podría manejar las sombras de todo el mundo.
—Claro, claro —Me dio la razón cómo si yo no supiese lo que decía.
Iba a decirle más teorías sobre la magia de sombras, pero empezó a hacerme cosquillas. Cuando las lágrimas se deslizaron a causa de la risa, se detuvo y terminó su historia, cómo si nunca nos hubiéramos desviado del tema.
—En la academia, que se encontraba muy alta, en un trozo de tierra que flotaba gracias a la magia, se hacían pruebas para ver si los niños podían despertar su núcleo mágico o, si ya lo habían hecho, averiguar qué elemento podían controlar y si tenían aptitudes para la lucha. De esa manera, entrenaban hasta los dieciocho años o hasta que los profesores consideraban que estaban listos y se unían a las tropas especiales para cumplir las órdenes del Rey.
Abrí la boca para preguntar sobre el tipo de pruebas que realizaban, pero levantó una mano, me abrazó fuerte, volvió a taparme, me dio un beso en la frente y dijo, mientras se levantaba de la cama:
—Nada de preguntas. Duérmete, mañana será un día muy largo.
Me moví en la cama, estaba tentado de levantarme y volver a jugar, pero sabía que, si me volvía a encontrar fuera de la cama, me castigaría durante semanas.
Mi madre me despertó muy temprano, justo cuando el gallo empezó a cantar. Me quejé porque apenas salía el sol y, aun así, terminé fuera de mi cuarto mientras arrastraba los pies.
Todas las mañanas hacíamos lo mismo, desayunábamos, recogía los huevos de las gallinas, les ponía de comer a los animales, regaba las plantas de la parte delantera y comíamos.
Por las tardes cambiaba la rutina, a veces arreglábamos la cerca o poníamos trampas en el bosque, casi siempre me enseñaba a empuñar una espada, debo decir que es la mejor peleando y nunca he conseguido vencerla aunque la última vez, me quedé muy cerca.
También me enseñaba técnicas de meditación para poder despertar el núcleo, sin embargo, solo consigo visualizar el entorno, cómo si caminara por la zona, pero yo no me moviera del sitio. Es algo extraño que disfruto porque puedo observar a los animales sin que se asusten.
Hoy tocaba arreglar el huerto, el de detrás de nuestra pequeña casa de madera. Llevaba un cubo metálico lleno de agua en las manos cuando una explosión se escuchó en el bosque y los pájaros huyeron del refugio que le daban los árboles.
Me giré hacia mi madre, parecía preocupada y estaba pálida. Me intentó mandar a casa, pero me negué. No pensaba dejarla sola sin saber qué pasaba.
—¡Samael, te he dicho que vayas a casa y te escondas!. ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?
Sus manos temblaban y parecía suplicarme con la mirada que me fuera, era la primera vez que la veía así desde que esos hombres se llevaron a papá a la fuerza.
Empecé a respirar muy rápido, la vista se me nubló por un segundo y el corazón quería salir del pecho.
Dejé caer el cubo mientras las lágrimas salían de mis ojos y corrí a esconderme en la trampilla de seguridad, la que se encontraba debajo de la alfombra de piel de oso que había en el comedor.
No sabía lo que ocurría fuera, escuchaba los gritos de mi madre, sin embargo, no entendía qué decía. Los gritos cesaron, un rugido ensordecedor junto con otra explosión y un calor sofocante. Después solo se escuchó el crepitar del fuego.
Iba a salir de mi escondite cuando escuché las pisadas de una persona fuerte sobre mi cabeza. Se me erizaron los pelos del brazo y me tapé la boca con las manos para no gritar.
Nunca había escuchado esos pasos, pero el retumbar y el ruido que hacían, como si unas largas uñas arañasen el suelo, no parecían ser humanos.
Estaba aterrado, escuchaba como tiraba los muebles y buscaba algo mientras gruñía.
El humo comenzó a descender, me picaban los ojos y la garganta, las piernas me temblaban y fallaron en aguantar mi peso por lo que caí de rodillas.
Por suerte, esa cosa no escuchó el golpe, ya que seguía tirando cosas y, para colmo, no sabía donde estaba mi madre.
Escuché un grito espeluznante sobre mi cabeza y los pasos se alejaron a toda prisa. Intenté levantarme del suelo, pero no podía moverme, me dolía el pecho y, encima, el techo se prendió en llamas.
El calor abrasador del fuego se acercaba más a mí y empecé a toser mientras apretaba el puño contra el corazón. Cada vez me costaba más respirar.
Volví a escuchar pisadas, eran más ligeras e iban con prisas, esas si eran humanas. Me pareció escuchar un ruido metálico, pero el crepitar del fuego me ensordecía.
—¡AYUDAA! —Grité con todas mis fuerzas, rezando para que me encontraran.
Los pasos se detuvieron e intenté volver a gritar, pero no podía respirar. El humo me ahogaba, el cuerpo temblaba, los ojos se cerraban y sentía la piel arder.
Si tan solo hubiera despertado mi núcleo, podría apagar las llamas o salir de aquí. Las lágrimas inundaban mi rostro e intenté tragar el miedo que sentía, pero tenía la garganta tan seca y acartonada que era imposible.
Intenté volver a gritar, pero la voz no me salía y empecé a toser más fuerte. Dolía, parecía que tenía la garganta en carne viva y un ligero olor a pollo quemado me invadió.
Las llamas se me acercaban, me asfixiaba con el calor y creo que empezaba a tener visiones porque, entre las llamas, en las sombras de un rincón, apareció una figura alta y encapuchada. Su capa ondeaba como las alas de un cuervo mientras avanzaba hacia mí.
La parca venía a recogerme, o eso creía hasta que vi su piel tatuada con runas que brillaban en un tono azulado, al igual que sus ojos.
Movió su mano y un círculo, del mismo color que las runas de su cuerpo, apareció en el aire y apagó las llamas que amenazaban con reducirme a cenizas.
Tosí mientras intentaba agarrarme de la capa de esa persona. Las runas desaparecieron de su cuerpo y el silencio y la oscuridad volvieron.
—¿Quién eres? —Conseguí preguntar con una voz ronca que no parecía mía.
No distinguía nada a mi alrededor, todo me daba vueltas, los ojos me picaban y no podía dejar de llorar.
—Lyra, de la tropa especial de nuestro Rey.
¿Tropa especial? ¿No se supone que mi madre se inventó todo? ¿No eran libros de fantasía lo que mi padre guardaba en su despacho? ¿De verdad existen los hombres-bestias?
No era momento de pensar en eso, había algo importante que tenía que preguntar, pero mi cabeza parecía volar y apenas podía centrarme.
Estaba cansado, sentía náuseas y no podía mantener el equilibrio. ¡Menos mal que estaba de rodillas en el suelo!
Noté cómo mi cuerpo se iba hacia adelante, pero no podía moverme y mucho menos mantener el equilibrio, por lo que terminé en el suelo. Se me cerraban los ojos y solo me dio tiempo a preguntar, antes de perder la conciencia.
–¿Mamá?