Helena
“En estos días, tenemos divas entrevistando divas en la televisión, remedos de las sobras de los magnánimos literatos en los periódicos o las redes sociales, y gamborimbos de pedos de locutores en la radio. Todos con más aires que nubes de grandeza y cada uno tan sumergido en su egocentrismo narcisista, que matan por ser los protagonistas, haciendo a un lado lo auténticamente imprescindible y verdaderamente relevante: la noticia.
Son ficheras en las piernas del reconocimiento social, pero olvidan que la nota hace al periodista y no viceversa. Son nada sin una estrella o una nota importante. Colapsan. Ahora son artistas con arcilla perfectamente moldeable, pero… ¿qué harían si sólo tuvieran escombro? Sus manos se tapizarían de callos enormes por escarbar sólo un poco. Sin embargo, habemos algunos con manos gruesas y calludas dispuestos a formar esculturas que la gran mayoría repudia, donde sólo miran basura; algo tedioso, fatigante y aburrido. Profano e inmundo”.
Helena observa el anaquel, atarragado de historias, conversaciones, anécdotas y polvo. Ahí reposa, calmo y pedante, el premio recibido, que es el túnel al pasadizo de los recuerdos. Inmediatamente, la caja de pandora se abre. La mente comienza a desangrarse, escurriéndose por las paredes de la memoria y dejando costras de la infancia por doquier. Es entonces que todo comienza a tomar color, una tonalidad más clara.
Érase una vez el Honorable Centro Universitario de Periodismo Independiente, la C.U.P.I., en el centro de la gran metrópoli, donde se fincaban las bases de los sueños citadinos esperanzadores de los profesionistas en los medios de comunicación desde mediados de los cincuentas, cuando el periodismo era visto como una actividad sin un valor académico real, como una profesión para ineptos e inaptos; algo que cualquiera sin estudios podría hacer.
Para ese tiempo, un avivado Marcos Sertán tenía la idea de elaborar un plan que preparara a la futura generación de reporteros y comunicadores que realmente estuvieran comprometidos con desempeñarse en una carrera que requería gente preparada académicamente y, con una persona tan inteligente y con un amplio espectro de conocimiento en el mundo del periodismo, no sería un inicio complicado, en lo absoluto. Decidió crear una muy modesta Escuela de Estudios Profesionales en Periodismo, pero decidió cambiarle el nombre un par de años más tarde.
Un par de años posteriores, Gonzalo Velarde tomaría la idea para crear la suya. También con una gran experiencia en el tema, impuso su propia metodología con la que, creía, los jóvenes debían educarse para ser unos verdaderos profesionales. Creyó irrelevante e innecesario hacer una asociación con sus compañeros y, en cambio, prefirió rodearse con figuras políticas importantes que aportaran impulso económico, y maestros comunes a los cuáles sólo les otorgaría un plan de estudios que debían seguir al pie de la letra.
Jugada muy inteligente, a medias. Pronto, la ayuda para crear laboratorios que tuvieran equipo necesario para prácticas profesionales, con herramientas dignas para tal propósito, llegó sin contratiempos. Los maestros cobrarían mucho menos que personas jubiladas o aún activas en televisión, radio o prensa escrita. Con el tiempo, juntaría a este personal altamente calificado para formar parte del personal docente y junta directiva. Una vez, claro. que se tendiera el colchón en la base.
Mientras, el programa bracero permitía a los mexicanos cruzar a Estados Unidos para trabajar en el campo y recibir un buen trato y una paga considerable. Sí, durante un tiempo, los gringos no sólo nos permitían cruzar a sus tierras, sino que nos lo solicitaban. Con esto queda claro que a nuestra patria primero le hicieron el amor y después la violaron. Somos unos hijos de la doble chingada.
En esta oleada marrón, Don Eleusebio Narciso vivió por un tiempo tranquilo. El sueño americano cobraba mucho sentido y podía ver, muy a través de sus poros canelísticos, una piel clara al verse en el espejo. No fue sino hasta una tarde, en marzo de 1965, que unos sardos estadunidenses, les llamaba él, lo condujeron hasta la frontera. De ahí, regresaría a su natal Morelitos, en Michoacán. Trabajaría las tierras que había heredado de la revolución hasta el nacimiento de su hijo, Telésforo.
Éste seguiría los pasos de su padre y se casaría con María, una muchacha de Ciudad Hidalgo, para engendrar a su primogénito, al cuál bautizarían como Josué. Gracias al proceso de cambio en el registro civil, el apellido quedaría como Hernández. La tierra continuó trabajándose como había continuado siendo, hasta entonces. El legado parecía seguir, repitiendo el ciclo por la tercera generación de los Narciso/Hernández. Pero el destino parecía tener planes distintos.
Con poca actividad, como lo previó Gonzalo, la inversión no sería recuperada inmediatamente y, gracias a la ayuda de sus compadres, pudo mantenerse sin problemas y sin presiones para regresarla sin intereses. Sólo pedían un favor a cambio, una minúscula condición, un pequeño pago no económico. Asegurarse de que el periodismo debía inclinarse ligeramente en favor de las personas a cargo en los puestos gubernamentales, hacerles ver a los receptores de noticias que se apoya a los M.M.C. (Medios de Comunicación Masivos).
Pero los años pasaron, y la gente comenzó a ver en el periodismo una oportunidad. Para los escritores, ya no tenían que estudiar Filosofía y letras para salir desempleados; los fotógrafos también vieron el chance de no quedarse en lo meramente artístico; muchas personas curiosas observaron en el chisme una profesión (que, claro, tiene su chiste). Así, ya por los ochenta, la Licenciatura en Periodismo tenía su respeto ganado de a poco.
Helena apenas nacía. Su padre, Octavio Mar Quezada era un respetado novelista, ensayista y periodista de la época, en la que los intelectuales tenían opiniones coherentes en la política. Evidentemente, ella ya tenía una mórbida mochila para cargar desde la infancia. Debía convertirse en heredera del bolígrafo, y superar las expectativas que él y todo el mundo tenían en ella. Menudos huelecolas villamelones del declive de la literatura.
Helena asistía a la escuela con la presión de ser la mejor de su clase, porque… ¿cómo la hija de un pilar de la literatura mexicana podía ser superada por un pelmazo mediocre cualquiera? Pensarían los demás. Comenzó a aborrecer el colegio, le parecía una almorrana infectada justo entre el ano y el recto. Creaba una novela sólo para no ir a clases, y la creatividad perenne florecía en el acto. Pero debía cumplir con las notas a como diera lugar. Encontró la manera de compensar apatía con trabajo arduo. Curiosamente, lo lograba y, para final del último año de la primaria, lo dominó. Sí, logró imponerse el título de creativa antisocial.
Los noventa llegaron con una serie de problemáticas consigo. Un famoso economista llegó a la Presidencia de la República Mexicana, pero ella ni sabía, ni le importaba, la política en ese momento. La presión por convertirse en la hija perfecta, señalada por todos debido a la carga de su apellido, provocó queel desinterés comenzara a enraizar sus pensamientos. Ni siquiera estaba interesada en escribir; prefería las matemáticas, aún cuando todas las expresiones numerológicas le provocaban náuseas y repulsión.
¿Estudiar? La consideraba una inocua mamada inservible en el momento. Quería comerse el mundo a exorbitantes mordidas, pero le faltaba hocico; se atragantaba como perro con un fémur. Buscaba otras actividades que no tuvieran relación con la escritura, la literatura o el periodismo. En realidad, comenzó a parecerle asqueante cualquier manifestación artística. Soltaba un enorme y pronunciado bostezo para que todos comprendieran su indiferencia.
1994. El peso se iba al caño, y una fórmula mágica para pendejos fue creada por el mago de la economía. Quitarle tres ceros a la moneda nacional le pareció curioso y agradable a 88 millones de mexicanos, y la euforia por los nuevos billetes y monedas cegó a toda la nación. ¡Qué exageración decir que un dólar estaba a tres mil pesos! Era tal la diferencia debida a nuestra crisis, que fue más fácil engañarnos a todos.
La niña decidió escapar de clase. Con un par de inadaptadas más, con las que haría una amistad extraña, iban como animales después de ser liberados tras años de cautiverio por las calles. En ocasiones, usaban los centavos que les daban para comer y entraban a las matinés de los cines, cambiando de sala una vez que terminaba la primera; y luego a la tercera, cuando la segunda terminaba. Momentos de fugaz felicidad que perduran en la eternidad de la memoria.
Los ratos de espera en el salón de orientación vocacional eran como pequeñas dosis de ácido clorhídrico carcomiendo venas, entrañas y caca. Sólo observaba un vejete mezquino que, tal vez, había dedicado su tiempo y esfuerzo para ser un docente notable en una buena universidad, preparando al futuro del país y, en cambio, la vida le había sumergido la cara en un retrete usado y sin jalar, otorgándole una habitación hedionda en una secundaria particular de poca monta.
Pero el desmadre no era el motivo de sus permanencias involuntarias en ese chiquero educativo. De hecho, aquellos mamporreros compañeros suyos aventaban gises, incluso borradores, al pizarrón y cerca del maestro. Pero ellos rara vez pisaron ese cuchitril, nadie los delataba y los educantes nunca los descubrieron. Ella, en cambio, chingándose por su bajo desempeño en las pruebas, estaba con su cara recargada en la mano, con el codo en el escritorio, escuchando sandeces con respecto a su futuro. Las mismas preguntas a las que pretendía poner atención. De vez en vez, observaba hacia el salón, donde se escuchaba el bullicio de los irreverentes aventando aviones de papel o cerbatanazos con los bolígrafos, mientras el timbre de cambio de clase sonaba.
—Espero que haya comprendido; el futuro no es un juego, jovencita Mar. De las decisiones que tome a partir de ahora, dependerá toda su vida.
—Sí, señor orientador vocacional. ¿Ya puedo irme?
El padre desató su energía sobre su churumbela, que se declaraba inocente de los cargos de bajo rendimiento en flagrancia. El castigo se haría inminente, llevando su delicado y regañado trasero a Palisades, en una casa que había adquirido el escritor como punto vacacional en las temporadas de descanso. Allá, él iniciaría una nueva etapa como escritor a distancia; ella, como estudiante extranjera.
Las maletas estaban hechas, la voluntad deshecha y la mente, vuelta una diarrea. No tenía algún tipo de apego al país de la tortilla, y no pretendía demostrar emoción alguna por regresar. México los regurgitaba, sin saber si algún día tendría que volverlos a tragar. Don Tavo escribía acerca de una nueva identidad de mexicanos creciendo más allá de las fronteras del lenguaje y la cultura propias. Las tomaban, enaltecían y deformaban, creando un folklore totalmente nuevo, curiosamente extraño de ver. Su libro se convertiría en el pináculo de su carrera como escritor.
Estudiando en una escuela bilingüe, el idioma no fue un obstáculo. Se desenvolvía con notable fluidez la mayoría del tiempo, aunque tropezaba de vez en cuando. Los pochos no tardaron en abordarla, reconociendo a su padre como el estandarte de su nueva cultura, aquél que los pondría en el mapa mundial, dejando de sentirse como la muñeca fea de la historia, escondiendo su identidad hasta antes del ensayo de Don Octavio. Sus amistades no fueron pocas ni comunes, todas parecían venerarla.
Esto fue determinante para Helena, que no dudó en retomar el sendero que su papá había dejado aplanado y listo para que ella no perdiera el rumbo. La literatura es una profesión tan noble, que los límites van más allá del cielo. La edad no es un impedimento; al contrario, la experiencia convierte al viejo en el mejor jugador; aunque hay excepciones a la regla. Ella quería probarlo y comenzó a asistir a reuniones literarias de escritura y lectura, tanto de asignaciones extracurriculares, como eventos amistosos en casa de compañeros.
Así, las tardes transcurrían entre marejadas de Christie, Wilde, Dickens y muchas otras olas de letras e ideas. Comenzando a pulir su propio estilo, dedicaba demasiado tiempo frente a un cuaderno con hojas tachoneadas, texto sobre texto, con una enorme claridad ante sus ojos, recordando las palabras de aquél carcamán, padre suyo. Aborrecía que tuviera la razón.
—La vida es un camino sin escape, sin salida. Es irremediable y, cuanto más intentemos escapar de ella, mayor será la atracción hacia nuestro inevitable destino. Si el tuyo es escribir, podrás intentar ser arquitecta, mesera, incluso física en partículas; inequívocamente terminarás convirtiéndote en una gran escritora.
Pero, como siempre, la idea huía de ella. Comenzaba a volverse experta en describir a una piedra desde diferentes puntos de la estética, si se lo proponía. Pero aún debía obtener una historia, algo interesante qué contar al mundo. El trabajo de un artista es hacer algo bello, y el de un ingeniero es volver algo funcional. Y una buena historia debe tener ambas. Una historia bien elaborada, deliciosa de leer; pero, al mismo tiempo, que sea buena, que tenga sentido y que aporte al conocimiento, general o específico. Sin una de ellas, se vuelve una historia bella pero hueca, o un simple libro informativo.
El ciclo escolar voló, y Don Tavo recibió una propuesta por parte del Gobierno Federal para pertenecer a la Secretaría de Cultura, con lo que podría devolver algo al país que lo había amamantado durante su vida y hacer mexicanos más cultos, desde su ingenua perspectiva. O, al menos, incomodaría a los altos mandos que intentaran boicotearlo en su camino. Y Helena no perdería el sentido de mexicanidad que comenzaba a desmoronarse de ella de a poco.
—¿Y ahora qué voy a hacer? Ya recuperaba el sentido de pertenencia, de amistad y socialización. No sólo eso, ya sentía gusto por escribir, lo que tú tanto querías. Ahora, tengo que volver a empezar, recoger todas las piezas rotas y volverlas a pegar. Sólo quiero que pienses eso mientras te regodeas con tus amigos políticos y celebras con alcohol hasta perderte.
El flirteo de Octavio con la bebida nunca fue secreto. No acostumbraba embriagarse en público, pero sus amistades del ámbito siempre lo mencionaron y, al igual que él, muchos escritores tuvieron el mismo problema. Esquivaba el tema con cualquier distractor ante Helena, y se regocijaba presumiendo el defecto, que se convertía en virtud ante los similares. Creía que le ayudaba a escribir, que sus sentimientos se hacían más evidentes, aunque menos claros, más torpes.
Llegaron a la Ciudad de México, aún Distrito Federal, mientras el economista en el poder le recibía con agrado. La gente estaba contenta de tener a un paisano tan reconocido en el mundo como figura literaria, y que pudiera formar parte de un gobierno que comenzaba a mostrar repudio, más que indiferencia, a la cultura y el conocimiento. Con esta estrella en su gabinete, la gente estaría motivada y distraída.