Capítulo I
Eran finales de marzo. La estación primaveral hacía su airosa aparición con el renacimiento de las flores y árboles parisinos que llenaban de color y vitalidad cada rincón en el que se levantaban, representando un nuevo comienzo luego del frío invierno que dejó atrás sus últimos vestigios.
En la noche el espectáculo botánico continuaba, siendo realzado por las constantes luces artificiales que daban fe del desarrollo urbanístico de la capital, con sus grandes edificaciones y monumentos a personajes históricos, así como los hogares pintorescos que le otorgaban un toque único de calidez.
—¡Demonios!
Caminando veloz por las grandes y ajetreadas calles, una joven se apresuraba para llegar al primer día de su nuevo trabajo. No podía darse el lujo de llegar a destiempo y causar una mala impresión, así que aceleró más el paso tras constatar la hora en el reloj y se escabulló entre la gente que circulaba a su alrededor.
Amelie Thauvin provenía de la ciudad de Lille, al norte de Francia. Hija de hacendados, se crio rodeada de grandes extensiones de terreno cultivadas con manzanas, peras, duraznos y albaricoques. Su padre, Hendrick, había continuado con la tradición de sus antepasados, quienes fueron los primeros agricultores en abastecer a todas las ciudades con sus productos de calidad.
Su infancia fue como la de cualquier otro niño. Junto a su hermana Dafne, asistió a la escuela y posteriormente al colegio, el más famoso de la localidad. Se desempeñaba regularmente en las materias, pero tenía un severo conflicto con todo lo relacionado a la Literatura, ya que desde muy pequeña odiaba leer. Era bastante peculiar porque, a pesar de los nulos hábitos en la lectura, tenía una caligrafía y ortografía impecables, dignas de un erudito o cualquier letrado que hubiera existido.
Ella estaba convencida de que nunca se llevaría bien con los libros, ni por medio de treguas temporales como alguna vez se planteó, pero no fue sino hasta llegar al último año de secundaria que todas sus perspectivas y creencias sufrieron un abrupto cambio.
Su profesor de Literatura le enseñó tanto a ella como a sus compañeros una faceta que nunca imaginó que aquella detestable materia tuviera. No era como lo que había aprendido (si se puede decir eso) en sus años anteriores, con lecturas de libros de mil páginas, resúmenes, textos de difícil comprensión y ensayos relacionados con la vida de algún escritor del que ni siquiera sabía su existencia. No. Todo era completamente diferente.
—Nuestra nación ha sido cuna de grandes escritores, dramaturgos y poetas —explicaba una vez su profesor—. Algunos de ellos no tuvieron la oportunidad de entrar a una escuela, pero eso no fue impedimento para que desarrollaran su talento y lograran escribir obras trascendentales.
Todo el curso escuchaba en silencio cada palabra, prestando atención hasta los más mínimos detalles.
—Sé muy bien que la mayoría de ustedes tiene una noción equivocada de lo que es la Literatura, e incluso la odian, pero déjenme decirles que no es nada de lo que han escuchado antes —dio unos pasos en el centro del círculo formado por los estudiantes, meditando—. La Literatura es comprender las maravillas que rodean el pensamiento humano; es dejar volar la imaginación, rompiendo las cadenas que nos tienen prisioneros en este mundo lleno de malos momentos; es manifestar lo que dicta en corazón y plasmarlo en cuentos, novelas o poemas. No se rige a leyes complicadas; simplemente es libre.
» ¿Cuántos de nosotros alguna vez nos planteamos escribir un libro? Sé que pueden pensar que es imposible o que es exclusivo para las personas que estudian Literatura, pero eso no es verdad. Solo necesitan que las alas de la imaginación se dejen impulsar por la inspiración. En cualquier momento y cualquier lugar pueden escribir y así mostrar al mundo de lo que son capaces, de la misma forma como lo hicieron nuestros compatriotas Molière, Julio Verne, Victor Hugo, Honoré de Balzar…
» Es cuestión de que vuelen como las águilas, sin dejar que la sociedad los encierre. Así es como funciona la vida, y solo con esa creencia podrán cumplir sus sueños sin mayores obstáculos.
Hasta ese punto en el colegio no había nadie que se llegara a ganar el respeto y el cariño de todos los estudiantes como lo hizo él. Transformó de una manera impresionante la mentalidad de los chicos y los llevó a replantearse mejor sus objetivos a futuro.
Para Amelie fue un cambio abismal. Admiraba cuánta pasión le ponía su profesor al momento de exponer sobre algunas obras icónicas nacionales y extranjeras, hablando como si tuviera años de experiencia a pesar de ser relativamente joven y despertando, en su caso particular, un gusto que jamás imaginó que existiría.
Fue así como comenzó, con suma dedicación, a crear sus propios poemas. Eran cortos, simples párrafos sin mucho que transmitir, pero poco a poco mejoró, guiándose en la composición de otros autores.
Intentó en su momento incursionar en la narrativa, pero la descartó casi enseguida al percatarse de que ese era un mundo que, si bien llegaba a ser fantástico, no le generaba tanta afinidad en cuanto a expresión como los versos.
La lectura se volvió una de sus actividades favoritas, e incluso llegó a pensar cuánto tiempo desperdició odiándola sin las suficientes razones.
Era maravilloso lo mucho que podía aprender con los relatos franceses y foráneos, pero, sin lugar a duda, su principal inspiración era el dramaturgo Federico García Lorca. Desde que leyó “Bodas de Sangre” quedó fascinada con la sutileza de sus palabras y la manera cómo formaba escenarios realistas en su mente.
Por supuesto el plus era sus poesías, verdaderas e inmaculadas obras de arte que la inspiraba a hacer las suyas propias.
Habría dado lo que fuera por conocerlo, pero las guerras se lo llevaron muy pronto. Aun así, la conservación de sus obras era una señal de su trascendencia en la Literatura mundial.
En fin, ya cuando faltaba menos de un mes para la graduación, les contó a sus padres y hermana los planes que tenía para su carrera universitaria.
Fue una decisión que, como era de esperarse, los sorprendió.
—¿Literatura? —repitió Hendrick, creyendo haber escuchado mal.
—Sí —afirmó.
—¿No que odiabas todo lo referente a eso? —preguntó Dafne, todavía desconcertada.
—Tú lo has dicho: “odiaba” —enfatizó la palabra—. Sé que les puede parecer algo radical, pero en este período escolar he aprendido muchas cosas y deseo seguir aprendiendo. Es más, ya he estado practicando —les tendió una hoja, en la cual estaba escrito un poema titulado “Corazón en llamas”.
Los tres lo leyeron lentamente, abriendo de vez en cuando los ojos desmesuradamente. Siendo sinceros, y al repasar una vez más el escrito, les resultaba bastante inusual e increíble que Amelie, quien siempre se quejaba por lo aburrida y estresante que era la asignatura, escribiera algo tan conmovedor.
¿Quién lo diría? Al parecer un don escondido comenzaba a florecer.
Hendrick y Dafne seguían intrigados con su decisión a pesar de tener una prueba válida en sus manos, pero su madre, Haydeé, estaba muy contenta y emocionada ya que le recordó cuando su abuela componía canciones para su abuelo.
Sí, quizá fuera algo repentino, pero si su hija estaba dispuesta a seguir esa carrera, no dudaría en apoyarla.
Los demás, poco a poco, fueron aceptando la situación, haciendo que Amelie se sintiera más segura y su determinación aumentara.
Dos semanas después rindió los últimos exámenes y presentó un proyecto. La graduación llegó a la semana siguiente y las celebraciones no se hicieron esperar tanto con sus compañeros como con la familia.
Amelie tenía todo listo para aplicar a una de las universidades públicas más importantes del país y así cumplir su sueño, pero dos sucesos, que llegaron raudos e inesperados como ráfagas de viento, la obligaron a posponer indefinidamente sus planes…
Luego de haber pasado las pruebas de ingreso, su madre cayó gravemente enferma con una afección a las vías respiratorias. Los médicos le recetaron algunos medicamentos costosos además de suministros de oxígeno, cosas que no fueron un problema para que Hendrick las comprara, pero esa relativa tranquilidad se vino abajo cuando una severa crisis económica golpeó a la nación y, de la mano, una plaga que afectó a los más importantes productores agrícolas.
Las actividades de siembra y cosecha se paralizaron, los cultivos se echaron a perder y con ello los recursos de la familia se vieron notablemente reducidos.
Hendrick hizo hasta lo imposible por encontrar una forma de sustento que le permitiera seguir costeando el tratamiento de su esposa, pero las opciones eran muy escasas.
Fue entonces que Amelie, al ver la delicada situación de su familia, decidió contribuir buscando un trabajo y renunciando momentáneamente a entrar a la universidad.
Tal acción dejó absortos a sus padres quienes, entendiendo lo que ello significaba para su futuro, le dijeron que no era necesario.
—Voy a hacerlo y punto —sentenció.
—Hija, no puedes sacrificar tu vida y carrera de esa forma —intentó Haydeé hacerle entrar en razón. En parte, se sentía culpable por aquella decisión.
—Mamá. Lo más importante para mí ahora es verte bien.
—Pero…
—No te preocupes por eso —sonrió para calmarla—. Además, ¿quién dice que no voy a estudiar? Trabajaré para ayudarte a ti con tus medicinas hasta que la situación económica se normalice y luego cumpliré mi sueño. Todavía tengo tiempo; no hace falta apresurarse.
Haydeé suspiró derrotada. Sabía que, si se le metía algo en la cabeza, era muy difícil hacerle cambiar de opinión.
Con el tema saldado, Amelie salió a buscar empleo. En un principio no fue fácil, pero no se dejó vencer y consiguió desempeñarse en distintos campos; una temporada trabajó como mesera en un café-bar, otra temporada como cajera en un supermercado, otra cuidando niños y así…
Fueron tres años muy duros en los que su padre luchó por levantarse desde cero, pero gracias al Cielo las cosas mejoraron.
Y ya con 22 años recién cumplidos fue que optó por mudarse a París y continuar trabajando para poder pagar sus estudios.
Su promesa todavía estaba intacta, y estaba dispuesta a todo para cumplirla.
Miró nuevamente el reloj: eran las 5:35 de la tarde.
Adelantó lo más que pudo el paso. El departamento que arrendaba no quedaba muy lejos de su trabajo (estaba a 4 cuadras al norte del distrito), pero como estaba tan concentrada arreglando sus cosas no sintió el tiempo pasar.
Para cuando se dio cuenta, faltaban quince minutos para la entrada.
Como alma que lleva el diablo, se alistó rápido y salió corriendo. No alcanzó a tomar el bus, por lo que no tuvo más remedio que ir trotando, esquivando a los transeúntes que regresaban a sus casas luego de una larga jornada.
La de ella recién iba a comenzar.
Faltando un minuto, llegó a las afueras del Grand Powers Hotel, considerado como uno de los más prestigiosos de la capital y el continente.
Sí, había conseguido una oportunidad de oro al empezar nuevas labores en un hotel 5 estrellas, cercano a maravillas arquitectónicas como la Torre Eiffel y los Campos Elíseos. Era un punto clave para el turismo.
Aspiró profundo y entró. Al instante quedó maravillada con la decoración de la sala de espera al lado izquierdo, y la recepción al lado derecho, pero casi enseguida sacudió la cabeza para concentrarse y se acercó a la recepcionista.
—Buenas tardes —llamó su atención—. Soy Amelie Thauvin y vengo por la plaza de trabajo.
—Amelie… oh —la recepcionista, una joven un par de años mayor a ella, se levantó—. Lo recuerdo. Recuerdo haber hablado contigo, aunque —miró el reloj que colgaba al frente— debiste haber llegado antes.
—Lo siento. Estaba arreglando otros asuntos y el tiempo voló sin darme cuenta.
—Bueno. Lo importante es que estás aquí —sonrió—. Ya sabes para la próxima.
En ese instante, saliendo de uno de los ascensores, apareció un hombre alto de cabello rubio y ojos azules. Era precisamente el gerente, quien saludó a Amelie y la invitó a que lo siguiera.
—Bienvenida, señorita. Espero que se sienta a gusto trabajando aquí.
—Estoy muy emocionada por empezar.
Llegaron a una puerta de madera luego de atravesar un pequeño jardín. El gerente tocó la puerta y giró el pomo. Se vislumbró una pequeña sala donde yacían otras personas con uniforme.
—Compañeros —dejó pasar a Amelie—. Reciban a nuestra nueva integrante de servicio: la señorita Thauvin.
Los presentes la miraron con curiosidad, e incluso algunos murmuraron algo ininteligible.
—Bien —el gerente se acercó a un estante, tomó un conjunto de prendas y se las tendió—. Aquí está tu uniforme. Ellos —señaló con los ojos a los demás— te enseñarán algunas cosas que debes saber.
—Sí, señor.
Él sonrió y abandonó la estancia, no sin antes mencionar un “Trátenla bien”.
Al encontrarse solos, se asentó una especie de silencio extraño, como si estuvieran a la espera de que algo sucediera.
—Eh… —Amelie miró a cada uno efímeramente. Se trataba de dos varones y tres mujeres—. Yo…
—¡Integrante nueva! —exclamó una joven con los brazos elevados y se le acercó. Enseguida toda la tensión —¿o no era así?— se dispersó—. ¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Amelie.
—Bienvenida —se levantó otra de las mujeres—. Lamento si te asustamos con nuestro silencio. Eso es como… una especie de ritual para con los nuevos —rio apenas.
—Aunque básicamente le seguimos la corriente a Keylor. Él fue quien lo inventó.
De a poco Amelie empezó a sentirse más a gusto en ese nuevo ambiente, donde cada uno de sus nuevos compañeros se presentó.
Yukio, la chica que la saludó primero, provenía de uno de los pueblos de Marsella aunque su ascendencia era mitad japonesa. Era muy alegre y siempre contagiaba a los otros con su actitud.
Tessy, la que le dio la bienvenida luego de Yukio, era oriunda de Lyon, aunque toda su vida vivió en París. Era muy amable y tenía mucha paciencia al momento de explicar cosas a los nuevos.
Admir, uno de los varones y el más callado, venía de una familia egipcia que se asentó primero en Suiza y luego se mudaron permanentemente a Francia. Tenía unos rasgos físicos muy finos y era muy responsable con sus deberes.
Agnel, la última de las mujeres, nació en España y poseía el carácter típico de las gitanas, pero sin llegar a ser extravagante. Junto a Yukio, siempre planeaban nuevas formas para divertirse y hacer del trabajo algo fuera de lo monótono.
Y por último Keylor. Nativo de París, era el que más años llevaba trabajando en aquel lujoso hotel. Su personalidad se compaginaba con cualquier tipo, y siempre estaba presto a ayudar a quien lo necesitara.
Cuando hubieron terminado, Amelie también les contó un poquito de su historia y de los motivos que la impulsaron a asentarse en la capital.
—Oh. Entonces aquí tenemos a una futura escritora y poetisa.
—Bueno, prefiero más los versos que la prosa.
—¿Hay alguna razón oculta? ¿Acaso alguien es tu inspiración? —preguntó Yukio.
—Pues… sí. Yo misma.
—Ay Amelie. No me refiero a eso.
—Lo sé. Y te digo la verdad; no tengo a alguien especial. Además, no lo necesito.
—Eso dices ahora. Ya veremos cuando lo encuentres.
—Bien, basta de charlas —aplaudió Tessy—. Es hora de empezar nuestro trabajo. Hasta Admir se adelantó y nosotros seguimos aquí.
Yukio quería seguir investigando a Amelie, pero acató la orden y se la llevó a un lugar para que pudiera cambiarse.
Ya con el uniforme puesto, Amelie se reunió con los demás y, luego de salir de la sala y mientras caminaba junto a ellos, Tessy le explicaba las cosas básicas para llevar a cabo un buen servicio para los clientes.
—Y no lo olvides. Siempre sonríe. Ese es nuestro lema.
Asintió y, de manera oficial, comenzó una nueva página de su vida en la Ciudad Luz, sin imaginarse que pronto esta, por azares del destino, se pondría patas arriba.
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Hola hola!
Bienvenid@s querid@s lectores a esta historia que al fin, luego de tanto tiempo, decidí subir a esta plataforma. Estoy muy contenta de poder compartirla con ustedes y espero que me acompañen hasta el final.
Besitos. Eri ❤