Cinco años después
Jezebel
—Jezebel, vuelve a la Tierra —escuché al fin, sacándome de mi fantasía. Miré a los ojos del hombre con el que había compartido mi vida los últimos cuatro años y no sentí más que frustración amarga, rabia y resentimiento. Estaba harta de fingir: de decirle a este hombre que lo amaba con cara de póker, de intentar ser la mujer que él quería que fuera, de escuchar a mi hija llamarlo papá y de su mediocre verga. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, y no sería sincera si dijera que no había noches en las que fantaseaba con rebanarle el cuello mientras dormía y acabar con todo.
—Perdón, ¿qué decías?
Adrian frunció los cachetes, molesto por mi falta de atención. Había muchas cosas que odiaba de él. Para empezar, era un King. Los únicos Kings por los que sentía algo eran Erik e Izabel; los demás podían irse al carajo. Segundo, era un mentiroso patológico.
Sé que soy la sartén diciendo que la olla es negra, pero él vino a mí con malas intenciones, así que lo que le espera es culpa suya.
Tercero, era controlador. Muy al principio de nuestra "relación", Adrian no dejaba de comentar sobre mi peso y que debería bajar "por salud". No había nada malo con mi peso. Claro, según esa tabla de BMI de pacotilla, técnicamente tenía sobrepeso, pero tenía buen tipo y a mi hombre le encantaba cada centímetro. Perdí los kilos. ¿Por qué? Porque tuve que hacer el papel de madre soltera desesperada, dispuesta a todo por la validación masculina.
Cuarto, era demasiado cariñoso.
¿Sabes lo que se siente que alguien a quien detestas quiera besarte, abrazarte y tener sexo contigo todo el tiempo? Eso me lleva al siguiente punto que me da asco de Adrian.
Quinto, le gustaba tener sexo… seguido. Vomité las primeras veces que lo hicimos. Era una mezcla de ansiedad, asco, culpa y vergüenza. Me aterraba quedarme embarazada de ese psicópata porque sabía que iría directo a la clínica de abortos a que me sacaran ese feto. Tomaba mis pastillas anticonceptivas como si fueran un ritual sagrado y las escondía de él, porque no me extrañaría que las tirara o las cambiara por placebos. En el último año, Adrian había empezado a mencionar lo de darle un hermanito o hermanita a Izabel. Usé mi nueva carrera como excusa y le dije que deberíamos esperar unos años más. Por ahora, eso lo calmó… pero solo por ahora.
Sexto, odiaba que le hubiera contado a Izabel sobre Erik y que él es su padre biológico, a quien algún día verá. Siempre se quejaba de que él había estado ahí para Izabel desde el principio, de que se sentía irrespetado, bla, bla, bla, y que Erik sería una mala influencia para nuestra hija y era peligroso, bla, bla, bla.
La mitad del tiempo ni sé lo que dice porque desconecto cuando empieza a inflar el pecho. Objetivamente, es un buen padre, pero es un simple sustituto y ni siquiera lo sabe.
Por último, odiaba a Adrian King porque reconocí el momento exacto en que se enamoró de mí. Me lo dijo una noche en la cama, después de "hacerme el amor". La ternura en sus ojos, llenos de vulnerabilidad, lo delató. Eso fue hace casi tres años, y solo verlo me hacía sentir como si tuviera hormigas en el paladar.
—Te pregunté cómo va el trabajo —repitió mientras cortaba su filete. Se rio cuando puse los ojos en blanco—. ¿Tan mal está?
—Aprobé el examen de la barra hace semanas, y el señor Brooks aún no me asigna un caso. Sigue tratándome como si fuera su asistente legal, y es frustrante —me quejé.
—Renuncia y vete a otro lado.
Resoplé ante la solución simplista de Adrian.
—No es tan fácil, Adrian. He trabajado en Brooks y Asociados durante toda la carrera y tengo buena relación con los socios y el personal. Sería un suicidio profesional cambiarme a otro bufete. Empezaría de cero, sin antigüedad, y tendría que volver a abrirme camino. Además, corro el riesgo de que me boicoteen, y dudo que el señor Brooks me dé una carta de recomendación brillante.
—No entiendo por qué quieres trabajar para ese cabrón.
—Ooooh, papá. Dijiste una grosería —señaló Izabel antes de sorber un fideo cremoso.
—Perdón, Izzy. No debí decir eso delante de ti —se disculpó Adrian.
—Está bien. Te perdono —murmuró ella mientras le limpiaba el salsa Alfredo de los labios.
—Gracias, Izabel. Por ser tan comprensiva, puedes pedir postre esta noche.
—¡Sí! —siseó.
—¿En serio, Adrian? ¿A esta hora y en día de escuela? Va a estar como un trompo.
Como su padre, Izabel era sensible a la cafeína y los dulces, y sabía que acostarla esa noche sería un suplicio.
—Tranquila, Jezebel. Un pedacito de pastel no la va a matar.
—Entonces te quedas despierto con ella.
—Con gusto. —Mi teléfono vibró sobre la mesa—. No lo contestes.
—Perdón —dije, levantándome—. Es del trabajo.
—Jezebel, estamos cenando en familia. El trabajo puede esperar.
Le sonreí con disculpa y me dirigí a la salida del restaurante.
—¿Diga?
—Jezebel, tenemos un problema.
Suspiré—. ¿Qué pasa, Frankie?
—Okupas.
—¡Mierda! —gruñí, clavando el tacón en el pavimento. Desde mi primera inversión, había comprado varias casas más para alquileres a largo plazo. Los okupas y los vándalos eran mi peor pesadilla.
Te juro que el mundo sería un lugar mejor sin ellos. Aquí estoy, tratando de construir un imperio, y ellos intentando robarme el dinero.
—¿Les ofreciste dinero para que se vayan?
—Les ofrecí cinco mil, pero no quieren irse.
—Ya veo. Sabes qué hacer.
—Sí, señora.
—Tengo que colgar. Manténme al tanto —dije antes de cortar. Volví a la mesa y encontré a Adrian e Izabel en plena conversación—. ¿Todo bien?
—No del todo. Izabel me dijo que aún la molestan en la escuela.
—Me dicen que soy un bicho raro, mami.
A veces… odio a los niños.
—Ignóralos, cariño. Solo tienen envidia. Mañana hablaré con tu maestra cuando te lleve.
Izabel asintió con determinación y apartó su plato cuando el mesero trajo los postres. Su tristeza por el acoso se esfumó en cuanto vio su porción de pastel de triple chocolate. A mí se me hizo agua la boca solo de mirarlo, pero hacía tiempo que había renunciado a la mayoría de los dulces. Le lancé una mirada asesina a la fruta con crema Chantilly que Adrian había pedido para mí.
—¿Emergencia en el trabajo?
—Algo así, pero se soluciona rápido. ¿Estás bien? —pregunté al notar que sudaba ligeramente desde que volví.
La última vez que lo vi así me pidió un bebé.
Ay, no, no, no, no.
Intenté mantener la cara de póker mientras Adrian se arrodillaba en medio del restaurante, pero seguro parecía que estaba a punto de cagarme de miedo.
—Jezebel, llevamos cuatro años juntos, y he tenido el placer no solo de amarte, sino de amar y ser padre de Izabel.
Esbocé una sonrisa mientras seguía con su discurso interminable. Lo único en lo que podía pensar era en la propuesta de Erik. No había nada romántico en cómo me acosó durante media hora, tratando de venderse como mi mejor —y única— opción. Los dos sabíamos que no era cierto, pero la Regla #1 para Mimar el Ego de Erik decía: Deja que Erik crea que ganó.
—¿Qué dices? —preguntó Adrian cuando por fin volví a prestarle atención.
La palabra "no" estaba en la punta de mi lengua cuando me di cuenta de que todos nos miraban. Una mujer se llevaba la mano al pecho, una pareja gay suspiraba por lo romántico, dulce y guapo que era Adrian, e Izabel me observaba con sus ojos desiguales. —Mami, ¿por qué tardas tanto? Di que sí.
Lo hizo a propósito, sabiendo que no lo rechazaría en público, y menos delante de Izabel. Da igual. Erik sale en tres días, y esto se acaba.
—Sí… me casaré contigo.