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Siempre maldeciré el momento en el que ese hijo de puta entró a mi vida.
Si Satanás existiera, tendría miedo de que ese chico muera, porque automáticamente le llegaría competencia.
Es un ser maquiavélico, embustero, hipócrita, envidioso y aprovechado, cegado por el poder y la fama.
No representó mayores inconvenientes cuando lo vi la primera vez tan educado, amable y mosca muerta, pero nada de eso pertenece a él.
Tiene un sinfín de máscaras que no duda en mostrar en la intimidad.
Te hace caer en su juego disimuladamente, y obtiene lo que le conviene de la misma manera.
Fue tan fácil para él envolverme, tomarme en sus manos y luego aplastarme.
Casi siento amarlo con la misma intensidad en la que lo odio.
Me agarró como un tesoro y me tiró como la peor basura de todas.
Y me quejo, pero ya no me quedan fuerzas para luchar contra él.
Detesto la idea de dejarlo ganar, pero su jugada fue tan fantástica que me dejó vulnerable, sin saber a dónde ir o a quién pedir ayuda.
Él es consciente de fue mi ruina, así como es consciente de que es mi única esperanza.
Pero los hijos de putas nunca cambian.
Y menos un hijo de puta de esa calaña.
Porque él no es un hijo de puta, es EL hijo de puta.
Tal vez esto sea lo último que escriba antes de amarrar una soga al techo y romperme el cuello.
—¿?