No huyas de mí, amor

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Sinopsis

Aquella noche todo cambió para ambos. Nathan Black era el soltero de oro de la ciudad del viento, Chicago, acosado por las hijas de las familias ricas y por las mujeres en general. ¿El problema? Debido a una mala experiencia, no soporta a éstas. Cuando una de las más insistentes le tiende una trampa y acaba en la cama con una completa desconocida, lucha con uñas y dientes para evitar un matrimonio sin amor. Diana quiso mantener un perfil bajo. Le acababan de romper el corazón, aunque no de manera intencional, y quería refugiarse en una ciudad nueva, con nuevos vecinos, nuevo trabajo y, sobre todo, evitar ser relacionada con su antiguo yo. Cuando le dieron la llave de su habitación, lo que menos podía imaginar es que el sistema se iba a romper y su tarjeta-llave sería una llave maestra. Para celebrar su llegada, decide beber en el bar, olvidando momentáneamente qué, su reacción al néctar de Baco, suele ser bastante escandalosa. Y cuando uno de los empleados la lleva a la habitación, confunde el número de habitación, llevandola precisamente donde Nathan acabará. Para cuando despierta, dandose cuenta que no es su habitación, huye. Pero el cabezón del abuelo de Nathan, quien quiere verle casado antes de que le llegue la hora, informado de que Nathan ha manchado la reputación de una joven, busca a la muchacha, encontrando a dos. Una impostora y la futura señora Black.

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En proceso
Capítulos:
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Había una vez...

Había una vez una joven talentosa en una familia rica, con una hermana igual de hermosa y talentosa que ella, y que adoraba a su hermana. Ambas hermanas eran tan hábiles en sus respectivos campos, que todos los jóvenes las trataban de enamorar y casarse con ellas.

Mientras la hermana mayor, Amanda, era una reconocida perfumista, adorada por su sector de la industria, reconocida mundialmente por crear los mejores perfumes y esencias más puras, y los mejores cosméticos.

Era alta, rubia, de ojos azules como los diamantes de ese color, brillantes y profundos, que enamoraban a todos sus pretendientes. Su largo cabello ondulado enmarcaba su piel blanca y sin imperfecciones, donde sus jugosos labios, su nariz perfecta y sus abrumadores ojos cautivaban la admiración masculina, cuando no estaban absortos en sus largas piernas de mujer de metro sesenta, su generoso busto o sus manos manicuradas.

Diana, a su lado, era una copia más joven, no menos encantadora, e igual de llamativa, aunque sus ojos eran esmeraldas brillantes en sus orbes y sus rasgos eran más de duende que de princesa. Además, su rubio cabello, del mismo tono de Amanda, rubio-fresa, era completamente liso, en lugar de ligeramente ondulado, siempre recogido en altas coletas, la rejuvenecía, dándole un toque aniñado.

Incluye a ello que era mucho más baja que su hermana, alcanzando a duras penas el metro y medio de altura, y se veían como versiones más jóvenes de su madre, Emily Jhonson, cuando las tres acudían a los eventos.

Esta vez, Diana deslucía junto a sus padres y su hermana, pero era porque estaba profundamente deprimida. Su cabello estaba apagado, había decidido vestir casualmente, en lugar de llevar un bonito vestido que realzase sus curvas, se había escondido tras sus gruesas gafas de dibujo, se había peinado con dos coletas, y su apariencia era la de una adolescente, más que la de una mujer de veintidós años.

La fiesta de compromiso estaba en pleno apogeo, con la crema y nata del país, los más ricos y poderosos, la mayoría de ellos clientes y socios de su padre, su hermana, su futuro cuñado Logan Heart, y ella. Los que la conocían bien, no estaban extrañados de su apariencia, pero para aquellos que nunca la habían visto, la miraban de lejos, con algo parecido al desprecio.

Y es que, a pesar de su belleza, su apariencia apagada y huraña, mantenía a todo el mundo alejado de ella. Por eso, estaba en el cenador, dibujando, cuando la pareja apareció, perturbando su paz y tranquilidad.

La pareja estaba discutiendo en voz baja, pero ella estaba demasiado cerca para no oírlos a pesar de que no la veían. Aunque claro, ella tampoco tenía muy claro quiénes eran, por culpa de las plantas que bordeaban el templete, que estaban en flor.

— Vamos, Nathan, sabes que te gusto. ¿Por qué no aceptas de una vez mi proposición? Ambas familias estarían muy contentas, y yo, feliz. — Aseguró la Morgana Adams, de veinticinco años, pero que, con las numerosas cirugías que se había hecho desde que tuvo edad para pasar por quirófano, aparentaba treinta, junto a Nathan Black, de treinta años, alto, moreno y de ojos azules, rasgos maduros y masculinos, que exudaba frialdad y desdén hacia la mujer a su lado.

Morgana era una reconocida socialité, con muchos exnovios a sus espaldas y más numerosos escándalos en el armario, pero Nathan no la rechazaba por ello, sino por ser sencillamente una mujer.

— Vamos, Nathan, sabes que no me meteré en tus asuntos. Puedes estar con todos los hombres que quieras, pero exijo el mismo trato. — Dijo, arrastrando una afilada y cuidada uña por la solapa de su chaqueta, levantándola levemente. — Tu secreto quedará bien oculto conmigo.

En ese momento, la frialdad de Nathan se rompió para empujar a Morgana lejos de ella, haciendo que esta, con su minivestido rojo coral de tubo, sus largos tacones y su melena castaña y rizada, acabaran en uno de los parterres lleno de geranios rojos, manchando la tela.

Mientras ella gritaba indignada y humillada, trataba de levantarse con poco éxito debido a la fragilidad de las flores, que habían amortiguado el golpe con el suelo. Sin tenderle la mano para ayudarla a levantarse, Nathan se colocó frente a ella y la bloqueó solo con la mirada.

— No te confundas, Morgana, no soy gay. Es solo que me dan asco las mujeres como tú, solo interesadas en el dinero y el estatus social. Antes, me casaría con una vagabunda que contigo. — Le aclaró, dándose la vuelta para alejarse. — Cuando decida casarme, serás la primera en recibir una invitación, solo por lo que disfrutaré viéndote rabiar.

Diana, que había reconocido la voz del inversionista en tecnología e innovación más joven y talentoso de la última década, creando no solo diamantes sintéticos a la carta para todo tipo de necesidades, sino también en el arte de la joyería, donde había llevado a sus empresas a ser pioneras en la impresión 3D de metales preciosos e incrustación de gemas por inyección.

Él era uno de sus ídolos, pero tenía fama de misógino y cruel y, para muestra, lo que acababa de ver. Estremecida por la rabia ante el maltrato a otra mujer y divertida por las precipitadas conclusiones de esta y su absurda propuesta, volvió a sentarse en el banco, para recuperar su cuaderno de dibujo.

~"Menos mal que nunca me crucé con él. Y yo que pensaba que, con mi amor no correspondido, estaba jodida... Pobre chica."~ Pensó, mientras miraba de nuevo el dibujo que había hecho de Logan Hart, el enamorado prometido de su hermana mayor. ~"Mejor me alejo de todo el drama, al menos hasta que pueda sobrellevar el dolor y no dañar a Amanda."~


Nathan sentía la ira arder en sus venas. Y no era porque confundieran su sexualidad, a eso ya estaba acostumbrado. No, el motivo de su ira es que había dejado que Morgana lo persiguiera y lo manosease.

Reconocía que tenía un problema serio, por supuesto. La misoginia era un rasgo que no era bien visto, sobre todo en una sociedad moderna, pero la culpable llevaba años muerta y enterrada. Ya no podía reclamarle nada.

Claro que, su psicólogo, le repetía que nadie era culpable en el fondo de lo que le había pasado. No era su culpa que su padre, demasiado ambicioso para su salud, se hubiera perdido los primeros seis años de su infancia trabajando como un burro, viajando a cualquier parte del mundo donde su jefe lo enviara a cualquier hora del día, trescientos sesenta y cinco días al año.

Tampoco que su madre falleciera en el parto por una embolia de líquido amniótico. Su madre sufrió una reacción alérgica tan grave tras darle a luz, que la mató antes de que los médicos pudieran hacer nada.

O que, a causa de la muerte de su única hija, su abuela, que ya era mayor, sufriera una demencia sin diagnosticar y lo maltratara continuamente desde que empezó a cuidarlo, es decir, desde que nació.

Nunca le hacía nada extremo, solo gritos y castigos sin motivo cuando era demasiado pequeño para huir, bofetadas y empujones a partir de los tres años y hasta los seis, cuando su padre, en una visita, la descubrió golpeándolo.

De ahí, pasó a las manos de niñeras, que no eran tan agresivas, pero sí descuidadas y demasiado interesadas en desfilar por la cama de su rico padre. Porque, para entonces, Jonathan Black ya era millonario.

Su última niñera precisamente sé había convertido en su madrastra, y como ya tenía edad para ir a una escuela, lo habían mandado a un internado masculino, con lo cual, no tuvo más trato con las féminas hasta que fue a la universidad.

Y aunque su madrastra gastaba el dinero tan rápido como su padre lo ganaba, su porte, su supuesto estatus de rico heredero y su inteligencia y su buena apariencia, le hicieron entrar en el mundo de los negocios y triunfar por sí mismo. Por lo que las mujeres, frívolas y avariciosas, ahora gravitaban alrededor de él como moscas alrededor de la miel. Suerte que las despreciaba a todas a esta altura.

¿Las únicas mujeres en su vida? Una gata que merodeaba a veces su jardín, propiedad de su mayordomo, y la hija de nueve años de su mejor amigo. Y eso era porque una era un animal y la otra era demasiado pequeña para ambicionar algo más que un dulce de vez en cuando.

Estaba hastiado de las mujeres, hastiado de la frivolidad y de la avaricia, se sentía enfermo solo con oler a una mujer, con sus pesados y densos perfumes o sus aún más apestosos maquillajes.

~"Debo encontrar una solución para que no sigan molestándome y vivir tranquilo."~ Pensó, regresando al grueso de la fiesta para despedirse de la pareja que se comprometía. ~"Quizá la idea de Morgana no es tan mala, solo que, definitivamente, nunca será ella. Si pudiera ser alguien como Sara, o como Misha, definitivamente, firmaba para casarme."

Pero encontrar a una mujer que no ambicionara su poder, su estatus y su dinero, era buscar una aguja en un pajar. Además, él jamás podría besarla o tocarla en público, con lo que debería estar de acuerdo con ello, y definitivamente, explicarle lo que le pasaba, le avergonzaría.

Observó a los novios desde lejos durante un par de minutos, mientras otro invitado los distraía. Ella era hermosa, de su edad, y aparentemente, muy dulce y agradable, no como las arpías que conocía. Aunque en apariencia, ninguna parecía lo que era realmente.

Cuando logró llamar la atención de Logan, su amigo y socio comercial, ella se había alejado con la excusa de encontrar a su hermana pequeña, lo que le produjo alivio.

— Hey, Nathan, ¿no viste a nadie interesante en la fiesta? — Preguntó su amigo, que desde que estaba felizmente enamorado, buscaba novias a todos sus amigos. — Hay algunas chicas bastante monas y que aún no están torcidas. — Le comentó, colocando el brazo por encima de sus hombros.

Nathan y Logan habían sido compañeros de habitación en el internado desde el año que Logan ingresó, a los quince. Ese año, aunque empezaron mal, porque no se entendían, acabaron compartiendo una profunda y sincera amistad, que duraba hasta ahora.

— No vi ningún clon de tu novia, lo siento. Solo me arriesgaría con alguien como tu Amanda, ya lo sabes. — Contestó Nathan, quien en las veces que había estado en presencia de la joven, no había sentido la repugnancia acostumbrada. Seguía sin aceptar su contacto, pero no rechazaba su compañía, como con otras, quizá porque el amor a Logan rezumaba de toda ella.

— ¿No viste entonces a mi cuñada? — Preguntó su amigo, mirando alrededor, buscándola. — Está enfurruñada porque le robo a su hermana. Es la versión duende de mi reina hada, te lo juro. La única diferencia entre ellas, aparte de la altura y la forma de la cara, es el color de sus ojos. Mientras los de Amanda son zafiros, los de Didi son verde esmeralda. ¡Ah, mira, allí está! — Le señaló la figura de una adolescente que se alejaba.

— Demasiado joven para mi gusto, Logan. Preferiría no cometer estupro, por muy bien intencionado que yo fuera o, aunque ella consienta mi presencia, gracias. — Le avisó, sonriendo con algo similar a la tristeza. — Me acerqué para despedirme, tío. He de tomar un vuelo a casa. Ya sabes que mi padre está enfermo y últimamente no soporta que me mantenga lejos. Despídeme de Amanda.

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