Capitulo uno
El despertador sonó a las 6:30, marcando el inicio de un nuevo día. Como siempre, me preparé rápidamente y me aseguré de que mi cámara estuviera lista. Cada día era una oportunidad para capturar algo único, y no iba a desperdiciarlo.
Antes de salir, mi teléfono vibró con un mensaje de Rai:
—¿Café antes de clase? Lada dice que llegarás tarde como siempre.
Sonreí al leerlo. Lada siempre tenía un comentario sarcástico, pero sabía que, en el fondo, era la más puntual de los tres. Al llegar a nuestra cafetería habitual, vi a Rai sentado junto a la ventana, ajustando el lente de su cámara. Me vio y me sacó una foto. Puse una cara graciosa, y él sonrió.
—Llegaste tarde —dijo Lada cuando me senté. Ella ya tenía su café en la mano, como si llevara horas esperando.
—Son tres minutos, exagerada —respondí, dejando mi cámara sobre la mesa.
Rai rió y negó con la cabeza.
—Siempre la misma discusión. Oigan, ¿qué opinan de mi idea? —nos mostró unas fotos que estaba editando en su computadora, pero apenas presté atención. Mi mente ya estaba en las fotos que iba a tomar ese día.
Después del café, cada uno siguió su camino. Lada siempre tenía alguna reunión, mientras Rai y yo nos dirigimos juntos al laboratorio fotográfico, comparando nuestras ideas, que a veces eran opuestas.
—¿Te acuerdas de las fotos de ayer? —me preguntó mientras caminábamos—. Creo que necesito otra sesión. No estoy convencido de cómo capturé la luz en esas tomas.
—Seguro que estás exagerando —respondí, sabiendo que Rai era su crítico más duro.
—¿Exagerando? Díselo tú a la profesora cuando me ponga esa cara de "esto podría ser mejor" —bromeó.
Ambos reímos, acostumbrados a esos momentos de autoexigencia, y seguimos caminando, listos para enfrentar otro día como estudiantes.
El laboratorio fotográfico estaba dividido en dos secciones: el oscuro cuarto de revelado, donde el olor a químicos y el sonido de las ampliadoras llenaban el espacio, y la zona luminosa, con computadoras y pantallas brillando mientras las imágenes se transformaban frente a nuestros ojos. Era un lugar que mezclaba la nostalgia del pasado con la rapidez de la tecnología moderna.
—Hoy voy a probar algo nuevo —dije mientras colocaba mi película en el tanque de revelado. Aunque las cámaras digitales me fascinaban, el proceso de revelar una foto a mano seguía siendo algo especial.
Rai asintió y se sentó frente a su computadora, editando las fotos del día anterior.
—Yo también. Pero a veces siento que no se puede comparar con la textura de una película.
—Es cierto —respondí, mientras observaba cómo la imagen comenzaba a aparecer lentamente en el papel. Había algo casi mágico en ese proceso, algo que la digitalización no podía replicar. Pero el reto de la edición digital también me llamaba.
La profesora llegó al salón y se acercó a mí.
—Eso te está quedando muy bien, Lawan. Me gusta que pruebes nuevos desafíos, porque revelar fotos de esta manera no es nada fácil. Te felicito.
Acepté su comentario con una sonrisa segura.
La profesora se paró enfrente y llamó la atención de todo el salón.
—Este semestre trabajarán en su proyecto final. Cada uno de ustedes deberá trabajar con un compañero de otra carrera —dijo con una sonrisa. No sabía con quién me emparejarían, pero cuando escuché que sería con una estudiante de gastronomía, me sorprendí. No solía trabajar con personas que no conocía bien, pero esta vez no tenía opción, ya que era el proyecto con el que me graduaría.
Al salir de clases, pensaba en que tenía que conocer a alguien nuevo, algo que para mí no era tan bueno, ya que me costaba socializar con gente nueva. Mientras caminaba hacia el estacionamiento, con la cabeza perdida en ideas para el proyecto, alguien chocó conmigo al girar en una esquina.
—¡Cuidado! —dijo una voz. Cuando levanté la vista, vi a una chica con un delantal salpicado de harina y hierbas. Tenía el cabello despeinado y un brillo de impaciencia en sus ojos—. Si no vas a mirar por donde caminas, al menos podrías ayudarme con esto.
Extendí los brazos para sostener la caja antes de que terminara en el suelo. Sentí el peso en mis manos mientras ella suspiraba, visiblemente aliviada.
—Gracias... supongo —murmuró, aunque parecía más irritada que agradecida.
—No hay de qué. Aunque, si planeabas un espectáculo con esto, creo que acabo de arruinarlo.
La chica, que era un poco más baja que yo, me lanzó una mirada mezcla de sorpresa y diversión.
—¿Y tú quién eres? ¿La crítica oficial de los tropiezos?
—Lawan —respondí medio sonriendo—. ¿Y tú? ¿La reina de los utensilios inestables?
Antes de que pudiera responder, la caja tambaleó un poco en mis manos, y uno de los frascos en la esquina dejó escapar un pequeño rastro de lo que parecía pimienta molida.
—¡Cuidado! —dijo ella, ajustándola rápidamente con las dos manos. Su delantal ahora tenía una nueva mancha que, honestamente, le daba un toque artístico.
—Perdón, no suelo manejar material inflamable —dije observando el contenido de la caja—. Aunque creo que esto podría ser letal si lo combinas mal.
Ella bufó y tomó la caja de vuelta con un movimiento ágil, aunque aún parecía tambalearse un poco.
—Tú... ¿no eres de fotografía? —preguntó de repente, frunciendo el ceño.
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—Porque nadie más llevaría una cámara colgando como si fuera una medalla olímpica.
Abrí la boca para responder algo ingenioso, pero antes de que pudiera, ella sonrió ligeramente.
—Mucho gusto, soy Akira —dijo, extendiendo su mano, que era un poco más pequeña que la mía.
—Soy Lawan —respondí, apretando su mano—. La que lleva colgada una medalla olímpica —bromeé.
—Bueno, Lawan, gracias por tu ayuda.
—No fue nada, Akira. Adiós.
Me alejé lentamente, hasta que escuché una voz agitada de lejos. Era Rai.
—Lawan, te estaba buscando —dijo, apoyándose en mi hombro.
—¿Corriste mucho? —pregunté mientras me reía.
—Lawan, la profesora me pidió que te buscara para hablar del proyecto.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Vamos.
Cuando llegué al salón, vi a Lada sentada con los brazos cruzados.
—¡Sorpresa!
—¿Tú qué haces aquí?
—Pasaba el rato. Ya terminé mis clases del día.
—¿Y la profesora?
—Era broma. No te despediste bien. Vamos a comer algo, sé que hoy trabajas más tarde.
—¿No puedes vivir sin mí? Iremos a comer, pero tú pagas.
—Vámonos —dijo Lada, mientras saltaba por el pasillo.
Llegamos al lugar de comida callejera al que íbamos cuando estábamos en secundaria. Teníamos muchos recuerdos allí: como cuando a Rai le rompieron el corazón o cuando a Lada se le declaró un chico mientras salía con una mujer. Mientras comíamos, observé a mis amigos y agradecí tenerlos. Son mi apoyo siempre. Mi cámara está llena de fotos con y de ellos en este lugar y en cualquier otro que estemos juntos.
Después de comer, Rai cumplió y pagó la cuenta.
—La próxima paga Lada.
—¡Hey! Le toca a Lawan.
Solo me reí. A veces parecían niños pequeños.
Luego de estar con ellos, me despedí y subí a mi coche, dirigiéndome al estudio fotográfico, donde trabajo con mi amiga y jefa, Sara. Gracias a ella aprendí muchas cosas. Trabajamos juntas desde hace tres años.
La forma en que nos conocimos siempre me hace reír. Era mi primer año como estudiante y, aunque mi presupuesto no era el mejor, me aventuré a un restaurante donde había una degustación de comida. Mi plan era sencillo: cenar algo decente sin arruinarme. Me senté cerca de una mesa ocupada por varias personas. Entre risas y conversaciones, una figura captó mi atención.
Era una mujer elegante, con el cabello recogido en un moño desordenado que parecía planeado. En su mano sostenía una copa de vino tinto, girándola suavemente como si intentara descifrar un acertijo. Su rostro tenía una mezcla de intriga y desconcierto, y por la manera en que miraba el vino, no tenía ni idea de qué estaba bebiendo.
La comida comenzó a llegar a su mesa, platos con nombres que parecían trabalenguas franceses. Todos los demás parecían disfrutar, pero ella mantenía ese aire de confusión encantadora. No pude evitar sonreír.
Finalmente, un hombre de traje elegante, probablemente el organizador del evento, se acercó con una gran sonrisa.
—¿Qué le parece el vino, señorita Sara? —preguntó.
—Está delicioso —respondió ella con una seguridad que no le creí.
—¿Sabe qué tipo es?
—¡Claro! —dijo, levantando la barbilla como si fuera una experta.
Yo ya llevaba rato observándola, y no pude evitar intervenir. Me incliné un poco desde mi mesa y, en voz baja, dije:
—Es un vino francés, se llama Veilleux Lays Appellation Control. Fue hecho en el año 1964.
Ella giró la cabeza hacia mí, sorprendida, pero sus ojos destellaban con algo más que curiosidad.
—¿Eso es cierto? —preguntó, mientras el hombre de traje se alejaba satisfecho con su respuesta anterior.
—Completamente falso —respondí con una sonrisa traviesa—. Solo quería ver si me seguía el juego.
Por un instante, su expresión fue de incredulidad. Pero luego estalló en carcajadas, y el sonido fue lo suficientemente contagioso como para que yo también empezara a reír.
—Bueno, al menos alguien aquí sabe divertirse —dijo, levantando su copa hacia mí.
Desde ese momento, Sara y yo compartimos algo más que risas. Esa noche fue el inicio de una amistad que, aunque inesperada, se sintió tan natural como respirar.
Al entrar al estudio, me dirigí a mi oficina. Éramos cinco personas trabajando allí. Saludé a todos y me senté a trabajar en unas fotos que teníamos que entregar al día siguiente. Sara asomó la cabeza por la entrada.
—Buenas, buenas, Lawan —dijo mientras se acercaba y se tiraba en el sofá.
—¿Estás cómoda?
—Un poco, me faltaría unas frutas —bromeó—. Estoy muerta, trabajé toda la mañana. ¿Y tú? ¿Cómo te fue en la universidad?
—Fue un día tranquilo. Ya nos comentaron sobre el proyecto final.
—Eso es bueno. ¿Trabajas sola?
—No, tengo un compañero, pero todavía no lo conozco. No sé si es él o ella.
—Oh, ya veo. Ojalá se lleven bien.
—Eso espero.
Terminé la jornada laboral, me despedí de Sara, subí al coche y me fui a casa. Al llegar, me invadió la soledad que había ignorado todo el día. Vivir solo es lindo, pero lo que no es lindo es sentirse solo. Me senté a cenar una sopa instantánea y luego me di una ducha para irme a dormir, tratando de olvidar mi soledad, algo que logra atormentarme por las noches.
Mi vida siempre fue así, estar sola en casa porque mamá y papá trabajaban todo el día, y porque mi hermana no me quería cerca. Sí, tengo una hermana mayor, pero desde los dieciséis me arreglo sola, desde que mis padres fallecieron en un accidente. No suelo contarle a nadie todo lo que pasó en mi vida. Solo Rai y Lada saben todo, por eso estoy agradecida por ellos.