Chapter 1
Escenario Ese verano a oscuras (What If…?):
¿Qué hubiese pasado si el señor Carrasco hubiese entrado a la casa de la narradora?
Relato:
Esa noche, el calor se sentía cómo una prisión. No había ventiladores, ni luz, ni forma de escapar del sudor que se pegaba a la piel. Compartíamos el único dormitorio de nuestro pequeño departamento, como siempre: mi madre se había dormido al borde de la cama, mi padre, en el otro extremo y yo estaba en un colchón en el suelo, intentando ignorar el sonido de la respiración profunda de mis padres y el “murmullo” de la ciudad apagada.
El ruido vino de la sala, un golpe seco, como si algo hubiese caído. Me quedé helada, con los ojos clavados en el techo, esperando escuchar más. Quizá un gato. Quizá un vecino. Pero luego oí el crujido de la puerta: suave, prolongado. Alguien había entrado.
Quise despertar a mis padres, pero me detuve. ¿Y si no era nada? ¿Y si solo imaginaba cosas por toda la situación que estábamos viviendo? No podía arriesgarme a que ellos también se asustaran por nada. Me levanté despacio, sin hacer ruido, y me acerqué a la puerta del dormitorio, que estaba entornada.
Lo vi.
El señor Carrasco estaba allí, en nuestra sala. Su silueta era inconfundible, alta y pesada. La luz de la luna, que se filtraba por los ventanales recortaba el perfil de su rostro, pero lo peor era su mirada: sus ojos, aún en la penumbra, brillaban con una intensidad fría, vacía, que me atravesó el pecho como una hoja de cuchillo. En su mano derecha había algo que reflejaba la poca luz: un cuchillo de cocina, largo, como los que se usan para cortar el pan duro.
No respiré. Me quedé inmóvil, apoyada contra la puerta, escuchando cómo él avanzaba, registrando lentamente cada rincón de la diminuta sala. Mis padres seguían dormidos, ajenos a todo, y yo no sabía qué hacer. Si me movía, él me escucharía.No podíamos escondernos. No teníamos donde, de todas maneras. Si gritaba, ¿y si no alcanzábamos a defendernos?
Entonces pasó algo que no esperaba. Carrasco se detuvo frente a la foto familiar que colgaba en la pared. Por un momento, pareció estudiar los rostros. Frunció el ceño, y luego, como si se diera cuenta de algo que no podía explicar, retrocedió lentamente.
Antes de salir, giró hacia el dormitorio, como si supiera que yo estaba allí, mirándolo. Pero no se acercó. Solo dejó caer el cuchillo al suelo con un sonido que resonó como un eco. Luego abrió la puerta y desapareció.
Cuando desperté a mis padres, ya era demasiado tarde. El cuchillo en el suelo y la puerta abierta eran la única prueba de que esa noche Carrasco había decidido no cruzar un límite. Y jamás sabré por qué.