Capítulo 1
I
No esperaba encontrar algo así al abrir la puerta esa tarde. El sobre era negro, opaco, como si estuviera diseñado para ocultar un secreto, uno que solo debía revelarse a quien tuviera la valentía —o quizás la temeridad— de abrirlo. Al principio, pensé que era algún anuncio publicitario, pero al tomarlo en mis manos sentí el peso de algo diferente, algo extraño. Era más pesado de lo que un simple papel debería ser.
Lo llevé hasta mi cuarto y cerré la puerta tras de mí, asegurándome de que nadie pudiera interrumpir. Deslicé un dedo bajo el borde del sobre, y un frío inexplicable recorrió mi piel. No sabía si era nerviosismo o simple curiosidad, pero algo me empujaba a abrirlo.
Dentro solo había una hoja. Una sola frase, escrita en tinta negra:
“Aléjate del peligro, o podrías perder lo que amas para siempre.”
Leí esas palabras varias veces, dejando que el peso de la advertencia se asentara en mi mente. “Lo que amas”. La frase me golpeó como una bofetada. Solo podía pensar en una persona, con su uniforme de policía, su sonrisa segura y esa valentía que tanto admiro y, al mismo tiempo, tanto temo.
Mis manos temblaban ligeramente. Quería pensar que era una broma, una tontería sin sentido, pero algo en la forma en que estaba escrita la advertencia se sentía... personal. La amenaza no estaba ahí por casualidad.
Apoyé la carta sobre mi escritorio y traté de tomar una respiración profunda. Mi mente se llenó de imágenes de Kristy, de su mirada decidida mientras me decía que estaba hecha para ese trabajo, que la justicia era su propósito. A veces le creo… pero otras, como ahora, el miedo me quiebra desde adentro. Kristy siempre está en el filo de la navaja, enfrentándose a lo peor de la humanidad. Y aunque la amo por ser así, por querer proteger al mundo, no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo más podrá hacerlo sin consecuencias.
¿Quién me había enviado esta carta? ¿Cómo sabían tanto sobre mis miedos, esos que ni siquiera me atrevo a contarle a Kristy? Las palabras ardían en mi mente, cada una grabándose como si alguien las hubiera puesto ahí con la intención de manipularme, de hacerme dudar de todo.
Guardé la carta en un cajón, tratando de convencerme de que no significaba nada. Pero incluso al cerrar el cajón, podía sentir el peso de la advertencia en mi pecho. Sabía que esa frase me perseguiría, que seguiría repitiéndose en mi mente hasta que, de alguna forma, encontrara una manera de enfrentarla.
El primer encuentro
II
Era uno de esos días en los que el mundo parecía girar más despacio. Estaba en el café que solía visitar cuando quería escaparme de todo. Ese rincón tranquilo era mi refugio, un lugar donde podía sentarme con mi café y observar la vida pasar, invisible para el resto.
Lo que no sabía era que ese día, yo también sería vista.
Al principio, no la noté. El murmullo de la gente, el aroma de los granos recién molidos, y el clink de las tazas al chocar me mantenían en una especie de trance. Pero de repente, el ambiente pareció cambiar. Sentí una presencia. Levanté la mirada, y allí estaba ella.
Kristy.
No la conocía. Nunca antes la había visto, pero algo en ella captó mi atención de inmediato. Estaba de pie en la entrada, mirando alrededor, como si buscara a alguien o algo. Llevaba una chaqueta de cuero negra, jeans oscuros y una camiseta gris sencilla, pero la seguridad en su postura la hacía destacar entre la multitud. Era como si el resto del mundo se desvaneciera alrededor de ella.
Inmediatamente bajé la vista, fingiendo estar absorta en el libro que tenía entre las manos. Mi corazón latía rápido, y no entendía por qué. Ni siquiera la conocía, pero la sola presencia de aquella desconocida bastaba para hacerme sentir nerviosa, como si algo importante estuviera a punto de suceder.
Para mi sorpresa, ella se acercó a la mesa vacía junto a la mía. Pidió un café, y cuando se sentó, pude sentir su cercanía. Me di cuenta de que estaba mirándola, y rápidamente volví a centrarme en mi libro, aunque las palabras se desdibujaban en mi mente.
—¿Ese libro es bueno? —preguntó de repente, con una voz suave pero segura. Me tomó desprevenida, y cuando alcé la vista, su mirada me atrapó por completo.
Intenté responder con naturalidad, aunque me costaba recordar de qué iba el libro en ese momento. Mis ojos se posaron en los suyos, oscuros y profundos, como si guardaran secretos que deseaban ser descubiertos.
—Oh, sí, es... es interesante —balbuceé, intentando parecer calmada. Pero algo en ella me hacía sentir expuesta, como si viera más allá de mi respuesta superficial.
—Interesante, ¿eh? —sonrió ligeramente, y algo en esa sonrisa parecía desafiarme. No era una sonrisa casual; había algo más, una chispa que me hacía cuestionarme si acaso no estaba aquí por coincidencia.
Hubo un silencio tenso entre nosotras, y sentí que mis mejillas se sonrojaban. Intenté mantenerme distante, pero la forma en que ella me observaba me hacía querer saber más, aunque no podía dejar que lo notara.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó, sin apartar la mirada.
—Eh... sí. Es uno de mis lugares favoritos. —Trataba de sonar casual, pero noté que estaba jugando con el borde de mi taza, y seguro que ella también lo notó.
Kristy asintió, y sentí que sus ojos estudiaban cada uno de mis gestos, como si estuviera buscando algo más allá de las palabras. A pesar de que no llevaba uniforme, había en ella una firmeza y una intensidad que me desconcertaban. Parecía alguien que observaba el mundo de una manera distinta, alguien que entendía cosas que los demás no podían ver.
—Eso está bien. Encontrar un lugar que te haga sentir segura. —Su tono era profundo, casi solemne, como si el concepto de seguridad tuviera un peso especial para ella.
Quise preguntarle qué quería decir, pero antes de que pudiera formular una frase coherente, ella se inclinó un poco hacia adelante, apoyando un brazo sobre la mesa, acercándose lo suficiente para que mi respiración se volviera irregular. Su cercanía me ponía en alerta, y al mismo tiempo, sentía una atracción inexplicable.
—¿Y tú? ¿Vienes seguido? —le pregunté, tratando de retomar el control de la conversación, aunque me sentía torpe y perdida en su presencia.
—Solo cuando necesito un momento de paz. —Su respuesta fue enigmática, y eso solo despertó más mi curiosidad. Noté una sombra en su expresión, como si llevara una carga que no compartía con nadie.
Sentí el impulso de conocer más, de descubrir qué la hacía así, tan intrigante y cautivadora. Intenté controlarme, diciéndome que era ridículo sentirme de esa manera por alguien que acababa de conocer, pero había algo en ella, en su aura, que me hacía imposible apartar la mirada.
Decidí retomar mi libro, más por tener algo que hacer con las manos que por interés real en leer. Pero entonces, la noté observando la portada.
—“El arte de observar sin ser visto” —leyó en voz alta, como si el título fuera una ironía en nuestra situación. Su sonrisa se ensanchó, y sentí que la burla no era malintencionada, sino una forma de iniciar una conversación más profunda.
—Es solo un libro —dije, intentando desviar la atención y hacer que dejara de mirarme así, como si pudiera leerme completamente. Pero lo cierto era que yo era quien no podía dejar de observarla.
—Karol, ¿verdad? —preguntó, y mi corazón dio un salto. No recordaba haberle dicho mi nombre, lo que hizo que la sorpresa y la curiosidad se mezclaran con algo de intriga.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, sintiéndome un poco vulnerable.
—Es solo intuición. Digamos que soy buena recordando rostros. —Su respuesta fue vaga, pero su mirada era directa, segura.
No podía creerlo; apenas la conocía y ya me tenía completamente atrapada, como si hubiera lanzado una red invisible que me mantenía ahí, en esa mesa, queriendo escuchar más, descubrir más, y entender qué hacía que sus ojos transmitieran tanto sin decirlo directamente.
De repente, una pregunta irracional y peligrosa se asomó en mi mente: ¿Qué es lo peor que podría pasar si dejo que esto avance?
“Nada de eso,” me dije a mí misma, tratando de recuperar la compostura. Era solo una chica interesante que había conocido en un café. No había ninguna razón para emocionarme tanto. Pero mientras intentaba convencerme de ello, mi cuerpo reaccionaba en contra de mi lógica. Podía sentir el deseo de quedarme ahí, de que nuestra conversación continuara.
—Bueno, espero verte más seguido por aquí —dijo finalmente, levantándose de la mesa con una sonrisa suave pero llena de intensidad, dejando la taza vacía. Antes de irse, me dedicó una última mirada, una que quedaría grabada en mi mente, como un rastro de un incendio en plena noche.
No pude responder. Apenas pude asentir mientras la veía alejarse. Y cuando finalmente desapareció entre la gente, me quedé sentada allí, como si aún pudiera sentir su presencia en el aire.
Mi respiración volvía a la normalidad, y aún podía sentir la sensación de esa última mirada suya, como una advertencia. Porque sabía, en el fondo, que mi vida no sería la misma. No tenía idea de quién era realmente, pero algo en mí, algo irracional y profundo, me decía que aquella mujer, Kristy, no sería solo una casualidad en mi vida.